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Proceso y no proceso en el trabajo analítico. de Madeleine Baranger, Willy Baranger y Jorge Mom

Publicado por Baranger y Mom. activado 26 Octubre 2015

Proceso y no proceso en el trabajo analítico

Madeleine Baranger, Willy Baranger y Jorge Mom

La "talking cure", denominada por Anna O. y descubierta por Freud, se ha expandido y diversificado al extremo a todo lo largo de nuestro siglo. Nuestro propósito, en las líneas que siguen, no pretende sintetizar la vasta literatura existente al respecto, sino marcar algunos puntos que nos parecen definitorios del proceso analítico. Pensamos que el progreso que puede realizarse en psicoanálisis tiene que surgir del estudio de la experiencia clínica en sus fronteras, en sus topes, en sus fracasos.

Por ello hemos centrado nuestra búsqueda en el noproceso analítico, en los lugares donde el proceso tropieza o se detiene. Esto nos llevó a proponer la introducción de algunos términos: "campo", "baluarte", "segunda mirada". Cuando el proceso tropieza o se detiene, el analista no puede sino interrogarse acerca del obstáculo englobando en una mirada segunda a sí mismo y a su analizando, a Edipo y a la Esfinge, en una visión conjunta: esto es el campo. El obstáculo involucra la transferencia del analizando y la contratransferencia del analista, y plantea problemas harto confusos. El detenimiento del proceso nos introduce de lleno en lo que es su movimiento, es decir, la temporalidad que le es circunstancial. Si el proceso tiene que seguir, ¿cuál es nuestro resorte para lograrlo? En último término, no puede ser sino un recurso de palabra llevando a un insight. Esto, a su vez nos conduce a la descripción de esta dialéctica particular del proceso analítico como alternancia de momentos de proceso y de no proceso, como trabajo de superación de obstáculos, trabajo que determina su fracaso o su éxito.

El campo analítico y el baluarte

Nada de lo que puede ocurrir en un tratamiento analítico puede considerarse en forma independiente de la situación analítica, que funciona como un fondo de relativa permanencia en relación con formas cambiantes (en términos gestálticos). Este fondo está constituido por un contrato o un pacto, explícito en varios aspectos, entre analista y analizando. El pacto analítico tiene aspectos formales, bien conocidos, aspectos funcionales y aspectos estructurales o, si se quiere, podríamos hablar de aspectos fenoménicos y transfenoménicos de la situación establecida por el pacto. La jerarquización de los aspectos formales y de su interrelación plantea diversos problemas y también sabemos que ciertos aspectos formales inciden sobre la funcionalidad misma: por ejemplo, la duración fija o variable de las sesiones condiciona dos tipos muy distintos de proceso analítico.

En lo funcional, cabe recalcar que el pacto establece una asimetría de base: uno de los pactantes será el analista, el otro el analizando, sin que pueda tener lugar ninguna inversión de funciones.

En lo estructural, enfatizaremos la "regla fundamental" como definitoria del proceso analítico. En esto, el concepto lacaniano de "sujeto supuesto saber" —como implícito en la regla fundamental— parece esclarecedor. La regla fundamental ubica al analista, no sólo en un plano imaginario como sabiendo de antemano quién es en realidad el paciente y cómo es su destino, sino como escucha e intérprete comprometido con la verdad de todo lo que el paciente asociará o vivenciará. Sobre todo, abre de par en par las puertas de la transferencia. En un intento de diferenciar entre los aspectos fenoménicos circunstanciales de la situación analítica y su estructura transfenoménica, hemos sentido en una anterior oportunidad la necesidad de incluir en su descripción la noción de "campo", expresada en varias descripciones de Freud ("campo de batalla"; "tablero de ajedrez"),

La estructura instituida por el pacto está destinada a permitir un determinado trabajo tendiente a un proceso: la experiencia comprueba que, más allá de las resistencias cuyo vencimiento constituye precisamente el trabajo analítico, se producen inevitablemente situaciones de atascamiento del proceso: es en estas circunstancias como se nos impone la idea de campo. En otras palabras: dentro de la estructura funcional en la cual tiene lugar el proceso, se producen detenimientos que involucran en forma distinta a ambos pactantes y que, si se los examina, evidencian que se han creado otras estructuras adventicias que interfieren el funcionamiento de la estructura de base. La experiencia de la supervisión con muchos colegas (desde principiantes hasta veteranos) nos enseña que, en estos momentos, se perdía la asimetría básica del pacto analítico y que predominaba otra estructuración, mucho más simétrica, en la cual el "enganche" inconsciente del analista con el analizando se convertía en complicidad involuntaria en contra del proceso analítico.

Esto nos dio la idea de trasladar la experiencia de la supervisión a los tratamientos que uno mismo realiza, cuando se atascan. De hecho, lo hacemos todos espontáneamente toda vez que se presenta un obstáculo más allá de las resistencias acostumbradas del analizando. En estos momentos, usamos una "segunda mirada", que hace surgir ante nuestros ojos la situación analítica como campo que nos involucra a nosotros mismos en la medida en que nos desconocemos. Cada uno de nosotros dispone, se lo haya formulado o no, de una especie de diccionario contratransferencial propio (vivencias corporales, fantasías de movimientos, aparición de determinadas imágenes, etcétera) que marca los momentos en que uno abandona la actitud de "atención flotante" y pasa a la segunda mirada, interrogándose acerca de lo que está ocurriendo en la situación analítica como campo.

Estos indicadores contratransferenciales que provocan la segunda mirada nos llevan a darnos cuenta de la existencia, dentro del campo, de una estructura inmovilizada que entorpece o paraliza el proceso. A esta estructura la hemos denominado "baluarte". Ella se caracteriza por no aparecer nunca directamente en la consciencia de ambos participantes, manifestándose tan sólo por efectos indirectos: proviene de una complicidad entre ambos protagonistas en la inconsciencia y en el silencio para proteger un enganche que no debe ser develado. Esto desemboca en una cristalización parcial del campo, en una neoformación constituida alrededor de un montaje fantasmático compartido que implica zonas importantes de la historia personal de ambos participantes y que atribuye a cada uno un rol imaginario estereotipado.

A veces el baluarte queda como un cuerpo extraño estático mientras el proceso sigue aparentemente en curso. En otras situaciones, invadiendo completamente el campo y restando toda funcionalidad al proceso, transforma el campo en su totalidad en un campo patológico. Incluiremos unos breves ejemplos para ilustrar el concepto de baluarte:

a. Un paciente perverso manifiesto. Se porta como un "buen paciente", cumple con los aspectos formales del pacto, no presenta resistencias manifiestas, no progresa. Las sesiones, en cierto período, se presentan como un condensado de toda la Psychopathia Sexualis de Krafft-Ebing. El analista "nunca ha visto a nadie con tantas perversiones juntas". El baluarte se da aquí entre un analizando exhibicionista y un analista fascinadohorrorizado, voyeur obligado complaciente del despliegue perverso.

b. Un analizando, veterano en una cantidad de tratamientos analíticos. Aparentemente, cada sesión aporta el fruto de algún "descubrimiento"; en realidad, no pasa nada. El analista está embelesado por la sutileza del analizando al describir sus estados internos, lo que regocija su propio talmudismo. Hasta que se da cuenta de que, mientras están ambos jugando con sus disquisiciones, el analizando está colocando, cada mes, el monto de sus honorarios a plazo fijo (especulando con el retraso en el pago). El análisis de este baluarte revela un montaje fantasmático compartido: una vieja ven ganza solapada del analizando contra su padre avaro, y la compulsión culposa del analista a ubicarse en el lugar del padre engañado.

c. Ejemplo de un baluarte que ha invadido el campo. Un paciente psicópata grave. El analista está aterrorizado, temiendo la agresión física homicida del analizando, sin poder ni interrumpir el tratamiento, ni llevarlo adelante. La fantasía nodular del baluarte es la del paciente como torturador en un campo de concentración, y la del analista como víctima torturada e impotente. La formulación consciente de este manejo en el analista provoca la desaparición del terror. Ambas historias individuales convergen en la creación de este campo patológico.

Se podrían multiplicar al infinito estos ejemplos. Muestran, no sólo la interacción entre la transferencia del analizando y la contratransferencia del analista, sino, además, la creación de un fenómeno de campo que no podría producirse sino entre este analista y este analizando. Se trata de algo que podríamos expresar metafóricamente como un "precipitado". Pero hay que entenderse previamente acerca de la transferencia y de la contratransferencia y de su relación con la identificación proyectiva.

II. Una selva de problemas: transferencia-contratransferencia-identificación

proyectiva

Como es natural, el descubrimiento de la transferencia por Freud lo llevó a una serie de profundizaciones y ampliaciones del concepto que culminó en una representación casi "pan-transferencialista" del proceso analítico, como sustitución de la neurosis inicial y natural del paciente por una neurosis artificial en la transferencia que se resolvería en este lugar.

En cuanto a la contratransferencia, se sabe que Freud no le dedicó, ni por lejos, una atención tan sostenida como a la transferencia. Inclusive en la actualidad, muchos autores analíticos consideran la contratransferencia como un fenómeno inesencial, más bien perturbador, resto indebido de la neurosis del analista no suficientemente "curada". Con el trabajo pionero de Paula Heimann y el de Enrique Racker, casi contemporáneo del primero, la contratransferencia apareció no sólo como un fenómeno universal, tan constante como la transferencia, sino también como un instrumento imprescindible del trabajo analítico. Con el descubrimiento por Melanie Klein de la identificación proyectiva, la teoría de la transferencia se encuentra profundamente modificada. También se modifica la teoría de la contratransferencia, aunque esta última consecuencia no fuera buscada por la propia M. Klein. La tendencia de M. Klein a ampliar al extremo la extensión del concepto de identificación proyectiva, con lo cual la transferencia llega a equipararse al final a una identificación proyectiva continuamente en acción, la conduce a definir el movimiento de la sesión analítica como una sucesión de identificaciones proyectivas e introyectivas facilitadas por la actividad interpretativa del analista.

Era grande la tentación de querer llegar a una teoría unificada de la transferencia, de la contratransferencia y de la identificación proyectiva. Bastaría con admitir que el campo creado por la situación analítica es constituido como un campo transferencialcontratransferencial formado sobre la base de identificaciones proyectivas cruzadas y recíprocas del analista y del analizando. Así la funcionalidad asimétrica de este campo apuntaría en cada momento a deshacer por la interpretación las estructuraciones simbióticas originadas en las identificaciones proyectivas. De hecho, nos dimos cuenta de que una definición semejante sólo podría aplicarse, y ni siquiera con mucha exactitud, a estados extremadamente patológicos del campo: un campo caracterizado por una simbiosis insuperable entre ambos participantes, o bien por la parasitación aniquilante del analista por el analizando. La simplificación y unificación de la teoría desembocaba, no en una mayor coherencia, sino en un achatamiento. En la actualidad, por lo contrario nos parece imprescindible diferenciar los fenómenos, ya que el trato correcto que les podemos dar en la técnica depende de esta diferenciación.

Por lo pronto, no podemos contentarnos con definir la transferencia como el conjunto de las vivencias y pensamientos del analizando en relación con su analista, ni la contratransferencia como lo que piensa y siente el analista con respecto a su paciente, porque tal definición borraría, no sólo lo que es estructuralmente determinado por el pacto analítico sino, más allá de esta estructura de base, borraría también las categorías transferenciales o contratransferenciales que nos indican las prioridades y modalidades del trato interpretativo. Por ejemplo ciertos matices de las manifestaciones transferenciales de un analizando en determinado momento nos indican un rodeo casi obligado por la historia de éste: "Yo soñé que tenía cuatro años y usted era mi papá...", etc.: y otras manifestaciones se pueden llevar por otro curso. Se trata aquí de uno de los muchos casos en que la coherencia teórica funciona en contra de una práctica coherente. Dentro del conjunto de fenómenos que podrían ser llamados transferenciales en la acepción más amplia del término, tendremos que diferenciar una serie de categorías básicas:

1. Todo lo que en el analizando responde a la posición estructural del analista y a su función que no tiene que ver esencialmente con proyecciones del analizando y puede a veces ser confundido, por error, con un proceso de idealización de su parte.

2. Las transferencias momentáneas y cambiantes que corresponden a las estructuraciones sucesivas del campo y no exigen forzosamente interpretación, salvo si la transferencia se convierte en resistencia.

3. La transferencia repetitiva y estructurada, básicamente inconsciente, a la cual Freud se refería con el concepto de "neurosis artificial" y que constituye siempre un objetivo privilegiado de la aclaración interpretativa. Dicho de otro modo: la forma específica en que el analizando ubica al analista en la estructura de su complejo de Edipo, o en que proyecta sobre él las figuras de sus objetos primarios de amor, de odio, de identificación.

4. Las transferencias por identificación proyectiva (tomando este término de M. Klein en el sentido específico que le dio al descubrir este mecanismo). Este tipo de transferencia se distingue de los demás por las manifestaciones contratransferenciales muy definidas que lo acompañan, e interviene en forma determinante en la constitución de la patología del campo. Exige la interpretación.

Las categorías que usamos habitualmente para diferenciar las formas de transferencia (transferencia positiva-transferencia erótica-transferencia negativa) son en realidad descriptivas y se fundamentan sobre los matices afectivos del amor y del odio (el amor no directamente sexual en su fin, que es necesario para el pacto; el amor directamente erótico encubriendo el odio, en la transferencia erótica; el odio en sus mil formas de la transferencia negativa). Se notará que la categorización que proponemos se fundamenta, no sobre lo fenoménico sino sobre las estructuras involucradas, retomando la distinción de Lacan entre transferencia simbólica y transferencia imaginaria, y al mismo tiempo la transferencia repetitiva de Freud y la transferencia producto de la identificación proyectiva de M. Klein.

Esta última diferenciación apela a dos esquemas referenciales: el primero, el de Freud, implica necesariamente el recurso a la historia del sujeto, mientras el de M. Klein no la ubica en primer plano, aunque no la rechace. No pensamos, en efecto, que se trate de dos conceptos alternativos que expresen el mismo objeto, sino de formas y estructuras distintas de la transferencia. La simplificación aparente aportada por M. Klein en su concepción de la transferencia equiparada a la proyección-introyección o a la identificación proyectiva e introyectiva tiene por resultado la idea de un paralelismo entre transferencia positiva y negativa, con una urgencia mayor de interpretar (lo que para M. Klein equivale a disolver) las manifestaciones de la transferencia negativa en la medida en que expresa los núcleos patógenos. Uno percibe inmediatamente el vuelco de M. Klein respecto de Freud: para éste, el amor de transferencia como condición misma del trabajo analítico, implica acordar un claro privilegio a la transferencia positiva (no "erótica") sobre la transferencia negativa, es decir, un no paralelismo entre las dos formas, implicando la idea de que no funcionan de la misma manera y contraponiéndose una a la otra, sino de manera distinta: no se trata de cara y ceca de una misma moneda, sino de dos monedas de distinto valor.

En cuanto a la contratransferencia, los problemas se nos presentan de manera distinta, aunque se nos haga más necesaria todavía la discriminación. Tenemos que adoptar como idea rectora la de que la ccntratransferencia no es el inverso de la transferencia, no sólo porque Freud estudió mucho la primera y poco la segunda, sino por razones estructurales. Si tomamos como eje el lugar desde el cual el analista habla como tal —para instituir y mantener el encuadre, para interpretar—, es decir, en términos lacanianos, el registro simbólico, y este otro lugar (apartándonos esta vez de Lacan) donde el analista está, con su atención flotante y la puerta abierta a su inconsciente como aparato de resonancia, sentamos un principio de asimetría que nos parece constitutivo de la situación analítica. La contratransferencia aparece aquí como distinta de la transferencia no sólo por su intensidad menor, por su carácter más instrumental, sino por responder a una posición estructural distinta.

Por función, y desde la partida, el analista está comprometido con la verdad y la abstinencia de toda otra cosa actuada con el analizando. No se trata en el proceso analítico de ninguna operación formalizable mediante un sistema de computación, sino de una situación en que el analista está comprometido en carne, inconsciente y hueso. Esto intrínsecamente, y no por la mera contingencia de que el analista escucha y reacciona: implica que se va a tratar de una contratransferencia cohibida en su manifestación y condenada a un despliegue interno en él. Esta posición estructural del analista define ciertos límites entre los cuales la atención "flota" sin hundirse, y el trabajo del analista se realiza con la primera mirada, sin que el campo aparezca como tal. Sería a nuestros ojos erróneo definir esta contratransferencia estructura! En términos de identificación proyectiva porque esto borraría la diferencia entre aspectos muy contrastantes y de consecuencias opuestas de la contratransferencia. Llegamos en esta vía de discriminación a aislar varias formas de contratransferencia:

1. Lo que proviene de la estructura misma de la situación analítica y de la ubicación y la función del analista en el proceso.

2. Las transferencias del analista sobre el paciente que, si no se estereotipan, hacen normalmente parte del proceso (sé que esta analizanda no es mi hija y que me debo cuidar de mi propensión a tomarla como si lo fuera).

3. Las identificaciones proyectivas del analista hacia el analizando y sus reacciones a las identificaciones proyectivas de éste. Estos fenómenos son los que provocan las estructuraciones patológicas del campo, exigen una segunda mirada hacia él, y un trato interpretativo prioritario. También pueden producir los fenómenos frecuentes que solemos denominar "microdelirios contratransferenciales".

En la selva de fenómenos complejos, a veces mixtos y confusos, que constituyen la transferencia y la contratransferencia, ciertas ideas nos permiten trazar como avenidas que nos pueden orientar. La primera consiste en oponer los aspectos constitutivos y los aspectos constituidos de la transferencia y de la contratransferencia. Esta oposición que marca Lacan cuando se refiere al "sujeto supuesto saber", no es para nada extraña al pensamiento analítico habitual, por lo menos en ciertos de sus aspectos. Esta sosteniendo todas las descripciones que Freud nos ha dejado de la técnica que él mismo inventó, está implícita en todos los trabajos que recalcan la oposición entre encuadre y proceso, es la base de la idea misma de una interpretación analítica (si la interpretación no proviniera de un lugar distinto del lugar del material asociativo, ¿de dónde sacaría su poder?); es lo que nosotros mismos intentamos expresar con la idea del marco estructural y funcional de la situación analítica. Su pérdida momentánea es la que algunos kleinianos describen como "reversión de la perspectiva". No todos los fenómenos de transferencia y no todos los de contratransferencia corresponden al mismo modelo, a los mismos mecanismos ni deben ser tratados de la misma forma.

III. El proceso analítico y su tiempo

En las múltiples metáforas que Freud usó para describir el proceso analítico, algunas tienen una referencia directa a la historia, por ejemplo la historia bélica de la invasión de un territorio por un ejército enemigo (la neurosis), y de su reconquista por el tratamiento psicoanalítico; otra, la metáfora arqueológica de la reconstrucción, mediante excavaciones, de las capas superpuestas de restos de distintas ciudades edificadas y destruidas en un mismo lugar y en épocas distintas. Otras metáforas no tienen directamente que ver con el tiempo ni con la historia: la metáfora escultural ("via di porre", "via di levare"), la metáfora telefónica, la metáfora quirúrgica. Y, entre las dos series está la metáfora ajedrecista. Es evidente que ninguna de esas metáforas, tomada aisladamente, agota el concepto que Freud tenía del proceso analítico, y que la elección de una o unas a expensas de las otras involucra una simplificación —es decir, un cercenamiento— del concepto original. Tampoco podemos decir que Freud haya cambiado de opinión en cuanto al problema que nos interesa, sino que cada una de estas metáforas expresa una faceta de un problema muy complejo.

De todas maneras, hasta sus dos grandes últimos escritos técnicos, Construcciones en el análisis y Análisis terminable e interminable, la historia del sujeto constituye una dimensión esencial de lo que hay que develar en un psicoanálisis. Esto se desprende de los primeros descubrimientos de Freud acerca de la memoria: la tendencia de Freud a definir el inconsciente como lo reprimido, la represión teniendo su efecto básico en un olvido de situaciones traumáticas. El resorte del proceso analítico se define entonces como una repetición transferencial cuya interpretación permite una rememoración de lo reprimido y su eventual elaboración. ¿Qué pasa después de Freud? El sentido de la historia tiende a perderse en dos vías aparentemente opuestas.

La primera se fundamenta, en una parte, sobre algunas metáforas de Freud (la telefónica, la quirúrgica, etc.); y también en la idea freudiana de que todo se juega en la transferencia, es decir, en el presente; y en la afirmación de Freud (mal entendida) de que en el inconsciente no rige la categoría de la temporalidad. Aparte de esta fundamentación freudiana, esta posición apunta a equiparar el psicoanálisis a las "ciencias de la naturaleza", o experimentales, en las cuales la historia no tiene cabida. El exponente más radical de esta posición podría ser Henry Ezriel cuando afirma que el psicoanálisis es una "ciencia anhistórica", pero veríamos la misma tendencia en Bion y otros.

La segunda tendencia, sin rechazar de plano el recurso a la historia individual del sujeto, apunta a diluirla en-las vicisitudes de un desarrollo cuyas fases han sido descritas por la psicología evolutiva. Ahí se origina una cantidad de malentendidos, sea que los analistas traten de armonizar el esquema de las fases evolutivas de la libido descritas por Karl Abraham, rigidificando las indicaciones de Freud en este sentido, con las observaciones experimentales de la psicología evolutiva, sea que traten de someter las hipótesis analíticas al testimonio de una observación experimental (R. Spitz versus M. Klein, por ejemplo). En ambos casos el prejuicio básico reside en creer que el psicoanálisis está en continuidad con la psicología evolutiva y que forzosamente las descripciones tienen que coincidir, si son verdaderas. Este prejuicio sacrifica de plano el concepto freudiano de historia individual y, en particular, el concepto de Nachtráglichkeit, según el cual, en vez de que un acontecimiento se constituya en causa determinante de una serie de acontecimientos ulteriores, este acontecimiento inicial no cobra su sentido sino en virtud de los acontecimientos ulteriores.

Si uno toma en serio esta expresión de Freud (Nachtráglich), la discontinuidad del psicoanálisis con toda clase de psicología evolutiva no puede dejar de imponerse como evidente. Lo que, naturalmente, no implica ninguna crítica de principio a los resultados de la psicología evolutiva. Esto sí, implica una crítica al concepto contradictorio de un enfoque "históricogenético" tal como lo vemos formulado en ciertos autores (D. Rapaport, M. Gill y otros). Las discusiones de antes y de ahora para saber si el proceso analítico se desarrolla y debe desarrollarse en el "aquí y ahora" de la situación transferencial de la sesión, o si apunta a la recuperación de recuerdos, nos parecen pasar por alto la dialéctica propiamente freudiana de la temporalidad. Si un trabajo analítico es posible, es porque el sujeto y el analista piensan que la exploración del pasado permite la apertura del porvenir, es porque las series complementarias no constituyen un determinismo mecánico, es porque se puede salir, por la interpretación, del eterno presente atemporal de las fantasías inconscientes. El movimiento progresivo y el movimiento regresivo se dan en forma conjunta y se condicionan recíprocamente.

No equiparamos la exploración del pasado y la regresión, aunque ambos fenómenos se den muchas veces en forma simultánea. Explicar el pasado equivale en cierta medida a revivirlo, y esto pone en juego formas de sentir y niveles de organización psíquica pretéritos. Casi todos los autores están de acuerdo en admitir que la regresión es una dimensión necesaria del trabajo analítico. Por ello la regularidad de las sesiones y su duración uniforme crean un marco temporal fijo que permite el despliegue de los fenómenos regresivos. Pensamos que una de las funciones más delicadas del analista es la de regular el nivel en el cual el trabajo analítico puede realizarse sin que el analizando se pierda en la regresión. Sabemos que tal regulación no es siempre realizable y que se producen regresiones indebidas a pesar de nuestros esfuerzos, en forma de brotes psicóticos. Entre el escollo de la falta de regresión, que tendería a transformar el análisis en un mero proceso intelectual, y el exceso de regresión, en el cual el analizando se hundiría en estados psicóticos, está el área de la "regresión útil", en la cual podemos navegar sin peligro.

Por ello una justa apreciación de la función de la regresión en el tratamiento analítico es tan importante. Existe en ciertas tendencias analíticas la idea de que la regresión constituye en si el factor terapéutico esencial. Estos autores consideran la situación analítica como destinada a hacer resurgir, en estado de regresión, fases más y más remotas de la existencia del analizando. En lo teórico, esta actitud equivale a buscar más y más atrás en la infancia del sujeto el factor patógeno determinante, a promover la revivencia de estas situaciones malvividas en el pasado. El resurgimiento de la simbiosis inicial con la madre, del trauma de nacimiento, de la relación primitiva con el padre, de las posiciones esquizo-paranoide y depresiva de la lactancia, el afloramiento de los "núcleos psicóticos" sería la condición imprescindible de un verdadero progreso. De ahí nace la

ilusión, tantas veces desmentida por los hechos, de que basta alcanzar, sea por medios farmacológicos, sea favoreciendo sistemáticamente la regresión analítica, las situaciones arcaicas patógenas, para producir un progreso.

Pero se pierde de vista que la revivencia de un trauma no sirve de nada si no se complementa con una elaboración, si el trauma no se reintegra en el curso de una historia, si no se diferencian las situaciones traumáticas iniciales de la vida del sujeto y el mito histórico de sus orígenes. Esta elaboración necesaria descarta el afán mágico de poder acortar mediante un cortocircuito la duración del proceso analítico.

La discusión por Freud de las ideas de Otto Rank acerca del trauma de nacimiento y de las conclusiones técnicas derivadas por él de esta teoría (el trauma de nacimiento como base de toda la patología ulterior, y su elaboración en el tratamiento permitiendo "curaciones" rápidas por el ahorro del proceso analítico) expresa en forma prototípica las críticas que podríamos hacer a varios intentos ulteriores en la misma dirección que el de Rank. El tiempo de la sesión es un paréntesis que suspende el tiempo de la vida, un tiempo sin apuro, que a veces parece cerrarse en un presente atemporal, o en un tiempo circular, y a veces da lugar a acontecimientos repetidos o nuevos. En realidad es una experiencia privilegiada para observar directamente la génesis de la temporalidad y de la historia. El proceso analítico rescribe en cierta medida la historia del sujeto al mismo tiempo que le cambia el sentido. El momento en que podemos observar este cambio, en que se dan simultáneamente la re-asunción de un trozo de historia y la apertura de un porvenir, es el momento del insight. El trabajo analítico se juega en el aquí y ahora y en el pasado, como una dialéctica entre la temporalidad cerrada y repetitiva de la neurosis y del destino y la temporalidad

abierta del insight.

IV. El resorte del proceso analítico: interpretación e insight

Nadie lo pondrá en duda: el resorte específico del proceso analítico es la interpretación. El analista hace muchas cosas, aparte de interpretar: mantiene o impone, con suavidad o sin ella, el encuadre; elige el punto que debe ser interpretado; ensaya internamente hipótesis, etc. Desde el principio, Freud describe el resorte del proceso como una dialéctica: la interpretación se necesita cuando la "libre" asociación del analizando tropieza con un obstáculo que expresa el surgimiento de una resistencia dentro de él. El modelo de estos momentos fecundos del proceso sería entonces: resistencia-interpretación-rememoración. A medida que el procedimiento analítico va desbordando los límites de la memoria y del olvido, el obstáculo va adquiriendo nuevas formas, y la resolución interpretativa provoca efectos más amplios que reunimos bajo la palabra insight. Dos enigmas se nos presentan entonces: ¿cuál es este extraño poder de la palabra interpretativa? ¿En qué consiste el insight, su resultado?

El primer enigma se nos aclara en alguna medida si diferenciamos dos aspectos de este poder: el primero se refiere a la palabra en sí, al hecho de hablar, de interpretar o de asociar; el segundo a la palabra como portadora de sentidos, como expresando "lo que uno quiere decir".

Desde los trabajos clásicos de Luisa Alvarez de Toledo, se sabe que la palabra, además de su valor semántico, adquiere, y muy particularmente en el trabajo analítico, un valor concreto de acción fantaseada: tirar flechas o piedras, envenenar, amamantar, acariciar, etc. Esto bastaría para descartar toda equiparación de la interpretación analítica con una traducción, más todavía con una traducción simultánea. Inclusive si consideramos tan sólo su valor semántico, la interpretación del analista se parece un poco a los encantamientos de un aprendiz de brujo y evoca toda clase de demonios además de los que se quiso llamar. Dentro de la polisemia de las palabras y de los enunciados, muchas veces resulta problemático saber, entre los siempre múltiples sentidos de lo que decimos, cuál ha sido el sentido elegido, y entendido por el analizando. Cada uno sabe por experiencia que, en ciertos tratamientos, el analizando entiende sistemáticamente algo distinto —o inclusive opuesto— a lo que le quisimos decir, y sabemos también, si volvemos a pensar en nuestras interpretaciones, que muchas veces la interpretación nuestra ha sido mucho más significativa de lo que quisimos conscientemente trasmitir, y que alguno de sus segundos sentidos es el que ha sido realmente operativo.

Así, alguien habla de estas "invenciones significantes… que son la única cosa capaz de curar". Puede haber interpretación cuando inventamos algo, cuando nuestro trabajo se aproxima al del poeta, cuando conseguimos pasar más allá del lenguaje utilitario, medio de comunicación. En esto el elemento de sorpresa resulta indispensable. Toda interpretación, en el que la pronuncia y en el que la escucha, es necesariamente polisémica. Sería un craso error (no pocas veces cometido) pensar que la precisión de la interpretación, precisión que resulta fundamental en cualquier enunciado científico (pero una interpretación en el proceso analítico no es un enunciado científico: su "verdad" reside en otro lugar), nos permite evitar las confusiones implícitas en la polisemia de los enunciados. Pensamos, al contrario, que la búsqueda por el analista de la precisión teórica en la formulación de las interpretaciones va directamente en contra de lo que pedimos al analizando: asociar —en lo posible— "libremente". Tendríamos entonces que distinguir dos momentos del acto de la interpretación: los momentos de búsqueda, semejantes a lo que hacen los niños campesinos para cazar grillos (rascan el suelo con una pajita delante de la cueva del grillo; éste, curioso, sale de su cueva, momento propicio para enjaularlo). En nuestro proceso, este "enjaular" sería el segundo momento de la interpretación: un aspecto del inconsciente sale a la luz y es capturado por nuevas significaciones; se produce entonces una coincidencia entre analista y analizando sobre un sentido de la interpretación. El primer momento juega sobre la ambigüedad y la polisemia; el segundo los reduce momentáneamente.

Que el poder analítico de la palabra resulta extraño se nos hace evidente por el hecho de que, en la literatura, se describe en dos maneras diametralmente opuestas. Unos lo toman en su vértice de ruptura, refiriéndose en último término a la "via di levare" de Freud. Analizar significa, etimológicamente, des-ligar, des-atar, romper algún "falso enlace", revelar un autoengaño, destruir una ilusión o una mentira: Dora, el "alma bella", se pretende víctima inocente de los chanchullos familiares, y Freud la revela como cómplice inconsciente de ellos. Otros, y Melanie Klein más que nadie, lo conciben como un poder de unificación y de integración: reducir los clivajes, permitir la síntesis del objeto, ampliar y enriquecer el Yo. El mismo Freud, desde el modelo inicial (resistencia-interpretación-rememoración), concibe el poder de la palabra interpretativa como permitiendo la recuperación de un trozo de historia reprimido. El "levare" de la interpretación permite un "porre" desde otro lugar [desde el inconsciente del analizando).

En el movimiento del proceso analítico, ruptura e integración se dan conjuntamente, sin que el analista tenga ninguna necesidad de agregar harina de su propio costal. El extraño poder de la interpretación —entre otras cosas— consiste en desligarnos del poder extraño de ciertas palabras capturantes en nuestro destino. Es mérito de Lacan haberlo enfatizado, pero no en esto se detiene este poder: tiene mayor alcance, tal como Lacan mismo lo reconoció a partir de 1963, al introducir la idea de un trabajo analítico posible con palabras acerca del objeto "a", es decir, de algo indecible, más allá de las palabras. Finalmente, si queremos ubicar en alguna parte el límite (para nosotros) del aporte de Lacan, tenemos que trazarlo en el momento donde la "segunda mirada" se nos impone. Coincidimos con él en reconocer que el trabajo analítico no consiste en el agotamiento a ultranza de las "franelas imaginarias" (o de las vivencias regresivas que se dan entre dos personas sin contacto físico) pero no se limita a un poder de disrupción. El resorte está en el poder evocador de la palabra en la medida en que suscita el insight.

Si queremos ser fieles a la descripción de nuestra experiencia, no podemos evitar la obligación de discriminar dos categorías dentro de lo que llamamos insight. Naturalmente esta categorización apunta a describir dos formas límites idealmente distintas del insight, cuando la realidad nos presenta más a menudo formas mixtas. La primera corresponde a lo que Freud describió como levantamiento de la represión y emergencia consciente de lo reprimido. En este caso relativamente sencillo, el analista no está implicado en la resistencia del analizando sino como pantalla transferencial y en su capacidad o dificultad en entender e interpretar este momento preciso del proceso. El mismo enfoque unipersonal del insight se puede mantener, aunque con mayor dificultad, en caso de reducción de un clivaje.

La segunda categoría del insight no puede aparecer sino cuando el analista recurre a la "mirada hacia el campo", es decir, cuando se produce un atascamiento de la dinámica del campo y una paralización de su funcionamiento, lo que señala la presencia de algún baluarte. En este caso, el proceso interpretativo es más complejo; apunta primero a que el analizando se dé cuenta de la existencia del baluarte a través de sus efectos más conspicuos: detenimiento del proceso, estereotipia del relato, vivencia de que "no pasa nada". De lo cual se puede pasar a la estereotipia de los roles recíprocos atribuidos por el analizando a él mismo y al analista y a las fantasías que contribuyen a la estructuración del baluarte, con sus raíces en la historia personal del sujeto. Este desmenuzamiento del baluarte implica la devolución al analizando de aspectos suyos ubicados en el analista por identificación proyectiva, sin que sea necesaria ninguna "confesión contratransferencial". Esto borraría la asimetría estructural y funcional del campo, introduciría confusiones interminables en el analizando y desubicaría al analista de su función específica.

La ruptura del baluarte significa una redistribución de los aspectos de ambos participantes involucrados en la estructuración de este baluarte, pero la redistribución se hace de manera distinta en cada uno de ellos: una recuperación consciente y callada en el caso del analista; consciente y expresada en el caso del analizando. Podemos caracterizar el baluarte como un fenómeno simbiótico, en la medida en que ambos participantes de la situación analítica utilizan transferencias e identificaciones proyectivas y practican en forma recíproca "enroques" del sujeto y del objeto. Toda ruptura de baluarte se presenta por lo tanto como una de-simbiotización. La piedra de toque que nos señala que la ruptura ha tenido lugar reside en el cambio de las vivencias, tanto del analista como del analizando, en la restitución del movimiento en el campo, en la comprensión del obstáculo en el momento de superarlo, en el pasaje espontáneo del analista de la segunda mirada a la mirada primera, que corresponde a un trabajo analítico funcionando sin otra resistencia que la del propio analizando.

La forma extrema del baluarte se manifiesta en una patología del campo y del proceso que podríamos describir, más allá de la simbiosis, como parasitismo. Este se revela en su aspecto contratransferencial: el analista se siente como "habitado" por el analizando, presa de una preocupación que desborda las sesiones (puede ser por el miedo a una actuación autodestructiva o delictiva del analizando, a la inminencia de un "brote" psicótico, o a otras situaciones menos dramáticas). Tales situaciones parasitarias (equivalentes a micro-psicosis en el campo analítico) suelen desembocar, sea en una ruptura violenta de la situación analítica, sea en su reencauzamiento por reducción de los clivajes y devolución de las identificaciones proyectivas del analizando. No todos los campos analíticos llegan a estos extremos patológicos, pero sí todos tienden a crear baluartes, como está implicado en el concepto freudiano de "neurosis en la transferencia".

El resorte del proceso analítico aparece por lo tanto como constituido por la producción de resistencias y baluartes y su correspondiente disolución interpretativa creadora del insight. Tal descripción debe mucho al trabajo clásico de James Strachey, "Naturaleza de la acción terapéutica del psicoanálisis", a su idea, arraigada en la observación clínica directa, de que el resorte del proceso reside en ciertos momentos de "interpretación imitativa" en los cuales toda la situación se anuda —pasado y presente, transferencia y realidad, vivencia y comprensión— y se desanuda mediante la interpretación discriminativa productora de la mutación del insight. Algunos detalles aparte, sobre los cuales no podemos coincidir (la idea, retomada de Rado, de la posición del analista como Superyó auxiliar, y otras), lo que, a nuestros ojos, faltaba a la descripción de Strachey era tener en cuenta la participación efectiva y afectiva (y no sólo interpretativa) del analista en este proceso, cosa de la cual Michael Balint tenía, al contrario, una consciencia muy aguda y que expuso en muchas obras ulteriores, sin formularla, sin embargo, en términos de campo.

Los momentos fecundos de la interpretación y del insight puntúan el proceso analítico que Pichon-Riviére describía como "proceso en espiral", expresando con esta imagen la dialéctica del proceso en la temporalidad. "Aquí, ahora, conmigo", se suele decir, a lo cual Pichon-Riviére agrega "Como allá y antes, con otros" y "Como más adelante en otra parte y en forma distinta". Se trata de una espiral donde cada vuelta retoma la vuelta anterior desde otra perspectiva, y que no tiene comienzo absoluto ni fin determinado. La superposición de las curvas de la espiral ilustra esta mezcla de repetición y no repetición que se observa en los acontecimientos característicos del destino de una persona, este movimiento conjunto de profundización dentro del pasado y construcción del porvenir que caracteriza el proceso analítico.

V. Dialéctica del proceso y del no proceso

No todos los analistas han llegado a darse cuenta de que el proceso analítico es un artificio. Ni las advertencias más límpidas de Freud (la metáfora militar, en la cual explica que el proceso de reconquista no se juega en los mismos lugares donde se libraron las batallas de la invasión; la metáfora ajedrecística, donde explica que, aparte de las aperturas y los finales, las jugadas intermedias son imprevisibles) pueden valer contra la tendencia a pensar el proceso analítico según un modelo "naturalista" (gestación de un feto - crecimiento de un árbol). El no paralelismo del proceso patógeno y del proceso analítico se nos impone como una evidencia de partida. Si los analistas han podido hablar de una "cura típica", de "variantes de la cura típica", de "fases" determinadas de la cura, es que tienen una idea preconcebida del desarrollo de un tratamiento, como parte de su esquema referencial. Esta idea funciona como un lecho de Procusto y determina el curso efectivo de buen número de tratamientos, exceptuando los casos en que el paciente se niega a cumplir con las fases preestablecidas.

No lo podemos evitar, ni tampoco debemos renunciar a nuestra función de "dirección de la cura": somos parte integrante del proceso, y este proceso es, esencialmente, intersubjetivo. Esto no quiere decir que podamos ni debamos usar esta función de dirección en forma arbitraria. Somos víctimas de una "idea incurable", la idea de curación (J. B. Pontalis), pero lo que sí debemos hacer es no equivocarnos acerca de la naturaleza misma de nuestro trabajo y aceptar, sin que nos provoque el sentimiento de un escándalo intelectual, el hecho de la enorme variedad de los procesos analíticos positivos.

Tomando un ejemplo: pensamos que la descripción por M. Klein de la "posición depresiva" como momento concreto de un proceso analítico (el analizando, mediante la interpretación de su angustia de persecución, aproxima sus objetos perseguidores e idealizados, unifica las partes clivadas de su propio "self", se da cuenta de su participación en el conflicto, experimenta tristeza y esperanza, etc.) formula una estructura repetidas veces observada en los tratamientos, un momento de cambio y de progreso. Si erigimos este descubrimiento en regla general, tomando el acceso a la posición depresiva como pauta básica para evaluar un tratamiento analítico, buscamos (cual aprendices de Procusto) que todo tratamiento alcance esta meta. Inclusive podemos llegar a la idea (manifiestamente reñida con la experiencia) de que "el que no llora no se cura", y aun, pensando en el analista, que "el que no llora no cura". Como las monas de alambre cubierto de piel que usa la psicología animal en algunos experimentos sobre la crianza de monitos, el analista "programado" con un prejuicio acerca del proceso analítico "fabrica", si puede, pacientes ortopédicos más o menos semejantes a un ser humano "curado".

¿Qué queda entonces? ¿La incertidumbre total? Caricatura aparte, disponemos de indicadores de la existencia de un proceso, o de un no-proceso, en un tratamiento analítico y es una suerte que tomemos en cuenta estos indicadores aun si no caben en nuestro esquema referencia! teórico. No nos vamos a referir aquí a los indicadores más frecuentemente mencionados, tales como la desaparición de síntomas neuróticos manifiestos, o los progresos realizados por el analizando en distintas esferas de su existencia (acceso a un mayor placer genital, relación más armoniosa con los demás, mayor rendimiento en su trabajo, adquisición de nuevas actividades sublimatorias, etc.), no porque desestimemos su importancia, sino porque constituyen consecuencias más o menos lejanas del proceso y no su expresión inmediata y esencial.

Los indicadores de la existencia del proceso y los del no-proceso no se corresponden exactamente como lo positivo y lo negativo, como el anverso y el reverso de un mismo dibujo. Aquí también nuestro afán de simetría teórica nos podría engañar. Uno se queda a veces sorprendido al constatar que el indicador inicial descrito por Freud de la existencia de un proceso analítico —la recuperación de recuerdos olvidados (reprimidos) por el analizando— haya caído en desuso en muchas descripciones del proceso. ¿Será que se da por descontado? ¿Será que muchos se olvidan de la memoria? ¿Será que el "hic et nunc et mecum" se convierte en prejuicio y borra la temporalidad? Pensamos al contrario que el vencimiento de la amnesia infantil sigue siendo un indicador valioso de la existencia de un proceso, y que, a la inversa, la persistencia de la amnesia infantil especialmente prolongada marca un tope del proceso y corresponde muchas veces a un episodio psicótico de la infancia del cual el sujeto se ha recuperado al precio del borramiento de una parte de su historia y de una restricción de su persona.

La libertad de acceso a los recuerdos de la infancia corre a la par con la posibilidad de asociar libremente, es decir, con la riqueza del relato, el fácil acceso a las distintas áreas de la existencia del sujeto, la variabilidad de los lenguajes utilizados por él para expresarse, en particular su posibilidad de usar el lenguaje de los sueños para permitirse y permitirnos el acceso a su inconsciente. La fluidez del discurso no bastaría para indicar la presencia de un proceso analítico si no se acompañara de una circulación afectiva dentro del campo. La alternancia de los momentos de bloqueo y de los momentos de movilización afectiva, el surgimiento de una gama amplia de vivencias y emociones acordes con el relato, la transformación de los afectos transferenciales y contratransferenciales nos indican la presencia del proceso. Este indicador, sin embargo, no basta por sí solo para comprobar la existencia de! proceso: muchas veces el movimiento afectivo se reduce a una simple agitación, y la permeabilidad afectiva se torna en inconsistencia. La vivencia pura no cura, contrariamente a lo que parecen creer algunos psicoterapeutas no analíticos partidarios de las técnicas de sacudimiento psicológico en boga dentro de ciertos ambientes. Sólo la convergencia de ambos indicadores (variación del relato y circulación afectiva) nos informa cabalmente acerca de la existencia del proceso.

En el enfoque de la circulación afectiva, la categorización de las distintas formas de angustia aportada por M. Klein (angustia persecutoria, depresiva, confusional) nos proporciona una brújula invalorable. La dialéctica entre producción y resolución de la angustia y las transformaciones cualitativas de ésta, jalona el proceso. Si nuestra descripción del resorte del procedimiento analítico es exacta, la aparición y la frecuencia de los momentos de insight constituyen por lógica nuestro indicador más valioso. Pero todavía nos queda por diferenciar el insight verdadero y el seudoinsight destinado por el sujeto a autoengañarse y a engañarnos acerca de su progreso. La serie de "descubrimientos" está destinada en estos casos a encubrir la ausencia de proceso. El insight verdadero se acompaña de una nueva apertura de la temporalidad, muy particularmente en la dimensión del futuro: el proceso en curso comienza a tener metas, aparecen proyectos y sentimientos de esperanza. La temporalidad circular de la neurosis se abre hacia el porvenir.

Pero uno de los indicadores más importantes del progreso es el trabajo activo que realiza el analizando cooperando con el analista: un esfuerzo de sinceramiento hasta el límite de lo posible; de escucharlo al analista y decirle tanto "sí" como "no", de dejarse regresar y progresar. Esto se nos hace patente cuando el analizando nos dice: "En la última sesión, hemos encontrado algo de interés", y nosotros compartimos este sentimiento. Algunas manifestaciones del no-proceso analítico son más complejas de descubrir que las del mismo proceso: además de las múltiples formas del atascamiento, el no proceso se manifiesta por la apariencia de todos los indicadores positivos del proceso, utilizados para disimular su inexistencia. El no-proceso se suele valer como disfraz de todos los indicadores positivos del proceso (colaboración que en realidad es sometimiento, insight que es seudo insight, circulación de lágrimas de cocodrilo, etc.), con lo cual el analizando piensa "conformar" al analista evitando peligros mayores. Estos disfraces se denuncian a sí mismos como tales por su carácter estereotipado, con lo cual convergen con los indicadores del no-proceso. El peligro intrínseco de todo tratamiento psicoanalítico es la estereotipia (del relato, de los sentimientos, de los roles respectivos, de las interpretaciones). Cuando esta estereotipia se disfraza de movimiento, algo queda estereotipado: el tipo de angustia que se viene manifestando o encubriendo. En su forma más sencilla y evidente la estereotipia se revela en ciertos momentos de los tratamientos en los cuales el proceso se ha transformado en una suerte de movimiento circular que los analizandos pueden expresar con la metáfora de la noria: el burro dando vueltas es el paciente con sus anteojeras, pensando que camina y volviendo siempre al mismo punto.

Si, como es dable pensar, la noria no involucra tan sólo al analizando, podemos imaginar (¿recordar?) al analista dando vueltas alrededor de sus propias teorías sin encontrar el modo de romper el círculo, ni para él mismo, ni para el analizando. El no-proceso, en ciertos casos, puede expresarse bajo la forma de un movimiento aparentemente bien encauzado: son estos tratamientos que "caminan sobre rieles", donde el analizando viene puntualmente, asocia, escucha, aprueba la interpretación, inclusive gratifica al analista con resultados terapéuticos bien visibles, dándole la impresión de un trabajo útil. En el analista la señal de alarma puede ser que "este tratamiento anda demasiado bien", juntamente con el sentimiento de que "aquí no pasa nada". Generalmente el indicio que despierta la segunda mirada en el analista es la tendencia a la eternización del tratamiento, y el despertar en el analizando de una intensa angustia frente a la mera idea, largada por el analista a título de globo de ensayo, de que "el análisis tiene una terminación". Las situaciones subyacentes son de muy diversa índole, pero todas tienen en común la existencia de un "baluarte", en el sentido estricto. Puede ser, por ejemplo, un "campo perverso" encubierto [que hemos descrito alguna vez) donde la actividad propiamente analítica sirve de pantalla a una satisfacción perversa del analizando (voyeurista, masoquista, homosexual, etc.).También puede ser un pacto antimuerte, sustentado en la fantasía del analizando de que, "mientras estoy en análisis, no me muero" y en la fantasía correspondiente del analista, "si lo interrumpo, se muere".

Lo mismo que el no-proceso puede encubrirse con la apariencia del proceso, el proceso puede realizarse en forma subrepticia. Tales procesos subrepticios se observan a veces con analizandos que tienen fuertes obstáculos internos a su propio progreso, o que quieren ejercer una vieja venganza contra sus objetos primarios, o que temen, manifestando su mejoría, atraer sobre sí la ira de los Dioses o algún contragolpe del Destino. El proceso se realiza por resolución sucesiva de los obstáculos que se oponen a su movimiento: son éstos conocidos, pero no todos corresponden a los mismos mecanismos. Estos obstáculos se pueden entender como resistencias si adoptamos la definición de la resistencia que formula Freud en La interpretación de los sueños: "Todo lo que perturba la continuación del trabajo es una resistencia".

Dentro de las resistencias, conocemos muy bien las que clásicamente expresan las defensas del Yo o las alteraciones del Yo. Cualquier analista medianamente experimentado sabe categorizarlas y posee los recursos técnicos para enfrentarlas. Constituyen el material de nuestra comprensión e interpretación, son un elemento intrínseco del proceso, parte dialéctica del mismo. Su resolución es nuestro trabajo cotidiano. Más graves son las resistencias que, más allá de un obstáculo — previsible y conocido — ponen en peligro serio el trabajo analítico, comprometen el proceso y pueden llegar a interrumpirlo, a desvirtuarlo y finalmente pueden desembocar en un resultado completamente opuesto al buscado. Por supuesto, están en la misma escala que las resistencias "clásicas"; se escalonan, diríamos, a partir de las resistencias clásicas, por orden de la gravedad, hasta llegar a un polo extremo entre estos fenómenos: lo llamado comúnmente "resistencia incoercible", la "impasse", y finalmente la reacción terapéutica negativa. Muchos textos analíticos emplean estos términos como equiparables o superponibles. Pensamos sin embargo que un uso más preciso de la terminología sería útil en vista de las implicaciones técnicas.

La diferencia esencial de estos procesos con las resistencias clásicas reside en su intensidad y durabilidad. No son elementos del proceso que aparecen y se resuelven dando lugar a otros movimientos; son obstáculos mucho más estables, duraderos, a los que se agrega en forma manifiesta la incapacidad relativa o total del analista para dar cuenta de ellos y resolverlos. El analista está mucho más involucrado, y la gravedad del fenómeno está dada precisamente por este hecho que el analista se vuelve impotente para manejarlo. Pensamos que lo que hemos llamado "baluarte" subyace a todos estos fenómenos: no se pueden entender sino en términos de campo. Se habla comúnmente del par resistencia-contrarresistencia. Este par es lo que lleva al baluarte: una colusión entre resistencias del paciente y resistencias del analista, que entendemos como una formación cristalizada dentro del campo que estanca la dinámica de éste. Analista y analizando dan vueltas alrededor de un obstáculo sin poder integrarlo al proceso.

La llamada "resistencia incoercible", vista en una perspectiva unipersonal, es una resistencia que tiende a cronificarse y puede llegar a interrumpir el proceso. Si se prolonga mucho tiempo, llega a la situación que actualmente se denomina "impasse". En la impasse, el analista se siente implicado técnicamente. Busca en vano el recurso técnico que permita resolver la situación de estancamiento. La impasse se resuelve con con los acting del paciente, que abandona el tratamiento, o del analista, que tiende a hacer innovaciones técnicas. Con todo, a veces el analista da con el recurso que le permite rescatarse y rescatar al paciente, y si el tratamiento se interrumpe por obra de uno de los dos participantes, el paciente se va en general conservando los logros conseguidos hasta ese momento. Por otra parte, la situación de impasse se puede producir en cualquier momento de un tratamiento analítico.

La reacción terapéutica negativa —y ésta es la primera diferencia con la impasse, si recordamos a Freud— no suele darse en un comienzo del análisis, sino después de cierto tiempo y en un tratamiento aparentemente exitoso. Es una respuesta negativa a logros efectivos del paciente frente a interpretaciones que el analista considera adecuadas: el paciente empieza a desandar aceleradamente el camino recorrido para llegar finalmente a una situación de suicidio o accidente suicida. En general, no interrumpe el tratamiento, más bien se aferra a él hasta el desenlace catastrófico. A la impasse se puede poner fin sin mayor catástrofe; la reacción terapéutica negativa es por definición catastrófica. Pensamos que un signo patognomónico de la reacción terapéutica negativa es la parasitación del analista con el paciente. El analista no está sólo preocupado científicamente o técnicamente, o aun afectivamente por el paciente, como en la impasse, sino que se siente totalmente invadido por el paciente. La impasse puede corresponder a lo que se llama a veces neurosis de transferencia-contratransferencia. La reacción terapéutica negativa se puede entender como psicosis de transferencia-contratransferencia: analista y analizando llegan a conformar una folie ó deux. Precisamente por ser el polo extremo en la escala de los obstáculos que se presentan en el proceso psicoanalítico, nos aparece mucho más claramente como producto específico del campo analítico. A partir del examen de este polo extremo, es que podemos entender que, en mayor o menor grado, el analista está involucrado como participante activo en todos los fenómenos que se manifiestan como obstáculos graves al proceso analítico. En este sentido sostuvimos que a todos estos obstáculos lo que subyace es un baluarte.

Con su definición del procedimiento analítico como repetición de la neurosis inicial y resolución de esta neurosis en el nivel de la transferencia, Freud marcaba los dos polos de la repetición en la técnica: como inercia o "entropía" primero, como momento del proceso o parte del progreso en segundo término. La introducción del concepto de campo enfatiza una doble ubicación de la compulsión repetitiva, en cada uno de los participantes del proceso. El analista también tiene sus formas de repetir: puede entrar en colusión con el analizando, capturado inconscientemente en la fantasía del campo, puede entrar en las estereotipias del analizando cuando transforma sus sesiones en un ritual, puede intentar romper la repetición por medidas de fuerza: ¿será ésta la clave para entender la patología de ciertas innovaciones técnicas, ciertas "terminaciones" indebidas del análisis?

Pero quizá la forma más solapada de la repetición en el analista se refiere a su encierro en su propio esquema referencial, sobre todo si éste ha adquirido un cierto grado de sistematicidad y racionalización y tiende a conformar una rutina. El ideal del analista podría ser el hurón menor, que nunca sale del lado en que lo esperan, o la sortija escondida del juego. Más rígido es el esquema referencial del analista, más se encuentra propenso a aceptar el rol del "sujeto supuesto saber", es decir, más se vuelve cómplice de la estereotipia paralizante del proceso, Por ello es recomendable que transitemos por esquemas múltiples, haciendo sin eclecticismo confusional nuestra propia cosecha de varios de ellos: la clínica es más variada que nuestros esquemas y no nos regatea las oportunidades de inventar.

Como procedimiento anti-repetición y anti-estereotipia, el análisis tiene constantemente que lidiar con los baluartes que se vienen creando y tratar de deshacerlos a medida que se crean. Estos baluartes se nos presentan como extremadamente proteiformes, algunos poco cristalizados, otros duros y paralizantes para el analista. Hay proceso en la medida en que se van detectando los baluartes y se los va deshaciendo. En este sentido los dos aspectos de la interpretación (ruptura e integración) aparecen claramente complementarios. El baluarte siempre renace en formas renovadas; es la manifestación clínica más conspicua de la compulsión repetitiva, es decir, de la pulsión de muerte. Como tal, el baluarte, cuando se reduce, expresa el triunfo del proceso sobre nuestra pesadez fanática intrínseca —otrora llamada "viscosidad de la libido"—, y esta victoria, por momentánea que sea, constituye quizá lo más esencial de la alegría que nos proporciona el trabajo analítico.

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