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Dificultades resistenciales para asumir el rol de observador en grupos

Publicado por Erica Martinez, Francisco Mora, Roberto Martinez. activado 2 Marzo 2014

Dificultades resistenciales para asumir el   rol de observador en grupos

Dificultades resistenciales para asumir el

rol de observador en grupos

Francisco Mora Larch, Erika Martínez, Roberto Martínez.

Introducción.-

Observar,… ¿qué es observar? Observar es utilizar el sentido de la visión para captar la realidad externa. En un primer momento, el conocimiento del mundo es fundamentalmente un conocimiento basado en la observación, o esta se vuelve la función “hegemónica” en función de conocer la realidad externa, los ojos están vueltos hacia afuera, su función es identificar objetos y atraerlos a la “maquinaria corporal” que los habrá de usar como recursos a ser devorados, es decir, consumidos.

Pero en la “captación” de la realidad intervienen en un primer momento y siempre simultáneamente con la observación, el tacto, el olfato, y el gusto, sin embargo, pareciera que el observar hubiese accedido a cierta hegemonía en lo que respecta a la objetivación de la realidad externa.

El lugar del observador no participante en la formación de los grupos operativos se encuentra atravesado por diversos imaginarios sociales y fantasías inconscientes que hacen de este un lugar problemático. Recordemos además que en términos muy concretos el observador no participante durante la sesión de grupo permanece en silencio y se encarga de hacer un registro de lo que ocurre durante la misma (lo que este habrá de registrar, y el cómo, es motivo de diversos debates) para el final de la sesión devolver al grupo sus observaciones. Por lo tanto su “no”-participación es relativa y se constriñe a un momento específico de la sesión.

El observador: un rol “condenado”.

En la experiencia de formación en coordinación de grupo operativo encontramos la constante de una negativa a ocupar el lugar del observador, existe además una diversa bibliografía que confirma dicha repetición del fenómeno. Entonces ¿cómo entender esta constante? En nuestra experiencia encontramos esta resistencia desde las primeras sesiones del grupo y ha permanecido con nosotros a lo largo de la formación (que lleva aproximadamente un año con sesiones de una frecuencia semanal) y de los diversos movimientos por los que hemos atravesado para constituirnos como un grupo con una tarea en común.

Reflexionando sobre ella, cada uno de los miembros del grupo ha nombrado la experiencia de observación como “un desprendimiento del grupo”, una “exclusión de la discusión” o bien “una dificultad para permanecer en silencio”. En otras ocasiones el lugar del observador ha sido instrumentalizado por quienes no realizaron la lectura del día y prefieren escudarse detrás de la observación para no exhibirse.

En una sesión de trabajo, utilizando un dispositivo de grupo de discusión a la manera de “lectura comentada”, un pequeño grupo se enfrasca en el análisis de la función de observador, cuando se utiliza la Concepción operativa de grupo, desarrollada por E. Pichon Riviere. El material de lectura era un texto de Roca, “de la observación del silencio, al silencio de la observación”.

Pero la discusión se deslindó más por el tema de la observación, que por significar la temática del silencio, y en parte se debió a que uno de nosotros refería a un texto de Foladori, H. revisado en la reunión anterior (una o dos semana antes). Ahí, Foladori indica acerca del equipo de coordinación, una modalidad de funcionamiento en la que el equipo esta conformado por un coordinador y dos observadores: uno de temática y uno de dinámica. Esta división de tareas, toma en el grupo el tinte de la escisión, de la separación y en otro sentido, del “desprendimiento”.

Regularmente, en nuestro dispositivo, el grupo trabaja con el coordinador “fijo” y un participante por sesión cumple la función de observador, lo que lleva a realizar el registro de sesión desde cierta posición que se vuelve un “no lugar”, es decir, se puede cumplir la función de observador pero no se habita el lugar de observador, no se asume como tal, no se lo catectiza o se lo inviste libidinalmente.

Planteado en estos términos, el grupo se abocó a dilucidar las razones por las cuales los participantes del grupo devalúan este rol, lo demeritan y en todo caso “lo usan” como recurso de “huida” del grupo, por ejemplo: la observación se “toma” cuando uno no leyó; o porque ya le toca hacerla; o para “ayudar” a otro que no quiere realizarla, es decir, no aparece en los participantes el registro del deseo de observar, y que tiene que ver desde otra óptica, con el despliegue de competencias para el desarrollo de la investigación social.

En otro sentido, “hacer” la observación implica, dolorosamente, asumir el rol “a fuerzas”, se vive como un desprendimiento, duele “excluirse” de la dinámica de participación a través de la palabra y vía la tarea manifiesta propuesta colectivamente, es decir, la observación “no significa” para los integrantes del grupo, pareciera que de ella no pudiese obtenerse más que frustración, en la medida en que siendo “observación no participante” uno queda fuera de la jugada; funciona a la manera del “tercero excluido”, que solo se “contenta” con observar y no participar.

Esquemáticamente, planteamos que la función de la coordinación se enfoca o se centra en “trabajar” o analizar la relación que el grupo establece con la tarea, la forma de abordarla, de desmenuzarla, de deconstruir el material de trabajo; mientras que la función del observador, se enfoca a develar la forma en que el coordinador del grupo opera y establece el vinculo con la tarea.

Se registra ahí la actitud de uno y otros, a la vez que posibilitaría al observador ver cómo opera un referente de la función coordinador, como modelo, qué intervenciones hace, desde dónde fundamenta su intervención, qué “lectura” hizo de la situación; trabaja o no los emergentes; asume el liderazgo o lo delega, cómo centra al grupo en la tarea, su estilo para formular una interpretación, un señalamiento, un comentario; como se involucra en la discusión teórica o se distancia para operar en otro nivel, etc. etc.

El observador y los fantasmas en los grupos.

Ejemplificado en la pizarra, un esquema de los vínculos entre coordinador – observador - participantes, hay un dejo de asombro, el observador pareciera ponerse por encima del coordinador para observar y “juzgar” su actuar; su función es la de evaluar a través del registro de lo observado al coordinador (visto como la autoridad, el Amo, el dueño del grupo) y la forma en cómo este se vincula con el grupo, sería un sacrilegio, un acto de desobediencia observar lo que hace el padre-coordinador, con el grupo madre.

Observamos entonces que el complejo fantasmático de la escena originaria domina el escenario desde la posición de ser observador. Sin mencionar este aspecto, un participante comenta:

“ahora recuerdo que mas chavo, cuando veía una muchacha muy bonita en la calle me le quedaba viendo, pero luego sucedía que me interesaba más como otros hombres reaccionaban a la presencia de la muchacha y hacia allí dirigía mi atención, ya no era tanto ver a la muchacha sino la mirada que ella despertaba en los demás hombres y como estos reaccionaban”.

El rol de observador no participante marca la diferencia con el coordinador ya que este observa y “participa”, está atento al proceso grupal que se despliega frente a sus ojos, para luego esperar y ver en qué momento podría intervenir, reconociendo antes que la intervención reiterada debe evitarse para no aparecer como alguien que ejerce una “intromisión heterónoma”, lo ideal sería “participar” lo menos posible, para dejar que el otro se haga cargo de lo suyo y se vuelva más consciente del proceso, auto-dirigiéndose, es lo que se conoce como autogestión, y en términos más individuales “el impulso a crecer”.

Pero ser observador no participante, se vive como autoexclusión: “entonces, yo no estoy en la jugada”, y al no estarlo, la observación, el registro de lo que sucede no importa, no significa, no sirve para nada, se vuelve un dato anecdótico, un sueño sobre el cual no se asocia, un lapsus que no significa, un acto fallido que no revierte sobre la auto observación y el auto conocimiento. La observación se vuelve entonces una no-acción. El complemento de esta no-acción es la participación, donde la evidencia de hablar y exponer algo es el modelo de acción en el grupo, pero resulta paradójico que cuando uno es participante, no participe, no hable, no exponga, no exprese mucho de lo que se quiere decir y hacer.

Un participante asume por primera vez la función de ser observador, se le ve apagado en el transcurso de esa sesión, triste, apático. Una semana después comenta sobre el hecho: “me sentí fuera del grupo, aislado, sentí tristeza, ya que vi al grupo como muy lejano, a mucha distancia de mi”.

De la experiencia grupal

En la sesión de trabajo de este grupo, cuando al observador se le pide no hablar, y solo registrar lo que acontece en el grupo, la vivencia es que al observador se le tiene atado de pies y manos, agregaríamos “y con la boca sellada”, se lo condena al silencio, y debe renunciar a la acción; no hay posibilidad al parecer de salir de este registro de “lectura” sobre la actividad de observar.

En Psicoanálisis se enseña que la palabra como el silencio cumplen funciones esenciales en la comunicación. La no-acción del psicólogo tiene una función positiva y fundamental: por ejemplo, en una sesión, no hablar (interpretando o señalando, o preguntando), es algo valioso como actividad, para Bleger, el silencio del psicólogo se ve manifiestamente como algo pasivo, sin embargo, dice este autor, cuando se está en silencio es cuando el psicólogo esta más activo que nunca, observa, atiende, escucha, se concentra, y esto hace que sea un catalizador que permite que el material fluya dejando al paciente asociar libremente.

Un participante asocia lo siguiente: el tema del rol del observador lo remite a un tipo de rol que jugaba en la casa, cuando había una discusión (entre los padres) él se quedaba observando y escuchaba atento, pero después venia la “segunda” parte, los padres se dirigían a él y le pedían que expresara una opinión sobre lo que se habló, lo que llevaba al muchacho a externar, no sin reservas (de angustia) su opinión sobre lo previamente hablado.

Para algunos, el observador es “el que nos alimenta” luego de que vierte al final de la sesión, lo registrado por él durante la misma, por lo que juega un papel de retro-alimentador., permitiéndonos re-pensar nuestro actuar inmediato anterior. ¿Qué fantasmas sociales, que roles sociopolíticos alimentan la percepción y la idea que tenemos de este rol?

El observador: ese elemento perturbador.

Tal como lo enuncia Pichón Riviere todo grupo estaría compuesto por la verticalidad de cada uno de sus miembros (la historia subjetiva y singular de cada uno de los integrantes) pero también de una horizontalidad que remitiría a los fantasmas grupales así como a la ideología dominante. A esta última es a la que apunta nuestra reflexión. Siguiendo aún a Pichón Riviere, si el motor del hombre es la necesidad y toda necesidad es un producto histórico-social, en la resistencia a ocupar el lugar del observador ¿qué tipo de maquinaria productora de deseos se asoma?

Durante la reflexión partimos del supuesto de una maquinaria social que siguiendo a Michel Foucault construye una subjetividad en la que el binomio de observar-ser observado es decisivo en la construcción/dominación de los cuerpos. El lugar del observador en el grupo operativo remitiría entonces a un lugar distinto del ejercicio del poder, de la circulación del discurso, que de inicio provocaría rechazo, mismo que suele manifestarse en angustia.

Desde una perspectiva freudiana la angustia es una señal de peligro, por lo tanto es lógico preguntarse qué es lo peligroso de ocupar el lugar del observador. Suponemos pues que el peligro está en ocupar el lugar de quien desde cierto silencio hurga, escudriña en el otro/grupo, para posteriormente por medio de la palabra devolverle a éste algo que el observador supone que le pertenece. El lugar del observador por lo tanto estaría muy lejos de un lugar pasivo en donde imperaría el silencio y la exclusión, y no obstante esta es su referencia más habitual tanto en la narración de la experiencia de cada integrante como algunos textos que abordan la cuestión del silencio del observador.

Muy por el contrario el lugar del observador, en términos políticos (relaciones de poder), es un lugar potencialmente activo que al ser ocupado por un individuo particular éste suele significarlo como de pasividad, impotencia, exclusión. Activo porque el silencio es sólo un momento, no la constante; porque el silencio es la condición para posteriormente apalabrar, enunciar un discurso sobre ese otro cuerpo que es el cuerpo del grupo. Así como el amor contiene el odio, el silencio contiene la palabra.

Para cumplir su función de observador el sujeto debe efectivamente “desprenderse” del grupo. Asumir, disfrutar, gozar de cierta diferencia con este y desde esta diferencia hurgar en el cuerpo grupal. No basta con que el grupo o la teoría/técnica, es decir los discursos lo autoricen (¿o deberíamos decir lo lancen en tanto es parte de un dispositivo?) para ocupar este lugar, necesita autorizarse a sí mismo. Hurgar, “meter las narices”, extraer de éste una serie de discursos, gestos, conductas y elaborar con estas partes del cuerpo grupal un objeto (el registro de la observación) que tiene que devolver al cuerpo grupal alterándolo con este acto, con esta intervención.

El observador no puede quedarse con el objeto que ha elaborado (que por cierto es un objeto total, pero que no remite a la totalidad del grupo), tiene que renunciar a él, entregarlo, donarlo a ese cuerpo y además asumir que su objeto será introducido en ese cuerpo produciendo o por lo menos posibilitando su alteración, tanto del objeto introducido como del cuerpo grupal al que él mismo pertenece. El observador es el sujeto que ocupa un lugar en el que potencialmente jugará dos papeles: el de testigo y actor de la alteración que podría devenir en el acontecimiento de lo nuevo o como diría Castoriadis de la producción del imaginario radical.

Reiteramos que esta lectura que hacemos del lugar del observador es una lectura basada en los lugares y los juegos de poder al interior del dispositivo. Con esto queremos decir que la disposición de los diversos elementos del dispositivo (el lugar del coordinador, del observador, de los integrantes, los discursos acerca de la teoría y su técnica que adquieren cierto estatuto de verdad, etc.) configuran posibilidades de circulación de los discursos y de las relaciones. Hemos descrito por lo tanto, las posibilidades que da el lugar del observador no participante, lugar que será ocupado temporalmente por un sujeto con una singularidad propia.

Este sujeto vaciará en el lugar del observador una serie de fantasías y ansiedades con respecto a su función que bien podrían ser, desde el psicoanálisis, significadas con características neuróticas o psicóticas: el observador como alguien que se “desprende” del grupo, como alguien que observa a sus compañeros y al coordinador (figura no pocas veces idealizada), como alguien que para realizar la función es empujado a libidinizar partes de su propio cuerpo: ojos, oídos, manos, etc. resistiéndose o gozando con esa exigencia libidinal. En cualquier caso consideramos importante no apresurarnos y buscar detrás de cada enunciado una fantasía siempre de carácter edípico. Para ello, la postura de Deleuze-Guattari del inconsciente como una máquina productora de deseo, que por lo mismo no puede ser reducida al deseo edípico, puede resultar oportuna para pensar la cuestión.

Por otra parte, la relación entre las fantasías y ansiedades que son vaciadas en cada lugar del dispositivo propiciando su movimiento y la de los miembros del grupo es algo que por el momento no desarrollamos aquí, así como tampoco la relación entre la producción de estas fantasías/ansiedades y el modelo de producción económica.

Queremos sólo señalar de manera fenomenológica la similitud que puede existir entre el obrero en la producción fabril y el observador no participante en la producción de la fantasmática grupal. Uno y otro se encuentran enajenados, alienados de su objeto de producción (sea el objeto de maquila, sea el registro de observación), no se reconocen en él, por lo tanto no se ven arrasados por aquél movimiento que lleva a uno y a otro a transformarse a sí mismos como al objeto producido.

El objeto no es más que una repetición en serie, que permite el sostenimiento del sistema imperante (sea la extracción de plusvalor, sea la permanencia de ciertos discursos teóricos/técnicos o de cierta dinámica grupal). Lo contrario de esto sería la figura del artesano, aquél que se apropia de su proceso creador y se reconoce en él para transformase y transformar lo que le rodea.

Hablando en estos términos, no dejamos de insistir y sostener que una de las características en que se reconoce el trabajo del equipo coordinador, en el espacio grupal como en el de la praxis o de la supervisión, es la de una labor artesanal, donde debe “tejerse en fino” si no se quiere reducir el producto a un objeto producido en serie, en cuya relación de exterioridad, ni sujeto ni objeto pueden reconocerse, ni transformarse mutuamente.

Dificultades resistenciales para asumir el   rol de observador en grupos

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