Overblog Seguir este blog
Edit post Administration Create my blog

Un texto Clásico, de José Bleger.

Publicado por José Bleger activado 25 Agosto 2014

Un texto Clásico, de José Bleger.

Psicoanálisis del encuadre

psicoanalítico

José Bleger.

(Transcripción de Juan Antonio Cortés).

Winnicott define el “setting” como la suma de todos los detalles de la técnica. Propongo -Por razones que se verán en el desarrollo del tema- que adoptemos el término situación psicoanalítica para la totalidad de los fenómenos incluidos en la relación terapéutica entre el analista y el paciente. Esta situación abarca fenómenos que constituyen un proceso, que es el que estudiamos, analizamos e interpretamos: pero incluye también un encuadre, es decir, un “no-proceso” en el sentido de que son las constantes, d entro de cuyo marco se da el proceso[1].

La situación analítica puede ser así estudiada desde el punto de vista de la metodología que ella significa, correspondiendo el encuadre a las constantes de un fenómeno, un método o una técnica, y el proceso al conjunto de variables. Sin embargo, este aspecto metodológico será aquí dejado de lado y sólo lo citamos para que se comprenda que un proceso sólo puede ser investigado cuando se mantienen las mismas constantes (encuadre). Es así como dentro del encuadre psicoanalítico incluimos el rol del analista, el conjunto de factores espacio (ambiente) temporales y parte de la técnica[2] (en la que se incluye el establecimiento y mantenimiento de horarios, honorarios, interrupciones regladas, etc.).

Me interesa ahora el psicoanálisis del encuadre psicoanalítico y existe una literatura importante sobre la necesidad de su mantenimiento y sobre las rupturas y distorsiones que el paciente provoca en él mismo en el curso de cualquier análisis (en grados y características variables: desde el exagerado cumplimiento obsesivo a una represión, actingout o una disgregación psicótica). Mi trabajo en el psicoanálisis de psicóticos me enseñó con evidencia la importancia del mantenimiento y defensa de los fragmentos o elementos que del encuadre hayan podido quedar, lo cual se logra –a veces- únicamente con la internación. Sin embargo, tampoco quiero enfocar ahora el problema de la “ruptura” o “ataques” al encuadre. Quiero estudiar qué es lo que involucra el mantenimiento idealmente normal de un encuadre[3].

Así dicho, pareciera que no es posible tal estudio porque ese análisis ideal no existe. Y estoy de acuerdo con tal opinión. Lo cierto es que, a veces en forma permanente y otras esporádicas, el encuadre se convierte, de fondo de una Gestalt en figura, es decir, en proceso. Pero, aun en estos casos, no es lo mismo que el proceso, en sí mismo, de la situación analítica, porque en las “faltas” al encuadre nuestra interpretación tiende siempre a mantenerlo o a restablecerlo; diferencia importante con nuestra actitud en el análisis del proceso mismo. En este sentido, me interesa examinar el significado psicoanalítico del encuadre, cuando éste no es el problema, en el análisis “ideal” (o en los momentos o periodos en que ello ocurre); es decir, pretendo el psicoanálisis del encuadre cuando éste se mantiene y no cuando se rompe; cuando sigue siendo un conjunto de constantes y no cuando se ha transformado en variables. El problema que quiero examinar es el de aquellos análisis en que el encuadre no es un problema. Y justamente para mostrar que es un problema. Esto me ha de insumir necesariamente buena parte del tiempo de que ahora dispongo, porque no se puede analizar un problema que no se define ni conoce.

Una relación que se prolonga durante años con el mantenimiento de un conjunto de normas y actitudes no es otra cosa que la definición misma de una institución. El encuadre es entonces una institución dentro de cuyo marco, o en cuyo seno, suceden fenómenos que llamamos comportamientos[4]. Lo que me resultó evidente es que cada institución es una parte de la personalidad del individuo. Y de tal importancia, que siempre la identidad –total o parcialmente- es grupal o institucional, en el sentido de que siempre, por lo menos una parte de la identidad se configura con la pertenencia a un grupo, una institución, una ideología un partido, etc. Fenichel escribió: “Fuera de toda duda, las estructuras individuales creadas por las instituciones, ayudan a conservar estas mismas instituciones”. Pero además de esta interacción individuos-instituciones, las instituciones funcionan siempre (en grado variable) como los límites del esquema corporal y el núcleo fundamental de la identidad.

El encuadre se mantiene y tiende a ser mantenido (activamente por el psicoanalista) como invariable, y mientras exista como tal, parece inexistente o no entra en cuenta, tanto como las instituciones o relaciones de las que sólo se toma conciencia justamente cuando ellas faltan, se obstruyen o dejan de existir. (No sé quién ha dicho del amor y del niño que sólo sabe que existen cuando lloran). Pero, ¿cuál es el significado del encuadre cuando se mantiene (cuando “no llora”)? Es, en todos los casos, el problema de la simbiosis, que es “muda”, y sólo se manifiesta cuando se rompe o amenaza romperse. Es lo que también ocurre con el esquema corporal, cuyo estudio comenzó por la patología, que fue al que mostró en primer lugar su existencia. Así como se habla del “miembro fantasma” hay que reconocer que siempre las instituciones y el encuadre se constituyen en un “mundo fantasma”: el de la organización más primitiva e indiferenciada. Lo que siempre está, no se percibe sino cuando falta; podríamos aplicar al encuadre la denominación de lo que Wallon llamó “ultra-cosas”, es decir, todo aquello que en la experiencia aparece como vago, indeterminado, sin concepción o conocimiento de ello.

Lo que organiza al yo no son sólo las relaciones estables con los objetos o instituciones sino las frustraciones y gratificaciones ulteriores con los mismos. No hay precepción de lo que siempre está. La percepción del objeto que falta y del que gratifica es posterior; lo más primitivo es la percepción de una “incompletud”. Lo que existe para la percepción del sujeto es aquello cuya experiencia le ha mostrado que puede faltarle. En cambio, las relaciones estables o inmovilizadas (las no-ausencias) son las que organizan y mantienen el no-yo y forman la base para estructurar el yo en función de las experiencias frustrantes y gratificadoras. El que no se perciba al no-yo no quiere decir que no existe psicológicamente para la organización de la personalidad. El conocimiento de algo sólo se da en la ausencia de ese algo, hasta que se organiza como objeto interno. Pero lo que no percibimos también existe. Y ese “mundo fantasma” existe depositado en el encuadre aunque éste no se haya roto, o precisamente por ello.

Quiero todavía hacer otra pequeña digresión que espero vaya dando más elementos para el estudio que me propuse. Nos hemos movido hasta hace poco muy cómodos en la ciencia, en el lenguaje, en la lógica, etc., sin darnos cuenta que todos estos fenómenos o comportamientos (todos ellos me interesan en tanto comportamientos, es decir en tanto fenómenos humanos) se dan en un contexto de supuestos que ignorábamos o que dábamos por inexistentes o invariables; pero ahora sabemos que la comunicación incluye una metacomunicación, la ciencia una metaciencia, la teoría una metateoría, el lenguaje un metalenguaje, la lógica una metalógica, etc., etc. Si varía la meta… varía el contenido de manera radical.[5] De esta manera el encuadre, siendo constante, es decisivo de los fenómenos del proceso de la conducta. En otros términos, el encuadre es una meta-conducta de la que dependen los fenómenos que vamos a reconocer como conductas. Es lo implícito, pero de lo cual depende lo explícito.

La meta-conducta funciona como la que Baranger, M. y W. llaman “el baluarte”: aspecto que el analizado procura no poner en juego eludiendo la regla fundamental; pero en la meta-conducta que me interesa analizar se cumple con la regla fundamental, y lo que me interesa es justamente el examen de ese cumplimiento. Concordamos con estos autores en señalar la relación analítica como una relación simbiótica; pero en los casos en que se cumple con el encuadre, el problema radica en que el encuadre mismo es el depositario de la simbiosis y que ésta no está en el proceso analítico mismo. La simbiosis con la madre (la inmovilización del no-yo) permite al niño el desarrollo de su yo; el encuadre tiene la misma función: sirve de sostén, de marco, pero sólo lo alcanzamos a ver –por ahora- cuando cambia o se rompe. El “baluarte” más persistente, tenaz e inaparente es así el que se deposita en el encuadre. Deseo ilustrar ahora esta descripción que hice del encuadre con el ejemplo breve de un paciente con carácter fóbico (A. A.), con intensa dependencia encubierta con una independencia reactiva; quien durante mucho tiempo vacilaba, deseaba y temía comprar un departamento; compra que nunca se realizaba. En un momento se entera accidentalmente de que yo había comprado hace tiempo un departamento que todavía se hallaba en construcción, y a partir de ahí comenzó un periodo de ansiedad y distintas actuaciones.

En un momento dado, relata lo que había sabido y yo le interpreto su actitud: la forma en que me lo dijo incluía el reproche de por qué yo no le había avisado de mi compra sabiendo que ése era un problema fundamental para él. Él intentó ignorar u olvidar el episodio presentando fuertes resistencias toda vez que yo (insistentemente por cierto) le relacionaba este hecho con sus actuaciones, hasta que empezaron a aparecer fuertes sentimientos de odio envidia, frustración con violentos ataques verbales, que fueron seguidos de un clima de alejamiento y desesperanza. Siguiendo el análisis de estas situaciones empezó a aparecer el “fondo” de su experiencia infantil, que puede reconstruir a través del relato de distintos recuerdos: en su casa sus padres nunca realizaron nada, absolutamente nada, sin informarle y consultarle, conociendo él todos los detalles del curso de la vida familiar.

Todos los detalles del curso de la vida familiar. Después de la aparición e interpretación reiterada de estos recuerdos (venciendo fuertes resistencias), inició la acusación de que todo se había roto entre nosotros, de que ya no podía confiar más en mí; aparecieron fantasías de suicidio, desorientación y confusión frecuentes y síntomas hipocondríacos[6]. Para el paciente se rompió “un algo” que era así y que debía ser como siempre lo fue, y no concebía que pudiese ser de otra manera. Exigía la repetición de lo vivido, de lo que para él fue “siempre así”, exigencia o condición que pudo mantener en el curso de su vida por medio de una restricción o limitación de su yo en la relación social y conservando siempre él el manejo de las relaciones, exigiendo una fuerte dependencia de sus objetos.

Quiero señalar en este ejemplo cómo la “no repetición”, por cumplimiento con el encuadre, trajo a la luz una parte muy importante de su personalidad: lo más fijo y estable de su personalidad, su “mundo fantasma”, la transferencia delirante (Láttle) o la parte psicótica de su personalidad: un no-yo que forma el marco de su yo y de su identidad. Sólo con el “no cumplimiento” de su “mundo fantasma” puede ver que “mí” encuadre no era el mismo que el suyo, que –antes del “no cumplimiento- ya estaba presente su “mundo fantasma”. Pero quiero subrayar que el mantenimiento del encuadre es lo que permitió el análisis de la parte psicótica de la personalidad. Lo que intento plantear no es cuántos de estos fenómenos aparecen por la frustración o por el choque con la realidad (el encuadre) sino –más importante aún- ¿cuánto de ello no aparece y no resulta posiblemente nunca analizable? No sé dar respuesta a la pregunta.

Lo que me interesa ahora es plantear (diseminar) el problema. Es similar a lo que ocurre con el rasgo de carácter que para su análisis debe ser transformado en síntomas, es decir, dejar de ser egosintónico. ¿Y lo que hacemos en el análisis del carácter no debiera hacerse con el encuadre? El problema es diferente y aún más difícil, ya que el encuadre no solamente no es egosintónico sino que es el marco sobre el que está construido el yo y la identidad del sujeto, y se halla fuertemente clivado del proceso analítico, del yo que configura la transferencia neurótica. Aunque se suponga en el caso de A: A, que, de una u otra manera, este material habría surgido lo mismo puesto que ya estaba presente, el problema sigue subsistiendo, en cuanto significado psicoanalítico del encuadre.

Sintetizando se podría decir que el encuadre (así definido como problema) constituye la más perfecta compulsión de repetición[7] y que en realidad hay dos encuadres: uno, el que propone y mantiene el psicoanalista, aceptado conscientemente por el paciente, y el otro (el del “mundo fantasma”), el que en él proyecta el paciente[8]. Y este último es una compulsión de repetición tan perfecta ya que es la más completa, la menos conocida y la más inadvertida[9]. Siempre me resultó sorprendente y apasionante, en el análisis de psicóticos, el hecho de coexistir una total negación del analista con una susceptibilidad exagerada a la infracción de cualquier detalle de lo “acostumbrado” (del encuadre), y cómo el paciente puede desorganizarse o tornarse violento, por ejemplo, por unos minutos de diferencia en el comienzo o en el término de la sesión. Ahora lo comprendo mejor: se desorganiza el “meta-yo” que en gran proporción es todo lo que tiene[10].

En la transferencia psicótica no se transfiere afecto sino “una situación total, la totalidad de un desarrollo”. (Lagache); mejor sería decir, la totalidad de un “no desarrollo”. Para Melanie Klein, la transferencia repite las primitivas relaciones de objeto, pero creo que lo más primitivo aun (la indiferenciación) se repite en el encuadre[11]E. Jacques dice que las instituciones son inconscientemente usadas como mecanismos de defensa contra ansiedades psicóticas, pero creo sería mejor decir que son las depositarias de la parte psicótica de la personalidad, es decir, de la parte indiferenciada y no resuelta de los primitivos vínculos simbióticos. Las ansiedades psicóticas se juegan dentro de la institución, y en el caso de la situación psicoanalítica, dentro de lo que hemos caracterizado como el proceso (lo que “se mueve” en oposición a lo que no: el encuadre[12].

El desarrollo del yo (en el análisis, en la familia, en cualquier institución) depende de la inmovilización del no-yo. Esta denominación de “no-yo” nos induce a pensar en él como algo inexistente, pero que es de existencia real, y tanto, que es el “meta-yo” del cual depende la posibilidad de formación y mantenimiento del yo: su misma existencia. De aquí podíamos decir que la identidad depende de la forma en que es mantenido o manejado el no-yo. Si la metaconducta varía, se modifica todo el yo (en grados posiblemente equivalentes entre su cuantum y su calidad[13] El no-yo es el fondo o el marco del yo organizado; “fondo” y “figura” de una sola Gestalt. Entre yo y no-yo (o entre parte neurótica y psicótica de la personalidad) no se instala una disociación sino un clivaje, tal como he caracterizado este término en un trabajo anterior.

N. N. era una paciente muy rígida y limitada que vivió siempre con sus padres en hoteles en diferentes países, lo único que llevaba siempre consigo era un cuadro pequeño. Su mala relación con sus padres y las continuas mudanzas hacían de este cuadro su “ambiente”, su no-yo: su meta-conducta, lo que le daba el “no cambio” para su identidad.

El encuadre “es” la parte más primitiva de la personalidad, es la fusión yo-cuerpo-mundo, de cuya inmovilización depende la formación, existencia y discriminación (del yo, del objeto, del esquema corporal, del cuerpo, la mente, etc., etc.). Los pacientes con “acting in” o los psicóticos traen también “su propio encuadre”: la institución de su primitiva relación simbiótica, pero también la traen todos los pacientes.

Es así como podemos reconocer mejor la situación catastrófica que siempre, en grado variable, supone la ruptura del encuadre por parte del analista (vacaciones, incumplimiento de horarios, etc.), porque en estas rupturas (las rupturas que forman parte del encuadre) se produce una “grieta” por la que se introduce la realidad, que resulta catastrófica para el paciente: “su” encuadre, su “mundo fantasma” quedan sin depositario y se pone en evidencia que “su” encuadre no es el encuadre psicoanalítico, tal como ocurrió con A. A. Pero ahora quiero dar un ejemplo de una “grieta” que el paciente toleró hasta que se vio necesitado de recuperar su omnipotencia, “su” encuadre.

A., hijo único de una familia que en su infancia fue muy rica, socialmente muy relevante y muy unida; vivió en una enorme y lujosa mansión con sus padres y abuelos, entre quienes él era el centro de cuidados y mimos. Por razones políticas les fueron expropiados muchos bienes, produciéndose una gran decadencia económica. Toda la familia se forzó durante un tiempo por vivir las apariencias de gente rica, disimulando el desastre y la pobreza, pero sus padres terminaron por mudarse a un departamento pequeño y por aceptar un empleo (sus abuelos habían muerto en el ínterin). Cuando la familia enfrentó y aceptó el cambio, é siguió viviendo “las apariencias”, se apartó de sus padres para vivir su profesión de arquitecto, pero disimulando su gran inseguridad e inestabilidad económica; tanto, que todo el mundo lo creía rico, y él vivió y fomentó su fantasía de que “no había pasado nada”, conservando así el mundo seguro e idealizado de su infancia (su ”mundo fantasma”). Era también la impresión que me provocaba en el tratamiento: de una “persona bien”, de una clase social y económica superior, que sin ostentación de “nuevo rico” conservaba un aire de seguridad, dignidad y superioridad, de estar fuera y por encima de las “miserias” y “pequeñeces” de la vida, entre las cuales se incluía el dinero.

El encuadre se mantuvo bien, pagando también regular y puntualmente. Cuando se analizó cada vez más su actitud y su dualidad (el clivaje de su personalidad), su moverse en dos minutos, manteniendo una ficción, empezó a deberme dinero y a ser impuntual tanto como a hablar (con gran dificultad) de su falta de dinero, lo cual lo hacía sentirse muy “humillado”. La ruptura del encuadre significó aquí una cierta ruptura de su organización omnipotente; la aparición de una “brecha” que se transformó en la vía para penetrar “contra” su omnipotencia (el mundo estable y seguro de su infancia). Cumplir el encuadre fue aquí la depositación de su mundo omnipotente mágico, de su dependencia infantil, de su transferencia psicótica: su fantasía más profunda era la de que el análisis le consolidaría esta omnipotencia y le devolvería totalmente “su” “mundo fantasma”. La ruptura del encuadre significó la ruptura de un clivaje y la aparición de una “brecha” de irrupción de la realidad.

“Vivir” en el pasado no era su fantasía inconsciente, era directamente su organización básica de su existencia. Transcribo partes de una sesión de un momento en que bruscamente sus padres sufrieron un accidente y se hallaban muy graves; en la sesión anterior me pagó parte de su deuda y comienza ésta sesión diciéndome que hoy me trajo tantos y pesos y que todavía quedan tantos, y que esa deuda la siente “como una brecha, como algo que falta”. (Pausa) Sigue: “ayer tuve relaciones sexuales con mi mujer y al comienzo estaba impotente, y eso me asustó mucho”. (Fue impotente al comienzo de su matrimonio). Le interpreto que ahora que está pasando una situación difícil por el accidente de sus padres, él desea volver a la seguridad que tenía en su niñez, a los padres y abuelos dentro de él, y que la relación con su mujer, conmigo y con la realidad actual lo vuelve impotente para eso. Que él necesita cerrar la brecha pagándome todo, para que el dinero desaparezca entre los dos, que desaparezca yo y todo lo que lo que ahora le hace sufrir.

Me contesta que ayer pensó que, realmente, él a su mujer sólo la necesita para no estar solo, pero que era un mero agregado a su vida. Le interpreto que él también desea que yo le satisfaga sus necesidades de la realidad para que ellas desaparezcan y poder volver así a la seguridad de su infancia y a la fantasía de reunión con sus abuelos, padre y madre, tal como era todo en su infancia. (Silencio) Y después dice que cuando sintió la palabra fantasía le pareció extraño que yo hable de fantasías y que tuvo miedo de volverse loco. Le digo que él necesita que yo le devuelva toda la seguridad de su infancia que él trata de retener dentro de sí para afrontar la situación difícil, y que por otra parte él siente que yo y la realidad con sus necesidades y dolores nos metemos por esa brecha, que deja ahora el dinero, su deuda, entre los dos. Termina la sesión hablando de un trasvestista; le interpreto que él se siente trasvestista: a ratos como hijo único y rico, a ratos como el padre, a ratos como la madre, a ratos como el abuelo y en cada uno de ellos como pobre y como rico.

Toda variación del encuadre pone en crisis en crisis el no-yo, “desmiente” la fusión, “problematiza” al yo y obliga a la reintroyección, re-elaboración del yo, a la activación de las defensas para inmovilizar o reproyectar la parte psicótica de la personalidad. Este paciente (Z) pudo admitir el análisis de “su” encuadre hasta que necesito defensivamente recuperarlo, y lo que interesa subrayares que su “mundo fantasma” aparece y se cuestiona con “falta” al encuadre (su deuda) y que la recuperación de su “mundo fantasma” se ligó a “cumplir” con “mi” encuadre, justamente para ignorarme o anularme. El fenómeno de la reactivación sintomatológica descrita al finalizar un tratamiento psicoanalítico se debe también a la movilización y regresión del yo por movilización del meta-yó. El fondo de la Gestalt se transforma en figura[14] El encuadre puede, de esta manera, ser considerado como “adictivo”, que si no es analizada sistemáticamente puede transformarse en una organización estabilizada, en la base de la organización de la personalidad, y el sujeto obtiene un yo “adaptado” en función de un modelamiento externo de las instituciones. Es la base –creo yo- de lo que Álvarez de Toledo, Grinberg y M. Langer han denominado el “carácter psicoanalítico“ y que los existencialistas denominan una existencia “fáctica”, y que podríamos reconocer como un verdadero “yo fáctico”.

Este “yo fáctico” es un “yo de pertenencia”: está constituido y mantenido por la inclusión del sujeto en una institución (que puede ser la relación terapéutica, la Asociación Psicoanalítica, un grupo de estudio o cualquier otra institución): no hay un “yo interiorizado” que dé estabilidad interna al sujeto. Digamos – de otra manera- que toda su personalidad está constituida por “”personajes”, es decir por roles, o -de otra manera- que toda su personalidad es una fachada. Estoy ahora describiendo el “caso límite”, pero hay que tener en cuenta la variación cuantitativa, porque no hay manera de que este “yo fáctico” deje de existir del todo (ni creo que sea necesario). El “pacto” o la relación terapéutica negativa constituyen la perfecta instalación del no-yo, del paciente en el encuadre y su no reconocimiento y aceptación por el psicoanalista; más aún, podríamos decir que la reacción terapéutica negativa es una verdadera perversión de la relación transferencia-contratransferencia. La “alianza terapéutica” es –a diferencia- la alianza con la parte más sana del paciente (Greenacre); y esto es cierto para el proceso pero no para el encuadre. En este último, la alianza es con la parte psicótica (o simbiótica) de la personalidad del paciente (¿con la correspondiente del analista? No lo sé todavía)[15]

Winnicott dice que, “para el neurótico, el diván, la calidez y el confort pueden ser simbólicamente el amor de la madre; para el psicótico sería más exacto decir que estos casos son la expresión física del amor del analista. El diván es el regazo del analista o el útero, y la calidez del analista es la viva calidez del cuerpo del analista”. En lo que se refiere al encuadre, éste siempre es la parte más regresiva, psicótica del paciente (para todo tipo de paciente). El encuadre es lo más presente, al igual que los padres para el niño. Sin ellos no hay desarrollo del yo, pero su mantenimiento más allá de lo necesario, o la falta de modificación de la relación (con el encuadre o con los padres), puede significar un factor negativo, de paralización del desarrollo[16].

En todo análisis, aun con un encuadre idealmente mantenido, el encuadre debe transformarse de todos modos en objeto de análisis. Esto no significa que ello no se haga en la práctica, pero deseo subrayar la interpretación o el significado de lo que se hace o se deja de hacer, y su trascendencia. La de-simbiotización de la relación analista-paciente sólo se alcanza con el análisis sistemático del encuadre en el momento preciso. Y con esto nos encontraremos con las resistencias más tenaces, porque no es algo reprimido sino clivado y nunca discriminado; su análisis conmueve al yo y a la identidad más madura alcanzada por el paciente. No se interpreta lo reprimido; se crea el proceso secundario. No se interpreta sobre lagunas mnésicas sino sobre el sobre lo que nunca formó parte de la memoria. No es tampoco una identificación proyectiva; es la manifestación del sincretismo o la “participación” del paciente.

El encuadre forma parte del esquema corporal del paciente; es el esquema corporal en la parte en que el mismo todavía no se ha estructurado y discriminado; quiere decir que es algo diferente del esquema corporal propiamente dicho: es la indiferenciación cuerpo-ambiente. Por ello, con frecuencia, la interpretación de gestos o actitudes corporales resulta muy persecutoria, porque no “movemos” el yo del paciente sino su “meta-yo”. Quiero tomar ahora otro ejemplo que tiene también la particularidad de que justamente no puedo describir lo "mudo" del encuadre sino el momento en que éste se revela, cuando ha dejado de ser mudo. Ya lo he comparado con el esquema corporal, cuyo estudio ha comenzado precisamente por el de sus perturbaciones. Pero además, en este caso, el propio encuadre del psicoanalista estaba viciado.

En un control, un colega trae el análisis de un paciente al que desde hace varios años interpreta la neurosis transferencial, pero se mantiene una cronificación y una ineficiencia terapéutica, razones -estas últimas- por las que decide traerlo a control. El paciente "respetaba" el encuadre y en ese sentido "no había problemas", el paciente asociaba bien, no había actings y el analista interpretaba bien (sobre la parte que trabajaba). Pero el paciente y terapeuta se tuteaban porque así lo propuso el paciente al comienzo de su análisis (aceptado por el terapeuta). Llevó muchos meses el análisis de la contra-transferencia del terapeuta hasta que se "animó" a rectificar el tuteo interpretando al paciente lo que ocurriría y lo que se escondía en ese tuteo. La anulación del tuteo, por su análisis sistemático, puso de manifiesto la relación narcisística y el control omnipotente y la anulación de la persona y del rol del terapeuta, inmovilizado en el tuteo.

En el tuteo, el paciente impuso su "propio encuadre" superpuesto con el del analista, pero en rigor, anulando a este último. El colega se vio enfrentado con un trabajo que le resultó un esfuerzo muy grande, en la sesión con su paciente (y en su contratransferencia), lo cual llevó a un intenso cambio del proceso analítico y a la ruptura del yo del paciente, que se mantenía en condiciones precarias y con un "espectro" muy limitado de intereses, con intensas y extensas inhibiciones. El cambio del tuteo, mediante el análisis llevó a ver que no se trataba de un carácter fóbico sino de una esquizofrenia simple con una "fachada" caracterológica fóbica-obsesiva.Yo no creo que hubiese podido ser operante modificar el tuteo desde el comienzo, ya que el propio candidato no estaba en condiciones técnicas de manejar un paciente con una fuerte organización narcisística.

Si sé que el analista no tiene que aceptar el aceptar el tutear al paciente, aunque sí aceptar el tuteo del paciente y analizarlo en el momento oportuno (que retrospectivamente no puedo ubicar). El analista debe aceptar el encuadre que el analista trae (que es el "meta-yo" del mismo), porque en éste se halla resumida la simbiosis primitiva no resuelta, pero tenemos que afirmar, al mismo tiempo, que aceptar el meta-yo (el encuadre) del paciente no significa abandonar el propio, en función del cual se hace posible analizar el proceso y el encuadre mismo transformado en proceso.

Toda interpretación del encuadre (no alterado) moviliza la parte psicótica de la personalidad. Constituye lo que he denominado una interpretación clivada. Pero la relación analista-paciente fuera del encuadre riguroso (como en este ejemplo), tanto como las relaciones "extra-analíticas", posibilitan el encubrimiento de la transferencia psicótica y permiten el "cultivo" del "carácter psicoanalítico". Otro paciente (B. C.) Mantuvo siempre el encuadre, pero al avanzar en un embarazo dejó de saludarme al entrar y salir (nunca me estrechó la mano desde el comienzo de su tratamiento). La inclusión en la interpretación del dejar de saludarme fue enormemente resistida, pero en ello se vio la movilización de su relación simbiótica con su madre, de características muy persecutorias, que a su vez fue actualizada por su embarazo.

Subsiste el no estrecharme la mano al entrar ni al salir y ahí reside todavía gran parte de "su encuadre" diferente al mío. Creo que la situación es más compleja todavía; porque el no estrecharme la mano no es un detalle que falta para completar el encuadre; es un índice de que ella tiene otro encuadre, otra Gestalt que no es la mía (la del tratamiento psicoanalítico), en la cual mantiene clivada su relación idealizada con la madre. Cuando más tratemos con la parte psicótica de la personalidad, más debemos tener en cuenta que un detalle no es un detalle, sino índice de una Gestalt, es decir, de toda una organización o estructura particular.



Resumen.

Se propone designar situación analítica a la totalidad de los fenómenos incluidos en la relación terapéutica entre el analista y el paciente; esta situación abarca fenómenos que constituyen un proceso, que es el que estudiamos, analizamos e interpretamos; pero incluye también un encuadre, es decir un "no proceso" en el sentido de que son las constantes, dentro de cuyo marco se da el proceso.

Se estudian las relaciones entre ambos y se define el encuadre comp el conjunto de constantes dentro del cual se da el proceso (variables). El propósito básico es el de estudiar -no la ruptura del encuadre- sino su significado psicoanalítico cuando se mantiene en condiciones "idealmente normales". Se estudia así el encuadre como una institución dentro de cuyo marco suceden fenómenos que llamamos comportamientos. En este sentido, el encuadre es "mudo" pero no por ello inexistente, formando el no-yo del paciente en base al cual se configura el yo. Este no-yo es el "mundo fantasma" del paciente, que se deposita justamente en el encuadre y representa una "meta-conducta".

Se ilustra el papel del encuadre con varios ejemplos clínicos en los que se ve la depositación en el encuadre de la más primitiva "institución familiar" del paciente, que es una repetición de compulsión más perfecta, que actualiza la indiferenciación primitiva de los primeros estadios de la organización de la personalidad. El encuadre, como institución, es el depositario de la parte psicótica de la personalidad; es decir la parte indiferenciada y no resuelta de los primitivos vínculos simbióticos.
Se estudia el significado psicoanalítico del encuadre así definido y la repercusión de estas consideraciones sobre la clínica y la técnica psicoanalíticas.

Bibliografía.

Abraham, K. : “A particular form neurotic resistance against the psycho-analitic method”. En Selected Papers on Psycho-Analysis. Londres, Hogarth Press, 1949.

Álvarez de Toledo, R. ; Grinberg, L. ; Langer, M. : “Terminación de análisis”. Relato oficial al 1er. Congreso Psicoanalítico Panamericano, México, 1964.

Baranger, W. y M. : “La situación analítica como campo dinámico”. Montevideo, Revista Uruguaya de Psicoanálisis, vol. VI, 1, 1961-1962.

–“El insight en la situación analítica. Montevideo, Revista Uruguaya de Psicoanálisis, vol VI, 1, 1964.

Bleger, J. : Psicohigiene y psicología institucional. Buenos Aires, Páidos, 1966.

Christoffel, H. : “The problema of transference”. Revue Francaise de Psychanalyse, vol, XVI, 1952.

Fenichel, O.:Teoría psicoanalítica de las neurosis. Buenos Aires, Páidos, 1966.

Freud, S.; “Remembering, repeating and working through”. Londres, Stand Ed. Hogarth Press.

García Reinoso, D.: “Cuerpo y mente”. Buenos Aires, Revista de Psicoanálisis, vol XIII 3, 1956.

  • “Sobre el esquema corporal”. Buenos Aires, Revista de Psicoanálisis, vol XIII, 1956.

Greenacre, Ph.: “Certain technical problemsin the transference relationship”. Journ, Am. Psa., vol. VII, 1959.

Jaques, E.: The changing culture of factory. Londres, Tavistock Publ. Ltg., 1951. – “Los sistemas sociales como defensa a las ansiedades persecutorias y depresivas” En: Klein, m.: Nuevas direcciones en psicoanálisis. Buenos Aires, Páidos, 1965.

Lagache, D.: “El problema de la transferencia”. Montevideo, Revista Uruguaya de Psicoanálisis, vol, I, 2-3, 1956.

Liberman, D. : Ferschtut, G. ;Sor, D: “El contrato analítico”. Buenos Aires, Revista Uruguaya de Psicoanálisis, vol XVIII, 1961. (Número Especial).

Liberman, D. : La comunicación en terapéutica psicoanalítica. Buenos Aires, Eudeba, 1962.

Lieber, L. R. : “The great Discovery of Modern Mathematics”. General semantics bulletin, 26-27, 1960.

Little, m.: “On delusional Transference”. Int. J. Psychoanal. Vol XXXIX, 2-4, 1958.

Nunberg, H : “Transference and reality”. Int. J. Psychoanal. Vol XXXII, 1951.

Reider, N.: “A type of transference to institutions”. Bull. Of Menninger Clinic., vol. XVII, 1953.

Rodrigué, E.: El contexto de la transferencia. Presentado en la Asociación Psicoanalítica Argentina. XII, 1965.

Wender, L.: “Reparación patológica y perversión”. Presentado en la Asociación Psicoanalítica Argentina, 1965.

Winnicot, D. W. :

  1. “Primitive emotional development” (1945) Collected Papers. Londres, Tavistock Pub. Ltd., 1958.
  2. “Hate in the countertransference” (1947). Collected Papers.
  3. “Clinical Varieties of Transference”. (1955). Collected Papers.


Notas.-

[1]Aquí se podría comparar esta terminología con la utilizada respectivamente por D. Liberman y E. Rodrigué.

[2] El encuadre corresponde más a una estrategia que a la técnica. Una parte del encuadre incluye “el contrato analítico” que “es un convenio entre dos personas, en el que existen dos elementos formales de intercambio recíproco: tiempo y dinero” (Liberman y colaboradores)

[3] El problema tal cual lo planteo es similar a lo que los físicos llaman una experiencia ideal, es decir un problema que no se da total y precisamente en la forma en que se define o se plantea, pero que es de enorme utilidad (teórica y práctica). Posiblemente sea a este análisis o problema ideal al que en una oportunidad se refirió E. Rodrigué como el historial del paciente que nadie escribió ni nadie podrá escribir.

[4] Justamente me vi llevado, en parte, a este estudio a raíz de un conjunto de seminarios sobre psicología institucional y a raíz de mi experiencia en este terreno (escasa, por cierto, por ahora)

[5] Esta variación de la meta… o variación de los supuestos fijos o constantes, es el origen de la geometría no cuclidiana y del álgebra booleana (Lieber, L. R.). En psicoterapia, cada técnica tiene sus supuestos (su encuadre) y, por lo tanto, también sus propios “contenidos” o procesos.

[6]Como lo dice Little para la transferencia delirante, aparecieron asociaciones referidas a su cuerpo, de experiencias muy tempranas: que se sentía inmovilizado, y asoció que de chico era envuelto con una faja que lo mantenía completamente inmóvil. El no-yo del encuadre incluye el cuerpo, y si el encuadre se rompe, los límites del yo formado por el no-yo tenían que ser recuperados a nivel del cuerpo.

[7]Esta compulsión de repetición no es sólo “una forma de recordar” (Freud) sino una manera de vivir o la condición para vivir.

[8]Wender describió en su trabajo que hay dos pacientes y dos analistas, a lo que ahora agrego que hay también dos encuadres

[9] Rodrigué describe una “transferencia suspendida” y la “dificultad nace de que se habla de un fenómeno que, de existir, en forma pura, tendría que ser mudo por definición”.

[10]Creo que es apresurado hablar siempre de un “ataque” al encuadre cuando éste no es cumplido por el paciente. El analizado trae “ lo que tiene” y no es siempre un “ataque” , sino su propia organización (aunque sea desorganizada)

[11]La ambigüedad del “como si” de la situación analítica, estudiada por W. y M. Baranger, no cubre “todos los aspectos del campo analítico”, como dicen estos autores, sino sólo al proceso. El encuadre no admite ambigüedad, ni por parte de la técnica del psicoanalista ni por parte del paciente. Cada encuadre es y no admite ambigüedad Igualmente, el fenómeno de la participación (LévyBruhl) o del sincretismo, que admiten para la situación analítica, yo creo que rigen según mi opinión sólo para el encuadre.

[12]Reider describe distintos tipos de transferencia a la institución en lugar del terapeuta; el psicoanálisis como institución parece ser un medio de recuperar la omnipotencia perdida participando en el prestigio de una gran institución. Creo que lo importante aquí es considerar la situación psicoanalítica como una institución en sí misma, especialmente el encuadre.

[13] G. Reinoso ha dicho que si bien –como lo señaló Freud- el yo es corporal, el no-yo lo es. Algo más podríamos agregar: que el no-yo es un yo diferente, de cualidades distintas. Esto implica también, que no hay un sentido de realidad y una falta del mismo, hay distintas estructuras del yo y del sentido de realidad

[14] Debe ser este hecho lo que ha llevado a algunos autores (Christoffel) a la ruptura del encuadre como técnica (con el abandono del diván y entrevista cara a cara); criterio que no comparto.

[15] No creo que esta transferencia psicopática clivada y que se deposita en el encuadre sea consecuencia de la represión, de la amnesia infantil.

[16] Rodrigué, E. : en “El contexto de la transferencia” compara el proceso analítico con la evolución.

Un texto Clásico, de José Bleger.

Comentar este post