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La visión de Feinmann sobre la dialéctica del Amo y el esclavo.

Publicado por J. Pablo Feinmannn activado 27 Enero 2015

La visión de Feinmann sobre la dialéctica del Amo y el esclavo.

Hegel, dialéctica del Amo y el Esclavo

José Pablo Feinmann, “La Filosofía y el Barro de la Historia”, 2008

El hombre puede desear una cosa, pero si la desea la desea humanamente: la desea si otro hombre la desea. Impongo mi deseo al de este y lo obligo a reconocerme en mi superioridad y a reconocer mi derecho a la cosa. No habría –y aquí reside la agudeza de este análisis– un deseo inmediato de la cosa.

El hombre no desea una cosa de modo inmediato, como el animal, sino mediato. La desea porque otro la desea y la desea para imponerse a este otro y hacerse reconocer por él. Ahora bien, si desea la cosa para lograr que el otro, sometiéndose, deje de desearla y se la entregue desistiendo de ella, vemos que eso que en verdad desea sigue siendo el deseo, el reconocimiento del otro. ¿Cómo es esta lucha por el reconocimiento?

El deseo humano no es biológico. El deseo de reconocimiento no es un deseo biológico. Sería biológico si deseara una cosa para consumirla, alimentarse. El deseo no quiere comida. Su hambre es otra. Es un hambre no-biológico. Es hambre de deseos. Hambre de reconocimiento. Al estar en una comunidad de deseos se está en una comunidad de antagonismos. De enfrentamientos. Se trata de la lucha por ser reconocido. De las dos consciencias que se enfrentan ninguna es el Amo, ninguna el Esclavo. Estas dos figuras son resultado de una lucha. En esa lucha, una de las dos conciencias teme morir. La otra, no. En una de las dos conciencias el miedo a morir es más fuerte que el deseo de reconocimiento.

Es decir, yo quiero que la otra conciencia, la que me enfrenta, se me someta y me reconozca. Sobrellevo esta tensión hasta donde puedo. De pronto el miedo le pone un límite a mi deseo. La otra conciencia no se me somete. Descubro en ella que está dispuesta a luchar hasta morir. Peor aún: descubro en ella que no le importa la morir. Que no piensa en la muerte. Que sólo piensa en su deseo y en cómo saciarlo. Porque el deseo, ante todo, es deseo del deseo. (Ya vamos a ver, al estudiar a Nietzsche, cómo la voluntad de poder es, y también ante todo, “voluntad de la voluntad”.

Y que este retorno sobre sí de la voluntad, este incesante quererse a sí misma, bien puede entenderse como el “eterno retorno” en Nietzsche). Al ser, el deseo, esto, es decir, deseo del deseo, no cabe en él otra posibilidad más que darse satisfacción, volverse real: ser reconocido y someter. De los dos deseos enfrentados, el deseo que es más deseo de su deseo que el otro del suyo es el que somete. Al desear tan extremadamente mi deseo no le temo a la muerte. El otro deseo, el que cede, teme más a la muerte de lo que desea

a su deseo. Ya que si deseara a su deseo no temería morir.

Morir es un hecho biológico. Morir es un hecho de la naturaleza. Ergo, la conciencia que teme morir se animaliza. Se hunde en la inhumanidad. Se hunde en lo natural. Por decirlo así, se biologiza. La otra conciencia, la que no teme morir, demuestra que, para ella, el deseo del reconocimiento es mayor que su miedo a la muerte, el cual, además, no ha exhibido existencia alguna. No sería apropiado decir que, en la conciencia del Amo, hay más deseo de reconocimiento que miedo a morir. Esto sugiere que hay algo de miedo a morir, y que ese algo es menor que el deseo de reconocimiento. No: en la lucha del reconocimiento, la conciencia que logra someter a la otra, la del Amo –o más exactamente: la que será el Amo– no tiene ningún miedo a morir: toda ella es deseo de su deseo, deseo de ser reconocida.

Hemos llegado en este momento de la dialéctica a establecer las figuras del Amo y del Esclavo. La historia será, en Hegel, la interacción de estas dos figuras. El hombre nunca es sola y meramente hombre. Es Amo o es Esclavo. Habría que establecer asimismo que una sociedad es una sociedad de existencias autónomas (amos) y existencias dependientes (esclavos). La Historia universal sería la del antagonismo de estas dos figuras dialécticas. Si introducimos ahora el concepto de devenir en tanto concepto clave del desarrollo histórico vemos que este antagonismo (Amo-Esclavo) tiene que superarse. Tiene que devenir.

En el punto (B) de este capítulo Hegel introduce un texto sorprendente. O por decirlo con mayor exactitud: un texto sorprendente en un texto sorprendente. El punto (B) se titula: “El temor”. La conciencia que ha temido morir ha experimentado, “En ella misma, de hecho, esta verdad de la pura negatividad”. Sigamos a Hegel en su lenguaje críptico y genial: “En efecto, esta conciencia se ha sentido angustiada no por esto o por aquello, no por este o aquel instante, sino por su esencia entera, pues ha sentido el miedo a la muerte, del señor absoluto. Ello la ha disuelto interiormente, la ha hecho temblar en sí misma y ha hecho estremecerse en ella cuanto había de fijo”. Se dice que Ser y Tiempo (1927) es el más grande libro filosófico desde la Fenomenología del espíritu (1807). Hay gran filosofía en Marx. Y hay gran filosofía en Nietzsche. Pero si hablamos de obras en sí mismas acaso sea cierto y acaso entre el texto hegeliano de 1807 y el heideggeriano de 1927 no haya cimas tales. Digo esto para señalar la marca de Hegel en Heidegger. Cuando Heidegger aborda la cuestión de la angustia establece una diferenciación entre miedo y angustia.

El miedo es siempre miedo a algo. La angustia, no. Sé, siempre, de qué tengo miedo. No sé por qué estoy angustiado. Ni puedo saberlo. Porque no hay algo que me angustie. La angustia me devela la nada. Y la nada me abre el horizonte de la muerte. Bien, es lo que Hegel ha pensado sobre el Esclavo. El Esclavo siente en sí la pura negatividad. El Amo, al inferirle el miedo a la muerte, se la ha hecho sentir. Por ese motivo es que Hegel escribe: “el señor absoluto”. El señor es “absoluto” porque es la pura negatividad. Si no es reconocido, matará. De aquí que Hegel señale que la conciencia que teme morir se ha sentido “angustiada”. Pero no “por esto o aquello”.

Esto sería lo que Heidegger llamaría el miedo o el temor de algo. La conciencia hegeliana se angustia por la negatividad absoluta. La angustia, en Hegel, es ser-para-la-muerte. La angustia surge con la real posibilidad de la pérdida de “la esencia entera”. Acaso la conciencia que padece la negatividad pura del Amo no se angustie por el Amo. No: la conciencia que se angustia se angustia por la negatividad absoluta, por la muerte. La muerte no es algo. El miedo es algo: le tengo miedo a los trenes, a las verduras, a los líquidos, al portero de mi edificio o… al Amo. La angustia, al revelarme la nada, no le teme a algo: no a esto ni a aquello. Si la angustia le temiera a algo, no sería la angustia, sería el miedo. La angustia me devela –insistamos– la pura negatividad, la absoluta negatividad, la muerte. Ni siquiera muerto voy a ser algo. Morir es dejar de ser.

¿Qué le sucede al Amo? El movimiento dialéctico que traza Hegel ya va tomando consistencia. Primer momento: las conciencias enfrentadas. Segundo momento: el Amo niega al Esclavo. Nos dirigimos al tercer momento. Prestemos nuestra atención a la figura del Amo. El Amo se relaciona con la cosa (la materialidad) de modo mediato. Si su relación con la cosa fuera inmediata, el Amo la consumiría él mismo. Pero lo que el Amo consume no es la cosa, sino que es la cosa tal como el esclavo la ha trabajado. El Esclavo, por serlo, trabaja la cosa y se la entrega al Amo. El Amo, entre él y la cosa, ha puesto al Esclavo. El Esclavo trabaja y transforma la cosa, la materia, la naturaleza, el Amo la goza. Citemos a Hegel: “El señor se relaciona con la cosa de un modo mediato, por medio del siervo”. Sigamos: “El siervo (…) se relaciona también de un modo negativo con la cosa y la supera; pero, al mismo tiempo, la cosa es para él algo independiente, por lo cual no puede consumar su destrucción por medio de su negación, sino que se limita a transformarla”. Recordemos a Jack el Destripador, es decir, “vamos por partes”.

1) El siervo, al trabajar la cosa, la niega en lo que es. El trabajo transforma la materia, nunca la deja como es. Al hacerlo, la supera. Va más allá de la empiria originaria. Al cabo, negar lo que es y transformarlo (es decir, negar la materia en lo que es y transformarla) es el núcleo genético de la cultura. El Esclavo supera la cosa y la recupera para la cultura, transformándola.

2) La cosa es independiente para el Esclavo porque no es suya, de aquí que no pueda destruirla, consumiéndola. Que la cosa sea independiente para el Esclavo es lo que lo obliga a retener su goce, no consumirla y transformarla, dando origen a la cultura. Otra vez: ¿qué ocurre con el Amo?

Dijimos que el Amo se relaciona con la cosa de un modo mediato, porque entre él y la cosa ha puesto al Esclavo. Notemos, quizás insistiendo, que el Esclavo también se relaciona con la cosa de modo mediato, porque entre él y la cosa está el miedo al Amo. Si el Esclavo no temiera al Amo consumiría la cosa y su relación sería inmediata, goce. Pero tiene miedo y ello lo lleva a trabajar la cosa, transformándola. Una vez transformada, se la entrega al Amo. Y aquí –exactamente aquí– es donde la cosa, para el Amo, se transforma en inmediata. El Amo es pasivo frente a la cosa. El Esclavo es activo, creador.

Pensemos, todavía más, en la relación del Amo con la coseidad. “Por lo contrario (escribe Hegel), a través de esta mediación (la del esclavo), la relación inmediata se convierte, para el señor, en la pura negación de la misma (de la cosa) o en el goce”- El Esclavo había logrado sublimar su apetencia de la cosa. Al sublimarla, trabaja. Contiene su apetencia. El Amo no contiene su apetencia: encuentra su satisfacción “en el goce”. La apetencia del Esclavo no puede realizarse porque la cosa, para él, es independiente, por ser del Amo. Sigue Hegel: “En cambio, el señor, que ha intercalado al siervo entre al cosa y él, no hace con ello más que unirse a la dependencia de la cosa (depende de la cosa, se somete a ella, solo se relaciona con ella por un goce que no puede sino saciar) y gozarla puramente; pero abandona el lado de la independencia de la cosa al siervo, que la transforma”.

En el parágrafo siguiente, al que Hegel llama “La formación cultural”, aborda el modo en que tiene lugar el trabajo del esclavo. Advierto, aquí, que he seguido más a Hegel que a Kojève. O un poco a uno, un poco a otro. También, ya que de confesiones se trata, confieso que introduje varios desarrollos propios. No quería privarlos de entrar en ciertos crípticos pero fascinantes textos del maestro de Jena. Bien, ¿qué es el trabajo del Esclavo? Escribe Hegel: “El trabajo, por el contrario (“por el contrario” a la actitud del Amo), es apetencia reprimida, desaparición contenida, el trabajo formativo”. El Esclavo se “forma” trabajando para el Amo. La palabra alemana bildung expresa esa realidad del Esclavo. Se produce aquí una negación de la negación: el Esclavo trabajador (que reprime su apetencia, que contiene la “desaparición” de la cosa para “transformarla” y dar origen a la cultura, algo que vuelve “formativo” al trabajo) niega al Amo pasivo del goce. Llegaríamos a una síntesis final en la cual la cultura elimina las figuras del Amo y el Esclavo en una sociedad que contenga a ambos. Esta síntesis final será, en Hegel, el Estado.

Hay otro aspecto de insatisfacción para el Amo. Volvamos al exacto momento en que somete al Esclavo y logra su reconocimiento. ¿Quién, en verdad, lo está reconociendo? Un Esclavo. Es decir, no un ser humano, sino una mera cosa que tiene miedo a morir, un ente natural. Tampoco el Amo podrá ser reconocido por los otros Amos. Todo Amo prefiere morir antes que reconocer servilmente a otro. En suma: el Amo nunca podrá alcanzar su satisfacción. De aquí que Kojève insista en algo que nos importa mucho porque será fundamental para estudiar a Nietzsche: la historia es la historia del esclavo trabajador. La aparición del Amo en el devenir histórico solo tendría el sentido de engendrar al Esclavo.

El Esclavo, mediante el trabajo formativo (bildung), suprime dialécticamente (aufhebung) al Amo y al hacerlo se suprime a él como Esclavo y posibilita el desarrollo de la historia. Damos por concluido aquí uno de los desarrollos más admirables de la historia de la filosofía. Podríamos decir, retomando nuestra pregunta qué es la filosofía, esto, la dialéctica del Amo y el Esclavo en Hegel, es filosofía.

Transcripción por Andrés B. Cores para ‘redespertando.wordpress.com’

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