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Observaciones sobre la función del lenguaje en el descubrimiento freudiano. Emilio Benveniste.

Publicado por Emilio Benveniste activado 25 Mayo 2014

Observaciones sobre la función del lenguaje en  el descubrimiento freudiano. Emilio Benveniste.

Observaciones sobre la función del lenguaje en

el descubrimiento freudiano.

Emilio Benveniste.

En la medida en que el psicoanálisis aspira a plantearse como ciencia, hay razón para pedirle cuentas de su método, de sus pasos, de su proyecto, y compararlos con los de las “ciencias” reconocidas.

Quien desee discernir los procedimientos de razonamiento sobre los que descansa el método psicoanalítico desemboca en una verificación singular. Del trastorno registrado hasta la curación, todo ocurre como si no interviniese nada de material. Nada se practica que se preste a una verificación objetiva. No se va estableciendo de una inducción a la siguiente, esa relación de causalidad visible que buscamos en un razonamiento científico.

Cuando –a diferencia del psicoanalista- el psiquiatra intenta remitir el trastorno a una lesión, al menos su itinerario tiene el aire clásico de una búsqueda que se remonta a “la causa” para tratarla. Nada parecido en la técnica analítica. Para quien no conoce el análisis más que en las relaciones que Freud ofrece (es el caso del autor de estas páginas) y para quien considera menos la eficacia practica, que aquí no esta en tela de juicio, que la naturaleza de los fenómenos y los nexos en que son planteados, el psicoanálisis parece distinguirse de toda otra disciplina.

Principalmente en esto: el analista opera sobre lo que el sujeto le dice. Lo considera en los discursos de este, lo examina en su comportamiento locutorio, “fabulador”, y a través de estos discursos se configura lentamente para él, otro discurso que le tocara explicitar, el del complejo sepultado en el inconsciente. De sacar a la luz tal complejo depende el éxito de la cura, lo cual atestigua a su vez que la inducción era correcta.

Así, del paciente al analista y del analista al paciente, el proceso entero es operado por mediación del lenguaje. Es esta relación la que merece atención y distingue propiamente este tipo de análisis. Enseña, nos parece, que el conjunto de los síntomas de naturaleza diversa que el analista encuentra y escruta sucesivamente son el producto de una motivación inicial en el paciente, inconsciente al principio, a menudo transpuesta a otras motivaciones, conscientes estas y generalmente falaces.

A partir de esta motivación, que se trata de descubrir, todas las conductas del paciente se iluminan y encadenan hasta el trastorno que, a ojos del analista, es a la vez conclusión y sustituto simbólico. Discernimos aquí pues, un rasgo esencial del método analítico: los “fenómenos” son gobernados por una relación de motivación, que ocupa aquí el lugar que las ciencias de la naturaleza definen como una relación de causalidad. Nos parece que si los analistas admiten este punto de vista, el estatuto científico de su disciplina, en su particularidad propia, así como el carácter especifico de su método, quedaran mejor establecidos.

Hay una señal neta de que la motivación carga aquí con la función de “causa”. Es sabido que el camino seguido por el analista es enteramente regresivo, y que aspira a provocar la emergencia, en el recuerdo y en el discurso del paciente, del dato fáctico a cuyo alrededor se ordenara en adelante la exégesis analítica del proceso mórbido. De suerte que el analista va en pos de un dato “histórico” escondido, desconocido, en la memoria del sujeto consienta éste o no en reconocerlo e identificarse con él.

Se nos podría objetar entonces que este resurgimiento de un hecho vivido, de una experiencia biográfica, equivale precisamente al descubrimiento de una “causa”. Pero se ve en el acto que el hecho biográfico no puede cargar él solo con el peso de una conexión causal. Primero, porque el analista no puede conocerlo sin ayuda del paciente, único que sabe “lo que le ocurrió”. Aunque pudiera, no sabría que valor atribuir al hecho.

Supongamos incluso que, en un universo utópico, el analista consiguiera descubrir, en testimonios objetivos, el rastro de todos los acontecimientos que componen la biografía del paciente: seguiría sin sacar en claro gran cosa, y no, salvo por feliz accidente, lo esencial. Pues si le es preciso que el paciente le cuente todo y aun que hable al azar y sin propósito definido, no es para encontrar un hecho empírico que no haya quedado registrado en ninguna parte sino en la memoria del paciente: es que los acontecimientos empíricos no tienen realidad para el analista mas que en y por el “discurso” que les confiere la autenticidad de la experiencia, sin importar su realidad histórica, y aun (mas valiera decir, sobre todo) si el discurso elude, traspone o inventa la biografía que el sujeto se atribuye.

Precisamente porque el analista desea revelar las motivaciones mas que reconocer los acontecimientos. La dimensión constitutiva de esta biografía es que es verbalizada y así asumida por quien la narra como suya; su expresión es la del lenguaje, la relación del analista con el sujeto, la del dialogo.

Todo anuncia aquí el advenimientote una técnica que hace del lenguaje su campo de acción y el instrumento privilegiado de su eficiencia. Pero surge entonces una cuestión fundamental: ¿cuál es pues este lenguaje” que actúa tanto como expresa?, ¿es idéntico al que se emplea fuera del análisis?, ¿es solamente el mismo para las dos partes? En su brillante memoria sobre la función y el campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis, el doctor. Lacan dice del método analítico (p. 103): “Sus medios son los de la palabra en tanto que ésta confiere a las funciones del individuo un sentido: su dominio es el del discurso concreto en tanto que realidad transindividual del sujeto; sus operaciones son las de la historia en tanto que constituye la emergencia de la verdad en lo real”. A partir de estas justas definiciones, y ante todo la distinción introducida entre los medios y el dominio, es posible intentar delimitar las variedades del “lenguaje” que están en juego.

En primera instancia, encontramos el universo de la palabra, que es el de la subjetividad. A lo largo de los análisis freudianos enteros, se percibe que el sujeto se sirve de la palabra y del discurso para “representarse” él mismo, tal como quiere verse, tal como llama al “otro” a verificarlo. Su discurso es llamado y recurso, solicitación a veces vehemente del otro a través del discurso en que se plantea desesperadamente, recurso a menudo mentiroso al otro para individualizarse ante sus propios ojos.

Por el mero hecho de la alocución, el que habla de sí mismo instala al otro en sí y de esta suerte se capta a sí mismo, se confronta, se instaura tal como aspira a ser, y finalmente se historiza en esta historia incompleta o falsificada. De modo que aquí el lenguaje es utilizado como palabra, convertido en esta expresión de la subjetividad apremiante y elusiva que conforma la condición del diálogo. La lengua suministra el instrumento de un discurso en donde la personalidad del sujeto se libera y se crea, alcanza al otro y se hace reconocer por él.

Ahora, la lengua es estructura socializada, que la palabra somete a fines individuales e intersubjetivos, añadiéndole así un perfil nuevo y estrictamente personal. La lengua es sistema común a todos; el discurso es a la vez portador de un mensaje e instrumento de acción. En este sentido, las configuraciones de la palabra son cada vez únicas, pese a realizarse en el interior y por mediación del lenguaje. O sea que hay antinomia en el sujeto entre el discurso y la lengua.

Pero para el analista, la antinomia se establece en un plano muy diverso y adquiere otro sentido. Ha de atender al contenido del discurso, mas no menos y sobre todo a los desgarrones del discurso. Si el contenido lo informa acerca de la representación que el sujeto se da de la situación y acerca de la posición que en ella se atribuye, busca, a través de este contenido uno nuevo, el de la motivación inconsciente que procede del complejo sepultado. Mas allá del simbolismo inherente al lenguaje, percibirá un simbolismo especifico que se constituirá, a despecho del sujeto, tanto a partir de lo que omite como de lo que enuncia.

Y en la historia en que el sujeto se coloca, el analista provocará la emergencia de otra historia, que explicará la motivación. Tomará así el discurso como trujamán de otro ”lenguaje” que tiene sus reglas, sus símbolos y su “sintaxis” propios, y que remite a las estructuras profundas del psiquismo. Al señalar estas distinciones, que requerirían abundantes desenvolvimientos, pero que sólo el analista podría precisar y matizar, quisiéramos sobre todo aclarar ciertas confusiones que se correría el riesgo de establecer en un dominio en donde es ya difícil saber de qué se habla cuando se estudia el lenguaje ingenuo” y en donde las preocupaciones del análisis introducen una dificultad nueva.

Freud ha alumbrado decisivamente la actividad verbal tal como se revela en sus desfallecimientos, en sus aspectos de juego, en su libre divagación cuando queda suspendido el poder de censura. Toda la fuerza anárquica que refrena o sublima el lenguaje normalizado tiene su origen en el inconsciente.

Freud ha observado también la afinidad profunda entre estas formas de lenguaje y la naturaleza de las asociaciones que se establecen en el sueño, otra expresión de las motivaciones inconscientes. Se vio conducido así a reflexionar sobre el funcionamiento del lenguaje en sus relaciones con las estructuras infra-conscientes del psiquismo, y a preguntarse si los conflictos que definen tal psiquismo no habrían impreso su huella en las formas mismas del lenguaje.

Planteó el problema en un articulo publicado en 1910 y titulado El doble sentido antitético de las palabras primitivas. En el punto de arranque hay una observación esencial de su Traumdeutung, acerca de la insensibilidad a la contradicción que caracteriza a la lógica del sueño.

Observaciones sobre la función del lenguaje en  el descubrimiento freudiano. Emilio Benveniste.

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