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Clásico de la Técnica Psicoanalítica. Imperdible

Publicado por Francisco Mora activado 19 Marzo 2013

Clásico de la Técnica Psicoanalítica. Imperdible

NATURALEZA DE LA ACCION TERAPEUTICA

DEL PSICOANALISIS [1]

Por James Strachey (Londres)

De: Revista de Psicoanálisis. Asociación Psicoanalítica Argentina. Tomo V, N° 4, 1948.

Introducción

El psicoanálisis originó un procedimiento terapéutico, y en la actualidad, subsiste principalmente como tal. Por tanto, puede sorprendernos la proporción relativamente pequeña de literatura psicoanalítica referente a los mecanismos por los que se llevan a cabo sus efectos terapéuticos.

En el curso de los últimos treinta o cuarenta años se han acumulado gran cantidad de datos que aclaran el conocimiento de la naturaleza y dinamismos de la mente humana; se ha progresado perceptiblemente en la tarea de clasificar e incluir tales datos en un cuerpo de hipótesis generalizadas o leyes científicas. Pero surgieron muchas dudas en la aplicación de estos hallazgos al proceso terapéutico mismo. Creo que esta duda es la responsable de que tantas discusiones sobre detalles prácticos de técnica analítica parezcan conducirnos a resultados sin concordancia y a un final inconcluyente.

¿Cómo podemos esperar un acuerdo sobre el debatido problema de si hay o no que hacer una “interpretación profunda” y cuándo debe efectuarse, si no tenemos una idea concreta de qué queremos decir con “interpretación profunda” ni hemos formulado exactamente el concepto de “interpretación” ni sabemos con precisión el efecto que tiene ésta sobre nuestros pacientes? Creo que ganaríamos mucho con una comprensión más clara de problemas como el presentado. Si pudiéramos llegar a un entendimiento más detallado de la dinámica del proceso terapéutico, nos encontraríamos menos propensos a ese sentimiento ocasional de completa desorientación, del que pocos analistas tienen la fortuna de verse libres. El movimiento analítico mismo estaría menos expuesto a las propuestas de introducir cambios en el procedimiento técnico ordinario, dado que éstas obtienen gran parte de su poder, tanto de la incertidumbre reinante como de la naturaleza exacta de la terapia analítica.

El presente trabajo es una tentativa de sondear el problema, y aunque muestre que sus conclusiones son muy dudosas y no pueden ser sostenidas, me consideraré satisfecho si consigo llamar la atención sobre la urgencia del problema mismo. Sin embargo, deseo aclarar que lo que sigue no es una discusión práctica sobre técnica psicoanalítica. Su valor inmediato es puramente teórico. Como materia prima, he tomado los diversos procedimientos que (a pesar de divergencias individuales considerables) se consideran como dentro de los límites del psicoanálisis "ortodoxo”, y los variados efectos que tiende a causar la aplicación de tales procedimientos, según muestra la observación. He sentado una hipótesis que trata de explicar, más o menos coherentemente, por qué estos procedimientos provocan aquellos efectos, y he intentado probar que si mi hipótesis sobre la acción terapéutica del psicoanálisis es válida, de ella se sacan deducciones que podrían ser útiles para juzgar la efectividad probable de cualquier tipo particular de procedimiento.

Ojeada retrospectiva

Sin duda, se objetará que he exagerado la novedad de mi tópico. “Después de todo”, se dirá, “nosotros tenemos una larga comprensión de los principios fundamentales que rigen la acción terapéutica del análisis”. Estoy completamente de acuerdo con esto; me propongo comenzar lo que tengo que decir con un resumen, tan breve cuanto sea posible, de los puntos de vista aceptados sobre el tema. Con este objeto debe retroceder al período comprendido entre los años 1912 y 1917, durante el cual Freud nos dio la mayor parte de lo que ha escrito directamente sobre el aspecto terapéutico del psicoanálisis, especialmente la serie de trabajos sobre técnica [2] y los capítulos vigésimo-séptimo y vigésimo-octavo de las Conferencias de Introducción al Psicoanálisis.

“Análisis de la resistencia”

Este período se caracterizó por la aplicación sistemática del método conocido como “análisis de la resistencia”. El método en cuestión no era de ningún modo nuevo en esa época y se basaba en ideas implícitas por largo tiempo en la teoría analítica, particularmente en una de las más primitivas opiniones de Freud respecto a la función de los síntomas neuróticos. De acuerdo con esta opinión (que se derivó, en esencia, de los estudios sobre la histeria), la función del síntoma neurótico era defender la personalidad del paciente contra una tendencia inconsciente de pensamientos que le resultaban inaceptables, al mismo tiempo que gratificaba dicha tendencia hasta un cierto punto. Por tanto, parece deducirse que si el analista investigara y descubriera la tendencia inconsciente y llevara al paciente a tener consciencia de ella, cesaría la raison d’être del síntoma, debiendo éste desaparecer automáticamente.

Sin embargo, nacieron dos dificultades. En primer lugar, se descubrió que una parte de la mente del enfermo levantaba obstáculos al proceso; ofrecía resistencia al analista cuando éste trataba de descubrir la tendencia inconsciente. Era fácil inferir que se trataba de la misma región de la psique del paciente que había repudiado originariamente la tendencia inconsciente, conduciendo a la creación del síntoma. Pero, en segundo lugar, a menudo sucedía que el síntoma persistía inconmovible, aun cuando este obstáculo parecía haber sido superado, logrando el analista deducir o adivinar la naturaleza de la tendencia inconsciente y llevando al paciente a quedar, en apariencia, perfectamente enterado de la misma. La comprensión de estas dificultades condujo a importantes resultados teóricos y prácticos.

Teóricamente se pudo en evidencia que un enfermo podía llegar a tener consciencia de una tendencia inconsciente en dos sentidos. Podía darse cuenta de ella, por el analista, de una manera intelectual, sin tener “realmente” consciencia de la misma. Freud ideó una especie de alegoría gráfica para hacer más inteligible este estado de cosas. Se imaginó la mente como una especie de mapa. La tendencia primitiva censurable era colocada en una zona de este mapa, y en otra, la información recientemente obtenida acerca de aquélla y que el analista comunicaba al paciente. La tendencia inconsciente sería “realmente” hecha consciente sólo si se podían “conectar” estas dos impresiones.

Una fuerza, en el interior del enfermo, impedía que esto sucediera. Se trataba, evidentemente, de la misma “resistencia” que se había opuesto a las tentativas del analista de investigar la tendencia inconsciente y que había contribuido a la primitiva producción del síntoma. La eliminación preliminar de esta resistencia era la condición esencial para que el paciente llegara a tener “realmente” consciencia de la tendencia inconsciente. Y era en este momento cuando surgía la lección práctica: nuestra principal tarea como analista no consistía tanto en investigar la tendencia inconsciente censurable, cuanto en librar al enfermo de su resistencia hacia ella.

¿Cómo vamos a emprender la tarea de destruir la resistencia? Nuevamente, mediante el mismo proceso de investigación y explicación que ya hemos aplicado a la tendencia inconsciente. Pero esta vez no nos encontraremos frente a las mismas dificultades que antes, puesto que las fuerzas que están manteniendo la represión, aunque son hasta cierto punto inconscientes, no pertenecen al inconsciente en el sentido sistemático. Son una parte del yo del paciente, que está cooperando con nosotros, siendo, por tanto, más accesibles. Sin embargo, el estado de equilibrio no será desorganizado, ni se logrará inducir al yo a realizar la labor de reajuste que se le solicita, a menos que podamos movilizar a nuestro lado, mediante el procedimiento analítico, alguna fuerza nueva.

¿Con qué fuerzas podemos contar? En primer término, el deseo de curación del paciente, que lo impulsó al análisis. Además, varias consideraciones intelectuales en las que podemos hacerle reparar: llevarlo a la comprensión de la estructura de su síntoma y de los motivos de su repudio a la tendencia censurable; señalarle el hecho de que estos motivos ya no son válidos por ser anacrónicos, que ellos podían haber sido razonables cuando él era un niño, pero que en la actualidad no lo eran más. Finalmente, podemos insistir en que su solución primitiva de la dificultad sólo le había conducido a la enfermedad, mientras que la nueva que nosotros le proponíamos le ofrecía perspectivas de curación. Razones como éstas pueden tener importancia para inducir al paciente a que abandone sus resistencias; sin embargo, el factor decisivo es por completo diferente. No necesito decir que este factor es la transferencia. Llegados a este punto, debemos recordar, muy brevemente, las ideas principales sostenidas por Freud sobre este tópico, durante el período que estamos tratando.

Transferencia

Quisiera advertir, primeramente, que no obstante haber llamado Freud la atención sobre el hecho de que la transferencia se manifestaba bajo dos aspectos: tanto negativa como positivamente, se conoció o se habló mucho menos sobre la transferencia negativa que respecto a la positiva. Esto corresponde a la circunstancia de que el interés en los impulsos destructivos y agresivos en general es sólo un progreso comparativamente reciente. La transferencia era considerada predominantemente como un fenómeno libidinal. Se insinuaba que en todas las personas existía cierto número de impulsos libidinales insatisfechos, y que en toda oportunidad en que un nuevo individuo aparecía en escena, estos impulsos estaban listos para unirse a él. Esta era la explicación de la transferencia como un fenómeno universal.

En los neuróticos, debido a las cantidades anormalmente grandes de libido libre existente en ellos, la propensión a la transferencia deberá ser mayor y las circunstancias peculiares de la situación analítica la incrementarán aun más. Estos sentimientos amorosos del paciente hacia el analista eran, evidentemente, los que proveían la fuerza extra necesaria para inducir a su yo a abandonar las resistencias, anular las represiones y adoptar una nueva solución para sus antiguos problemas. Este instrumento, sin el cual no se podría obtener ningún resultado terapéutico, no era extraño. Se trataba, en realidad, del conocido poder de la sugestión, que había sido abandonado ostensiblemente desde hacía mucho tiempo. Sin embargo, ahora se lo empleaba en un sentido muy diferente; en verdad, en una dirección contraria. En la época preanalítica trataba de causar un incremento en el grado de represión; en el momento presente se lo empleaba ya para vencer la resistencia del yo, o sea, para permitir la eliminación de la represión.

Pero la situación se fue complicando cada vez más, a medida que surgían nuevos hechos respecto a la transferencia. En primer término, los sentimientos transferidos resultaron ser de varias clases: además de los amorosos existían los hostiles, y estos últimos estaban muy lejos de cooperar con los esfuerzos del analista. Aparte de la transferencia hostil, los sentimientos libidinales pertenecían a dos grupos: sentimientos amistosos y afectuosos capaces de llegar a ser conscientes, y los puramente eróticos, que habitualmente debían permanecer inconscientes. Cuando estos últimos se tornaban demasiado poderosos, incitaban las fuerzas represivas del yo, incrementándole así sus resistencias en lugar de disminuírselas y produciendo una situación que no era fácil diferenciar de una transferencia negativa. Fuera de esto, surgió íntegro del problema de la falta de durabilidad de todos los tratamientos sugestivos. ¿No amenazaría, la existencia de la transferencia, con dejar al paciente analítico bajo el mismo sometimiento interminable con respecto al analista?

Todas estas dificultades fueron superadas cuando se descubrió que la transferencia misma podía ser analizada. Pronto se vio que su análisis constituía la parte más importante de todo el tratamiento. Fue posible llevar a la consciencia sus raíces en el inconsciente reprimido del mismo modo que era factible hacer consciente cualquier material reprimido: induciendo al yo a abandonar sus resistencias; y no había nada de contradictorio en el hecho de que la fuerza usada para resolver la transferencia fuera la transferencia misma. Una vez que había sido hecha consciente, desaparecían sus características fijas, inmanejables e infantiles. Lo que subsistía era como otra relación humana “real” cualquiera. La necesidad de analizar conscientemente la transferencia se hizo más evidente a raíz de otro descubrimiento. Se halló que a medida que el trabajo proseguía, la transferencia tendía a invadir, por así decirlo, todo el análisis.

Cada vez más la libido del paciente era concentrada en su relación con el analista, fueron retirándose las catexias de los síntomas primitivos del enfermo y surgió, en sustitución, una neurosis artificial, a la que Freud dio el nombre de “neurosis de transferencia”. Los conflictos originales, que habían conducido a la aparición de la neurosis, comenzaron a ser revividos en la relación con el analista. Este hecho inesperado está lejos de ser la desgracia que podría parecer a primera vista. En realidad nos suministra nuestra gran oportunidad. En vez de tener que tratar, como mejor podamos, con conflictos de un pasado remoto que están en relación con circunstancias muertas y personajes momificados y cuyos resultados están ya determinados, nos encontramos envueltos en una situación actual e inmediata, en la que el paciente y nosotros somos los principales papeles y cuyo desarrollo está, al menos hasta cierto punto, bajo nuestro control.

Si en este conflicto transferencial reavivado inducimos al paciente a buscar una nueva solución en lugar de la antigua, solución en la que el primitivo e inapelable método de represión es reemplazado por una conducta más en contacto con la realidad, el enfermo no recaerá en su anterior neurosis, ni aun luego de dejar el análisis. La solución del conflicto transferencial implica simultáneamente la del conflicto infantil, dado que aquél no es más que una reedición de éste. Dice Freud, en sus Conferencias de Introducción al Psicoanálisis, que “el cambio es posible por las alteraciones que ocurren en el yo como consecuencia de las sugestiones del analista.

El yo se torna más amplio, a expensas del inconsciente, debido a la labor de interpretación que lleva el material inconsciente a la consciencia; a través de la educación se reconcilia con la libido y está dispuesto a otorgarle cierto grado de satisfacción, y se disminuye su horror ante las demandas de la libido por la nueva capacidad que adquiere de descargar cierta cantidad de ella mediante la sublimación. Cuanto más cerca de esa descripción ideal se desenvuelva el curso del tratamiento, tanto mayor será el éxito de la terapia psicoanalítica” [3]. Cito estas palabras de Freud para aclarar que en el tiempo en que las escribió él sostenía que el factor esencial de la acción terapéutica del psicoanálisis era la sugestión ejercida por el analista, que actuaba sobre el yo del paciente de tal manera que le permitía ser más tolerante con sus tendencias libidinales.

El Superyo

En los años que transcurrieron desde que escribió este pasaje, Freud produjo muy poco que guardara relación directa con el tema, y esta pequeña producción permite mostrar que no alteró sus opiniones sobre los principios fundamentales tratados. En las conferencias adicionales que se publicaron el año pasado, él declaró explícitamente que no tenía nada que agregar a las discusiones teóricas sobre terapia presentadas en las conferencias originales quince años antes [4]. Al mismo tiempo se produjo un desarrollo considerable en sus opiniones teóricas, especialmente en la región de la psicología del yo. En particular, formuló el concepto del superyó. La reexposición, en términos de superyó, de los principios terapéuticos que él había sentado en el período del análisis de la resistencia puede no involucrar muchos cambios.

Es razonable esperar que esta información acerca del superyó será de especial interés desde nuestro punto de vista y en dos sentidos. En primer término, deberá parecer altamente probable, a primera vista, que el superyó desempeñe un papel importante, directa o indirectamente, en la producción y mantenimiento de las represiones y resistencias, cuya demolición ha sido la finalidad principal del análisis. Esto se confirma si examinamos la clasificación de los diferentes tipos de resistencias que hizo Freud en Hemmung Symptom und Angst (1926) [5]. De las cinco variedades de resistencias allí mencionadas, solamente una se atribuye a la intervención directa del superyó, pero dos de las resistencias del yo, la resistencia de represión y la resistencia de transferencia, aunque en realidad son originarias del yo, se establecen, como regla general, por temor al superyó. Por tanto, parece bastante probable que cuando Freud escribió las palabras que acabo de citar, de que el cambio favorable en el paciente “se hace posible por las alteraciones en el yo”, debía estar pensando, al menos en parte, en aquella porción del yo que posteriormente separó en superyó.

Aparte de esto, en otro de los más recientes trabajos de Freud, Psicología de las Masas (1921), hay pasajes que sugieren un punto de vista diferente: que el analista puede influir ampliamente al enfermo a través del superyó de éste. Estos pasajes se encuentran en el curso de su discusión acerca de la naturaleza de la hipnosis y la sugestión. [6] Rechaza la opinión de Bernheim de que todos los fenómenos hipnóticos son atribuibles al factor de la sugestión, y adopta la teoría alternativa de que la sugestión es una manifestación parcial del estado de hipnosis. Este, además, se asemeja al estado de enamoramiento, en cierta forma. Hacia el hipnotizador, como hacia el objeto amado, hay “el mismo sometimiento humilde, la misma complacencia e idéntica falta de crítica”; en particular, no puede haber dudas de que tanto el hipnotizador como el objeto amado “se han situado en vez del ideal del yo del sujeto”.

Dado que la sugestión es una forma parcial de hipnosis y ya que el analista induce sus cambios en la actitud del paciente por medio de la sugestión, parece deducirse que el analista debe su efectividad, en ciertos aspectos, el hecho de haberse colocado en lugar del superyó del enfermo. Hay así dos cursos convergentes de argumentos que consideran al superyó del paciente como ocupando una posición de llave en la terapia analítica: que es una parte de la mente en la que una alteración favorable tendría probabilidades de conducir a una mejoría general, y que es una parte de la mente especialmente expuesta a la influencia del analista.

Casi inmediatamente después que el superyó hizo su debut [7], estas ideas plausibles fueron continuadas. Ernest Jones, por ejemplo, las desarrolló en su trabajo sobre La Naturaleza de la Autosugestión [8]. Al poco tiempo, Alexander [9] emitió su teoría de que la finalidad de toda terapia psicoanalítica debe ser la demolición completa del superyó, y la arrogación de sus funciones por el yo. De acuerdo con esta explicación, el tratamiento comprende dos fases. En la primera, las funciones del superyó del paciente son puestas en manos del analista, y en la segunda fase, pasan nuevamente al enfermo, pero esta vez las ejerce su yo.

Según esta opinión de Alexander, el superyó (aunque él limita explícitamente el uso de esta palabra a las partes inconscientes del ideal del yo) es una porción del aparato mental esencialmente primitiva, anacrónica y apartada de la realidad, incapaz de adaptarse, y que opera automáticamente con la uniformidad monótona de un reflejo. Cualquier función útil que desempeñe puede ser ejecutada por el yo; por tanto, nada se puede hacer con él sino eliminarlo. Este ataque total al superyó parece ser de validez discutible. Es probable que su abolición, aunque fuese una política práctica, implicara la pérdida de gran número de actividades mentales altamente deseables. Pero la idea de que el analista asume temporariamente las funciones del superyó del paciente durante el tratamiento, y que al hacerlo consigue modificarlo en algún sentido, concuerda con las observaciones que ya he formulado.

De idéntica manera se expresa Radó en algunos pasajes de su trabajo El Principio económico en la Técnica Psicoanalítica [10]. La segunda parte de este trabajo, que iba a tratar sobre psicoanálisis, nunca fue publicada, desgraciadamente; pero la primera, respecto al hipnotismo y la catarsis [11], tiene mucho interés. Incluye una teoría de que el sujeto hipnotizado introyecta al hipnotizador como lo que Radó llama un “superyó parásito”, el cual retira la energía y asume las funciones del superyó original del sujeto. Un rasgo distintivo de la situación presentada por Radó lo constituye la naturaleza inestable y temporaria de toda esta disposición.

Por ejemplo, si el hipnotizador da una orden que está en exagerada oposición con el superyó original del paciente, el parásito es rápidamente expulsado; y de cualquier manera, cuando finaliza el estado de hipnosis también termina la influencia del superyó parásito, y el superyó primitivo retoma sus funciones. Por discutibles que puedan ser los detalles de la descripción de Radó, ésta no sólo recalca nuevamente la idea del superyó como punto de apoyo de la psicoterapia, sino que llama la atención sobre la diferencia importante que existe entre los efectos de la hipnosis y el análisis en lo que se refiere a la durabilidad. La primera actúa esencialmente de un modo temporario, y la teoría de Radó del superyó parásito, el que en realidad no reemplaza al original sino que simplemente lo pone fuera de acción, presenta un buen cuadro de su funcionamiento aparente.

El análisis, por el contrario, desde que busca influir el superyó del paciente, aspira a efectos de mayor alcance y permanencia, principalmente a un cambio integral en la naturaleza del superyó mismo del paciente [12]. Algunos desarrollos más recientes en la teoría psicoanalítica suministran una insinuación, así me parece, de los caminos por los que quizá se pueda alcanzar una comprensión más clara de la cuestión.

Introyección y Proyección

Este último desarrollo de la teoría se ha ocupado mucho de los impulsos destructivos y los ha puesto, por vez primera, en el plano de mayor interés; al mismo tiempo, ha concentrado la atención sobre los problemas correlativos de la culpa y la angustia. Ocupan mi pensamiento las ideas, recientemente expuestas por Melanie Klein, acerca de la formación del superyó y de la importancia que ella atribuye al proceso de introyección y proyección en el desarrollo de la personalidad. De manera sumamente esquemática expondré nuevamente sus puntos de vista [13]. Sostiene que el individuo está perpetuamente introyectando y proyectando los objetos de los impulsos de su ello, y que el carácter de los objetos introyectados depende de la índole de dichos impulsos enviados hacia los objetos externos.

Por ejemplo, durante el período de desarrollo libidinal de un niño, en el que se encuentra bajo el dominio de sentimientos de agresión oral, sus sentimientos hacia el objeto externo serán agresivos-orales; luego introyectará el objeto, y este objeto introyectado actuará a su vez (a la manera de un superyó), con respecto al niño, en un sentido agresivo oral. El próximo paso será la nueva proyección hacia el objeto externo, de este objeto introyectado oral-agresivamente, por lo que aquél parecerá ser agresivo oral. El hecho de percibir al objeto externo como peligroso y destructivo hace que los impulsos del ello adopten hacia dicho objeto una actitud aun más agresiva y destructiva, como autodefensa.

De esta manera se establece un círculo vicioso. Este proceso trata de explicar la extremada severidad que presenta el superyó en los niños pequeños, como también el temor injustificado que éstos tienen hacia los objetos exteriores. En el curso del desarrollo del individuo normal, la libido alcanza finalmente la etapa genital, en la que predominan los impulsos positivos. Por tanto, su actitud hacia los objetos externos se tornará más amistosa, y de acuerdo con su objeto introyectado (o superyó) será menos severa y el contacto de su yo con la realidad menos deformado. Sin embargo, en el caso neurótico, a causa de frustraciones, o de una incapacidad del yo para tolerar los impulsos del ello, o de un exceso innato de los componentes agresivos, no ocurre la evolución a la etapa genital, sino que el individuo permanece fijado en un nivel pregenital. Su yo se encuentra expuesto, por una parte, a la presión de un ello salvaje, y por la otra, a un superyó igualmente cruel, perpetuándose de este modo el círculo vicioso que acabo de describir.

El círculo vicioso neurótico

Me gustaría sugerir que la hipótesis que he expuesto de manera escueta puede ser útil no solamente para formarnos un cuadro del mecanismo de una neurosis, sino también de la dinámica de su curación. No es ninguna novedad el considerar a una neurosis esencialmente como un obstáculo o fuerza que desvía del curso normal del desarrollo, ni tampoco lo es la creencia de que el psicoanálisis puede suprimir el obstáculo (debido a las peculiaridades de la situación analítica), permitiendo así que continúe el desarrollo normal. Sólo trato de precisar un poco más nuestras concepciones, suponiendo que el obstáculo patológico, que lleva ulteriormente a la producción del individuo neurótico, se debe a la naturaleza del círculo vicioso que he descrito. Si de alguna manera se pudiera abrir una brecha en el círculo vicioso, los procesos de desarrollo continuarían su curso normal.

Por ejemplo, si se lograra que el paciente se asustase menos de su superyó u objeto introyectado, proyectaría imágenes menos aterrorizadoras sobre el objeto externo y, por tanto, sería menor su necesidad de sentir hostilidad hacia él; de este modo, el objeto que él introyectara, oprimiría con menos crueldad los impulsos del ello, los que serían capaces de perder parte de su primitiva ferocidad. En síntesis, se establecerá un círculo benigno en lugar del vicioso, y finalmente el desarrollo libidinal del paciente continuará hasta el nivel genital, mientras que su superyó será comparativamente suave, como en el caso del adulto normal, y su yo tendrá un contacto con la realidad relativamente sin deformación.[14]

¿En qué punto del círculo vicioso debe abrirse la brecha y cómo debe efectuarse realmente? Es evidente que alterar el carácter del superyó de una persona es tarea más fácil de decir que de hacer. Sin embargo, las citas que he hecho de discusiones anteriores sobre el tópico sugieren que nos encontraremos con que el superyó desempeña un papel importante en la solución de nuestro problema. Antes de continuar, será necesario examinar más atentamente lo que se describe como la situación analítica. La relación entre las dos personas que la constituyen es altamente compleja, y para nuestros fines, aislaré dos elementos en ella. En primer término, el paciente en análisis tiende a centrar la totalidad de los impulsos del ello sobre el analista. No haré más comentarios respecto a este hecho o sus deducciones, pues es bien conocido.

Sólo quiero recalcar la importancia vital que tiene para todo lo que trataremos, y continuaré de inmediato con el segundo elemento de la situación analítica que deseo aislar. El enfermo, en el análisis, de una manera u otra tiende a aceptar al analista como a un sustituto de su propio superyó. Llegados a este punto propongo utilizar la frase conveniente que usó Radó en su explicación de la hipnosis y decir que en el análisis el paciente tiende a convertir al analista en un “superyó auxiliar”. Esta frase y la relación que describe requieren evidentemente alguna explicación.

El analista como “superyó auxiliar”

De acuerdo con nuestra hipótesis principal, cuando un paciente neurótico encuentra un nuevo objeto en la vida ordinaria se inclinará a proyectar sobre éste sus objetos arcaicos introyectados, y el nuevo objeto se tornará en objeto fantaseado en igual medida. Debe presumirse que sus objetos introyectados están más o menos separados en dos grupos, actuando como objeto “bueno” introyectado (o superyó tolerante) y como objeto “malo” introyectado (o superyó severo).[15] De acuerdo al grado de contacto con la realidad que mantiene su yo, el objeto “bueno” introyectado será proyectado sobre objetos reales benévolos, y el “malo”, sobre objetos reales malévolos.

Sin embargo, desde que él es neurótico, por hipótesis, predominará el objeto “malo” introyectado, y tenderá a ser proyectados más que el “bueno”; y después de un tiempo, existirá la tendencia a reemplazar el objeto “bueno” por el “malo”, aun allí donde al comienzo era proyectado el objeto “bueno”. Por tanto, será exacto afirmar que, en general, los objetos fantaseados del neurótico en el mundo exterior serán predominantemente peligrosos y hostiles. Además, hasta sus objetos fantaseados “buenos” en el mundo exterior tendrán poco contacto con la realidad, ya que los objetos “buenos” introyectados serán “buenos” de acuerdo a un modelo arcaico e infantil, y en cierto modo, se conservarán con el mero propósito de contrarrestar los objetos “malos”. Retrocediendo al momento en que nuestro paciente neurótico encuentra un nuevo objeto en la vida real, y suponiendo (como es el caso más habitual) que proyecta sobre éste su objeto “malo” introyectado, el objeto fantaseado externo le parecerá, por esta razón, peligroso. Se asustará de él, y para defenderse de dicho objeto se tornará más agresivo.

Cuando, a su vez, él introyecta este nuevo objeto, sólo estará agregando una imagen más terrorífica a las que ya ha introyectado. La nueva imagen introyectada constituirá simplemente un duplicado de las arcaicas originales y su superyó quedará casi exactamente como era. Lo mismo sucederá, mutatis mutandis, en los casos en que comienzo proyectando su objeto introyectado “bueno” sobre el nuevo objeto exterior que ha encontrado. Indudablemente, como resultado se produce un leve reforzamiento del superyó tolerante a expensas del superyó severo y hasta cierto punto se mejora su condición. Su superyó no experimentará un cambio cualitativo, puesto que el nuevo objeto “bueno” introyectado será simplemente un duplicado del original arcaico y sólo reforzará el superyó “bueno” arcaico que ya existe.

Desde el momento en que este paciente neurótico entabla relaciones con un nuevo objeto en el análisis, se crea una situación diferente. Su superyó no es ni homogéneo ni está bien constituido; las consideraciones que hemos hecha hasta aquí acerca de él han sido demasiado simplificadas y esquemáticas. En realidad, las imágenes introyectadas que van a formarlo derivan de períodos diferentes de su historia, y en cierto grado, funcionan independientemente. Debido a las peculiaridades de las circunstancias a analíticas y al comportamiento del analista, la imagen introyectada de este último tiende a ser separada definidamente del resto del superyó del paciente. (Naturalmente que esto presupone cierto grado de contacto con la realidad por su parte, lo que constituye uno de los criterios fundamentales de accesibilidad al tratamiento analítico; otro, que ya hemos mencionado implícitamente, es la capacidad del paciente de dirigir sus impulsos del ello al analista).

Esta separación entre la imagen del analista introyectado y el resto del superyó del paciente se torna evidente en una etapa muy precoz del tratamiento, por ejemplo, en relación con la regla fundamental de la asociación libre. La nueva porción de superyó dice al paciente que le es permitido manifestar todos los pensamientos que se le puedan ocurrir. Esto actúa satisfactoriamente por poco tiempo, pues pronto se produce un conflicto entre la nueva porción y el resto, dado que el superyó original dice: “No debes decir esto, porque si lo haces, estarás empleando una palabra obscena o revelando tal o cual secreto”. La separación de la nueva porción, que he denominado superyó “auxiliar”, tiende a persistir, por la exclusiva razón de que actúa habitualmente en otra dirección que el resto del superyó. Esto es exacto no sólo para el superyó “severo” sino también para el “tolerante”, pues aunque el superyó “auxiliar” es en realidad amable, no lo es en el mismo sentido arcaico que las imágenes “buenas” que el paciente ha introyectado. La característica más importante del superyó auxiliar es que el consejo que brinda al yo se encuentra basado firmemente sobre consideraciones reales y contemporáneas, y esto sirve para diferenciarlo de la parte mayor del superyó original.

No obstante, la situación es en extremo insegura, existe la tendencia constante a destruir la distinción. El paciente se halla expuesto, en todo momento, a proyectar su imagen terrorífica sobre el analista exactamente como si fuera cualquier otra persona que pudiera haber encontrado en el transcurso de su vida. Si esto sucede, la imagen introyectada del analista será incorporada totalmente al resto del superyó severo del paciente, y por tanto, desaparecerá el superyó auxiliar. Sucede muy a menudo que aun cuando se comprende que el contenido del consejo del superyó auxiliar es diferente o contrario al del superyó original, se siente que su calidad es la misma. Por ejemplo, el paciente puede sentir que el analista le ha dicho: “Si no dice todo lo que se le ocurre, le daré una buena paliza”, o, “si no hace consciente esta parte del inconsciente, lo echaré de la habitación”.

Sin embargo, esta relación peculiar entre el analista y el yo del paciente, no obstante su labilidad y lo limitado de su autoridad, parece poner en las manos del analista el instrumento principal para ayudar al desarrollo del proceso terapéutico. ¿Qué arma es ésta, de tanta importancia en el arsenal del analista? Su nombre aflora de inmediato a nuestros labios: es, naturalmente, la interpretación. Hemos alcanzado, así, el núcleo del problema que deseo discutir en el presente trabajo.

La interpretación

¿Qué es, pues, interpretación, y cómo actúa? Parece conocerse muy poco al respecto, pero esto no impide la creencia casi universal en su eficacia extraordinaria como arma. Hay que confesar que la interpretación tiene muchas de las cualidades de un arma mágica. Naturalmente que así lo sienten muchos pacientes; algunos de ellos se pasan horas suministrando interpretaciones propias, a menudo ingeniosas, aclaratorias y correctas. Otros, además, obtienen una gratificación libidinal directa del estar dando interpretaciones, y aun pueden desarrollar por ellas algo semejante a la propensión a las drogas. Los círculos no analíticos habitualmente se burlan de la interpretación como de algo ridículo, o bien la temen como a un peligro terrible.

Creo que no nos damos cuenta de la frecuencia con que cierto número de analistas comparten esta última actitud. Esto se puso de manifiesto, particularmente, cuando Melanie Klein discutió por primera vez la idea de dar interpretaciones a niños pequeños. Creo que sería exacto afirmar que, en general, los analistas se inclinan a sentir que la interpretación es algo extremadamente poderoso, tanto para bien como para mal. Me refiero a nuestros sentimientos con respecto a la interpretación, en contraste a nuestras creencias razonadas. Parecería que hay muchos fundamentos para pensar que nuestros sentimientos, en relación con este tema, tienden a deformar nuestras creencias.

De cualquier modo, muchas de estas creencias aparentan ser contradictorias consideradas superficialmente, y las contradicciones no siempre parten de diferentes escuelas de pensamiento, sino que a veces son sostenidas, en apariencia, por una persona. Se nos ha dicho que si interpretamos demasiado pronto o demasiado imprudentemente, corremos el riesgo de perder un paciente; que a menos que interpretemos rápida y profundamente estamos expuestos a lo mismo; que la interpretación puede dar origen a ataques intolerables e ingobernables de angustia, al “liberarla”; que la interpretación es el único modo de permitirle a un enfermo hacer frente a un ataque ingobernable de angustia, al “resolverla”; que las interpretaciones deben siempre referirse al material en el preciso momento en que emerge a la consciencia; que las más útiles son realmente las profundas; “¡Sed prudentes con vuestras interpretaciones!”, dice una voz; “¡Ante la duda, interpretad!”, reza otra. Sin embargo, aunque hay mucha confusión en todo esto, no creo que tales opiniones sean necesariamente incompatibles; los diversos consejos pueden referirse a diferentes circunstancias y casos, e implicar distintos usos de la palabra “interpretación.

Es evidente que se emplea la palabra en más de un sentido. Después de todo, quizá es sólo un sinónimo de la vieja frase que ya hemos encontrado: “hacer consciente lo que es inconsciente”, y comparte todas las ambigüedades de esa frase. Porque en un sentido, si se entrega un diccionario alemán-inglés a quien no sabe alemán, se le estará dando una colección de interpretaciones, y creo que en este sentido es que se ha discutido la naturaleza de la interpretación en un reciente trabajo de Bernfeld [16]. Evidentemente, tales interpretaciones descriptivas no tienen pertinencia con nuestro tema actual, y sin más rodeos, procederé a definir en la forma más clara que me sea posible una clase particular de interpretación que, en realidad, me parece que constituye el instrumento fundamental de la terapia psicoanalítica y a la que por conveniencia daré el nombre de interpretación “mutativa”.

Primeramente haré una reseña esquemática de lo que entiendo por interpretación mutativa, dejando los detalles para más adelante; y con miras a la claridad de la exposición, pondré por ejemplo la interpretación de un impulso hostil. En virtud de su poder (estrictamente limitado) como superyó auxiliar, el analista permite que una pequeña cantidad de la energía del ello del enfermo se torne consciente (en nuestro caso, bajo la forma de un impulso agresivo) [17]. Dado que por la naturaleza de los hechos, el analista es también el objeto de los impulsos del ello del paciente, dicha cantidad de impulsos ahora liberados será dirigida conscientemente hacia el analista; y éste es el punto crítico. Si todo marcha bien, el yo del paciente se dará cuenta del contraste que existe entre el carácter agresivo de sus sentimientos y la naturaleza real del analista, ya que éste no se comporta como sus objetos arcaicos “buenos” o “malos”. Es decir, que el paciente distinguirá su objeto fantaseado arcaico del objeto real externo.

La interpretación se ha convertido, así, en mutativa, puesto que ha abierto una brecha en el círculo vicioso neurótico. Como el paciente ha comprobado la falta de agresividad en el objeto real externo, estará capacitado para disminuir la suya, y al ser menos agresivo el nuevo objeto que él introyecta, decrecerá también la agresividad de su superyó. Simultáneamente a estos hechos y como corolario, el enfermo obtendrá acceso al material infantil que está reviviendo en su relación con el analista.

Tal es el esquema general de la interpretación mutativa. Podrá notarse que en mi explicación el proceso parece comprender dos fases. No deseo prejuzgar acerca de si estas dos fases se presentan en sucesión temporal o si pueden ser dos aspectos simultáneos de un mismo acontecimiento. Pero con fines descriptivos es más fácil considerarlas como si fueran sucesivas. Por consiguiente, se encuentra primero la fase en la que el paciente se da cuenta de que ha dirigido directamente hacia el analista una cantidad particular de energía del ello, y en segundo término, viene la fase en la que el enfermo comprende que dicha energía está dirigida hacia un objeto fantaseado arcaico y no sobre uno real.

La primera fase de la interpretación

La primera fase de una interpretación mutativa es en sí misma compleja, y en ella, una parte de la relación del ello del paciente con el analista se hace consciente en virtud de la posición del último como superyó auxiliar. En el modelo clásico de una interpretación, primeramente se le hará comprender al enfermo que su yo se encuentra en un estado de tensión; después, que está trabajando un factor represivo (que su superyó lo amenaza con castigarlo), y sólo entonces se le comunicará el impulso del ello que ha despertado las protestas del superyó provocando angustia en su yo. Este es el esquema clásico, pero en la práctica actual, el analista opera desde los tres ángulos, simultáneamente o en sucesión irregular.

En un momento, se le puede revelar una pequeña porción del superyó del paciente en toda su crueldad; en otro, la disminución del desamparo de su yo, y aun en otro, se puede dirigir su atención a las tentativas de reparación que hace como compensación por su hostilidad. En algunas ocasiones, una fracción de la energía del ello puede ser incitado directamente a abrirse paso por entre los últimos restos de una resistencia ya debilitada. Sin embargo, todas estas operaciones tienen una característica en común: que se realizan en pequeña escala, porque la interpretación mutativa se rige inevitablemente por el principio de las dosis mínimas. Creo que es un hecho clínico comúnmente aceptados que las alteraciones presentadas por un paciente durante el análisis parecen ser extremadamente graduales casi siempre.

Nos inclinamos a sospechar que los cambios repentinos y grandes indican que están actuando procedimientos sugestivos más bien que psicoanalíticos. Podrá explicarse la naturaleza gradual de los cambios producidos por el psicoanálisis si dichos cambios son el resultado de la suma de un número inmenso de pequeños pasos, cada uno de los cuales corresponde a una interpretación mutativa. La índole misma de la situación analítica impone la pequeñez de los pasos. Cada interpretación involucra la liberación de cierta cantidad de energía del ello, y como veremos pronto, si la cantidad liberada es demasiado grande, está destinado a trastornarse el estado de equilibrio altamente inestable que permite al analista desempeñarse como el superyó auxiliar del paciente. Se arriesgará toda la situación analítica, dado que estas liberaciones de energía del ello pueden ocurrir solamente en virtud de la actuación del analista como superyó auxiliar del enfermo.

Examinemos con mayor detalle los efectos que siguen al intento del analista de llevar a la consciencia del paciente, de una vez, una cantidad demasiado grande de energía del ello [18]. Por una parte, puede no ocurrir nada; por la otra, puede producirse un resultado inmanejable; pero en ninguno de los dos casos se habrá efectuado una interpretación mutativa. En el primero (en el que aparentemente no hay efectos), el poder del analista como superyó auxiliar no habrá sido bastante fuerte para la tarea que se ha impuesto. Esto puede suceder, además, por dos razones diferentes. Una de ellas es que el impulso del ello no haya sido suficientemente apremiante en el momento en que él trataba de ponerlo de manifiesto, dado que la emergencia de un impulso del ello depende no sólo del permiso del superyó, sino también de la urgencia del impulso, o sea, de su grado de catexia.

Esto puede ser un motivo para el hecho de que a una interpretación le suceda una respuesta aparentemente negativa e inocua. Pero el mismo resultado puede ser debido a que el poder de las fuerzas represivas del propio paciente sea demasiado grande para permitir que su yo oiga la voz persuasiva del superyó auxiliar, no obstante la urgencia real del impulso del ello. Tenemos aquí una situación idéntica desde el punto de vista dinámico, pero distinta económicamente de la próxima que hemos de considerar. En ésta, el paciente acepta la interpretación, o sea que le permite penetrar en su consciencia al impulso del ello, pero inmediatamente le sobreviene una gran angustia. Esto se puede manifestar en varios sentidos: por ejemplo, el enfermo produce un ataque de angustia, o muestra signos de enojo “real” con el analista, sin discernimiento alguno, o puede abandonar el análisis.

En cualquiera de estos casos, la situación analítica se habrá desbaratado, al menos por el momento. El paciente se estará comportando como el sujeto hipnotizado, quien rompe la relación hipnótica y se despierta de su estado de trance cuando el hipnotizador le ordena la ejecución de un acto demasiado en desacuerdo con su propia conciencia. Esta situación es manifiesta si el paciente responde a la interpretación con un ataque real de angustia o uno de sus equivalentes, pero será latente si el enfermo no exterioriza respuesta. Este último caso puede ser el más difícil de los dos, ya que está enmascarado, y creo que a veces es la consecuencia de un exceso de interpretación, aún mayor que en el caso en que aparece la angustia manifiestamente (aunque es obvio que habrá otros factores de importancia, en particular, la naturaleza de la neurosis del paciente). He atribuido esta amenaza de fracaso de la situación analítica a una dosis excesiva de interpretación, pero podrá ser más exacto imputarla a una dosis insuficiente, puesto que no ha ocurrido la segunda fase del proceso interpretativo, en la cual el paciente se da cuenta que su impulso se dirige hacia un objeto fantaseado arcaico y no hacia uno real.

La segunda fase de la interpretación

En la segunda fase de una interpretación completa, el sentido de realidad del paciente desempeña un papel crucial, porque el resultado exitoso de esta fase depende de su habilidad para distinguir entre su objeto fantaseado y el analista real, en el momento crítico de la aparición en la consciencia de la cantidad liberada de energía del ello. ¿Qué clase de ayuda puede prestar el analista al paciente para que perciba esta distinción? Por una parte, es mucho lo que puede hacer llevando al enfermo a darse cuenta, tan detalladamente como sea posible, de la naturaleza exacta de las experiencias infantiles que determinan su imagen del objeto fantaseado. Por otra parte, podría esperarse que también tratara de darle al paciente una descripción clara de él mismo tal como es realmente, pero aquí la posición es más complicada.

El problema se encuentra relacionado estrechamente a uno que ya he expuesto, especialmente el de la extrema labilidad de la posición del analista como superyó auxiliar. La situación analítica amenaza todo el tiempo con degenerar en una situación “real”. Pero, en realidad, esto significa lo contrario de lo que aparenta; significa que el enfermo está siempre a punto de convertir el objeto real externo (el analista) en el arcaico, o sea, de proyectar sobre aquél sus imágenes introyectadas primitivas. En tanto que el paciente obra de esta manera, el analista se transforma en objeto fantaseado, como cualquier otra persona con la que se encuentre el enfermo en la vida real. El analista deja entonces de poseer las ventajas peculiares derivadas de la situación analítica; será introyectado en el superyó del paciente como otros objetos fantaseados, y no podrá actuar por más tiempo en los sentidos que son indispensables para la eficacia de una interpretación mutativa. En esta dificultad, el sentido de realidad del enfermo es un aliado esencial pero muy endeble.

Una de las cosas que esperamos del análisis es el mejoramiento de dicho sentido de realidad; por tanto, es importante no someterlo a un esfuerzo innecesario. Este es uno de los principales argumentos a favor de que el analista adopte con el paciente una actitud un poco reticente y apartada, de que limite a la hora analítica su relación con él, es decir: de que le presente al enfermo su yo real en pequeñas dosis. Por esta razón fundamental, el analista debe evitar cualquier comportamiento real que fortalezca el que el paciente lo considere como un objeto fantaseado “bueno” o “malo”. Quizá esto es más evidente en lo que respecto al objeto “malo”. Por ejemplo, si el analista demostrara que está realmente emocionado u horrorizado por uno de los impulsos del ello del enfermo, éste lo trataría como un objeto peligroso y lo introyectaría en su superyó severo arcaico.

Por una parte, disminuiría el poder del analista de actuar como un superyó auxiliar y de permitir que el yo del paciente tenga consciencia de sus impulsos del ello, o sea que decrecería su poder de efectuar la primera fase de una interpretación mutativa; y por otra parte, como objeto real, se volvería menos diferenciable de los objetos fantaseados “malos” del enfermo, hasta el punto que también se encontraría dificultada la realización de la segunda fase de una interpretación mutativa. Tomemos otro ejemplo: supongamos que el analista se comporta de modo opuesto y que apremia activamente al enfermo para que dé rienda suelta a sus impulsos del ello. Existe la posibilidad de que el paciente confunda al analista con la imagen de un padre traicionero, que primero lo incita a buscar gratificación y luego cambia repentinamente su actitud y lo castiga.

En tal caso, el yo del enfermo puede tratar de defenderse considerando al analista como si éste fuera su propio ello, y tratándolo con toda la severidad de que es capaz su superyó. También aquí el analista corre el riesgo de perder su posición privilegiada. Pero igual puede ser poco prudente para el analista el actuar realmente en el sentido de incitar al paciente a que proyecte sobre él sus objetos “buenos” introyectados, porque el enfermo tenderá a considerarlo como objeto “bueno” en un sentido arcaico y lo incorporará junto con sus imágenes arcaicas “buenas”, usándolo como una protección contra sus imágenes “malas”. De este modo, tanto sus impulsos infantiles positivos como negativos pueden eludir el análisis, puesto que su yo no tiene la posibilidad de establecer una comparación entre el objeto externo fantaseado y el real, pudiendo perder así la oportunidad de adaptarse a un mundo exterior en el que hasta los objetos “buenos” son tales en un sentido real y no en el arcaico.

Quizá pueda argüirse que por más buena voluntad y prudencia que tenga el analista no podrá impedir que el paciente proyecte sobre él estas variadas imágenes. El argumento es indiscutible; no obstante, toda la efectividad de un análisis depende de que eso se produzca. La enseñanza que dejan estas dificultades es simplemente que nos recuerdan los estrechos límites del sentido de realidad del enfermo. Es un hecho paradójico, pero verdadero, que el mejor procedimiento para asegurar que su yo será capaz de distinguir entre fantasía y realidad es el de apartarlo de ésta tanto como sea posible. Su yo es tan débil y se encuentra tan a merced del ello y del superyó, que sólo puede hacer frente a la realidad si ésta se le administra en dosis mínimas. Y estas dosis son, en realidad, las que el analista le da bajo la forma de interpretaciones.

Interpretación y apoyo

Me parece que es posible facilitar un acercamiento a los problemas de la interpretación y el apoyo por medio de esta distinción entre las dos fases de la interpretación. Podrá suponerse que ambos procedimientos pueden ser útiles o aun esenciales en ciertas circunstancias, y desaconsejables y hasta peligrosos en otras. En el caso de la interpretación [19], la primera de nuestras fases hipotéticas es paara “liberar” angustia y la segunda para “resolverla”. Cuando una cantidad de angustia se encuentra ya presente o a punto de aflorar, una interpretación puede permitir, debido a la eficacia de su segunda fase, que el paciente reconozca la irrealidad de su objeto fantaseado terrorífico, reduciéndole así su propia hostilidad y por consiguiente la angustia.

Por otra parte, inducir al yo que permita llegar a la consciencia una cantidad de energía del ello significa evidentemente buscar un acceso de angustia en una personalidad con un superyó severo.. Esto es precisamente lo que efectúa el analista en la primera fase de una interpretación. Por lo que respecto al “apoyo”, aquí solo puedo aludir brevemente a algunos de los problemas que suscita. Incidentalmente, creo que el término necesita ser definido casi con tanta urgencia como la “interpretación”, y que abarca varios mecanismos diferentes.

Con respecto a esto, el apoyo puede ser considerado como el comportamiento calculado del analista para que el paciente lo considere más bien un objeto fantaseado “bueno” que uno real. Ya he dado algunas razones para dudar de la conveniencia de esto, aunque el procedimiento parece ser de gran valor en algunas ocasiones, especialmente en los casos psicóticos. Además, podría suponerse, a primera vista, que tal actitud por parte del analista favorecería directamente la probabilidad de hacer una interpretación mutativa. Creo que después de pensarlo se verá que éste no es el caso porque, precisamente, en tanto que el paciente considere al analista como su objeto fantaseado, no se produce la segunda fase de la interpretación, ya que la esencia de ésta es que el enfermo pueda efectuar una distinción entre su objeto fantaseado y el real. Es exacto que se consigue reducir su angustia, pero este cambio no se habrá llevado a cabo por un método que implique un cambio cualitativo permanente en su superyó. Por tanto, a pesar de la importancia táctica que posea el apoyo, creo que no se lo puede considerar como un factor operativo esencial en la terapia psicoanalítica.

Debe recalcarse que otros tipos de comportamiento del analista pueden equivaler dinámicamente a una interpretación mutativa, o a una u otra de las dos fases de este proceso. Por ejemplo, un mandato “activo” de la especie intentada por Ferenczi puede valer como la primera fase de una interpretación; el analista hace uso de su posición peculiar para inducir al enfermo, de manera particularmente vigorosa, a que haga conscientes ciertos impulsos de su ello. Una de las objeciones a este tipo de procedimiento puede expresarse diciendo que el analista tiene muy poco control del dosaje de la energía del ello, y escasa garantía de que seguirá la segunda fase de la interpretación. Incidentalmente, puede surgir el mismo patrón dinámico cuando el analista le exige al enfermo efectuar una fantasía “forzada”, o aun, cuando aquél le hace una pregunta al paciente (en especial en los primeros tiempos de un análisis).

También aquí el analista está dando una interpretación a ciegas, que puede demostrarle la imposibilidad de pasar más allá de su primera fase. Por otra parte, en el curso de un análisis se originan constantemente situaciones en las que el enfermo tiene conciencia de pequeñas cantidades de energía del ello, sin provocación directa alguna por parte del analista. Podría desarrollarse entonces una situación de angustia, si no fuera que el analista, por su comportamiento, o también diríamos por su ausencia de comportamiento, permite que el paciente movilice su sentido de realidad y haga la distinción necesaria entre un objeto arcaico y uno real. Lo que el analista hace aquí equivale a efectuar la segunda fase de una interpretación, y todo el episodio puede valer como una interpretación mutativa. Es difícil estimar en qué proporción los cambios que ocurren durante el análisis pueden no ser debidos a interpretaciones mutativas implícitas de este tipo. Creo que a veces se considera incorrectamente como ejemplo de apoyo a una situación de esta naturaleza.

“Proximidad” de las interpretaciones mutativas

Ha llegado la oportunidad de dedicarnos a otras características que aparentan ser propiedades esenciales de toda interpretación mutativa. En primer término, ya ha sido tratada una de ellas al considerar la ausencia de efecto, real o aparente, que sigue a una interpretación. Una interpretación mutativa sólo puede aplicarse a un impulso del ello que está realmente en estado de catexia. Esto se evidencia por sí mismo, dado que los cambios producidos en la mente del enfermo por una interpretación mutativa sólo pueden ser obra de una carga de energía que se origina en el paciente; la función del analista es asegurar simplemente que la energía se canalizará por una vía en vez de hacerlo por otra.

De aquí se deduce que el tipo de interpretación informativa de “diccionario” no será mutativa, no obstante lo útil que pueda ser como preludio de interpretaciones mutativas. Esto nos permite varias inferencias prácticas. Cada interpretación mutativa debe ser “inmediata” emocionalmente; el enfermo debe experimentarla como algo real. Este requerimiento, de que las interpretaciones deben ser inmediatas, puede expresarse en otra forma diciendo que hay que dirigirlas siempre al “punto de urgencia”. En algún momento se encontrará en actividad un determinado impulso del ello: éste es el impulso que en ese momento es pasible de interpretación mutativa. Indudablemente, no es factible ni deseable estar dando interpretaciones todo el tiempo, pero como lo ha señalado Melanie Klein, la capacidad de elegir el punto de urgencia en cualquier momento es una de las cualidades más preciadas en un analista. [20]

La interpretación “profunda”

El hecho de que toda interpretación mutativa deba dirigirse a un impulso urgente nos conduce otra vez al temor, que se siente con tanta frecuencia, de las posibilidades explosivas de la interpretación, en particular, de lo que se alude vagamente como interpretación “profunda”. Sin embargo, no necesitamos sentirnos molestos por la ambigüedad del término, ya que éste describe, sin duda, la interpretación del material genéticamente próximo e históricamente distante de la experiencia real del enfermo, o del que se encuentra bajo una represión especialmente intensa. De cualquier modo, se trata de material que normalmente le resulta por completo inaccesible a su yo y está muy alejado de él. Además, parece razonable creer que la angustia expuesta a desencadenarse por el acercamiento de ese material a la consciencia debe presentar una gravedad peculiar [21].

La cuestión de si es innocuo interpretar dicho material dependerá, como de costumbre, de la posibilidad de efectuar la segunda fase de la interpretación. Por lo común, el material que es urgente en las primeras etapas de un análisis no es profundo. Al comienzo debemos tratar sólo con desplazamientos más o menos importantes de los impulsos profundos; y el material profundo mismo es alcanzado únicamente más tarde y por grados, así que no debe anticiparse la aparición súbita de cantidades inmanejables de angustia. Sin embargo, en casos excepcionales hay impulsos profundos que pueden ser urgentes en un período precoz del análisis, debido a ciertas peculiaridades en la estructura de la neurosis, encontrándonos, así, abocados a un dilema. Si interpretamos este material profundo, el monto de angustia que se produce en el paciente puede ser tan grande que su sentido de realidad resulte insuficiente para permitir la ejecución de la segunda fase, peligrando todo el análisis.

En casos críticos como los que estamos considerando, no debe pensarse que necesariamente se puede evitar la dificultad no dando interpretación alguna, haciendo interpretaciones más superficiales de material no urgente, o tentando apoyar al enfermo. En realidad, parece probable que estos procedimientos alternativos sirvan poco o nada para salvar el inconveniente; por el contrario, ellos pueden aún exacerbar la tensión creada por la urgencia de los impulsos profundos, que son la causa real de la angustia amenazadora. De esto modo, puede desencadenarse la angustia a pesar de los esfuerzos paliativos, y en ese caso, lo hará bajo las condiciones más desfavorables, o sea fuera de las influencias mitigantes que proporciona el mecanismo de la interpretación. Por tanto, es posible que la interpretación de los impulsos urgentes del ello, no obstante lo profundos que puedan ser, constituya el más seguro de los dos procedimientos alternativos que se le presentan al analista frente a una dificultad de esta índole.

“Especificidad” de las interpretaciones mutativas.

Tendré ocasión de volver sobre este punto más adelante, pero ahora debo mencionar una cualidad que parece necesario que exista previamente en una interpretación para que pueda ser mutativa, y que quizá sólo sea otro aspecto de la que ya hemos descripto. Una interpretación mutativa debe ser “específica”, es decir, detallada y concreta. En la práctica, ésta es una cuestión de grado. Cuando un analista se embarca en un tema determinado, no siempre puede evitar que sus interpretaciones comiencen siendo vagas y generales, pero finalmente será necesario resolver e interpretar todos los detalles del sistema fantaseado del enfermo.

En la misma medida que esto se realice, las interpretaciones serán mutativas, y se puede explicar gran parte de la necesidad de repetir aparentemente las interpretaciones que ya han sido hechas, por el hecho de que es menester llenar los detalles. Creo posible demostrar que provienen de esta fuente algunos de los retrasos que los analistas desesperanzados atribuyen a la resistencia del ello del paciente. Parece como si la vaguedad en la interpretación diera a las fuerzas defensivas del yo la oportunidad, por la que siempre están en acecho, de contrariar los intentos del analista para que llegue a la conciencia un impulso del ello urgente. Un efecto igualmente torpe puede producirse por ciertas formas de apoyo, tales como el añadir un paralelo etnológico o una explicación teórica a una interpretación. Procedimientos de esta índole pueden convertir, a último momento, una interpretación mutativa en su contrario.

El efecto aparente podrá ser altamente gratificante para el analista, pero la experiencia posterior mostrará que no se ha conseguido nada de utilidad permanente, o aun, que se le ha dado al enfermo una oportunidad de incrementar el poderío de sus defensas. Hemos alcanzado así, un tópico que no hace mucho trató Edward Glover en uno de los muy pocos trabajos, en toda la literatura, que se abocan seriamente al problema de la interpretación [22]. Glover sostiene que es probable que una interpretación groseramente inexacta no tenga efecto alguno, mientras que una ligeramente inexacta puede provocar un efecto no analítico, o más bien anti-analítico, al permitir que el enfermo haga más profunda y eficiente su represión. El usa este concepto como la explicación posible de un hecho que siempre ha parecido misterioso: que en los primeros tiempos del análisis se lograban resultados terapéuticos, a pesar de que aun no se había descubierto mucho de lo que nosotros conocemos respecto a las características del inconsciente, y por tanto, de que la interpretación debió de haber sido a menudo inexacta.

La Abreacción

La posibilidad que discute Glover sirve para recordarnos lo difícil que es obtener la certeza de que los efectos que siguen a alguna interpretación se deben a ésta verdaderamente y que no son el resultado de un fenómeno transferencial de cualquier naturaleza. Ya he señalado que muchos pacientes logran una gratificación directa de la interpretación como tal, y creo que algunos de los signos sorprendentes de abreacción que en ocasiones siguen a una interpretación no deben ser aceptados por el analista sino como la evidencia de que en un sentido libidinal se ha contribuido con algo más que con una interpretación.

Sin embargo, todo el problema de las relaciones entre la abreacción y el psicoanálisis es muy discutido. Sus resultados terapéuticos parecen, hasta cierto punto, innegables. No hay duda que de ellos surgió el análisis, y aun en la actualidad existen psicoterapeutas que confían en ellos, casi exclusivamente. Durante la guerra se confirmó ampliamente su efectividad, en los casos de “neurosis traumática”. También se ha sostenido, bastante a menudo, que desempeña un papel principal en la obtención de los resultados del psicoanálisis. Por ejemplo, Ferenczi y Rank declararon que no obstante los avances de nuestros conocimientos, la abreacción subsistía como el agente fundamental en la terapia analítica [23]. Más recientemente, Reik ha defendido una opinión algo similar, declarando que “el factor sorpresa es la parte más importante de la técnica analítica” [24]. En el capítulo sobre terapéutica de su texto de psicoanálisis, Nunberg ha adoptado una actitud menos extrema [25].

Pero también él considera la abreacción como uno de los factores componentes en el análisis, y en dos sentidos. En primer término, menciona la mejoría producida por la abreacción, y la atribuye al alivio de la tensión endopsíquica por la descarga de los afectos acumulados.En segundo término, señala que del proceso real de llevar a la consciencia algo que hasta entonces permanecía inconsciente, surge un alivio de tensión similar, aunque en menor escala. Al respecto, se basa en una afirmación de Freud de que el acto de hacer consciente cualquier material involucra una descarga de energía [26]. Por su parte, Radó aparenta juzgar que la abreacción se opone por su función al análisis. Manifiesta que debe atribuirse el efecto terapéutico de la catarsis (junto con otras formas de psicoterapias no analíticas) al hecho de que ofrece al paciente una neurosis artificial a cambio de la original, y que los fenómenos observables cuando se produce la abreacción son semejantes a los de un ataque histérico [27].

Una consideración de las opiniones de estas diversas autoridades sugiere que lo que nosotros describimos como “abreacción” puede implicar dos procesos diferentes: una descarga de afecto y una gratificación libidinal. En tal caso, el primero de ellos podría ser considerado (al igual que otros procedimientos), como un auxiliar ocasional del análisis, sin duda útil, y hasta como un compañero inevitable de las interpretaciones mutativas; mientras que podríamos juzgar al segundo como un acontecimiento apto para impedir el análisis, especialmente si no se reconociera su verdadera naturaleza. De cualquier modo, parecería razonable el creer que los efectos de la abreacción son permanentes sólo en los casos en que el factor etiológico predominante es un suceso externo, es decir, que aquél no es capaz de causar por sí mismo una alteración cualitativa radical en la mente del enfermo. Es probable que su naturaleza sea sólo auxiliar, no obstante el papel que pudiera desempeñar en el análisis.

Interpretaciones extratransferenciales

Si reconsideramos por un momento, el cuadro que he dado de una interpretación mutativa con sus diferentes características, notaremos que mi descripción parece excluir todas las clases de interpretaciones, con excepción de las transferenciales. ¿Debe entenderse que la interpretación extra-transferencial no puede poner en marcha la cadena de acontecimientos que he sugerido como la esencia de la terapia psicoanalítica? Tal es mi opinión, y ha sido uno de los propósitos fundamentales al escribir este trabajo poner en relieve las diferencias dinámicas que existen entre las interpretaciones transferenñciales y las extratransferenciales, lo que sin duda ya ha sido observado, pero creo que nunca con suficiente claridad.

Podemos reunir estas distinciones en dos grupos: en primer término, es mucho menos probable que las interpretaciones extra-transferencialessean dadas en el punto de urgencia. Necesariamente esto debe ser así, ya que en el caso de una interpretación extra-transferencial, el objeto del impulso del ello no es el analista ni se encuentra presente en ese momento, en cambio, el punto de urgencia puede hallarse casi siempre en la transferencia, salvo en los comienzos de un análisis, y en otras circunstancias excepcionales.

Se deduce que las interpretaciones extratransferenciales tienden a dirigirse a impulsos alejados en tiempo y espacio, y que por tanto es probable que se encuentren desprovistos de energía inmediata. En casos extremos, se parece a la comparación que hice con la entrega de un diccionario alemán-inglés al paciente. En segundo lugar, en el caso de una interpretación extratransferencial y debido también al hecho de que el objeto del impulso del ello no se encuentra presente en la realidad, al enfermo le resulta menos fácil darse cuenta de la distinción que existe entre el objeto real y el fantaseado. Parecerá así, que con las interpretaciones extratransferenciales es menos probable que ocurra lo que he llamado la primera fase de una interpretación mutativa, y por otra parte, si éste se produce, es menos probable que le siga la segunda fase. En otras palabras, una interpretación extratransferencial está expuesta a ser menos efectiva y más arriesgada que una transferencial [28] . Cada uno de estos puntos merece un breve examen por separado.

Es un hecho de la experiencia común entre los analistas, el que con ciertos pacientes es posible continuar indefinidamente dando interpretaciones sin producir ningún efecto aparente. En el excelente capítulo histórico de Ferenczi y Rank hay una crítica divertida de esta especie de “fanatismo por las interpretaciones” [29]. De sus palabras resulta claro que ellos pensaban en las interpretaciones extratransferenciales, porque el peso de su crítica recae en que dicha conducta implica el descuido de la situación analítica. Este es el caso más simple, donde el principal resultado es una pérdida de tiempo y energía. Pero hay ocasiones en las cuales la política de dar ristras de interpretaciones extratransferenciales es capaz de conducir al analista a dificultades más positivas.

En el curso de algunas discusiones técnicas realizadas en Viena hace pocos años, Reich [30] llamó la atención sobre los apuros en que se ven los analistas noveles por extraer del paciente grandes cantidades de material de manera desordenada e inconexa. Sostenía que esto puede llevarse a tal extremo, que el análisis se convierta irremediablemente en caótico. Con mucho acierto señaló que el material con el que tenemos que enfrentarnos se halla estratificado, y que al extraerlo, es de la mayor importancia que no haya más interferencias que las que puedan ayudar al ordenamiento de los estratos. Sin duda él tenía en su pensamiento la analogía con un arqueólogo incompetente, cuya inhabilidad puede anular para siempre la posibilidad de reconstruir la historia de un sitio importante.

No me siento tan pesimista sobre los resultados en el caso de un análisis mal conducido, ya que la diferencia esencial consiste en que nuestro material es viviente, y si se le da la oportunidad, se re-estratificará por sí mismo de acuerdo a su propia armonía; y esta oportunidad es la situación analítica. Estoy conforme en cuanto a la presencia del riesgo, y me parece que es muy probable que se presente cuando se acude excesiva o exclusivamente a la interpretación extra transferencial. Los medios de prevenirlo, y el remedio, si es que el mal se ha producido, radica en volver a la interpretación transferencial en el punto de urgencia.

Si podemos descubrir qué material es el “inmediato” en el sentido que he descripto, el problema de la estratificación se resuelve automáticamente; y es una característica de la mayor parte del material extra transferencial el no tener proximidad, y por consiguiente, el que su estratificación sea mucho más difícil de descifrar. Las medidas sugeridas por Reich para impedir la aparición de este estado caótico no son incompatibles con las mías; porque él subraya la importancia de interpretar las resistencias como opuestas a los impulsos primarios del ello, y ésta es una política abandonada precozmente en la historia del análisis. Una de las características de la resistencia es que surge en relación con el analista, de manera que la interpretación de aquélla será casi inevitablemente una interpretación transferencial.

Los riesgos más serios que acarrea el hacer interpretaciones extratransferenciales se deben a las dificultades inherentes para completar su segunda fase, o en saber si ésta ha sido o no realizada. Por su naturaleza, no se pueden predecir sus efectos. Parece constituir un riesgo especial el que el enfermo no lleve a cabo la segunda fase de la interpretación, sino que proyecte sobre el analista el impulso del ello que ha hecho consciente. No hay duda que dicho riesgo se aplica también, hasta cierto punto, a las interpretaciones transferenciales. Pero es menos probable que se produzca esta situación si el objeto del impulso del ello se encuentra presente en la realidad, y además, si se trata de la misma persona que hace la interpretación [31]. (Podemos recordar una vez más el problema de la interpretación profunda, y señalar que aun en las circunstancias más desfavorables sus peligros parecen disminuirse en gran parte, si la interpretación es transferencial).

Además, en el caso de una interpretación extra transferencial parece que hay mayor peligro de que transcurra silenciosamente todo este proceso, siendo así descuidado, particularmente en los comienzos de un análisis. Por esta razón parece ser de importancia el estar alerta a las complicaciones transferenciales luego de dar una interpretación extra transferencial. Esta peculiaridad de las interpretaciones extratransferenciales es una de las más importantes desde un punto de vista práctico. A dicha peculiaridad se debe que éstas puedan actuar como “alimentadores” de la situación transferencial, preparando así el terreno para las interpretaciones mutativas.

En otras palabras, al dar una interpretación extra transferencial, el analista puede provocar a menudo una situación en la transferencia que luego le permita hacer una interpretación mutativa. No se debe suponer que porque yo le atribuya estas cualidades especiales a las interpretaciones transferenciales no se puedan efectuar otras. Por el contrario, es posible que una gran mayoría de nuestras interpretaciones se realicen fuera de la transferencia, aunque debería agregarse, que a menudo sucede que al dar ostensiblemente una interpretación extra-transferencial implícitamente estamos haciendo una transferencial.

No sólo de grosellas se puede hacer un pastel, y si bien es cierto que las interpretaciones extra-transferenciales no son mutativas en su mayor parte, no por ello son las menos esenciales, aunque no produzcan por sí mismas los resultados decisivos que involucran el cambio duradero en la mente del enfermo. Si se me permite hacer una analogía con las trincheras de la guerra, el aceptar una interpretación transferencial corresponde a la captura de una posición llave, mientras que las interpretaciones extra-transferenciales se asemejan al avance general y consolidación de una línea fresca, lo que se hace posible por la captura de aquélla. Cuando este avance general pase más allá de cierto punto, habrá otro impedimento, y antes de que se pueda volver a progresar será necesario capturar la nueva posición llave. El curso normal de los acontecimientos en un análisis, estará representado por una oscilación de este tipo entre las interpretaciones transferenciales y las extra-transferenciales.

Las interpretaciones mutativas y el analista

Aunque el dar interpretaciones mutativas sólo puede ocupar una pequeña porción del tratamiento psicoanalítico, de acuerdo con mi hipótesis será la parte más importante desde el punto de vista de la influencia sobre la mente del enfermo [32]. Puede ser de interés considerar finalmente, cómo afecta al analista un momento que tiene tanta importancia para el enfermo. Mrs. Klein me ha sugerido que el analista, al hacer interpretaciones, debe superar alguna dificultad interna especial. Estoy seguro que esto se aplica particularmente al dar las interpretaciones mutativas. Lo demuestra la forma cómo la evitan los psicoterapeutas de escuelas no psicoanalíticas; pero muchos psicoanalistas se darán cuenta de que albergan en su interior trazas de la misma tendencia.

Como racionalización puede aludirse a la dificultad de decidir si ha llegado o no el momento particular de hacer una interpretación. Pero detrás de esto hay, a veces, una dificultad en dar la interpretación, porque el analista parece tener la tentación constante de hacer cualquier otra cosa en su reemplazo. Puede efectuar preguntas, dar apoyos, aconsejar o extenderse en disertaciones teóricas, o aun realizar interpretaciones, pero que no son mutativas sino extratransferenciales, las que careciendo de proximidad son ambiguas o inexactas. Puede también dar dos o más interpretaciones alternativas, simultáneamente, o puede hacer interpretaciones mostrando al mismo tiempo su propio escepticismo respecto a ellas.

Todo esto sugiere, que el realizar una interpretación mutativa constituye un hecho crucial, tanto para el analista como para el paciente, y que al hacerlo se está exponiendo a algún peligro grande. Podremos comprender mejor esta cuestión cuando reflexionemos que el analista en el momento de la interpretación, en realidad está evocando deliberadamente una cantidad de energía del ello del enfermo, viviente, definida, y que se dirige directamente hacia él. Tal momento, más que ningún otro, pone a prueba sus relaciones con sus propios impulsos inconscientes.

Resumen

Concluiré resumiendo los cuatro puntos principales de la hipótesis que he expuesto anteriormente:

  1. El resultado final de la terapia psicoanalítica es permitir que toda la organización mental del paciente neurótico, detenida en un estadio infantil del desarrollo, continúe su progresión hacia la condición normal del adulto.
  2. La principal alteración efectiva consiste en una modificación cualitativa profunda del superyó del paciente, de la que se derivan, en general automáticamente, las otras alteraciones.
  3. Esta modificación del superyó del enfermo se lleva a cabo en una serie de innumerables pasos pequeños, por la acción de interpretaciones mutativas que efectúa el analista en virtud de que es el objeto de los impulsos del ello del paciente, y debido a su posición de superyó auxiliar.
  4. El hecho de que la interpretación mutativa sea el factor operativo esencial en la acción terapéutica del psicoanálisis no implica la exclusión de otros procedimientos (tales como la sugestión, el apoyo, la abreacción, etc.) como agentes en el tratamiento de algún enfermo en particular.

Traducido por Juan Carlos Bisi.

[1] Traducido y reproducido de “The International Journal of Psychoanalysis”, vol. XV, 1934.

En una reunión de la Sociedad Psicoanalítica Británica, efectuada el 13 de junio de 1933, se leyeron partes de este trabajo. En aquella época escaseaba todavía la literatura sobre el tema. Podrá encontrarse una bibliografía completa al final de la obra de Fenichel: Problems of Psycho-Analytic Tecnique (New York, “Psychoanalytic Quarterly”, 1941). En el trabajo presente no se consideran estas últimas contribuciones.

[2] Collected Papers, vol. II.

[3] Página 381.

[4] Nuevas Conferencias de Introducción al Psicoanálisis (1933) pág. 194.

[5] Páginas 117-118.

[6] Página 77.

[7] En un trabajo de Freud presentado en el Congreso de Berlín en 1922 y desarrollado subsiguientemente en El yo y el ello (1923).

[8] “The International Journal of Psycho-Analysis”, vol. IV, 1923.

[9] En el Congreso de Salzburgo, en 1924: Descripción metapsicológica del proceso de curación.

[10] Leído, también por vez primera en Salzburgo en 1924.

[11] “The International Journal of Psycho-Analysis”, vol. VI, 1925; en una prueba revisada en alemán Zeitschrift, Bd. XII, 1926.

[12] Esta hipótesis parece implicar una contradicción con algunas declaraciones autorizadas, de acuerdo con las cuales la estructuración del superyó se lleva a cabo finalmente en una edad muy temprana. Así, Freud parece sostener en varios pasajes que el superyó (o al menos su núcleo central) se forma definitivamente en el período en que el niño surge de su complejo de Edipo. (Véase por ejemplo El yo y el ello, págs. 68-69). De idéntica manera, Melanie Klein habla de que el superyó “cesa” en su desarrollo y “ha terminado” su formación al comienzo del período de latencia (Psicoanálisis del niño, págs. 250 y 252), aunque en muchos otros pasajes ella dice que el superyó puede ser alterado por el análisis a una edad más tardía. No sé hasta qué punto la contradicción es real. Mi teoría no refuta en lo mínimo el hecho de que en el curso normal de los acontecimientos, el superyó se establece en una época precoz y que, subsiguientemente, persiste inalterado. Por cierto que forma parte de mi opinión, el que en la práctica nada puede alterarlo sino el proceso del psicoanálisis. Es conocido, que en muchos aspectos la situación analítica reconstituye una condición infantil en el paciente, así que el hecho de estar analizándose puede arrojar, por así decirlo, el superyó del enfe4rmo al crisol nuevamente. O quizá es otro signo de la naturaleza no adulta del neurótico, el que su superyó subsiste en un estado maleable.

[13] Véase Psicoanálisis del niño (1932), en varios pasajes, especialmente los capítulos VIII y IX.

[14] Melanie Klein ha sugerido a menudo una opinión similar. Véase por ejemplo Psicoanálisis del niño, pág. 369. La misma ha sido desarrollada más explícitamente y con mayor extensión por Melita Schmideberg: Zur Psychoanalyse asozialer Kinder und Jugendlicher (Zeitschrift, Bd. XVIII, 1932).

[15] Esta tendencia a establecer una separación entre objetos “bueno” y “malo” introyectados es discutida por Melanie Klein en su trabajo Psicogénesis de los estados maníaco-depresivos, “International Journal of Psycho-Analysis”, vol. XVI, pág. 35.

[16] Der Begriff der Deutung in der Psychoanalyse, “Zeitschrift für angewandte Psychologie”, Bd. 42, 1932. Gerö hizo un resumen crítico de este trabajo en “Imago”, Bd. XIX, 1933.

[17] No intento describir el proceso en términos metapsicológicos correctos. En opinión de Freud, por ejemplo, la antítesis entre consciente e inconsciente no es aplicable, estrictamente hablando, a los impulsos instintivos, sino a las ideas que los representan en la mente (The Unconscious, Collected Papers, vol. IV, pág. 109). No obstante, a los efectos de la sencillez, hablo durante todo este trabajo de “hacer conscientes los impulsos del ello”.

[18] Parece como si también interviniera un factor cualitativo, es decir, que para el yo, algunas clases de impulsos del ello le resultarían más repugnantes que otras.

[19] Por lo que respecta a la necesidad de “interpretaciones continuas y profundas”, a fin de disminuir o prevenir ataques de angustia, véase la obra de Melanie Klein: The Psycho-Analysis of Children, págs. 58-59. Por otra parte: “La angustia perteneciente a los niveles profundos es mucho más grande, tanto en cantidad como en intensidad; por tanto, es imperativo regular debidamente su liberación”. (Ibíd., pág. 139).

[20] The Psycho-Analysis of Children, págs. 58-59.

[21] Ibid., pág. 139.

[22] The Therapeutic Effect of Inexact Interpretation, “The International Journal of Psycho-Analysis”, vol. XII, 1931.

[23] Entwicklungsziele der Psychoanalyse (1924), pág. 27.

[24] New Ways in Psycho-Analytic Technique, “The International Journal of Psycho-Analysis”, vol. XIV, 1933.

[25] Allgemeine Neurosenlebre auf psychoanalytischer Gundlage (1932), págs. 303-304. Este capítulo aparece en inglés en una versión abreviada y como contribución al trabajo de Lorand, Psycho-Analysis To-day (1933). En la amplia lista de Nunberg sobre los factores que actúan en la terapia analítica creo que hay muy poco que disienta con las opiniones vertidas en el trabajo presente, aunque he dado una explicación diferente acerca de la interrelación que existe entre aquellos factores.

[26] Más allá del principio del placer, pág. 28.

[27] The Economic Principle in Psycho-Analytic Tecnique, “The International Journal of Psycho-Analysys”, vol. VI, 1925.

[28] Esto concuerda con el hecho de que los seudoanalistas y los analistas “silvestres” se limitan generalmente a las interpretaciones extratransferenciales. Deberá recordarse que esto era genuino del prototipo de analista “silvestre” descrito por Freud (Observations on “Wild” Psycho-Analysis, 1910, Collected Papers, vol. II).

[29] Entwicklungsziele der Psychoanalyse, pág. 31.

[30] Bericht über das ‘Seminar für psychoanalytische Therapie’ in Wien, Zeitschrift, Bd. XIII, 1927. Este trabajo ha sido reeditado recientemente como un capítulo del volumen de Reich sobre Charakteranalyse (1933), el que contiene gran cantidad de material con una relación interesante con el tópico del trabajo presente.

[31] Parece probable que toda la posibilidad de hacer interpretaciones mutativas dependa de que en la situación analítica, tanto el que da la interpretación como el objeto del impulso del ello interpretado sean la misma persona. No me refiero aquí al argumento mencionado anteriormente, de que en tal condición es más fácil para el enfermo distinguir entre su objeto fantaseado y el objeto real, sino a una consideración más profunda. Como ya he sostenido, el superyó original del paciente es el producto de la introyección de sus objetos arcaicos, deformados por la proyección de los impulsos infantiles del ello. También he sugerido que con los únicos medios con que contamos para alterar el carácter de este superyó severo primitivo es con la mediación de un superyó auxiliar, que es el resultado de la introyección que el paciente hace de su analista como un objeto. Desde este punto de vista, puede considerarse el proceso del análisis como la infiltración del superyó auxiliar y su mayor contacto con el yo y la realidad en el superyó original, que es inadaptable y rígido. Esta infiltración es obra de las interpretaciones mutativas, y consiste en el proceso repetido de introyección de las imágenes del analista, así que la calidad del superyó original se va cambiando gradualmente, dado que aquellas imágenes pertenecen a una persona real y no se deben a una proyección deformada y arcaica. Desde que la finalidad de las interpretaciones mutativas es causar la introyección del analista, se deduce que este último debe ser el objeto de los impulsos que aquéllas interpretan. Si esto es exacto, las opiniones expresadas en el trabajo presente requieren algunas enmiendas, porque en tal caso, el primer criterio de una interpretación mutativa será que la interpretación sea transferencial. No obstante, la calidad de urgencia continuará siendo importante, pues de todas las interpretaciones transferenciales pasibles de realizar en un momento dado, sólo serán mutativas las que traten con un impulso urgente del ello. Por otra parte, aun la interpretación extratransferencial de un impulso urgente en extremo del ello, no podrá ser nunca mutativa, aunque sin duda podría causar un alivio temporario por abreacción o apoyo.

[32] Llegados a este punto, me gustaría recordar nuevamente al lector la propia explicación de Freud sobre la naturaleza esencial de la terapia psicoanalítica. Citaré algunas palabras de su Autobiographical Study (1925): “Es exacto que el psicoanálisis, como otros procedimientos psicoterapéuticos, emplea el instrumento de la sugestión (o transferencia). La diferencia es la siguiente: que en el análisis no se le permite desempeñar el papel decisivo en la determinación de los resultados. Se la usa, en cambio, para inducir al paciente a ejecutar un trabajo mental: la superación de su resistencia de transferencia, la que involucra una alteración permanente en su economía psíquica. El analista lleva al enfermo a hacer consciente la transferencia. Esta se resuelve al convencerlo de que en su actitud transferencial está reviviendo relaciones emocionales que tenían su origen en las cargas de objeto más primitivas, durante el período reprimido de su infancia” (pág. 77). Como podrá verse, el trabajo presente es poco más que una elaboración de estas sentencias de Freud.

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