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Insomnio. Cuento corto.

Publicado por Rafa Flores activado 20 Noviembre 2013

Insomnio. Cuento corto.

Insomnio.

Rafael Antonio Flores.

Enciendo un cigarrillo mientras espero que amanezca, entre el silencio nocturno alcanzo a escuchar el cantar de los insectos y unos cuantos sonidos que se confunden con el ambiente, quizás se trata de algunos escarabajos que han decidido caminar bajo las hojas bañadas por el roció de la noche, probablemente alguna araña este devorando una cucaracha que necia se precipitaba sobre la cloaca para conseguir algo que mascar, algo como un pan, basura o mierda.

Quizás haya sido eso y ahora está muerta en las mandíbulas del arácnido. El silencio en el que me encuentro en esta habitación es tal que alcanzo a escuchar el tabaco mientras arde en la llama que avivo con mi aliento, siento el humo amargo entrar por mi boca y descender hasta el esófago, generando así una sensación de pesadez y ardor que un fumador compulsivo puede discernir sin dificultad, sin embargo, aun con esta molestia continua, sigo fumando, llenando mi estomago y pulmones de veneno y cáncer.

De mi nariz se despide una cortina delgada de humo que inunda la habitación en la que me encuentro. En cada toque, la habitación se va llenando y el ambiente se vuelve denso, la neblina del tabaco me rodea hasta que mis ojos empiezan a arder, rojos y llorosos miran hacia la ventana. Hace calor, la humedad del día anterior aun sofoca, y no puedo dormir, antes de interrumpir mi sueño estuve dando vueltas sobre la cama, con calor, luego con frío; descubría mi cuerpo y me sentía débil, como indefenso, la idea de que alguna araña viniera y se posará sobre mi pecho desnudo me espantaba y me impedía descansar, después me tapaba con una sabana delgada, sucia, vieja, de color blanco y entonces temía ser aplastado por la delgada capa que cubría mi cuerpo, la sensación de que la sabana me apretaba se transmitía con fuerza hasta el punto de sentir que no podía moverme, me desesperaba y quería gritar pues sentía que estaba enterrado en una capa que no me dejaba moverme, era como estar enterrado en vida, pensar que la sabana me aprisionaba y jamás saldría.

La idea era peor que estar descubierto, pues el aprisionamiento se transmitía a mi piel y entonces la piel me apretaba y sentía la imperiosa necesidad de salir de mí. Llevo cinco noches sin poder dormir, cinco noches en las que me siento al borde de la cama, con mi torso desnudo lleno de sudor y el zumbido de los mosquitos en mi cabeza, siempre enciendo un cigarrillo y miro a través de los barrotes de la ventana, como buscando algo o alguien, seguramente eso es lo que no me deja dormir, la ausencia de algo o alguien. Un terror nocturno me abraza cuando de manera repentina el viento azota por la ventana y siento un silbido frío que recorre mi espalda, nace la idea de que algún ser macabro se encuentra detrás de mí con sus largos dedos puntiagudos listos para acariciarme la espalda, esperando seducirme para conducirme a la sepultura, podría ser una fuerza sobrenatural la que ha venido a matarme con el puro susto que genera la certeza de saberse solo.

Doy una bocanada al cigarro, intento patético para armarse de valor, solo logro debilitarme e intentando recobrar el aliento me apoyo en el marco de la puerta y busco el interruptor para encender la luz, así no me sentiría tan solo y quizás al ver que la habitación esta repleta de muebles abandonados sienta la empatía de algo y pueda dormir. Quisiera dormir, pero no puedo, llevo cinco días sin poder dormir.

Antes de encender la luz, echo un vistazo a la habitación, como queriendo comparar un antes y después de la luz, observando solo líneas difusas de muebles inertes, como cadáveres que se encuentran en la escena del crimen, manchados de sangre y llenos de heridas, siguen en el mismo lugar donde yo los dispuse, en silencio, esperando ser utilizados; me imagino que me ven, que contemplan cómo el tabaco ha llegado hasta el filtro y cada vez ilumina menos mi rostro con el ardor de sus brazas; al igual que ellos, yo me difumino y me pierdo en la oscuridad con un contorno tenue que se ve absorbido por el enigma de la noche, me vuelvo parte del lugar como cuando un insecto se mimetiza y se confunde con la naturaleza, así yo, me confundo con esta naturaleza de objetos.

Termino el cigarrillo y aun no decido encender la luz, sólo me quede parado como idiota observando la pared que tiene un color azul oscuro fascinante, tampoco me decido a recostarme en la cama para intentar dormir, solo estoy ahí, parado viendo el azul oscuro del muro, plano, soberbio, me atrae, deseo sentir su profundidad, pero no me muevo, más bien estoy inmóvil, como un insecto que no quiere ser devorado por el depredador, supuestamente pensativo, porque uno siempre supone estar pensativo, sin tener ni la más remota idea de lo que es pensar, resulta mejor decir que uno esta pensando cuando sólo se trata de la estupefacción que se produce cuando no entendemos la realidad; sudando, con olor a tabaco en la boca y el latir acelerado del corazón, producto del deseo frustrado, me quedo viendo como pensando a esa pared que bajo la oscuridad se ve tan profunda e interesante. Llevo cinco noches sin poder dormir, deseando soñar y no puedo.

De manera automática vuelvo a llevar un tabaco a mi boca, lo enciendo con un fósforo, siempre he creído que es mejor así, soplo al fósforo para apagarlo y siento como el aliento se me acaba de golpe, como cuando un puñetazo te recibe dentro de una cantina, me mareo y necesito apoyarme con la puerta, cierro los ojos, no como si parpadeara, más bien es cerrarlos con fuerza hasta que se arruga mi rostro para que al abrirlos pueda ver mejor.

Decido encender la luz, presiono el interruptor y mientras se escucha el clic, la habitación se llena de una luz amarilla y cálida, mis ojos se irritan por el cambio repentino, aun cuando ya sabía que esto iba a ocurrir mi sentir no deja de sorprenderse, seguramente el saber y el sentir no siempre establecen puentes que se correspondan, en este caso no fue así, aun cuando lo sabía, la luz no dejo de sorprender a mi retina y mis pupilas dilatadas rápidamente cerraron su abertura para modular la entrada de luz que llegaría hasta el fondo de la esclerótica, seguido a esto la sensación de un dolor punzante en cada sien, como si dos clavos de nueve pulgadas fueran encajados con violencia en mi cabeza, se agregó a la serie de sensaciones que vengo sintiendo cada que no concilio el sueño, todo esto se detiene al ver la habitación con la luz encendida, ahora la veo bañada bajo la luz amarilla y cálida generando un aspecto más solitario, pues bajo la luz me doy cuenta de que esos muebles están ahí solos, no hay nada, ni un cuadro o fotografía, la pared ahora luce blanca y vacía, no tiene su aspecto profundo de hace un par de minutos, esta vacía, plana.

Veo unos cuantos tratados de ética en el librero viejo que yo mismo hice hace un par de años, de manera inmediata recuerdo su origen, de qué esta hecho y como es que lo fabrique; aun trabajaba en el aserradero, podía conseguir madera muy barata y sin mucho esfuerzo, eso fue hace unos cuantos años, desde entonces tengo todo tipo de herramientas para cortar, martillar, clavar y pulir la madera. Entre recuerdos de actividades pasadas me doy cuenta que llevo cinco noches sin poder dormir, deambulando entre diálogos estúpidos con una pared y observando un librero, no son diálogos, se trata de monólogos, yo soy el único aquí que presume sabe hablar y comprender el sentido en las cosas, pero ni todo el entendimiento del mundo me ha librado de esta horrible soledad, ni tan horrible, a veces hasta es agradable, lo patético es saber que uno al final, se traga todo el odio y el amor para ser devorado por los gusanos, por las cucarachas que terminarán en las fauces de la terrible araña que no deseo venga a posarse sobre mi pecho desnudo.

El colmo de la desgracia, es que entre estos recuerdos se encuentra la noción del trabajo, el hombre no puede huir a su desgracia, su desgracia es él mismo; saber que al otro día es necesario levantarse como con el cuerpo molido, adormecido por la falta de descanso y la ausencia del sueño, una debilidad continua se adentró en el tuétano y corrompe las coyunturas. Trabajaré desde las siete de la mañana hasta las cinco de la tarde para recibir ciento veinte míseros pesos al día con los cuales podré comprar una cajetilla de cigarros y quizás unos frijoles y otras cosas baratas, entre todas estas adquisiciones se encuentra la fundamental, la adquisición que hacemos en cada compra y la cual nos sostiene, hablo de tener la sensación y supuesta seguridad de estar haciendo algo llamado: ganarse la vida.

Tonterías, eso no es ganarse la vida, eso es gancharse en la mentira que se tejió para seguir donde mismo, es lo que nos han enseñado nuestros ancestros, a seguir donde mismo, nunca nos detuvimos a pensar en la lucha o el cambio, por eso vivimos estereotipados al margen de sufrimientos incomprensibles y repeticiones absurdas, nos encontramos en el estado que se flota en medio de los extremos, pero este balance no es una cuestión ética, ni tampoco se trata de un asunto lleno de virtud, más bien se trata de la incomprensión de dónde estamos y qué somos, ni somos los jodidos ni somos los chingones, somos lo de en medio, como cuerpos enterrados, ni tan profundo para descansar en paz ni tan arriba para ser encontrados, apestamos en el estado que flotamos, como la basura en el mar que contamina y mata la vida sin rumbo y dirección, mientras nos empeñamos en creer , confiar y gritar que nos estamos ganando la vida, claro, nos estamos ganando la vida, sin poder salir a la superficie o hundirse en el fondo del abismo.

Llevo cinco días sin poder dormir y ya me estoy cansando del sonido estúpido que sale de la boca de las personas. No quiero más cigarrillos, me siento en la vieja mecedora que compre en Fortines un jueves por la tarde cuando me encontraba visitando a los abuelos. Mientras me mezo, lentamente me quedo pasmado, como ido, observando mi brazo derecho, cómo el antebrazo se une a la muñeca hasta volverse una mano, de la cual unos filamentos largos, hinchados en las articulaciones y en los nudillos, se extienden para sujetar nada, realmente no sujeto nada, el vello que cubre mi piel es ralo, corto, pero muy oscuro, mi piel se ve arrugada, maltratada y seca, se inflama mi pecho y suelto un suspiro mientras pienso -Si tan sólo estuviera solo- pero no, no estoy solo, aquí esta el librero, los muebles, la mecedora, la cama, los mosquitos, los escarabajos y la altiva araña que devora a las presas.

Me pierdo en estos pensamientos y olvido que llevo cinco noches sin poder dormir, son las cuatro de la madrugada, los gallos empiezan a cantar. Me fastidio, el silencio zumba más fuerte, siento que mi cabeza va a estallar, toco mis sienes y las presiono con fuerza, me pongo en pie, vuelvo a mirar a la pared que esta ahí, inmóvil, sin decirme nada, solo esta ahí. Llevo cinco noches sin poder dormir y mi corazón empieza a latir más fuerte al recordar que tengo tantas cosas que hacer, y yo solo miro a la estúpida pared que me hace perder el tiempo. Tiempo perdido, eso soy, un obrero que vale lo mismo que una corcholata, un trabajador que puede ser remplazado por cualquier otro zángano, pues abundamos, nos reproducimos como cucarachas e inundamos la tierra con nuestra existencia.

Llevo cinco noches sin poder dormir deseando no dormir más, porque al despertar me espera la monotonía gris de la vida, la repetición constante de las personas y sus rostros repletos de historias que a nadie le importan y que ni siquiera pueden ser contadas. Llevo cinco noches sin poder dormir mientras pienso si aún hay tiempo para tomar la soga, el cianuro o el revólver. Llevo cinco noches sin poder dormir y la pared no me habla. Llevo cinco noches sin poder dormir y mañana vuelvo al trabajo.

Insomnio. Cuento corto.

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