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El Analisis de la transferencia y la interpretación.

Publicado por Heinrich Racker. activado 18 Marzo 2015

El Analisis de la transferencia y la interpretación.

Análisis de la transferencia a través de la relación

del analizado con la interpretación*

Heinrich Racker.

Desde Freud, el estudio de la transferencia ha sido una de las fuentes más importantes para el conocimiento de los procesos psicológicos del niño. Siendo la interpretación la expresión principal del analista, las relaciones del analizado con la interpretación se constituyen en campo preponderante de aquel estudio.

Además, de estas relaciones depende también en qué medida la interpretación puede ser aceptada y asimilada. El análisis de la relación del analizado con la interpretación adquiere, pues, un triple interés: es estudio de la infancia, es elaboración de la transferencia, y es un requisito técnico imprescindible.

Después de Freud, varios analistas, como W. Reich, K. Horney y M. Klein, han dedicado especial atención a este tema. Entre nosotros, en Argentina, L. Álvarez de Toledo, A. González, G.T. de Racker, H. Racker y otros han enfocado diversos aspectos de este amplio campo de -investigación. El trabajo presente se referirá, por una parte, a situaciones infantiles ya bien conocidas, ejemplificándolas a través de las relaciones del analizado con la interpretación. Su finalidad, considerando este aspecto, es contribuir a lograr un contacto más estrecho entre nuestros conocimientos teóricos y la práctica analítica. Por otra parte, nos encontraremos con algunos puntos de la psicología profunda un tanto oscuros, e intentaremos contribuir a su esclarecimiento. El material expuesto verificará, además, la sucesión de determinadas situaciones de dolor, angustia y defensa y su interrelación dinámica, expuesta en mi trabajo sobre "Estratificación".

l. Las relaciones del niño con el pecho, en la transferencia.

Las relaciones del niño con el pecho, y su retorno en las relaciones del analizado con la capacidad y actividad interpretativa del analista, han sido tratados detenidamente por M. Klein, en especial en lo que se refiere a los sentimientos de envidia y gratitud del niño. Pero también las relaciones con el pecho que describe en sus escritos anteriores, pueden observarse ampliamente en la relación del analizado con la interpretación. Lo mismo vale para las relaciones del niño con los contenidos del vientre materno y para los primeros y ulteriores estadios del complejo edípico. Voy a exponer, en primer lugar, algunos fragmentos de un caso. Un analizado -hombre de 40 años, médico, casado, que vino al análisis por motivos didácticos se encuentra en un período del análisis, sumamente cerrado frente a las interpretaciones. Las escucha a medias o no las escucha en absoluto, pensando en otras cosas, o las rebate como equivocadas; busca en las interpretaciones un punto discutible y lo ataca.

El analista nunca tiene razón. Tilda las interpretaciones de inservibles, o se burla -de ellas como expresión de la locura del analista. En esta época, la comida desempeña un papel importante en las asociaciones del analizado. Dice con frecuencia que no tiene apetito. Además, su casa está demasiado lejos para volver a almorzar, y todos los restaurantes son malos o sucios. Tampoco tiene ya ganas de leer, ni los diarios, por la "papilla insulsa" que ofrecen. No quiere ir a comer a la casa de la cuñada, porque siente que ella quiere dominarlo, por el hecho de que él coma ahí. Protesta contra su suegra por querer seducir a sus hijos con caramelos. Recuerda que su madre solía guardar el dulce para ella sola. Se siente culpable por haber comido sopa de tortuga, no habiendo comprado a su hijo la tortuga prometida. Toma bebidas finas, pero teme mucho por lo que le cobrarán. Habla de un hombre que vive de los muertos, ganándose el pan por medio de negocios con herencias.

Todas estas asociaciones se referían también a su relación con el analista. La comida eran las interpretaciones, que representaban, pues, el pecho malo o sucio, el pecho dominador, el seductor, el avaro, el muerto, o el pecho bueno que él sacaba a otro. Era también evidente, que el pecho-interpretación era tanto más malo y temido cuanto más el analizado había atacado anteriormente las interpretaciones. Otras asociaciones muestran, además, por qué y con qué medios inconscientes ha atacado al pecho.

El analizado percibe que si a él le va mal, tampoco quiere que le vaya bien al analista. Expresa la misma envidia aun más claramente, hablando de lo interesante que debe ser la labor del analista en comparación con la suya; pero se consuela con el hecho de que "el analista tiene que limpiarle el traste a sus analizados". Es decir, que una de las técnicas del analizado de calmar su envidia, es atacando al analista con sus excrementos. De ahí que el pecho comida-interpretación sea luego sentido como sucio, malo, peligroso o muerto. Aparte de la envidia, hay varios otros motivos para que tenga conflictos con el pecho. El que su madre-analista se guarde el dulce para ella, señala el pecho-interpretación frustrador, y además su propia avaricia y avidez. El sentimiento de culpa por haberse comido la tortuga a expensas de su hijo, señala el dolor por haber dañado a sus objetos amados; en última instancia, al percibir su avidez oral hacia el analista-madre. Este sentimiento de culpa incrementará luego su temor de que otro quiera quitarle lo suyo, un temor que se expresó especialmente en fuertes celos en su vida matrimonial.

Según M. Klein, los mismos sentimientos de frustración, envidia, avidez y celos que el niño experimenta en su relación con el pecho, son luego sentidos frente al vientre materno y sus contenidos, que son igualmente atacados. En nuestro caso predominan de nuevo los ataques con excrementos. El analizado evita, por ejemplo, tocar la puerta del ascensor de la casa del analista, por encontrarla sucia. Asocia con un hombre (del que sabía que estaba en tratamiento psicoanalítico) que saludaba ofreciendo un solo dedo envuelto en papel higiénico. Se siente incómodo al ver algunas moscas en el cuarto de trabajo del analista, diciendo que son sucias y que podrían picarlo. La casa representa al analista-madre, en cuya entrada (puerta del ascensor) el analizado, en su fantasía, había defecado, teniendo luego el contacto con él. Las moscas son los hijos-interpretaciones, a los que había atacado en igual forma en la sesión anterior, sintiéndose luego perseguido por ellos. De ahí, que desconfíe de las interpretaciones y se cierre frente a ellas.

En las situaciones descritas, el analista es, o tiene el pecho o vientre rico en contenidos, poderes y placeres --está "arriba"-, mientras que el analizado es el niño pobre en capacidades y satisfacciones, atacando (por frustración, envidia, etc.), por así decirlo, (de abajo hacia arriba"). En otros momentos, es el analizado que se siente rico y "arriba", y ataca de "arriba hacia abajo''. Describe, con detalle y fruición, los ricos platos que sirvieron en las múltiples fiestas a que últimamente asistió, esperando que al analista se le haga agua la boca. Habla con desprecio de los olores de cebolla que le parecía que llegaban de la cocina del analista, mientras elogia la cocina de su propia casa.

El es, o tiene el pecho bueno, no el analista. Análogamente, él sabe todo mejor y siempre tiene razón frente al analista y se burla al descubrir la ausencia de un conocimiento corriente en éste. El que el analista sepa algo mejor, el que una interpretación sea acertada, es vivido inconscientemente como un grave peligro. Asocia con personas que quieren hacerse las importantes, se siente inconscientemente perseguido por los "manda-parte", pero admite finalmente la misma tendencia en sí mismo. Rechaza con especial violencia toda interpretación transferencia!, temiendo que el analista desee imponérsele a él y adquirir especial importancia dentro de él. El análisis de este temor persecutorio le hace recordar que en su adolescencia habia tenido la idea de que la creación había querido hacer a través de él algo especial.

Tanto sus ataques de "abajo hacia arriba", como los de "arriba hacia abajo", llevan, la mayoría de las veces, a los temores paranoides señalados, mientras que otras veces aparecen preocupaciones depresivas y culpa. El analizado teme haber tratado mal al analista y a sus interpretaciones, y se disculpa, trata de reparar lo hecho, admitiendo una u otra afirmación del analista. Esta angustia depresiva aparece también en su contenido profundo, por ejemplo, como horror ante la idea de ensuciar al analista, al darle la mano que esa misma noche ha tocado su semen (leche-heces). Aparecen también ideas de justicia y de castigo, por ejemplo por su avidez, que se expresan en el rechazo a ingerir la interpretación que en ese momento es considerada como buena, siendo este rechazo asociado con el recuerdo de que de niño no quiso seguir comiendo manteca cuando supo que hay personas que tienen que privarse de ella.

Hasta aquí, podemos observar la siguiente sucesión, dinámica y estratificación de situaciones: en el fondo, el analizado está ligado a un objeto (pecho, madre) a quien adjudica una extrema riqueza e importancia. Esta situación es vivida -en un aspecto- como inmensamente persecutoria, ya que en la medida en que el analizado admite esta relación, él mismo se siente pobre, desvalorizado, sometido y aun destruido. A este objeto ideal es, pues, adjudicada una intención destructiva, rebajante, burlona, sádica. Acostumbramos ver el origen de tales vivencias persecutorias en la proyección del propio sadismo. Esto es exacto. Sin embargo, la situación paranoide básica tiene su origen en la carencia misma, dada por la frustración libidinal o bien por la ausencia o diferencia de poderes. Volveré sobre esto. El analizado reacciona frente a este ideal-perseguidor en dos formas: primero, atacándolo "desde abajo" y anulando así el poder del objeto; y segundo -como mostraron los ejemplos en que el rico es el analizado--, identificándose con el ideal-perseguidor, e invirtiendo así aquella situación básica; la propia parte perseguida, atacada o despreciada es puesta en el objeto, el analista.

He propuesto en otro lugar, denominar esta identificación con el objeto ideal· perseguidor, situación maníaca primaria, considerándola como un mecanismo maníaco básico y central, ya que implica y explica -por la misma identificación (defensiva) con la imago ideal-perseguidora la vivencia de liberación de la persecución, de triunfo, omnipotencia, la "fusión entre el yo y el ideal del yo" (Freud), el control y desprecio de los objetos, la hiperactividad y la negación de la realidad interna y externa. La situación subyacente (negada) de carencia, he propuesto denominarla situación paranoide primaria para diferenciarla de la persecución que aparece como consecuencia de los ataques (de abajo hacia arriba o desde arriba hacia abajo) y que podría denominarse "situación paranoide secundaria" (véase, por ejemplo, las moscas perseguidoras como consecuencia de los ataques contra el ideal-perseguidor: el analista-madre rico atacado en su vientre-cabeza y en sus contenidos los hijos-interpretaciones).

Vimos también otra consecuencia de estos mismos ataques: la preocupación y culpa por el objeto dañado, es decir, una situación depresiva que he propuesto denominar "situación depresiva secundaria". Pues creo que el niño sólo puede preocuparse y "penar" por un objeto dañado, en cuanto él mismo ha experimentado daño y dolor; sólo así puede proyectar éste en el objeto amado e identificarse con él, es decir, sentir dolor y preocupación por el daño causado. Debajo de la situación paranoide primaria (en la cual el yo corre peligro), existe una situación en la que el yo experimenta sufrimiento y en la que el niño no teme sino que llora y está deprimido por el daño que experiment6 el yo amado. Esta sería la situación depresiva primaria.

II. La fase “femenina" en la transferencia

La etapa psicosexual que en el caso del varón sigue a la relación con el pecho, es según M. Klein la fase femenina. Quisiera mostrar el retorno de uno de los conflictos de esta fase en la relación de nuestro analizado con las actividades del analista, o. sea con el ver, comprender e interpretar, representando éstas la potencia genital, o sea el pene paterno. El material que expondré, expresa, manifiestamente, aspectos de etapas ulteriores de la evolución, pero para nosotros, que ya conocemos un tanto las relaciones del analizado con el pecho, traslucirá el fondo oral, la ecuación pene = pecho, y con esto, la fase femenina.

El analizado relata el siguiente sueño: Estoy acostado sobre un diván. Entra Ana -mi secretaria actual- y yo miro a través de su falda, viendo que no lleva bombachas. Tengo una sensaci6n de triunfo porque es ella quien tiene interés sexual en mí, porque es ella quien corre tras de mí. Asocia que Ana es una muchacha vienesa y habla de ella con cierto desprecio. En la sesión pasada, el analizado había tenido fuerte resistencia a hablar sobre su vida sexual. Por lo general, su mayor resistencia se refiere a comunicar algo de la conducta sexual de su mujer. El análisis de la resistencia mostró que el analizado viviría como triunfo y burla del analista sobre él, que le contara los detalles de sus relaciones sexuales. Esto evidenciaba que el analizado adjudicaba al analista deseos sádicos, de burla y triunfo hacia él.

La situación básica del sueño era la angustia de convertirse en la víctima de estas tendencias sádicas del analista. El sueño muestra también que estos impulsos estaban colocados en el pene del analista, pues es frente a este peligro que el analizado se defiende con la inversión de la situación básica, identificándose él con el analista triunfador, y mirando él,-a través de la falda-, la vida sexual del analista vienés, en el que coloca su propia parte femenina. En otras palabras: básicamente, el analizado siente atracción hacia el pene del analista-padre, pero es un pene sádico, ya que el analista quiere burlarse y triunfar sobre el analizado por medio de esta atracción.

De ahí que la situación se convierte en persecutoria. En el sueño manifiesto, vemos nuevamente la defensa por medio de la identificación con el ideal perseguidor y la proyección de la propia parte femenina, atacada y rebajada, en el analista. Es nuevamente una situación maníaca "primaria". El que su mayor resistencia se refiriese a relatar la conducta sexual de su mujer, significa que el mayor peligro consistía en ser visto el analizado en su parte femenina -que el analista mirase a través de su falda y que ser visto equivalía a ser burlado. El sueño muestra que el ser burlado equivalía, a ser sometido a un pene sádico. El rechazo del análisis -las resistencias de comunicar ciertas asociaciones, de aceptar interpretaciones, etc.- provenía, pues, de que ser visto, comprendido e interpretado equivalía a que el peligro de ser víctima de un pene sádico se convirtiera en realidad, es decir, en catástrofe.

Dentro de este plano, básicamente, tanto el pene paterno como la comprensión e interpretación del analista, eran -como muestra el .sueño-- algo muy atrayente, muy valioso, muy admirado. Lo que había convertido al pene (similar al pecho) en destructor y perseguidor, era ante todo la frustración. Esto se desprendía ya del hecho de que, en la situación analítica, cualquier frustración de un deseo expresado era vivido como ataque contra el analizado y convertía al analista en sádico. Lo cual proviene --como he expuesto en el trabajo antes mencionado, no sólo de la proyección del propio sadismo sino también, y fundamentalmente, del proceso inherente a la frustración que incluye la proyección de la agresión (del dolor) subjetivamente sufrida (es decir, incluye la proyección del masoquismo primario en la medida en que circunstancias externas han actuado sobre él).

Este proceso convierte al ligamen con el objeto libidinal en una "situación paranoide primaria", ya que tal ligamen implica el constante peligro de ser frustrado = atacado. Algo similar a lo que sucede a la relación de objeto por la frustración, acontece también por la envidia. M. Klein ha mostrado ampliamente como la envidia convierte al objeto bueno en malo, ya que lleva al sujeto envidioso a atacarlo en múltiples formas. La observación señala, además, que este ataque envidioso es precedido por una vivencia dolorosa y angustiante -la experiencia básica en la envidia- y es este dolor y angustia por la carencia de algo que otro tiene, lo que moviliza el odio contra el objeto.

Son ya, a mi juicio, este dolor y esta angustia los que convierten la imago del objeto en perseguidor, aún antes de que se convierta en tal a causa de haber sido envidiosamente atacado. Lo mismo vale para la avidez y los celos, que comienzan igualmente con dolor y angustia que el yo intenta rechazar volcando los impulsos destructivos hacia afuera. Pues este dolor y angustia son la vivencia del yo expuesto a la aumentada actuación de Tánatos (de las tendencias auto-destructivas), que el yo dirige luego, en defensa, contra el objeto que despertó la envidia, la avidez o los celos. Antes de que envidiemos a alguien, hemos colocado en él una mayor o menor parte de nuestra libido, ya que lo envidiado es siempre algo apreciado. Y es esta colocación de libido en el objeto lo que -en ciertas circunstancias- empobrece el yo y lo entrega a una mayor actuación de Tánatos, que se expresa en dolor y angustia, en la sensación de menor valla y destrucción del yo. De ahí, que el objeto idealizado es vivido como altamente destructivo y perseguidor.

Un analizado, por ejemplo, que admiraba mucho a su analista -y en especial su capacidad de comprenderle decía que sentía cómo con su admiración él se estaba descargando como una pila eléctrica. "Y lo que más le envidio -agregó- es este mismo afecto y admiración que le tengo." Una candidata decía a su analista que mientras escuchaba su última interpretación, se estaba "muriendo de envidia" por su capacidad de comprender. Antes de sentir esta envidia, ella habla sentido con placer la interpretaci6n, y era esta capacidad de dar placer la que, en última instancia, envidiaba. Antes de envidiarlo, lo había admirado, y era básicamente esta admiración, con su inherente colocación de gran cantidad de libido en el objeto la que la hacía "morir", al imponerse el deseo de ser este objeto, es decir, en cuanto se impusieron la rivalidad, la comparación y la dolorosa experiencia de la superioridad del objeto.

En resumen: el objeto libidinal frustrador es vivido como perseguidor porque es un objeto en que hemos colocado libido sin que el objeto haya equilibrado este "gasto de libido" con la satisfacción Iibidinal que devolvería lo "gastado" (compárese "el ladrón de corazones", the lady-killer, Herzensdieb). Colocar libido en un objeto sin que se reciba la gratificaci6n deseada empobrece (de libido) al yo y lo expone, al mismo tiempo, en mayor grado a la acción de los impulsos destructivos.

La envidia está basada en una vivencia similar de carencia. Por otra parte la envidia puede estar ligada con experiencias gratificantes, como ha señalado M. Klein; en estos casos se envidia la capacidad del objeto de dar tales satisfacciones, siendo aquí de esta capacidad de lo que carece el sujeto. De la misma manera que el objeto frustrador, el objeto gratificador envidiado es cargado también, primeramente, de libido (admiración, por ejemplo), y el yo es nuevamente expuesto a una mayor acción de los impulsos autodestructivos (lo que experimenta -similarmente- como dolor y angustia, que preceden al odio envidioso).

En el caso en que el objeto gratifica al niño, la vivencia de carencia se debe a que, aparte del deseo de recibir gratificación, existe en el niño el deseo de poder dar estas gratificaciones, de producir tales placeres y de ser por lo tanto igualmente admirado o querido, percibiendo que él no posee este mismo poder. En otras palabras, la carencia se produce en tal caso al sobrevenir la rivalidad, y con ella la comparación y la dolorosa y angustiante vivencia de la diferencia entre él y el adulto. Vuelvo al caso expuesto. Era, pues, en última instancia, la intensa colocación de su libido en el pene paterno (como antes en el pecho) con las inherentes frustraciones y comparaciones y él inherente empobrecimiento del yo, lo que convertía a esta relación libidinal en una situación paranoide primaria.

El pene ideal-perseguidor estaba representado, en la situación analítica, por la superioridad de comprensión del analista. El analizado reaccionaba atacando al pene-interpretación, fuera y dentro de él, o bien se defendía por medio de la identificación con el ideal perseguidor: él sabía todo mejor y las interpretaciones debían ser impotentes. Tanto las reacciones agresivas directas como la identificación con el ideal perseguidor ("la manía primaria") originaron situaciones depresivas y paranoides "secundarias". Predominaban las últimas, expresándose, por ejemplo, en el temor incrementado de que el analista quisiera imponérsele, triunfar sobre él y destruirlo, o en el temor de que el analista le infundiese errores o lo enloqueciese con su propia locura. Ya vimos que la comprensión y la razón representaban la potencia genital. Habiendo destruido el pene-razón del analista, el analizado temía la retaliación.

Capítulo del libro:

Estudios sobre técnica analítica. (1960) Editorial Paidós. Buenos Aires.

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