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Singularidad y vínculo colectivo. por Margarita Baz.

Publicado por Margarita Baz activado 9 Marzo 2018

Singularidad y vínculo colectivo.

Consideraciones metodológicas.

 

Margarita Baz.

Resumen. Este trabajo aborda el análisis de las implicaciones teóricas y metodológicas que la noción de “lo singular” tiene en el campo de la investigación científica. En el terreno metodológico nos remite a problemas de validación del conocimiento y de la necesidad de argumentar y sustentar el razonamiento que conlleva el acercamiento al sujeto de la vida cotidiana, su experiencia y palabra, como vía legítima y fructífera para el quehacer científico. Desde el punto de vista conceptual, se sostiene la premisa del “anudamiento” entre los distintos planos de la subjetividad, en sus dimensiones tanto de singularidad como del vínculo que nos hace miembros de la sociedad: el vínculo colectivo.

Las cuestiones que me propongo abordar en este trabajo, tienen como horizonte los retos metodológicos y las implicaciones teóricas que se derivan de la afirmación del valor que tienen las aproximaciones clínicas para la investigación, en el campo de las ciencias sociales y humanas. Lo “clínico” se refiere comúnmente al estudio de la singularidad de un caso (sea un individuo específico o una situación social concreta) en la complejidad de su emergencia y constitución.

Esta vuelta a las singularidades como estrategia de investigación no sólo interroga una de las finalidades aceptadas para el trabajo científico que consiste en la búsqueda de leyes o principios generales que den acogida o explicación a los casos o ejemplos particulares; también cuestiona la noción que “lo singular” ocupa en el marco de la vida humana y demanda una aproximación conceptual consistente que sirva de fundamento para enfrentar los desafíos metodológicos cuya incorporación abre. El primer punto remite a problemas de validación en el campo del conocimiento científico que deben ser analizados y abordados; es decir, debe poder ser argumentado y sustentado el razonamiento que conlleva el acercamiento al sujeto de la vida cotidiana, al caso particular que se explora en profundidad o a la experiencia y la palabra de actores sociales específicos como vía legítima para el quehacer científico.

Partimos del supuesto de que la dimensión de “lo singular”, como recorte metodológico y encarnada como sujeto/objeto de investigación, tiene que ser elucidada cuidadosamente en relación con las premisas epistemológicas que la sostienen, como condición para argumentar su pertinencia y sus condiciones de validez. No menores son las exigencias de reflexión teórica que dicha categoría plantea. Si desde el marco de los problemas de método hemos de abrir la revisión de su estatuto epistemológico frente a las ideas de universalidad y generalidad, para su construcción conceptual requerimos su anudamiento a la noción de “lo colectivo”.

Sostenemos la premisa de que lo singular y lo colectivo son dimensiones de la vida social que, lejos de ser opuestas, se implican mutuamente y tienen la capacidad de potenciarse una a la otra. Hemos sugerido en líneas anteriores la hipótesis de un “anudamiento” entre lo singular y lo colectivo, alegoría que insinúa la configuración tensa y heterogénea de la trama de subjetivación que va desplegando nuestro devenir como sujetos. Es decir, nuestras reflexiones se ubicarán en el campo de la subjetividad, como campo teórico que pone de relieve la necesidad de problematizar los términos singular y colectivo, tarea que consideremos imprescindible para construir un andamio analítico desde el cual abordar los retos del estudio de la experiencia humana, la cultura y la sociedad en forma tal que puedan superarse los viejos reduccionismos (psicologismos, sociologismos) y las persistentes antinomias que han poblado el pensamiento social tales como las de individuo/sociedad y subjetivo/ objetivo.

Para ello será necesario incorporar una teorización sobre el sujeto que lo reconozca en su historicidad, en el nunca dado definitivamente, en el siendo como expresión del devenir, en la finitud como horizonte existencial y en su enlace con la otredad y con lo ausente (linaje y descendencia) como tejido que constituye su tránsito en la sociedad humana. Asimismo, consistente con la vocación para la investigación como perspectiva que inspira este trabajo, analizaremos las consecuencias de las premisas que señalamos en la configuración y desarrollo de un proceso específico de investigación que realizamos en años recientes.

Las singularidades y sus desafíos metodológicos

El concepto de subjetividad, las fuentes teóricas que han nutrido sus desarrollos contemporáneos y los problemas metodológicos que se han suscitado en el campo de la investigación, ameritarían un largo desarrollo que aquí apenas vamos a esbozar; no obstante, llamaremos la atención hacia ciertos puntos que consideramos de importancia para ubicar la revisión de las categorías de lo singular y lo colectivo. Iniciaremos recordando que la cuestión de la subjetividad abre un campo problemático que ha sido habitualmente soslayado por la tradición positivista en las ciencias sociales.

El mito del objetivismo, que se ha basado en la creencia en un mundo independiente del observador, hecho de objetos diversos con propiedades inherentes y relaciones fijas entre sí, se ha mostrado particularmente inadecuado para dar cuenta de las instituciones sociales y en general lo relacionado con el mundo humano. Es decir, si partimos del hecho de que el mundo social consiste en tramas de significación desde las cuales se teje la experiencia humana, es evidente que no puede pensarse en un investigador neutro, ya que su capacidad de observar, de pensar y de otorgarle un sentido a su experiencia son todas actividades mediadas por un campo simbólico; esta condición, si bien describe el campo de la investigación en general, resulta más crítica en caso de las ciencias sociales. El subjetivismo, por su parte, postura que exalta el papel de las emociones, la intuición y la imaginación y las restringe a la esfera de lo personal y privado, tampoco abre un camino para las aspiraciones legítimas de conocimiento.

En cambio, alimenta los prejuicios y los temores que evoca todo lo que se asocia con lo irracional, condiciones que en ocasiones encuentran contención en ciertos mecanismos defensivos disfrazados de metodologías científicas, amén de reforzar la confusión entre subjetivismo y subjetividad. Aún con el llamado “retorno del sujeto” en el campo de la investigación social, la objetividad (que no el objetivismo) sigue siendo una aspiración razonable y se considera posible, pero toma un nuevo significado que apunta a descreer de puntos de vista universalmente válidos y de un conocimientos absoluto. Ser objetivo es siempre relativo a un sistema conceptual y a un conjunto de valores culturales (Lakoff y Johnson, 1995:272).

El cambio de perspectiva y de revisión de las concepciones tradicionales de ciencia y de método científico que se está verificando en las últimas décadas ha impactado también lo concerniente a la comprensión de la relación sujeto/objeto de conocimiento. En ese contexto hay que resaltar esa singularidad en juego en los procesos de investigación social: la del investigador mismo. El cómo colocarse frente a los objetos de conocimiento cuando se es parte de la realidad social que pretende investigar puede pretendidamente resolverse colocando en una zona de invisibilidad al sujeto que investiga; sin embargo, esta opción ha mostrado con creces sus insuficiencias, ya que impide asumir y potenciar el movimiento de mutua construcción de ambos planos (la problemática en estudio y el investigador mismo) en el proceso de investigación.

Como alternativa, existe un camino distinto: el investigador mete el cuerpo —real y metafóricamente— con su precariedad y sus límites. Se trata de la noción de un sujeto que reconoce que el proceso de investigación interviene en su vida y lo modifica y que ha abandonado el ilusorio paradigma del observador neutro recolector de datos. En esas condiciones deberá revisar su posición y vínculos con la problemática en estudio, es decir, el lugar que ocupa en las redes sociales en relación tanto al objeto de conocimiento como a los escenarios donde trabaja, asumiendo que estos posicionamientos y las transferencias en juego son una fuente importante de reflexión en el proceso (Devereux, 1985). Por otro lado, deberá desplegar su capacidad crítica para explicitar el proceso de construcción de la investigación, sus presupuestos, premisas y concepciones respecto a cada uno de los aspectos que intervienen en su desarrollo.

Igualmente significativas son las consecuencias metodológicas derivadas de colocar a los procesos de la subjetividad como campo de estudio. Por un lado, distintos autores contemporáneos consideran a la subjetividad como una “categoría necesaria” para el desarrollo teórico acerca de la sociedad y la cultura (Cruz, 1996) y existe un cierto consenso entre los estudiosos que abordan el campo en cuanto a la necesidad de una aproximación transdisciplinaria que no sólo compete a la puesta en juego de distintas disciplinas, sino que necesariamente afecta la demarcación de las fronteras antes rígidamente trazadas entre filosofía, arte y ciencia.

En la construcción conceptual de la noción de subjetividad merece destacarse el aporte decisivo del psicoanálisis; no obstante, hay que subrayar que el desarrollo de esta noción constituye un gran desafío teórico ya que al apuntar esencialmente a la dimensión del sentido y la significación implica a procesos múltiples y heterogéneos, situación que demanda poner en juego categorías respaldadas por cuerpos teóricos diversos donde los puentes de articulación no siempre están resueltos consistentemente. Como ejemplo están las categorías teóricas de deseo (psicoanalítica) y de historia (entendida como creación y como devenir, no como sucesión cronológica de acontecimientos). Por otro lado, obliga a adoptar una postura definida al introducir la dimensión de lo cualitativo en el registro de procesos socio-históricos en su particular singularidad. Lidia Fernández dice:

Nuestro objeto de estudio será siempre un objeto situado, que contempla un desde dónde (en qué lugar, en qué momento histórico), desde quién (donde trabajamos la implicación) y para quién (es decir que hay una interlocución con el campo y es necesario incluir en el análisis esa discursividad (1998:69).

En la búsqueda de estrategias metodológicas pertinentes, no es casual entonces que se haya privilegiado el enfoque clínico, en la expectativa de poder acceder a esa cualidad característica de las singularidades, misma que es nulificada en el registro abstracto de las encuestas, una de las modalidades metodológicas más socorridas en la investigación social. Hay que considerar que venimos de una tradición en la investigación sociológica que ha confiado extensamente en la lógica estadística, cuya validez se sostiene en función de la pertinencia del muestreo (así como en la confiabilidad y validez del instrumento utilizado) y que nos ha acostumbrado al discurso montado sobre tendencias generales y medidas promedio de seres abstractos, pero además que ha ganado un lugar legitimado y establecido en el medio académico.

En ese contexto, sería relativamente intrascendente sumar nuevas propuestas metodológicas para ampliar los repertorios disponibles; lo que resulta relevante es la consideración de que el acercamiento a la singularidad de sujetos individuales o colectivos supone enfrentar una cualidad específica que no es equiparable a lo que encontramos en el mundo de la naturaleza entre lo singular y lo universal: la lógica presente en la relación individuo/especie es engañosa e insuficiente al ubicarnos en la sociedad humana. Esa cualidad a la que nos referimos anteriormente y que significa resaltar el valor de una particular singularidad, tiene que leerse como la creación de una nueva forma, como acontecimiento histórico que surge dadas ciertas condiciones pero no predeterminada de antemano. Como afirma Castoriadis:

Las formas de sociedad, las obras, los tipos de individuo que surgen en la historia no forman parte de un listado, aunque éste fuera infinito, de posibilidades dadas y positivas. Son creaciones a partir de que aparecen nuevas posibilidades, anteriormente inexistentes por carecer de sentido (1998:109). Para este autor, si hay algo que pueda considerarse esencial en el ser humano es esta capacidad de hacer surgir formas distintas de existencia social e individual, en otras palabras es creación, noción que responde al sentido profundo (es decir, no el trivial de uso común) de imaginación e imaginario.

La argumentación de Castoriadis resulta fundamental, en nuestra opinión, para comprender la noción de lo singular. Este autor sostiene que en el ámbito de lo humano la relación entre un ejemplar y su especie, es decir, entre una existencia singular y lo universal, es cualitativamente distinta a la que se da en los ámbitos biológico y físico. Para estos últimos no existe la creación en el sentido de invención:

Comprender otra creación singular no es añadir el caballo número 1000 a los 999 ya estudiados por los zoólogos, sino descubrir otra forma creada por el ser humano (ibid:110). En cambio, la investigación científica que considera imprescindible es el estudio sobre las condiciones y las formas de la creación humana. Las creaciones singulares nos muestran posibilidades que el ser humano ha realizado, pero estas posibilidades no estaban predeterminadas; tampoco hay una ley, dice Castoriadis, que determine de antemano las posibilidades del ser humano. No obstante, creación no significa indeterminación; en un sentido corresponde en efecto a “lo que es abierto, lo que es siempre por ser”, pero también implica otro sentido: la posición de nuevas determinaciones que no pueden deducirse de lo que ya había. Señala este autor:

Sócrates no es Sócrates porque esté indeterminado, sino porque a través de lo que dice, de lo que hace, de lo que es, de lo que elige ser y de la forma en que elige morir, determina un tipo de individuo al que encarna y que no existía anteriormente. El alcance ontológico de esta observación es inmenso: existe al menos un tipo de ser que crea otro, que es fuente de alteridad, y que de este modo se altera a sí mismo (ibid:110).

Lo anterior apunta al sentido histórico que es imprescindible recuperar para la tarea de la investigación. La apuesta consiste no sólo en la posibilidad de construir una mirada analítica para comprender la situación concreta que abordamos, sino también en la necesidad de mostrar lo que esa singularidad muestra sobre la condición humana. Por ello, las formas metodológicas que optan por el estudio de casos particulares no se agotan en la descripción, ni son simple materia de lo anecdótico y lo novelesco; por el contrario, abren un diálogo potencialmente fructífero entre ese campo empírico y la comprensión de la vida humana en sus expresiones y procesos.

El plantear que desde el estudio de un caso o situación singular podemos acceder a la comprensión de procesos que exceden sus fronteras implica que se sostiene esa aspiración de la práctica científica de trascender lo particular para producir algún conocimiento relativamente generalizable. Ubicados en el campo de la subjetividad, tal aspiración obliga al pasaje de la idea de “individuo” (término que en adelante sólo será útil en un sentido meramente descriptivo) a la noción de sujeto, sujeto psíquico y sujeto social-histórico.

De aquí que sostengamos que la noción de subjetividad no es equivalente a la de “aparato psíquico”; tal noción implica el plano psíquico y el social-histórico, planos irreductibles a la vez que mutuamente dependientes de la existencia humana. De la misma manera, ya se habrá comprendido que las singularidades no se expresan únicamente como sujetos individuales sino que son también características del plano socio-histórico. En cuanto a la dimensión de lo colectivo, ésta tiene que ver con el “excedente de sentido” que procede del vínculo social. Ambas dimensiones —lo singular, lo colectivo— son inseparables. Ya lo describió agudamente Freud en su multicitada frase:

En la vida anímica individual aparece integrado siempre, efectivamente, el otro, como modelo, objeto, auxiliar y adversario, y de este modo, la psicología individual es al mismo tiempo y desde un principio psicología social, en un sentido amplio, pero plenamente justificado (1981:2564).

Por ello, partimos de la premisa de que toda singularidad —definida por procesos de diferenciación e individuación— está tejida desde dimensiones de lo colectivo de gran complejidad. La complejidad se expresa en las emergencias singulares o locales por una convergencia tensa de múltiples procesos heterogéneos. Hay tensión dada la coexistencia que producen ritmos, temporalidades y lógicas diversas. Por esta razón nos representamos a la subjetividad como la situación irremediablemente conflictiva de la condición humana; igualmente sugerente es la alegoría que, inspirada en el psicoanálisis, representa al mundo psíquico:

Un reino de pulsiones en competencia, sistemas incompatibles, agencias o disposiciones irreconciliables, territorios adyacentes entre los que no podría haber canales confiables de comunicación (Bowie, 1993:120).

Siguiendo a Clifford Geertz (1997), plantearíamos que toda singularidad, en tanto acontecimiento producto de subjetivación y cultura, por pequeña que sea, es densa, es decir, confluyen en ella y la tensan entramados y procesos de distintos órdenes y escalas. Esa contextura densa demanda, desde el trabajo de investigación, un trabajo analítico y una problematización conceptual que permita relacionar el hecho singular —pequeño, denso, situado— a horizontes de comprensión que lo trascienda. De esta manera, no sólo se construye la interpretación de las singularidades a que tuvimos acceso, sino que también se desarrolla la teoría de la que depende conceptualmente esa interpretación. La interpretación consiste en la creación de nuevos sentidos que arrojen una cierta inteligibilidad sobre la sociedad y la cultura, una lectura que una estrechamente el análisis de las formas simbólicas a los fenómenos sociales concretos. La parte sustancial de los materiales empíricos cuando se toma como terreno de estudio a casos singulares, son, como todo discurso o acción humana, hechos simbólicos.

El texto producto de un procedimiento conocido como historia de vida, o los textos obtenidos a través de entrevistas abiertas o “en profundidad” como a veces se las llama, o los registros etnográficos que dependen de observaciones in situ, son todos materiales empíricos que tienen que ser motivo de análisis e interpretación. Las aproximaciones cualitativas, al enfocar la comprensión de procesos más que la caracterización de conductas terminales o de hechos estáticos, cuestionan las posturas empiristas que todavía confían en la “recolección” de datos como si éstos fueran dados (no construidos) y evidentes por sí mismos.

Por su parte, las metodologías que han traído a primer plano a las singularidades, las llamadas “cualitativas”, tienen que asumir nuevos desafíos, uno de ellos la cuestión de la interpretación. Por ahora, plantearemos que consideramos imprescindible, particularmente en el trabajo de investigación con este tipo de metodologías, un trabajo conceptual significativo que provea las herramientas de análisis y de diálogo con el terreno. La validación de estas investigaciones también pasa por la consistencia de esta construcción y la explicitación de las premisas teóricas que le dan fundamento.

 

ANUARIO 2000 • UAM-X • MÉXICO • 2001 • PP. 89-102.  Subjetividad y practicas psicológicas.

Singularidad y Vinculo Subjetivo. Margarita Baz.

Parte 2.

Subjetivación y regulación

Hemos esbozado tres premisas para abordar la idea de “lo singular”: emergencia y acontecimiento, diferenciación y complejidad. Estos ejes remiten indefectiblemente al régimen de “lo social” y particularmente a la constitución de sujetos sociales. Es decir, la figura de la emergencia sugiere un desborde, diferenciación o relieve desde un plano que le da fundamento y sostén. Este plano no es otro que el régimen simbólico, fundante de la subjetividad, ya que no hay humanidad fuera de la regulación que nos inscribe en el orden de la cultura. Dicho en otros términos, un acontecimiento, figura histórica por excelencia, no sólo marca nuevos rumbos en el devenir que constituye la vida humana, sino que su lectura y apreciación exige una inscripción en procesos que lo exceden.

No hay acción cuyo sentido pueda ser irreductiblemente singular (Mier, 1998).

Es decir, lo singular y lo colectivo no se reducen a las significaciones que el sentido común establece como lo que es propio del individuo y lo que es propio de la sociedad; no son términos descriptivos que remitan a referentes concretos. Así, se habla comúnmente de que lo que afecta, implica o alcanza a un número más o menos amplio de personas es un evento o proceso colectivo; de manera similar, si un número restringido de personas hacen algo juntas —digamos, por ejemplo, un mural pictórico— ubicamos su obra como algo “colectivo”. Sin embargo, ya sabemos que en el campo social el criterio numérico casi siempre resulta insuficiente para entender los fenómenos que le conciernen, en general sólo resulta útil en un sentido descriptivo.

En cambio, lo que tendríamos que destacar es la cualidad de ser miembros de una sociedad y, en última instancia, lo que permite pensar “lo colectivo” es la institución misma de la sociedad (Castoriadis, 1985). Es decir, con el planteamiento de que una sociedad se instituye como tal por un magma de significaciones sociales, surge una idea de “lo colectivo” que se desprende de toda pretensión de reducirla a un referente empírico. Según lo establece este autor, esto quiere decir que toda sociedad instituye su propio mundo creando las significaciones que le son específicas, y que son vehiculizadas por todo tipo de instituciones particulares. Entonces, la dimensión de lo colectivo corresponde a la autoinstitución de la sociedad que se impone como Ley, como exterioridad, como regulación simbólica a cada uno de sus miembros.

Para el psicoanálisis, el orden simbólico que nos funda como humanos radica en el lenguaje, que se ha llamado “la institución de las instituciones”. Este orden y los aparatos institucionales que lo vehiculizan preexisten al individuo: antes de nacer somos ya objeto de discurso y de deseo de otros y de la regulación simbólica por vía de la estructura del parentesco (“el hijo o hija por nacer”). El pasaje del mundo natural al de la cultura (el estatuto de lo humano) deriva en el surgimiento de un sujeto dividido entre el sujeto del inconsciente y el “yo” de carácter imaginario, fundado ontológicamente en “la falta”, como sujeto del deseo que buscará incansablemente a lo largo de su vida un re-encuentro (imposible) con un objeto radicalmente perdido. La noción de deseo trabajada en este cuerpo teórico resulta esencial, en mi opinión, para entender los procesos de subjetivación. Así, podemos pensar a la  individuación o singularización como la creación de la forma de la propia vida a partir de esa deriva permanente, esa fuerza de búsqueda que es creatividad y desborde de la regulación.

Es decir, la subjetividad se gesta en esa paradoja donde la función de sujetación, contención y sostén que provee el tejido social es condición imprescindible de la subjetivación, proceso de diferenciación sin el cual no entenderíamos la creación de cultura y de instituciones. Esta actividad del sujeto (entiéndase sujeto individual o plural, es decir, una persona o una colectividad) que lo hace constituirse como actor social, depende del diálogo con el vínculo colectivo que lo ata, lo sujeta a la sociedad, y que le brinda ese excedente de sentido, ese más allá de las vicisitudes particulares que le dan forma a su experiencia.

Es un avance en el pensamiento social ubicar al individuo como una “construcción social” (y por lo tanto deducir que toda singularidad es portadora de su cultura), pero hay que insistir en que el sujeto no está constituido en forma definitiva; por el contrario, la subjetividad expresa, a través de su condición esencial de búsqueda y creación de sentido, un proceso continuo —muy dinámico y vulnerable— en ese posicionamiento que es la relación del sujeto consigo mismo, con los otros y con el mundo. Y recordemos que la relación consigo mismo implica al cuerpo, al narcisismo —las imágenes de sí mismo—, a la condición de finitud, y en última instancia, al propio deseo.

La fragilidad relativa de este devenir subjetivo reposa no sólo en la historia inscrita desde las vicisitudes pulsionales jugadas en las grupalidades que nos dieron el sostén primario (la familia en primer término), historia que no está ya dada de una vez y para siempre sino que es resignificada en el curso de nuestra vida, sino también se deriva del vínculo colectivo, de la condición irrenunciable de estar abiertos y sensibles a su devenir. De esta manera, se es partícipe de significaciones diversas y encontradas de los cauces que va recorriendo la sociedad que nos cobija, de las figuras que van adoptando las formas sociales, las instituciones, los valores y los términos de la participación social. Por ello, somos, irremediablemente, sujetos sociales, sujetos de los procesos socio-históricos.

La dimensión de lo colectivo se refiere a tres planos diferenciados: el orden simbólico en tanto campo transindividual, las instituciones que constituyen el campo normativo, y el territorio de la intersubjetividad, la grupalidad. Puede hablarse de una inestabilidad radical de la experiencia sostenida por el vínculo social, inestable en el sentido de que es vulnerable: cambia y se altera constantemente como emergencia de las vicisitudes pulsionales estrechamente ancladas en los procesos sociales. La vida humana es una alteración continua, es una experiencia de cambios, de pérdidas y de finitud. En ese contexto, procesos como la memoria y las identidades son procesos de subjetivación que pueden leerse como resistencia, resistencia a la pérdida de sentido, a la pérdida de nosotros mismos. Estos procesos tejen imaginariamente formas para reconocernos, para recordar quiénes somos, para darle un sentido a la experiencia, individual y colectiva, y se anclan en los grupos y las instituciones que conforman el horizonte de la cotidianeidad.

Ahí se organizan las diversas modalidades del intercambio social: se ocupan lugares, se cumplen roles y jerarquías, dando lugar a la configuración de formas múltiples y heterogéneas que le van dando forma a nuestro rostro y que traducen las múltiples pertenencias e identificaciones que se van verificando. Para existir como sujetos, para poder pensarnos, para recordarnos y conservar los sentidos del sí mismo a través del tiempo y de los cambios y mutaciones que experimentamos, requerimos de las miradas y de las voces de los otros que nos confirmen en ciertos lugares de la filiación y la cadena de las generaciones, que nos nombren y sellen ese significante privilegiado de la identidad que es el nombre propio a nuestro cuerpo

No obstante, las imágenes que sostienen nuestra humanidad no expresan una realidad confiable: son máscaras, roles prestados por el orden social y el efecto estratégico del poder. La relación de los sujetos con las instituciones dan cuenta de las tensiones que producen las preguntas por la identidad: por un lado se les dirige un pedido virtual de amparo, de continuidad, permanencia y estabilidad (de eternidad, de no cambio), y por otro se intuye una necesidad de transformación a partir de la experiencia de incomodidad y de relativa incompatibilidad de sus formas con los procesos de la vida. Los sujetos muestran un apego desconcertante a los códigos cerrados (la sujetación convertida en sujeción) como también una capacidad de reflexión, de acción sobre el mundo y simultáneamente sobre sí mismos. Son las incertidumbres y las paradojas de la subjetivación.

El cuerpo danzante: una experiencia de investigación

La premisa eje que ha articulado las reflexiones que anteceden y que se refiere a un “anudamiento” de las dimensiones de lo singular y lo colectivo como especificidad de la subjetividad, tiene un valor no solamente hipotético de carácter enunciativo sino consecuencias analíticas e instrumentales a la hora de abordar y construir una investigación. Para ilustrar esta afirmación intentaré rescatar algunos elementos pertinentes de un proceso de investigación llevado a cabo en años recientes (Baz, 1996). No pretendo hacer una descripción ordenada y abarcativa del mismo sino únicamente resaltar la operatividad del supuesto metodológico que nos ocupa.

El trabajo de investigación al que me he referido planteó explorar el papel que juega el vínculo con el cuerpo en la subjetividad de la mujer, y como modalidad metodológica se utilizó el análisis del discurso de bailarinas profesionales producido en entrevistas grupales como estrategia básica y con algunas entrevistas individuales; a través de estos dispositivos de entrevista abierta que generaron un espacio de reflexión, las bailarinas hablaron de su experiencia con la danza. Este diseño fue satisfactorio y conveniente para los objetivos de la investigación en el sentido de que se logró propiciar un discurso espontáneo y fluido, donde las bailarinas realmente se “apropiaron” del espacio para reflexionar acerca su experiencia.

Con la desgrabación de las entrevistas se obtuvieron los textos requeridos para el trabajo de análisis e interpretación. Contar con ese material era esencial en la medida en que se tomó al discurso como una vía privilegiada para acceder al estudio de procesos de la subjetividad. A partir del postulado teórico psicoanalítico de la relación inconsciente-lenguaje, optamos por un análisis del discurso que no se centra en el nivel informativo sino en el contenido latente del texto; para ello se recurrió a la metáfora como recurso analítico, desde la premisa del “hablar metafórico” del inconsciente. En la metáfora, según planteamos, se verifica la tensión entre la insinuación del entramado de estructuras de sentido en toda expresión y forma humana y el más allá del símbolo, que apunta a lo inefable.

Desde el punto de vista metodológico se planteó que nuestro objeto de estudio no lo considerábamos como un fenómeno intrapsíquico, sino que le daríamos el valor de una subjetividad colectiva de cara al universo cultural en que se inscribe. Aquí resaltamos que si bien el método establecido puede caracterizarse como “clínico” y la clave en el trabajo de campo fue contar con mujeres que hablaran extensa e intensamente de su experiencia, no pretendimos interpretar la problemática subjetiva de las bailarinas entrevistadas en la especificidad de su biografía, es decir, reducir la presentación del material empírico a una sumatoria de “casos”; por el contrario, la apuesta metodológica fue trascender lo particular de cada caso para intentar captar las redes del vínculo colectivo —simbólicas, institucionales, grupales— que configuran la subjetividad de la mujer en lo concerniente al vínculo con su cuerpo.

Pero, podríamos preguntar: ¿hay algo más íntimo, privado, singular que esa relación con nuestra corporeidad? Desde nuestra perspectiva, el cuerpo subjetivo ha sido arrancado de la biología en su ingreso al mundo humano; es así que es portador de una radical paradoja y ésta consiste en que si bien el cuerpo está sujeto a los procesos de la naturaleza, nada del cuerpo es natural: Todo él es un campo de fuerzas donde se escenifican las estrategias del orden social. Es propiamente una superficie de inscripción de sus códigos; es, asimismo, como construcción significante, el referente primordial del “yo”.

Entonces, nuestro material empírico, gestado desde la riqueza de las singularidades, fue considerado un texto colectivo, en el que más allá de las anécdotas y las novelas (construcciones imaginarias) particulares, buscamos las dimensiones que parecían destacar por la cualidad de “sostener” el discurso. Estas dimensiones se identificaron a través de ciertos hilos discursivos muy básicos en el entramado de los textos. El discurso se ubicó como trama en el sentido tejido-sostén, y en esa trama intentamos rastrear las dimensiones imaginarias y simbólicas en la experiencia del cuerpo.

Sin duda, más allá de las 21 bailarinas que participaron en este estudio, tuvimos la expectativa de explorar procesos que podrían caracterizar una situación más general de la mujer en las circunstancias históricas definidas por su condición genérica y enmarcada en ciertas condiciones específicas: mexicanas, clase media y ubicación urbana. El supuesto teórico que fundamenta la posibilidad de esta generalización es que el ser humano está sujeto a un “destino estructural”, aunque en modo alguno inmutable (mucho menos de carácter “natural”); todo lo contrario, es dinámico e histórico, pero al mismo tiempo dependiente de una organización que desde lo simbólico gesta el sistema institucional que humaniza a toda criatura perteneciente a su género. Por ello, cada lugar social hereda las tensiones y los retos que significa construirse como sujeto histórico.

En el material de la investigación que comentamos jugaron dos lugares sociales, dos condiciones de experiencia específicas: ser mujer y ser bailarina. En cuanto a la condición femenina su pertinencia se argumentó desde la enunciación del planteamiento del problema de investigación (referido al vínculo de la mujer con su cuerpo), pero ¿por qué bailarinas? La elección de profesionales de la danza se basó en dos consideraciones: una, que siendo el cuerpo el instrumento de trabajo de la bailarina, el vínculo con el cuerpo estaría en un primer plano de su experiencia cotidiana y de esta manera tendríamos un campo amplificado, por así decirlo, de los procesos que queríamos estudiar.

En efecto, la actividad dancística evoca y desarrolla la experiencia corporal, proceso multidimensional por excelencia, y actualiza sin cesar el vínculo con ese cuerpo subjetivo, poniendo en movimiento la imagen corporal, ligada según planteamos, a los enigmas fundamentales de la constitución del sujeto: la existencia como individuos encarnados en una forma, la sexualidad y muerte. La otra consideración provino de la idea de que la danza, forma expresiva milenaria que recrea la plástica del cuerpo, compromete necesariamente el mundo fantasmático vinculado a la forma humana, la cual resulta “omnipresente” en el imaginario tanto individual como colectivo. La “insistencia” de la danza atravesando culturas y épocas en las que ha adoptado formas y funciones diversas, apunta a su valor de portadora de importantes claves sobre la sociedad humana, en el sentido que P. Ricoeur (1983) establece para ciertas expresiones culturales como los mitos: el “sueño despierto de los pueblos”, como un equivalente colectivo de la realización sustitutiva de deseo que es el sueño: “la mitología privada del durmiente”.

El trabajo analítico con el cuerpo subjetivo nos llevó a explorar una diversidad de planos, irreductibles entre sí, es decir cada uno con su nivel de pertinencia y funcionamiento específico, pero esencialmente implicados uno al otro: el cuerpo erótico y que constituye una verdadera condensación del diálogo intersubjetivo que funda al sujeto; el cuerpo femenino, donde la inscripción simbólica y cultural de la diferencia sexual es decisiva en el posicionamiento subjetivo; el cuerpo instituido, codificado y significado por la cultura, producto de los micropoderes que han actuado sobre él, de las instituciones que viabilizaron las estrategias de control, de normativización y socialización, de los vínculos grupales en los que se jugó, de su lugar social y de su capacidad de resistencia.

Y, naturalmente, el cuerpo danzante, que sólo puede comprenderse como una construcción colectiva en distintos planos: el del cuerpo mítico (hipótesis sobre una imagen prototípica e idealizada de omnipotencia y perfección que niega la condición vulnerable y mortal del cuerpo humano, basada en el supuesto freudiano de que todo arte encierra un deseo de trascendencia de los límites humanos), el del grupo de danza, que reta a un trabajo intersubjetivo de consideración para la creación de un espacio común; la institución de la danza, que muestra la tensión entre una actividad que se pretende “libre” y “liberadora” y las reglas explícitas e implícitas a través de las cuales funciona, con su universo de valores, legitimaciones y exclusiones.; y finalmente, el espectáculo de la danza, forma teatral contemporánea cuyo ritual evoca el gesto de la ofrenda de las antiguas ceremonias y donde el espectador y el ejecutante configuran un espacio de proyección colectiva. Finalmente, puedo decir que el recorrido conceptual y analítico al que me llevó el proceso de investigación en el eje cuerpo-mujer-danza, puso de manifiesto la densa y compleja articulación entre distintos planos de la subjetividad, en sus dimensiones tanto de singularidad como del vínculo que nos mantiene atados a la sociedad, el vínculo colectivo: un verdadero “nudo” que revela las tramas de subjetivación que se despliegan en el devenir histórico.

 

Bibliografía

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Ricoeur, P. (1983), Freud: una interpretación de la cultura. México, Siglo XXI.

 

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