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VOCACION Y FORMACION EN EL CAMPO PSI.

Publicado por Francisco Mora Larch activado 16 Febrero 2016

Vocación y formación en el campo Psi.

Francisco Mora Larch.

La trayectoria, es el camino que sigue la formación. Bueno, en realidad no la sigue, la construye la formación con lo que tiene a mano y con lo que se le presenta, pero también es expresión y producto del esfuerzo (deseo) a través del cual el sujeto participa, se implica, se compromete y se autoconstruye, pero nunca solo, sino en el contexto social y en los ámbitos que señala Bleger (1966): Psicosocial, Sociodinámico, Institucional y Comunitario.

En este sentido, la formación tiene que ver con la percepción interna que le indica y le propone un camino, esta percepción requiere ser alimentada con mayores dosis de sensibilidad para responder al llamado (Mora L. y Foladori, H., 1985), y entramos así a la cuestión de “la vocación”. Cuando el proceso perceptivo funciona sin reparos hurgando el mundo interno, se registra el indicio de una “voz interna”, especie de “mandato” elucidado y pensando desde el psicoanálisis, por una instancia a la que Freud denomina “Ideal del Yo” (Freud, S. 1973, t. II, a).

Entendemos a este como un aspecto o función del aparato psíquico, que el yo va construyendo-descubriendo como ideal o modelo de referencia que teniendo origen en el mundo externo, el sujeto se lo apropia como un “don”, que debe ser alcanzado, trazando de a poco los pasos a seguir para llegar a ver realizado el trabajo sobre sí mismo. Ya desde aquí, podríamos pensar que la formación, es el proceso por el cual el Yo (precipitado de identificaciones) se va construyendo según el Ideal del Yo, pero que en el trayecto, hace uso de los recursos del contexto social, que le permitan recorrer el camino del trabajo sobre sí mismo, para alcanzar (o parecerse) en lo posible al modelo que funciona como un polo de atracción interno que “impulsa” o “jala” al sujeto hacia un fin. Mi pregunta sería, cuales el tipo de ideal que arma la sociedad en los tiempos actuales, porque la clinica presente nos instala en una clinica del narcisismo (Moguillansky, R. 2003), donde el desinvestimiento narcisista genera fundamentalmente la experiencia de vacío, de personalidades “como si”, descritas por D. Winnicott (1975).

El Ideal del yo es una instancia mediatizadora, en cuya función encuentra fuerza el proceso sublimatorio descrito en psicoanálisis (Freud, S. op cit. T. II b), como una especie de transcripción de una tendencia sexual pregenital intensa que al “ver” bloqueada su satisfacción directa, se deriva a un proceso que sigue las vías de una humanización “más radical”, espiritual, en la que un conjunto de tendencias pulsionales serán la materia prima a “des-sexualizar” por la vía del Ideal del yo, transcripción en donde juegan su parte la instancia interdictora del superyó, como el contexto social que favorece una solución de compromiso en la que el sujeto será tomado en cuenta como tal, para realizarse como tal sujeto.

La Vocación de Ser Psicólogo.

La fórmula para ser feliz, dice por ahí un autor, es que uno llegue a saber, a descubrir “para qué es bueno”, y entonces seguir y armar un trayecto que construye en la búsqueda, escuchando la propia voz interior; este “saber para qué es bueno”, lo entendemos ya como ese Ideal del Yo que “escondido” entre los recovecos superyoicos, puede ser diferenciado como un factor que pone en tensión “productiva”, libidinizada a una imagen que satisfacería al superyó y al ello, logrando así una primera fase de armonía entre diversas instancias psíquicas.

Desde un punto de vista ampliado, la aparición de la “vocación” de ser psicólogo en un miembro del grupo familiar, puede ser leída desde ese contexto, así, “el deseo de estudiar psicología” y llegar a ser psicólogo, es el “emergente”, el producto o constructo de un contexto sociodinámico en el que el sujeto “tocado” por la vocación psi modela y establece un cierto tipo de lazo social con la realidad que lo construye y se transforma en el portavoz de una situación “grupal”, es el sujeto sensible a las dificultades del medio, es el radar que detecta que en ese conjunto humano, hay una serie de factores reprimidos, disociados, “nocivos”, alienantes, “dañinos”, que han lastimado, excluido, aislado o segregado un “material” que debe ser re-integrado al conjunto, en función de “curar” o “reparar” algo de lo humano que ahí se volvió innombrable, debido a un clima de “clausura”, o “tóxico” implantado por los adultos, o a las dificultades que no pudieron ser tramitadas simbólicamente por unos padres con dificultades en la comunicación y la falta del sostén emocional requerido por el conjunto social; es desde ahí que se desarrolla lentamente “un caldo de cultivo”, propicio para generar en un individuo del grupo, condicionado por su historia singular, esa experiencia de sentir que debe asumir desde lo difuso, que algo desde su interior, le demanda una tarea a realizar.

Cuando se expresa que el psicólogo “esta psicoloco”, se intuye ya que el sujeto de la vocación se encuentra afectado emocional o mentalmente, como para elegir esa carrera, ya que al parecer requeriría una cierta idiosincracia muy especial. La psicología, como la medicina, la odontología, el trabajo social o la veterinaria son profesiones reparatorias, esto querría decir que la sociedad, de alguna forma es autoconsciente de que el grado de sufrimiento, pobreza, injusticia, represión, dolor, desesperanza, y conflictos que genera por la forma en que se organiza, debe ser compensado en la “producción” de sujetos que deben reparar el mal provocado por ella misma. Muchos de estos sujetos serán testigos directos o indirectos o simplemente victimas de las injusticias, de las heridas y del dolor promovido por relaciones sociales fundadas en la competencia, la indolencia, el poder, el dominio sobre el otro, la perversidad, el dinero, el sadismo, el odio, la exclusión social, la indiferencia, la represión social o política, o simple y llanamente la eliminación en masa del diferente.

Cuando el sujeto vocante no tiene clara la forma en cómo llego a recibir “el don” de la vocación reparatoria, muchos de sus actos tendrán la intención restituyente, pero otros provocarán consciente o inconscientemente, mas daño y sufrimiento que alivio, al verse impedido el sujeto de acceder al conocimiento del sentido de sus actos, de sus impulsos, de sus compulsiones que lo orillan a vivir y con-vivir con la enfermedad y el dolor ajeno, no podrá instrumentarse racional y humanamente hablando, vivirá su deseo (reprimido) como un “mandato compulsivo”, omnipotente, para tomar distancia del sufrimiento y las heridas del otro, porque no ha podido objetivar en sí su propio dolor y sus propias heridas objetivas y subjetivas, su potencia y su impotencia. Sin embargo, solo aquel sujeto herido desde su infancia (Frick, E., 2000), sería capaz de desarrollar la sensibilidad requerida para lograr poseer “el don de la curación”.

En este sentido, el “llamado interno”, tiene que despertar algo de pasión, es decir, que a uno “le emocione” lo que hace, que uno disfrute su trabajo; el platillo más suculento es aquel que se “cocina”, el que se prepara con paciencia y dedicación, aquel cuyo ingrediente principal exige un grado de “inversión de libido” intuyendo que esto es necesario en función de satisfacer al otro de manera desinteresada, es decir, el trabajo como “un don” al prójimo, para que lo disfrute y se regocije con el producto de nuestra labor, es lo que, ásperamente, el tutor chef nos muestra en la película “The Ramen Girl” (Ackerman, 2008), intentando trasmitir a la protagonista que el mejor platillo no es aquel que se prepara de manera impecable desde un punto de vista técnico, formal, es aquel que le agrega a esto la implicación personal de quien lo prepara, con deseo, en este caso, de ofrecer al otro lo que se ha preparado no es alimento físico, sino algo producido por el orden de lo subjetivo, un “costo” no contabilizado por el capital de la razón occidental.

En el ejemplo de esta película, protagonizada por Brittany Murphy, vemos las “penurias” o las dificultades afectivas, emocionales, libidinales, vinculares que se ponen en juego, para alcanzar el ideal propio a través del Maestro, este es solo un mediador siempre a disposición, para aquel que quiera aprender, pero no es el que determina qué aprende uno en el proceso. De nuevo, entendemos entonces que al igual que el otro primordial, el llamado Maestro, cuando toma a su “cargo” a un discípulo, esta aceptación implícita del sujeto para aprender del maestro, no se centra tanto en que le enseñe una técnica, el Maestro solo se vuelve una presencia re-aseguradora externa (interna) que conjure los miedos al intentar acercarse y realizar una tarea que lleve a la expresión plena del sujeto como tal: tememos que el yo más auténtico emerja al mundo social, pensando en el peligro que se cierne, sobre el que se atreve a expresar-se en su deseo, para autoafirmarse en su ser, aún en contra del contexto que lo ve emerger. Pero también mostramos algo mas, citando a Machado, “se hace camino al andar”, es decir que el Maestro no puede dar al otro la línea que ha de transitar este, porque se sabe, intuitivamente, que el deseo encierra un misterio singular, único y a la vez univoco, solo el sujeto del deseo puede reconocerse en él y nadie más, intervenir en el proceso es sesgarlo, distorsionarlo, cuando no destruirlo.

El Maestro, puede indicar, señalar, proponer, sugerir, alentar, pero sobre todo escuchar y promover la autonomía del sujeto, impidiéndole evitar los obstáculos y las dificultades que se le presentan en el proceso, las que en realidad no hacen sino expresar los miedos ante el cambio que se va produciendo; cuando esto pasa, el Maestro “no se inmuta”, solo deja ver su presencia serena y comenta lo que sucede, sin externar un juicio moral, deja que la dificultad actué como la clave que impulsa a abrir brecha por caminos a veces insondables, desconocidos, se construye el objeto a través de los meandros de la pulsión (Freud, S. 1973, Tomo II), el sujeto se construye cuando el destino de la pulsión es asumido conscientemente por el sujeto, que no se vuelve el siervo de esta, antes bien, la pulsión sera la fuente potencial de su realización como sujeto

El Maestro, el docente, el profesor, si sabe descentrarse del rol asignado, asumiendo un rol posible, encuentra en ciertas experiencias y teorías, la legitimidad de un educar por el amor y la ternura y no por la autoridad, aún la del saber, en este caso no se esta ante el Amo, aunque se corra el riesgo de encontrarlo en algunas de estas figuras, sino ante quien facilita que el sujeto tome conciencia de la necesaria inversión de su libido sobre sí mismo, “trabajar-se” para superar el reto y esto solo se logra en la forma de concretar en lo externo, de formar o construir “por fuera” lo que requiere expresión desde lo interno; en este sentido, la formación no es sino la posibilidad de la creación y re-creación tal y como se entiende desde el arte, es cumplir el sino humano, cuando desde el vamos de la llegada del sujeto al mundo, su destino es abandonar el nicho original, para desplegar la herencia que deberá recibir en el origen, para “esparcirla por el mundo”.

¿No se aclara entonces, en este sentido, el papel clave que el tutor, el maestro, el docente, el orientador, el entrenador, el coach, el psicoanalista, el coordinador de grupos, cumplen como referentes simbólicos para los sujetos en evolución? La enseñanza que nos proporciona el análisis, se vuelve un referente de interés en lo que respecta al vínculo que se establece entre analista y analizando: el sujeto va ahí para analizarse, es decir, es una experiencia donde el proyecto se plantea como un método para lograr autoconocerse, una tarea muy delicada, por lo que la función del analista implica ciertas renuncias: no esta ahí para juzgar, ni para culpabilizar, ni censurar o sancionar sobre la experiencia vital del sujeto; Freud nos diría que el médico de almas, está ahí para asistir al sujeto a curarse de sí mismo en su aspecto ilusorio; el analista está ahí para ayudar al otro a levantar sus resistencias; o a llenar las lagunas mnémicas; a “hacer consciente lo inconsciente”, o favorecer que en el analizando “donde ello” era, el yo requiere advenir, es decir, Ser, que la presencia del Maestro, re-asegura en el acercamiento del sujeto a su propio deseo, le impulsa a construir el puente vincular que lo haga acceder a “la otra rivera vital”, vedada desde antaño en la historia individual, y la única forma de lograr esto, es asumiendo una actitud benévola, comprensiva, sensible, receptiva, permisiva, disciplinada, interesada y de escucha atenta.

Luego entendemos, que la vocación de los formadores encierra un gramo de tendencias sádicas (Mora L., 2011), ya que no se trata sino de facilitar el cambio, para lograr que el otro emerja en un nuevo "renacer", nuestra intención es “facilitar” aportar en el proceso de cambio, ocultando o mejor, silenciando y neutralizando nuestra intención, según nuestras necesidades y deseos, ejerciendo sobre el sujeto (vuelto objeto) una violencia que puede alcanzar un nivel siniestro, del que la historia de Frankenstein (Shelley, M. 2013) es un buen ejemplo, troquelar y armar al otro a nuestra imagen y semejanza. Sublimamos, transcribimos así un vínculo sádico, en uno de ternura, que renuncia de por medio, impulsa a la comprensión, el entendimiento, la escucha, la benevolencia, el acompañamiento, el cuidado y un sostén de calidad “maternal”. Se trata de una revancha hacia el otro primordial, mostrando cómo debió de habernos tratado desde el origen, es un reclamo de empatía, con una mezcla de reproche y un rencor profundo acerca de cómo fuimos “educados” en nuestra infancia, donde algo de los vínculos y de nuestro narcisismo fue estropeado, frustrado o francamente dañado, teniendo la sensación de una avería irreparable, diría Freud (op cit. T. II), de una injuria narcisista imposible de ser perdonada.

Estas características deberían complementarse con una visión crítica, con un correrse a la acera de enfrente a donde la mayoría no está, posicionarse en una perspectiva, la menos común y convencional en la que se encuentra el bloque homogéneo de las mayorías atosigadas por los Mass Media, esta perspectiva remite no a cuestionar y objetivar al que tiene problemas con “la ley” cultural y social, con las normas, con la adaptación al mundo de los “normales”, lo central es poner en cuestión "lo normal" (Skliar, C. 2005) y al compacto pero amplio y mayoritario grupo de los adaptados, mostrar los procesos que llevan a la objetivación–cosificación y represión del diferente, a la exclusión del “anormal”, a la aniquilación de “lo extraño”, y evidenciar que la naturalización de estos procesos impide la plena humanización de todos y de cada uno de nosotros.

Entenderíamos desde aquí, que toda la formación del psicólogo y todo el aparato institucional que se “arma” para formarlo, debería apuntar a desarrollar estas pocas características humanas que se requieren para favorecer el cambio en el sujeto, en la familia, en los grupos, las instituciones y las comunidades. El sujeto es un ser construido en un espacio social y afectivo, espacio conformado por sujetos, posicionados en un rol (Pichon Riviere, E. 1971a) y condicionantes de los formatos que habrá de hacer suyo el nuevo ser. En la formación están comprometidas las prácticas de crianza, de sostén, de apoyo, de la idea de niño, de madre y de padre, de familia y de comunidad. Como el sujeto no es un ente dado sino construido, las formas culturales y sociales de “producción” de los sujetos, derivan de lo cotidiano, de los usos y costumbres, actos que se enmarcan en la ideología y los mitos, en los imaginarios sociales de cada comunidad y de los cuales derivan las prácticas educativas en sentido amplio.

Las formas de producir y distribuir para subsistir establecen troquelados de relaciones, cuyo fondo define el sentido de la comunidad de humanos, donde las formas primeras dejan marcas, huellas y trazos individuales y colectivos, en un contexto de vínculos y actividades que la sociedad genera como forma de producir y re-producir lo existente. Hasta hoy, el proceso de formación procede de los vínculos, de los contactos cuerpo a cuerpo, de las relaciones cara a cara, y no se produce por un intento externo de manipulación de la conciencia o de alteración heterónoma de las formas de pensar, sentir o hacer, pero los cambios acelerados y los intereses particulares y egoístas en el mundo, ponen en peligro las tramas vinculares y los espacios que como comunidad humana hemos tejido, desgarrando las condiciones mas sutiles y delicadas de la “producción” de sujetos, teniendo la intención de apropiarse de esos “espacios” y de reconfigurarlos según sus muy particulares intereses de clase, que en última instancia son intereses económicos y de apropiación ilegitima del poder político.

La formación no se asienta en la violencia sino en la sutileza del tacto humano y humanizante, pero tampoco es solo un juego de lenguaje y de intercambio de discursos en que se dirime la derrota “intelectual” del contrincante. Parece más una práctica que remite al sentido de lo humano cuando en un diálogo se hace explícita la presencia de un tercero que da sentido a la relación, este sentido es el de los intercambios humanos donde el lenguaje instala el lazo que sustituye el cuerpo a cuerpo, es el corte simbólico que rompe la diada madre-hijo, y en un primer momento refiere a la forma en cómo se organiza la sociedad para subsistir, produciendo aquello que satisfaga las necesidades fisiológicas y culturales de la comunidad humana.

Nietzsche y la Formación.

Recuerdo en este sentido un texto de S. Gallego (2005) sobre Nietzsche donde trata el tema de la formación; partiendo del filósofo, Gallego plantea la preocupación de Nietzsche por la formación del pueblo, ya que la modernidad ha traído junto al progreso económico y tecnológico, ciertos “beneficios” que mas que favorecer la evolución civilizatoria parecerían actuar en sentido opuesto, resultando que las grandes masas, viviendo en condiciones de explotación y en una pauperización creciente, se vuelven un caldo de cultivo para la tragedia humana, lo que llevaría a detectar una necesidad fundamental para la elevación de su nivel cultural: la existencia de educadores, que lleven a la población a intentar un refinamiento del espíritu en cuanto a lo siguiente: que la gente, en general aprenda a “ver”, aprenda a “pensar”, aprenda a “hablar y aprenda a escribir”.

La cuestión es interesante, porque siendo tan sensible a la subjetividad de su época, el filosofo detecta que en la evolución social hay algo que “no funciona” y que lleva a las mayorías a un estado de “barbarie”, de sobrevivencia, a una “corrupción de las costumbres”, y que aun esto, cierto grueso de la población capaz de acceder a la educación desde diversos caminos e inquietudes políticas, intelectuales, culturales y comunicativas no es capaz sino de desarrollar una mediocre actitud e inteligencia ante los grandes problemas de la existencia humana y social.

Habiendo sido concentrada en las ciudades, un grueso de la población de los países occidentales sería vulnerable a un proceso de homogeneización que permitiría a las clases hegemónicas ejercer un poder no solo político sino cultural e ideológico, que podría expresarse en aquella frase romana: “A las masas, pan y circo”. Así dice Nietzsche ([1878] 1993, p. 297):

“De ordinario, la gente se esfuerza en adquirir una sola orientación anímica, una sola forma de ver las cosas, que sea aplicable a todas las situaciones y a todos los acontecimientos de la vida, y a eso le llama en especial, tener espíritu filosófico. Sin embargo, para el enriquecimiento de la conciencia, puede ser más beneficioso no uniformarse así, sino escuchar más bien la voz prudente de las diversas situaciones de la vida, las cuales encierran sus propios puntos de vista. De este modo se participa mediante el conocimiento en la vida y en la naturaleza de muchos seres, dado que ya no nos consideramos como un individuo constante, fijo y único”.

Pero esto no es lo que predomina, no la diversidad sino un proceso social que tiende a instaurar un “pensamiento único”, una sola forma de ver, de pensar o de “escribir” las cosas. Antes bien, la cultura basada en el valor supremo de la economía tiende ya a la construcción del llamado “homo economicus” (Alcoberro, R. 2007), cuya función sea el de volverse rápidamente un ser productivo, y aspirando a ser un engranaje bien aceitado de la maquina económica del capital. En la familia, ser hombre “de bien” es aprender un oficio y buscar pronto un empleo, mecanismo que delinea “la vocación mercantil” de los sujetos de la era industrial capitalista.

La tecnificación en marcha prescribe los troquelados familiares en el modelo de los ajustes y de los automatismos, la educación tiene la función de disciplinar, doblegando al cuerpo erógeno, al cuerpo pulsional, al cuerpo hedonista que inspira la gracia del movimiento, se busca la perfección de los movimientos en el modelo de la maquina, de los dispositivos industriales en cuyos ideales se debería ser eficiente, ahorrador de esfuerzos, productivo, eliminador de sensibilidades, y concentración en la actividad laboral como ideal. Así que para ello, no debería perderse el tiempo en la formación del sujeto como tal. Antes bien, el sujeto ideal sería aquel apto para la tarea encomendada, pero la única forma de tener u obtener “esta materia prima”, solo se logra con una “educación” que forme o más bien, de-forme a los sujetos de la misma, que el “sujeto” provenga de un impulso o diseño exterior a él, de un Dr. Frankenstein capitalista o funcionario del capital, que lo arme desde el acto hasta la intención y genere el comportamiento esperado.

Nunca aislada del contexto, la institución escolar se origina en la servidumbre al amo (Herrera, R. 1984), en orientarse a satisfacer sus necesidades, inclinándose ante la autoridad y sometiéndose a sus designios, esperando de ella aprobación y recompensa; y eso solo se logra cuando la “educación” se impone a través, no de educar sino con-formar a los sujetos según las necesidades del amo, haciendo abstracción de las necesidades de los educandos. Pero no se trata de que se les discipline en los aprendizajes técnicos de algún oficio de servidumbre, sino sobre todo, doblegar al sujeto hasta convencerlo y hacer de él un autómata, un siervo dócil y funcional a los requerimientos no solo concretos sino subjetivos, que observe la organización administrativa del mundo como algo “natural”, para evitar cualquier crítica a la relación de poder establecida: Amos y Siervos, dueños y poseídos, sujetos y objetos, administradores y operarios, docentes y estudiantes.

La disciplina como sometimiento a la autoridad y al poder, obliga a los sujetos que se someten a ella a “afectar” su visión e interpretación de las cosas, un aprender a someterse, a doblegarse, a no ver-se uno mismo; a no hablar, a callar, a silenciar, a rumiar en la oscuridad, a ocultar el dolor, a silenciar el sufrimiento, a llorar en silencio. Todo un condicionamiento cultural de sometimiento a la autoridad por la vía del poder economico, político, empresarial, represivo, o desde el prejuicio racial, social geográfico o de género (los chicos no lloran), que limitaría sobremanera la sensibilidad perceptual y cenestésica de los sometidos y también, por esa vía, de los sometedores. El resultado: un ensamble de huesos, músculos y nervios, integrados por un cerebro-memoria, generador de automatismos psicomotrices, con una subjetividad en ciernes, solo necesaria para la alimentación, la producción y la defecación: nuevos esclavos libres.

Para Nietzsche, crítico acérrimo de su época, nuestros sentidos y la misma capacidad racional de lo más humano en nosotros esta corrompida, por lo que plantea que para salir de la alienación hay que irse desembarazando de la visión hegemónica que impone el poder; para Nietzsche, lo que hay con respecto al ver emancipatorio, es un ver perspectivista, derivado de las diferentes posiciones desde donde cada cual puede ubicarse para alcanzar un poco de la complejidad de la forma en que la realidad humana esta armada, es decir, el sujeto requiere ver, u observar, pero no solo desde el sometimiento, la abdicación o la renuncia, sino desde la potencia y la capacidad de elección, requiere abandonar la perspectiva heredada o impuesta, para construir la perspectiva creadora, constructora de percepciones y de realidades utópicas.

Los efectos nefastos y nocivos de una educación para el sometimiento, llevaron a la escuela a ciertas modificaciones que permitieran a los sujetos vislumbrar más allá de los horizontes inmediatos propuestos por la educación de la época. La conformación del individuo limitado cedió paso a la educación del sujeto y desde ahí, a tomar en cuenta sus necesidades y no solo las del entorno social o económico; los cambios en la economía llevan en ciernes los cambios culturales y sociales, por lo que la función de la escuela también varió y en muchos casos de manera drástica, un chico pobre podía ser igual o más inteligente que un chico de la rancia nobleza, se partía de la desigualdad para igualar a través de la educación, pero esto era ilusorio, porque en lo humano, la igualdad de las inteligencias (Ranciere, J. 2001) es el supuesto a partir del cual se pueden generar las diferencias, y así lo constataba Nietzsche (Ibid, p. 300) cuando afirmaba lo siguiente:

“Al ver cómo ciertos individuos recogen las experiencias diarias e insignificantes que tienen, y forman con ellas un terreno fértil que da fruto tres veces al año; mientras que otros (¡y cuantos!) se lanzan al impetuoso oleaje de las más apasionantes aventuras y de las corrientes más variadas que agitan a los pueblos y a las épocas, quedándose siempre en la superficie y siendo llevados aquí y allá como un corcho, uno termina por sentirse tentado a dividir a la humanidad en una minoría (un mínimo) de seres que se esfuerzan en hacer mucho partiendo de poco y en una mayoría que hace muy poco de mucho; incluso encontramos a quienes, al revés que los brujos, en lugar de sacar el mundo de la nada, no sacan nada del mundo”.

Siendo aun muy amplios los estragos que la educación tecnificada y libresca causa en las grandes masas que acuden a la escuela, la cuestión es ¿cómo lograr que las nuevas generaciones, que los jóvenes actuales, que los adultos del presente puedan llevar adelante un proceso que les permita revertir la alienación generada por los medios de (des) información, como la tv, la prensa, las revistas, la radio, y las tecnologías de la información que les impiden ser sensibles al mundo que les rodea y del cual forman parte?

Mientras sigamos pensando que la educación se asimile a información y que la instrucción sea la base de la formación como sujetos, la batalla seguirá siendo muy desigual para revertir los efectos nocivos de las actuales prácticas educativas que mas que formar, de-forman y con-forman a los sujetos, llevándolos a una “corrupción” del carácter, la que genera un embotamiento de los sentidos. Cómo desmantelar los filtros que impiden el escucharse a si mismo, el autoobservarse, el auto-conocerse, el poder ver realmente, hacer registro del afecto en un cuerpo vuelto marioneta de los poderes facticos, percibir mas allá de las apariencias con la que se presenta nuestra realidad.

Instrumentos para “operar” desde los márgenes.

Desde la actualidad, el planteo de un enfoque psicosocial de los fenómenos y en particular de la realidad humana nos lleva a pensar al sujeto como emergente de los entramados socioculturales, reconociendo sus condicionamientos sociodinámicos (grupales, familiares), entendemos que es en la participación social y en las experiencias cara a cara, en los vínculos que se establecen al interior de los pequeños y medianos grupos, donde pueden generarse una serie de procesos subjetivos que impulsen a una remodelación del carácter y al desarrollo de las reconfiguraciones que sostienen ciertas estilos vínculares, haciendo una labor de zapping de las tendencias e impulsos que actúan sin mediación del pensamiento.

En ese sentido, ciertas prácticas grupales (Kaes, R, Bauleo, A.; Adamson G., Quiroga, A., Bonano, O., Foladori, H.; Jasiner, G.), que no dejan de tomar en cuenta la dimensión inconsciente de los vínculos y de los fenómenos de relación, son muy efectivas para permitir a los sujetos que en ellas se incluyen, poder hacer una especie de revisión de los esquemas de base, donde el aprendizaje de la realidad social cobra relieve y el sentido de lo humano logra niveles significativos de realización individual y grupal; los marcos teóricos referenciales de estas prácticas nos muestran los distintos niveles de problemáticas, obstáculos y dificultades, que se toman en cuenta a fin de procesar las experiencias que ahí se suscitan, experiencias y situaciones que ponen a prueba las percepciones y representaciones personales y sociales, los vínculos y las estructuras subjetivas de los participantes.

Los procesos psíquicos activados por la situación grupal, dan relieve a la actividad identificatoria en niveles más profundos que los habituales, por lo que el yo de los participantes, se va modificando en el vaivén de los vínculos que los otros producen a través del quantum de afecto que esta implicado en el proceso identificatorio, la posibilidad del cambio genera algunas rajaduras en la coraza defensiva del yo, en la medida en que la introyección de la imagen del otro tiene la fuerza de hacer que afecte la identidad social del participante.

La implicación y el compromiso de los sujetos es lo que se pone a prueba, en función de reconocer la efectividad de los cambios que se promueven y se generan a través de los vínculos que ahí se establecen, ocasión para evaluar su calidad en términos afectivos, perceptuales, de sensibilidad humana, de integración somato psíquica, de aprendizajes operativos, de la construcción de la trama social cuyo referente es la fantasmática individual (Anzieu, D., 1980), que muestran su eficacia para cambiar el mundo interno y el entorno inmediato en que se despliega la vida de cada participante.

Y en este sentido, la posibilidad del cambio se vive como un proceso de re-centramiento del sujeto sobre sí mismo, donde se asume la capacidad de autoconstrucción, de que uno es capaz de hacerse cargo de lo propio, y en este registro, uno se forma, se autoconstruye con y en presencia de otros, sabiendo que hay tareas pendientes, pretexto para trabajarse a si mismo e impulsar el trabajo de otros, desde la pertenencia, la pertinencia, la co-operación (Pichon Riviere, E. 1971) en equipo, desde la necesidad de desaprender y de adquirir nuevos aprendizajes. También desde empezar a tomar decisiones postergadas, asumir elecciones hechas pero no elaboradas como para ser llevadas a la praxis y ser confrontadas en la realidad social.

Aterrizamos así en las tareas de las que hablaba Nietzsche, requerimos educadores que realmente ofrezcan experiencias educativas donde se aprenda a ver, a pensar, a leer y a escribir; los grupos de formación, en la modalidad de grupo centrado en una tarea parece entonces una estrategia idónea para alcanzar las propuestas nietzscheanas, ya que su objetivo no es tanto instrumental, como humano social, con una filosofía de base que se asienta en un pensamiento dialectico y de critica a lo dado.

Desde ahí, el objeto que se propone a los participantes si bien pasa por una tarea explicita, lleva a un implícito que es revisarse a sí mismo, trabajarse, darse tiempo para sí, en aras de que lo dado, como uno es, dé paso a lo que uno pueda llegar a ser, el método lleva a uno mismo, acompañado de otros significativos que no dejarán que el cambio sea solo apropiación individual, pero que tampoco impedirán que el narcisismo encerrante aliene al sujeto de su propia historia, que siempre es social.

Locura en la profesión Psi.

Dentro de las llamadas profesiones reparatorias, algunas pueden llamar la atención por ciertos factores asociados a ellas, por ejemplo se sabe que en odontología se produce un alto índice de suicidios; cuando uno asiste a un hospital, e ingresa a una sala de urgencias o de cuidados intensivos, lo que ahí se vive, puede sentirse en el registro de lo siniestro, porque ¿Qué lleva a una buena cantidad de sujetos a vivir cercanos al dolor, el sufrimiento, a los daños somáticos, a la muerte y hacer de ello una profesión? ….con los psicólogos, no sucedería lo mismo en lo que respecta a pensarse y desear ayudar a otros, aunque no se sepa muy bien por qué.

Puede ser que un factor a tomar en cuenta, sea el despertar temprano a la curiosidad infantil (Freud, S. op cit, TII, c), la que impulsa al chico a tomar como objeto de investigación la recamara paterna, hurgando en la ropa, en los cajones, en el baño indicios que le peritan desarrollar un hilo que los lleve a saber todo lo referente a las figuras paternas y sus intercambios.

Así, en la vida adulta se puede formular la pregunta de este rol profesional que consiste en estar dispuesto a escuchar y hurgar en la vida intima de los otros, el sujeto quiere, desea saber, de aquello que durante la infancia le fue vedado y de lo que estuvo excluido. En todo caso, digamos, no es una labor muy “higiénica” el pasarse algunas horas del día escuchando hablar a los otros de sus quejas, sus dificultades, de su sexualidad y de sus fantasías, o de con quien se fue a la cama o a quien quiere encamarse.

Algo de loco hay en todo esto, pero una parte importante de la vocación entonces está condicionada por un saber obsesivo sobre todo lo relacionado al sexo, que trastocada la satisfacción directa, el sujeto puede volverse un devorador de textos, un ratón neurótico de bibliotecas. En otro aspecto, muchos de los que llegan a la profesión, experimentan frecuentemente el deseo de ayuda, querer ayudar en las dificultades o sufrimientos que otros presentan, quizás determinado esto, por las vivencias, a veces muy dramáticas de una vida marcada por el conflicto severo en los vínculos y entre generaciones. Las frustraciones, los déficits registrados de una vida infeliz, en desorden, influida por la tristeza o el dolor llevan a generar un odio terrible, que lo único que resulta es que el sujeto se defienda de este al invertir o transformar el odio y la rabia en amor por el otro, opera ese mecanismo que Freud (Op cit, 1973 d) llamó: la transformación en lo contrario.

No habría mejor forma de ocultar el odio destructivo que tenemos por los otros, que en un amor altruista de ayuda desinteresada, y esto para mi, identifica cierta dosis de locura en los componentes psíquicos de los psicólogos. Por los estudios realizados sobre el tema, parece haber acuerdo acerca de la forma en cómo los condicionantes de la trama vincular del nicho de origen familiar, pudo llevar a un sujeto tocado por un odio intenso (Klein, M.), a intentar reparar afuera lo que quedó destruido por dentro a causa de ese odio propio del que uno mismo se asusta, de la rabia y el rencor generados seguramente por una herida narcisista, por una injuria que le fue conferida al pequeño y que le dejó una marca indeleble. En este nivel, entendemos que al sujeto le pasaron cosas, no hizo cosas, es justo la diferencia que enmarca nuestra labor como psicólogos: se trata de que así como fuimos tocados por esta experiencia desagradable de que nos hayan pasado cosas, en vez de elegirlas, intentemos lograr que al otro no le pasen o le sucedan cosas, sino que elija vivirlas o experimentarlas, que se impulse a hacer cosas, antes de que le pasen.

Pero es justamente esta marca, este trazo en el cuerpo y en la psiquis infantil, lo que puede llevar a un ser a sentirse capaz de aliviar al otro en su pena, en su dolor o en su soledad; pareciera que la frase: “solo puede curar aquel que ha sido herido” se torna en una verdad casi irrefutable, y así siguiendo los conceptos de M. Klein, podemos entender que cuando uno se mete o se introduce en esta profesión, no hace sino, reparar o curar, a través del otro, las heridas que el sujeto vivió y experimentó en su tierna infancia, esto daría pie a rescatar la idea de Pichon Riviere (1971c) sobre la herramienta fundamental del psicólogo, la identificación con el otro, para poder tomar contacto con la propia herida, de una vivencia muy cercana a la que el otro padece y por eso viene a curarse por sí mismo, a través de nosotros.

El psicólogo requiere saber de qué está hecho, y la respuesta freudiana que permita empezar a responder a esta pregunta es, que su yo, como el de todos los demás, es un “precipitado de identificaciones” (Freud, S.), a algunas de las cuales necesita abandonar y a otras fortalecer.

A modo de epílogo.

Nuestro “medio ambiente”, construido en un contexto de certidumbres y constancias hace apenas 30 años, se volvió un “no lugar”, espacio no habitable, y no habitado por nadie, las certidumbres y certezas se volvieron incertidumbre y duda, el mundo de aventuras se transformó en mundo de desventuras, donde el placer y la alegría fueron suplantadas por la felicidad y quedaron acotadas por la desconfianza, obligando a que la consideración por el otro se hipertrofiara en serias limitaciones en la expansión del yo, restringido a un espacio de soledad, de “intimidad”, de aislamiento y en una experiencia de autoconstrucción solipsista, el yo solo puede ser, en la ficción de la falta de restricción de la necesidad básica de sobrevivencia, mas allá de ello, no encajará en el ambiente social de uniformidad de los zombies de la postmodernidad. La comunidad de los sujetos, va cediendo y desfalleciendo ante la masa indiferenciada de los sobre-adaptados al sistema, “felices” sin saber de qué se ríen.

En los grupos de formación para estudiantes y graduados de psicología que impulsamos desde hace años, particularmente el trabajo que realiza Javier De León, como el que esto escribe, constatamos de manera fehaciente, la necesidad prioritaria de experimentar, por parte de los jóvenes, la construcción del lazo social que el espacio grupal propone e impulsa.

Hemos constatado el vuelco, a veces dramático, experimentado en las estructuras subjetivas de los participantes, cuando a través de la vivencia pueden formular y expresar en la situación de grupo, aquello silenciado durante años, fundamentalmente en estos tiempos, las vivencias de abandono afectivo padecidas en los nichos familiares de origen, golpeados y zarandeados por las condiciones de precariedad económica, de la falta de empleo, de inseguridad ontológica, de la destrucción de los vínculos de soporte y sostén, que deben brindar los adultos a los chicos en evolución.

El grupo aparece como un referente desde el cual se intenta construir o reconstruir un mundo poblado de fantasmas, que como tales, no logran su humanización sino en la recreación concreta de la forma en cómo la trama grupal construida brinda un referente que permita generar sentido de lo padecido en los nichos originales. La vivencia de lo Uno que cada uno trae, se confronta en la relación contractual, que permite historizar las vivencias pasadas, no solo editando sino armando una nueva historia, como eso que en psicoanálisis Freud llama construcción, para generar sentido en la experiencia individual, compartida en un grupo que exige del otro confrontar el pasado con el presente y desde allí impulsar a cada uno a un proyecto individual o colectivo.

El espacio social del grupo, se presenta ahora como lugar de angustias, de desconcierto, ¿A dónde me he metido?, ¿en dónde vine a caer? Lo cierto es que en estos tiempos, de ruptura de lazos, la experiencia grupal cobra relevancia como “novedad”, como “otro mundo” en el que no se ha incursionado, porque los sujetos se encuentran con otra lógica a la lógica imperante: la escucha, la posibilidad real de detenerse y pensar; el interés por el interlocutor, la posibilidad del diálogo, la liberación del control temporal implantado socialmente, la prioridad de lo humano, la aceptación del otro, el respeto a las diferencias, el descubrimiento de la propia alienación en el automatismo del “vínculo” que se practica cotidianamente y en muchas cosas más…

¿Valdrá la pena, o valdrá el regocijo de desatar la imaginación y de nuevo, reconstruir la idea de las utopías? ¿Será que podremos remontar la idea de que este mundo, el que nos “ofrece” (que nos impone) el neoliberalismo, no es el único posible?….

Referencias.-

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