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Grupos de formación para estudiantes de psicología.

Publicado por Francisco Mora Larch activado 3 Abril 2014

Grupos de formación para estudiantes de psicología.

Los Grupos de formación y

las prácticas formativas.

Francisco Mora Larch

“La educación no puede ser pensada solo en términos instrumentales, relativos a propuestas, ya sea didácticas o de planificación del conjunto del sistema escolar”

Roberto A. Follari (2008)

Cuando estudiamos, descubrimos que la educación intenta llevarnos a algún lugar, hay que tomarla de la mano y nosotros llevarla a otro, aunque de entrada no sepamos a donde.

  1. Introducción.-

Hoy hablaré sobre grupos en el contexto de la formación en psicología. Necesitamos de los grupos aun y cuando “ellos” puedan prescindir de nosotros. Dice R. Battegay (1978) que son nuestro entorno vital, de ahí surgimos, son nuestro “origen”, lo impensado, por eso los vivimos, los sufrimos, los gozamos, pero pocas veces los pensamos.

En la clase, el docente entra a un salón como un “amo”, y luego toma posesión y dice “es mi grupo”, si lo cree, este conjunto de personas se vuelven un objeto y él las pierde como sujetos, ya que Amo y esclavo son las “figuras del poder y del sometimiento en todas partes” (Percia, M.: 249); Lacan llama a las palabras emanadas del poder en esta relación “discurso universitario”, así y de entrada la relación con ese grupo se vuelve instrumental y en ese sentido puede deslizarse fácilmente hacia una relación, hacia un vínculo altamente patógeno (Bohoslavsky, R., 1966). Todos los aportes de la psicología para la comprensión del grupo no son nada ante esta inercia del poder institucional en educación, existe la clase pero no el grupo. Y si el grupo no existe como tal no puede ser utilizado sino manipulado desde el poder docente, delegado del poder institucional: el grupo es un objeto y no un conjunto de sujetos, actores de su devenir social.

Refiriéndonos a este punto, Freire (1970:37) señala que “uno de los elementos básicos de la mediación opresores-oprimidos (la relación Amo-esclavo), es la prescripción (basada en ese vínculo de sometimiento, realizada como discurso que Lacan llama “universitario”. Los comentarios entre paréntesis son míos). Toda prescripción es la imposición de la opción de una conciencia a otra. De ahí, el sentido alienante de las prescripciones que transforman a la conciencia receptora en lo que hemos denominado como conciencia que ‘aloja’ la conciencia opresora” (alumno, estudiante, esclavo).

Si defino al grupo como un conjunto de personas reunidas en un tiempo espacio, con una tarea común, descubro que las personas están juntas pero aisladas, asisten a la tarea pero no al encuentro entre humanos, importa la tarea pero no el vinculo, algunas se resisten a entablar relación con los otros (¿se imaginan quizás que el encierro entre cuatro paredes las convertirá en un colectivo, quizás la inercia del encuentro cotidiano las vuelva un grupo, aun siendo un grupo que se “forma” en el campo de la psicología?). Así, la indiferencia y el desinterés por el otro, o la incomunicación y la apatía serían “los factores actuales” constitutivos de “los grupos”, paradoja del poder que se piensa como posesión individual y no como efecto colectivo transversalizando los vínculos.

Desde otra visión, desde una psicología pensada como social, el asunto se vuelve dramático, si el ser es en esencia social, el entramado individual produce un plus al que podemos llamar grupo, generando un poder superior al de la suma de los miembros tomados individualmente. Cirigliano y Villaverde (1987) nos hablan del grupo como un poder educador, quizás evocando a P. Freire (op cit.,: 86) cuando expresa que “nadie educa a nadie, nadie se educa solo, los hombres se educan en comunión”. La historia nos enseña que lo que no pueden los individuos aislados, se conquista colectivamente, grupalmente, esta enseñanza es la que intento trasmitir desde mi experiencia como coordinador de grupos.

Por otra parte, algo que quiero exponer es esta cuestión ligada al problema de la necesidad de la práctica psicológica, que es siempre práctica social, del contacto con la realidad social que se realiza desde una teoría, que intenta dar cuenta de la realidad que compartimos todos, y en particular los usuarios de servicios psicológicos con los estudiantes en formación que les brindan ese servicio.

  1. La praxis de la psicología clínica

Partiendo de Freud y de los requerimientos de formación del psicoanalista, dice José Bleger que el instrumento del psicólogo es su propia personalidad, es decir, es él mismo, por lo que todo lo que aprende desde la carrera profesional debe ser algo que le permita tomar distancia de sí y “objetivarse”, en una auto-observación que lo lleve a identificar sus propios problemas para analizarlos y resolverlos en el proceso, evitando de este modo que su instrumento no sea el primer factor de dificultad en el vinculo que requiere establecer para cooperar con los usuarios a los que va a prestar un servicio.

Hago énfasis en que el trabajo con personas, es una labor espinosa y más para jóvenes que deben atender a adultos, lo que ya de entrada presenta una dificultad. ¿Qué le puedo yo decir a una mujer casada y con hijos si para empezar no tengo novio y no puedo relacionarme con los chicos que me gustan?; ¿Qué sucede conmigo si un hombre me habla de su obsesión por el sexo al punto de la promiscuidad sexual y yo todavía soy virgen y no tengo pareja? Es obvio que el psicólogo novel, y más el estudiante de psicología, se piensa en términos activos, por lo que el planteo es erróneo desde el inicio, el Psicoanálisis entiende la escucha como una actividad, difícil de tramitar racionalmente por el estudiante, deseoso de hacer o decir algo a su paciente.

Salvando este punto, Pichon Riviere (1951: 217) nos mostraba tempranamente que el estudio de la psicopatología genera un grado de ansiedad importante como para dificultar su aprendizaje, dice Pichon: “El problema se plantea así: para poder conocer al paciente, entrar dentro de él, el aprendiz tiene que asumir el rol del paciente. El rol del paciente es un rol que resulta angustiante porque es el rol de un enfermo mental. Es decir, que un acercamiento auténtico frente al enfermo significa para el estudiante un peligro, una ansiedad particular”. Elucidando el planteo, uno no conoce a un sujeto desde una teoría psicológica por más sofisticada que esta sea, el único modo de conocer al otro es a través de un vínculo humano (no técnico), donde la empatía juega un papel fundamental, empatizar con el otro en función de poder comprenderlo, significa ponerme en su lugar, entrar en sus zapatos, a eso se refiere Pichon cuando afirma que hay que “entrar dentro de él”. Hacer esto, por otra parte, implica momentáneamente, abandonar el rol de experto, por lo menos a nivel subjetivo.

Al indicar esto, señalo entonces el punto de urgencia a abordar, para realizar un trabajo de prevención desde el inicio de la formación del futuro psicólogo. Si pensamos que las prácticas propedéuticas deberán ser abordadas y cubiertas digamos, desde el 4to o 5to Tetramestre, por poner un ejemplo, sería importante pensar en plantear o exigir que aquel que elige la carrera de psicología, o incluso trabajo social, medicina o enfermería, debería incluirse en un grupo de formación, prácticamente desde un inicio para que aquello que la formación académica no puede ni alcanza a resolver, sea tramitado en un espacio idóneo (Langer, M. 1977), pero que tampoco cause una sobrecarga económica al estudiante de bajos recursos.

En otra parte he planteado un plan de cómo resolver la exigencia particular que exige la formación del profesional de las ciencias humanas, ya que no solo tendría que ver con pensar que es un requisito que de alguna forma hay que cubrir y prever cómo responder a esta necesidad. Hemos visto desde la práctica docente, psicoterapéutica y psicosocial las bondades y los resultados de la labor de prevención en el terreno de la salud mental y también en el de la educación utilizando o construyendo diversos dispositivos grupales; un problema grave de las universidades es la reprobación o lo que llamamos el bajo rendimiento académico, así que una función preventiva la constituye el trabajo en grupos, para enfocar las dificultades personales y subjetivas con la que los estudiantes llegan a la universidad, apoyando de esta forma el trabajo de prevención que pueda realizarse desde los programas de tutoría académica (Mora Larch, F. 2009; 2011) implementados por la institución.

  1. Lo grupal.

Mi interés por lo grupal se generó desde mi formación como estudiante de psicología, y desde ahí identificamos una técnica de trabajo que favorecía el desarrollo de habilidades requeridas por la formación en psicología clínica. Gracias al profesor Carlos Santillán (psicólogo argentino), tuvimos acceso a la producción teórica de Pichon Riviere (1971) y del primer grupo de psicoanalistas interesados por el trabajo en grupos (Rolla, E, 1962; Bauleo, A., 1970, Kesselman, H. 1970). Así conocimos la técnica de grupos operativos.

Unos años después, un grupo de estudiantes y egresados contratamos los servicios de un psicoanalista uruguayo versado en grupos, H. Foladori, con el cual nos entrenamos durante un año y medio en la teoría y técnica de grupos operativos. Colaborando a nivel profesional con el Maestro, reforcé la capacitación en grupos al tomar un segundo seminario de formación con Silvia Cesaroni, una psicóloga argentina que en esos momentos fungía como Directora del CIJ de Cuernavaca, Morelos, mientras supervisábamos las practicas grupales con el Dr. Foladori durante algunos años.

Muy “tempranamente” (Mora Larch, F., 1982 [2009]), escribí mi primer ensayo sobre la cuestión, el tema era la utilidad del marco teórico que brinda la técnica de grupos, para entender desde ahí el problema referido a la orientación vocacional y la elección de carrera. Hablar de marco teórico nos remitió entonces a la disciplina que se iba construyendo desde la praxis clínica, y desde una visión que pensaba a los grupos como un dispositivo de trabajo para indagar la subjetividad humana y las formas de construir y armar el vínculo transformador de la realidad de la que provenía esa subjetividad, esa disciplina era una Psicología Social basada en el psicoanálisis y que tomaba como objeto de investigación la articulación entre estructura social y fantasía inconsciente (que en realidad remite a un campo de problemáticas extenso), Pichon hablaba entonces de que utilizaba la psicoterapia de grupo dentro y fuera del campo de la enfermedad mental, desarrollando así una forma de praxis social.

Poco después, algunos de los continuadores críticos de la “corriente” inaugurada por Pichon, entendían desde el punto de vista del paradigma de la complejidad, que reformulando la propuesta del Maestro (Adamson, G., 2010), se podía pensar que no había un “objeto de investigación”, desarrollado y delineado por una disciplina, el mismo Pichon ya hablaba de una epistemología convergente, es decir, que cuando uno se inmiscuye en el campo social entra, más que a un terreno desértico donde se pueden observar algunos arbustos o apenas un oasis, es decir unos cuantos objetos que se cuentan con los dedos de una mano, en realidad se entra a una especie de selva espesa, donde múltiples formas y objetos se entrelazan, se conectan, se articulan, se “superponen”, por lo que una sola disciplina no podría dar cuenta de la realidad tan enmarañada o compleja que se podía encontrar al salir del cascaron educativo a la realidad de la vida cotidiana.

La psicología social de Pichon no es una psicología grupal o de los grupos, como disciplina que intenta dar cuenta del hombre en situación, enfrenta un problema en que convergen múltiples y heterogéneos factores, los grupos dieron paso a una temática, a una problemática que refiere a diversos ordenes, campos y espacios, nos referimos a lo que se indica como el campo de Lo Grupal (Fernández, A.M.; 1988). La cuestión de los grupos es sólo uno de los ámbitos en que se despliega la psicología social pichoneana. Lo grupal puede ser pensado desde los ámbitos que señala Bleger en su texto Psicohigiene y psicología institucional (op cit.1966):

Ámbito psicosocial

Ámbito sociodinámico

Ámbito institucional y

Ámbito comunitario.

De ahí, y referido a lo grupal, dice Marta Souto (2009), “Lo grupal entendido en sentido amplio como dimensión constitutiva de lo social –histórico; como campo de atravesamientos múltiples de lo político, lo cultural, lo psíquico, lo deseante, lo ético, lo pedagógico; como formaciones grupales múltiples y singulares que advienen en ese campo y que pueden devenir en agrupaciones y grupos singulares que hacen su propia construcción y trayectos tomando formas siempre cambiantes”.

Agrego que lo grupal es un campo vasto, ya que los grupos procesan integraciones individuales, los grupos se auto-construyen o se auto-fagocitan; destilan y forjan subjetividad, el campo histórico social se objetiva en la vivencia grupal, no es posible deslindarse de lo grupal, lo grupal no se agota en los grupos, el lenguaje y mi discurso están impregnados de lo social vía mis grupos de referencia y las instituciones por las que he transitado, lo grupal, rebasa con creces el campo de fundar o instalar grupos, o de “hacer grupos”, lo grupal no solo es lo existencial del sujeto sino su devenir y su destino y en este sentido pensamos lo grupal como un campo de problemáticas donde el pensamiento complejo encuentra una de sus formas privilegiadas de realización, hablamos que lo grupal aparece entonces como un marco general multidisciplinario referencial desde donde se pueden realizar lecturas de la realidad social y humana.

  1. ¿Que son los grupos operativos?

Los grupos operativos son una de las formas privilegiadas de utilizar la epistemología convergente (uso integrado de varias disciplinas), para intentar realizar una praxis social.

Los grupos operativos son una técnica creada por Pichon Riviere para la intervención sociodinámica en el campo de la salud mental y que luego extendió al campo de la enseñanza y la investigación social.

Los grupos operativos es el titulo inadecuado de una disciplina conformada en el fragor de la labor clínica grupal en instituciones, que luego pudo formularse como una Psicología social que integra los aportes teóricos y metodológicos del psicoanálisis freudiano y keiniano, la dinámica de grupos de K. Lewin, el interaccionismo simbólico de G. Mead (Schellenberg, J. 1978) y el sustento filosófico de la dialéctica materialista de Marx.

El grupo operativo puede concebirse como un proceso corrector y de objetivos limitados (Kesselman, H. op cit., 1970), en cualquier ámbito de actividad humana, deviniendo en un dispositivo grupal donde es posible desarrollar procesos de subjetivación y de autentica praxis social.

En otras líneas de lectura, los grupos operativos, pensados desde la didáctica, aparecen como un dispositivo pedagógico de carácter no directivo, lo que le da un matiz particular y cuyos efectos se hacen sentir en el proceso enseñanza aprendizaje, que fomenta e invoca la aparición del sujeto de la educación o del saber, produciendo modificaciones subjetivas importantes, parecidas a los cambios que puede efectuar una experiencia de psicoterapia breve de corte psicoanalítico.

Los grupos y la formación del operador social.

“Toda escuela de psicología debe disponer…de consultorios de salud mental con el objeto de tratar las tensiones que emergen dentro del campo mismo del aprendizaje. La identificación con el otro, o los otros, es el instrumento con el cual opera. El aprendiz de psicólogo…puede ver perturbado este instrumento de trabajo, que es fácilmente vulnerable, y el proceso de identificación una vez viciado, acarrea graves distorsiones en el campo concreto de la observación, o sea, de la lectura de la realidad”.

Pichon Riviere, E. (1961 [1971]).

En este punto aterrizamos en el tema de la formación del psicólogo. Hemos pensado a los grupos operativos como grupos de formación analítica, en la línea del trabajo psicoanalítico grupal desarrollado por los teóricos franceses (Anzieu, Kaës, Bejarano y Missenard; 1978). Por otro lado, conceptualizamos a los grupos operativos como una metodología de trabajo que se aboca a integrar dos visiones, logrando una síntesis dialéctica de opuestos: se ubican entre las dinámicas de grupos de aprendizaje, uno de cuyos modelos es el grupo de discusión, y los grupos de formación analítica que no tienen tarea explicita, y cuya finalidad es el aprendizaje de los vínculos humanos.

Si bien es cierto que puede verse al grupo operativo como un grupo de enseñanza aprendizaje y donde se constata que el grupo se reúne para discutir un tema o tarea, con un coordinador que organiza el trabajo grupal, la renuncia de este último a dirigir la discusión, lleva al grupo a vivir una experiencia inédita, requiriendo el grupo un (re) aprendizaje de los vínculos que den estructura a la (des) organización grupal. Se producen efectos de sentido, disparados por la fantasía de adjudicarle al coordinador el saber sobre la tarea (que en un sentido “la conoce”, pero no la agota), por lo que el colectivo ubica al coordinador, igual que al psicoanalista en la cura individual, como Sujeto supuesto saber.

Esta no-directividad del coordinador de un grupo, desata una serie de procesos grupales difíciles de ser transmitidos desde la teoría, desde la dimensión racional se intenta vanamente dar cuenta de ellos, pero son solo trasmisibles singularmente desde la propia experiencia. Quien vive una experiencia grupal des-cubre ciertos aspectos de sí escotomizados por una estructura subjetiva renuente a indagar lo que hay un nivel debajo de su devenir consciente, atornillada en un yo ilusorio, racional, que le impide descentrase para un proceso de auto observación que permita tomar distancia de sí y elaborar algunos escotomas que se vuelven baluartes de la resistencia al cambio. Referido a ello, Marcelo Percia (op cit.: 290) nos dice: “Distanciamiento: (1) lejanía que aproxima una extrañeza”, es decir, el trabajo psíquico en uno de sus aspectos, no hace sino metabolizar e integrar al yo, algo que este no detecta en el horizonte de su nariz.

Señalo fundamentalmente dos tipos de elaboración psíquica que promueve la experiencia grupal, al favorecer a través de una sensibilización paulatina al tipo o estilo de vínculo con el cual el sujeto se pone a prueba en la experiencia grupal, ya que descubre que sus modos “naturales” de ser, pensar, actuar o relacionarse no son tan naturales, y que en la marcha del proceso, remiten a una recreación de patrones de comportamiento aprendido en la trama vincular de su grupo de origen, de la institución familiar que lo constituyó como tal sujeto.

El primer aspecto lleva a posibilitar que el sujeto (re) aprenda el diálogo, la comunicación, cuyo sentido se debe a la integración del silencio y la escucha; superando las tendencias competitivas generadas desde el contexto social, se hace significativa la habilidad para co-operar, referida al apoyo mutuo y complementario más que suplementario; el proceso de sensibilización al estilo de vínculo que uno establece en situación grupal, hace que se genere un corrimiento en la posición subjetiva del participante, acotando ciertos aspectos de un narcisismo encerrante que no admite crítica a sus ideas, generando opiniones apoyadas en supuestos jamás cuestionados, el diálogo admite la discusión pausada, y la pasión atemperada, desenmascarando el dogma y la cerrazón a las nuevas ideas que harían posible una flexibilización del intelecto y de la razón, favoreciendo el aprendizaje desde otra perspectiva, es decir, otra forma de ver, percibir, pensar, sentir y actuar en el mundo, el parto de una renovada subjetividad.

Aquí es donde se prepara el terreno para que al momento de integración grupal, y el reacomodo del yo favorecido por nuevas identificaciones con los integrantes, generadas en esa pequeña matriz grupal dé paso a aceptar y muchas veces a pedir una retro-alimentación, lo que nos da un índice de cierto descentramiento del yo favorecido por la dinámica vivida colectivamente. La retroalimentación permite justamente que ciertas cegueras socioafectivas puedan ser removidas y superadas por una visión más integral de los propios aspectos personales que requerían una re-valorización para la transformación de los estilos de vínculo sostenidos hasta el momento.

El segundo aspecto, remite a la condición en que el grupo funciona como contenedor y reasegurador para facilitar la elaboración y superación de los miedos generados en el vínculo con los otros, lo que lleva a un movimiento interno, donde la confianza en el otro sustituye al miedo, a la angustia y a veces al terror a la comunicación y conexión profunda con el otro como semejante, y también con el Otro, el inconsciente, fuente de nuestras energías y de imaginación creadora, efectos que se hacen sentir en el proceso de sensibilización personal y colectiva. Esto hace re-pensar el vínculo desde una ética del yo y no del super-yo, para ello el trabajo de coordinación señala los momentos en los que el grupo da pie para el trabajo más personal, favoreciendo que la teoría se aterrice en un trabajo de elaboración propia, y donde el sujeto exprese lo que le es posible expresar en la situación de grupo, neutralizando las resistencias superyoicas a la expresión de emociones o sentimientos.

Es el momento en que la situación grupal se entrecruza con la historia de un miembro, momento privilegiado en que un sujeto del grupo, funcionando como “radar” de la situación, denuncia con un fragmento de su historia personal algo del acontecer grupal, lo que el coordinador transforma en la unidad de trabajo para su operación psicosocial:

  • Existente (momento grupal, horizontalidad que se entrelaza con la verticalidad de un portavoz), que denuncia que algo de lo actual se conecta con una historia individual y que puede hacer eco en varios de los miembros del grupo
  • Interpretación o intervención psicosocial (labor de hacer explicito lo implícito o lo que llamamos lo latente grupal), intentando producir desde el nivel simbólico o del lenguaje efectos de sentido para apropiarse de la trama grupal es decir, el aprendizaje de la realidad.
  • Un nuevo emergente (reconfiguración de los vínculos en la trama grupal, pero ligada al acontecer primero). Estos momentos, equivalen desde el psicoanálisis a lo que se describe como de insights profundos, favorecedores de procesos de subjetivación.

Una labor psíquica vía la experiencia grupal, permite que el psicólogo novel o el estudiante en formación, empiece a desarrollar y a enriquecer su bagaje subjetivo, favorecedor de habilidades de relación que todo psicólogo que se precie de tal debe poseer. Lo anterior permitirá que, cuando el estudiante aborde el momento de la práctica, lo haga en una situación mucho más favorable que le permita tramitar la dificultad de pensarse en función social, cuya carga afectiva le bloquea regularmente su operación preprofesional, y aquí, no solo pienso en el estudiante, sino en el usuario de los servicios, ya que si este no se siente co-respondido en su demanda, se perderá una oportunidad única para co-operar con él en el problema que enfrenta.

Las prácticas propedéuticas, deben ser pensadas y reformuladas desde la docencia como experiencias cargadas en ocasiones con altos montos de ansiedad, para la mayoría de los estudiantes. El estudiante en formación se enfrenta a un objeto, que es otro semejante, en el que no se reconoce, no se piensa, más cuando sus miedos lo atenazan desde diferentes flancos, la empatía (sostenida en los procesos identificatorios) aparece como ausente, inhibida y la posibilidad del vínculo se perderá en la frustración de una experiencia que no da visos de contención psíquica y emocional.

En un texto interesante, Foladori, H. (2009) nos enumera en una experiencia de trabajo grupal con estudiantes en formación, las dificultades más comunes que presentan cuando se ven confrontados a aplicar sus conocimientos en el inicio de sus prácticas clínicas. Entre estas dificultades se encuentran las siguientes:

  1. La experiencia de “la primera vez”
  2. La diferencia de la edad, comentada más arriba.
  3. El problema de la distancia emocional, es decir ponerse a llorar con el paciente (descontrol emocional).
  4. ¿Cómo presentarse ante el otro? El problema de la identidad profesional.
  5. El temor al “contagio” de la locura.

Hace dos años, al analizar a un estudiante en formación, su dificultad con los usuarios de sus servicios en tutoría, era que cada chica que podía atender podía convertirse en un posible objeto de amor, por lo que la distancia necesaria para operativizar su labor se veía perturbada por esta tendencia neurótica. Un poco antes, recuerdo el caso de un chico en formación en situación de grupo, se comportaba de este modo: ante un señalamiento o alguna hipótesis formulada por el coordinador a un integrante, reaccionaba “exageradamente”, con exclamaciones que evidenciaban que su lectura de la operación social era, más que de ayuda a comprenderse, una visión sádica de daño infringido a un sujeto inerte, que solo podía padecer la interpretación o el señalamiento del coordinador. Con estas dificultades neuróticas, de poco serviría que el estudiante iniciase prácticas clínicas a nivel individual o grupal, ya que su vivencia estaría teñida de un vínculo sádico con sus posibles pacientes.

Los miedos y angustias (paranoides, confusionales, depresivas, fóbicas, etc.) generadas por la situación de asistir a un paciente o a un grupo de usuarios de servicios psicológicos, puede ser modulada en el espacio grupal, lugar de experiencia donde se puede jugar a ser paciente o terapeuta, asistido o asistente, y esta referencia derivada de la propia vivencia resulta un aprendizaje insustituible para el futuro psicólogo, reduce además el papel de la omnipotencia de aquel que se cree capaz de “curar” al otro a través de la bondad, o de la actitud positiva, se olvida que la enseñanza freudiana reconoce en su humildad que es el paciente o el enfermo el que enseña, si se aprende a escucharlo, lo esencial de la relación de ayuda, el verdadero maestro de la técnica terapéutica es el propio paciente, cuando logra conectar de manera inconsciente con la propia herida del técnico, condición infranqueable de la posible identificación con el paciente que todo psicólogo debe recrear internamente.

Las practicas propedéuticas o de servicio social, deberían ser vistas por los estudiantes como los espacios idóneos para la construcción en ciernes de la identidad profesional (Beltrán, M. y Fornasari, M. comp., 2012), que pone a prueba lo aprendido y lo incorporado teórica y metodológicamente a lo largo de su trayectoria en la universidad, articulándolo con la práctica concreta en algún proyecto de trabajo o de investigación. La ventaja del dispositivo grupal remite a un espacio donde es posible articular lo aprendido con la práctica concreta y las dificultades detectadas o no detectadas en la intervención que hace el joven en su labor de “entrenamiento”.

Este último debe ser una experiencia que repercuta de manera favorable en la subjetividad del practicante de la psicología, debe afectarlo de tal forma que esa afectación sea un índice de que el contacto entre humanos fue posible, superando actitudes extremas de fusión-indiscriminación con su asistido, o con las opuestas de evitación fóbica y desimplicación personal con su paciente, la teoría kleiniana lo remite a los juegos de identificación introyectiva o proyección e identificación proyectiva. La modulación que busca hacer operativa y eficaz la intervención del practicante es registrada en la elaboración que realiza el estudiante en su grupo de formación enfocado a fomentar el autoconocimiento a través del vinculo con los otros y en los avances que identifica su supervisor en la mejora y el pulimiento de la técnica que logra el formando.

Insisto, mi planteo no solo visualiza un trabajo de prevención de la salud mental del estudiante, sino fundamentalmente una labor que incidirá favorablemente en los usuarios de los servicios que los estudiantes cubran con el tiempo dedicado a su práctica, es pensar en la gente, en su bienestar y en la mejora social en general.

Para terminar.

Nuestro pensamiento deriva de la práctica institucional aplicando la técnica de los grupos operativos, la psicoterapia grupal, la capacitación laboral y profesional, el laboratorio social, los grupos de formación analítica y la práctica privada con estudiantes y graduados de psicología, aplicando el dispositivo grupal denominado grupos centrados en una tarea y de la labor institucional en diseños de programas de postgrado, de la docencia a nivel superior y de la reflexión sobre lo hecho.

El marco teórico general, remite a la psicología social de corte analítico, de la cual se desprende una concepción explicita del sujeto social, cuyo campo de despliegue es el ámbito de lo grupal. Mi interés se centra en difundir el pensamiento de Pichon Riviere y sus continuadores, recurriendo para ello a proponer una opción de formación del psicólogo clínico como operador psicosocial, que le permita superar una visión del sujeto como individuo, o como organismo que se adapta al medio (Toledo, H. et al., 1998)

Asumimos que la psicología social, explicita una problemática compleja que podemos resumir como el campo (tal como lo entiende Bordieu), de lo grupal, espacio de confluencia de múltiples saberes y de condicionamientos y atravesamientos múltiples, e identificamos en él la dimensión donde se produce la subjetividad. La creación, producción y diseño de dispositivos que trabajan y “moldean” o reconfiguran la subjetividad y los vínculos en los espacios grupales se volvieron punta de lanza de proyectos que llevamos a cabo en diferentes espacios institucionales. El diseño de programas de formación en este ámbito, nos permite explicitar que con un programa más o menos extenso, y por tanto amplio y a la vez profundo, se puede trasmitir un modelo teórico, metodológico y técnico que prepare al sujeto para el abordaje de los diversos ámbitos en que se despliega la problemática de lo grupal.

Ello favorecería que en diferentes dimensiones de lo social, se puedan generar experiencias que promuevan espacios donde la comunicación, los procesos identificatorios, las filiaciones, las pertenencias, la cooperación y los lazos sociales así construidos promuevan procesos de subjetivación de los que allí concurren, tendientes a conmover a través de los vínculos, la potencia creadora de los sujetos sociales, y la producción de sentido humano social, identificando a la vez, aquellas prácticas y estilos de vida que obturan la visión de los efectos sociales de nuestra presencia en el mundo y de la responsabilidad que compete en nuestras prácticas sociales.

Referencias.

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  3. Battegay, R. (1978) El hombre en el grupo. Barcelona, editorial Herder.
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Monterrey, Marzo de 2014.

Trabajo presentado en la 1ª. Semana Cultural de la Universidad Emiliano Zapata. Ciclo de Conferencias. Del 31 de Marzo al 4 de Abril de 2014. Monterrey, Nuevo León. México.

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