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Educacion por Competencias

Publicado por activado 13 Marzo 2013

Educacion por Competencias

La crítica a los fundamentos de la sociedad capitalista.

La ciencia positiva y la razón instrumental.

Francisco Mora Larch

“la cultura comienza a ser producida según la lógica del mercado capitalista”.

Cruz (1999)

Un tema que privilegia la crítica de la razón instrumental, es el análisis del positivismo que promueve una particular concepción de la ciencia, el empirismo lógico. Sustentado en los hechos concretos de los cuales deriva una “actitud contemplativa” del observador sobre la realidad, se construye el conocimiento “objetivo”, a la vez que se disminuye y se desvaloriza el papel fundamental del sujeto cognoscente.

Esta visión entraña y destila toda una ideología que limita el papel del hombre en el mundo, de la constatación del mundo pero no de su transformación social, de la eliminación de todo vestigio de imaginación o de creatividad, que haga creer que la labor del científico es el de un sujeto pensante, cuando solo sería “un tipo con suerte” que logra descubrir algo que ya estaba ahí antes de él, es una visión que absolutiza la realidad existente, haciéndola pasar como natural.

Si la teoría marxista apuntó críticamente a un sistema social a todas luces injusto desde la división en clases en la infraestructura social, la teoría crítica de M. Horkheimer buscó como blanco los fundamentos racionales que justificaban la aparición de aquel sistema; de este modo, intentó apuntar sus baterías a la ideología que destilaba el ejercicio de la ciencia como ciencia positiva, neutra, formal, cuyos productos, como conocimiento o descubrimiento se justificaban por sí mismos al remitirlos a su presencia ontológica, son hechos empíricos, concretos y verificables, adquiriendo de esta forma un carácter instrumental, como beneficios destinados a la mejora social “en general”, al “progreso” en abstracto, y no al servicio de la dominación social.

El impulso de la racionalidad, rápidamente se hipertrofió, haciendo de la racionalidad un racionalismo que no pudo y no advirtió la posibilidad de observarse a sí mismo. La razón confió excesivamente en sí misma, sus patas reflexivas quedaron demasiado cortas pero no sus alcances de instrumentación del mundo. Una nueva cultura se impuso, ya que “en la sociedad globalizada lo predominante es la racionalidad de la eficacia “operativa” (Carvajal, 2005: 81).

La frase de Blas Pascal, “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, fue una muestra fiel de que la razón “encloqueció” cuando apenas pudo observarse en el espejo del lago, la inyección narcisista de su fe en sí misma ya había hecho sus estragos, había amputado las razones del corazón y despojado al ser humano de toda pasión a no ser aquella motivada por el dinero o el poder (como expresiones de dominio y control, ya no solo sobre la naturaleza sino sobre los demás hombres).

En la época postmoderna, la critica a la razón ha llevado a la tendencia a desmentir toda razón por su unilateralismo, con la fatal consecuencia de abandonar el aspecto más valioso que la razón ha aportado al hombre, la elucidación del mundo, de la que abrevan las disciplinas naturales y humanas; no podrá existir una crítica de la razón instrumental que no se arme con la eficacia de las armas de “alguna” razón, la razón objetiva, crítica, trascendente.

Sin embargo, la razón no puede ser una cuestión de expertos, que se vuelven fácilmente los teóricos del saber práctico al servicio de la dominación social y económica. Así que un problema metodológico y político se cierne sobre el tema desde el momento en que el conocimiento vuelto cosa de técnicos de algún saber, se transforma en una herramienta de transformación de la realidad; la evidencia muestra y convence de la necesidad de la manipulación técnica, debido a los efectos concretos del dominio de una disciplina sobre un sector de lo real: el asombro sustituye a la reflexión.

Por otra parte, “la ciencia moderna, tal como la entienden los positivistas, se refiere esencialmente a enunciados respecto de hechos y presupone por lo tanto, la cosificación de la vida en general y de la percepción en especial. Esa ciencia ve el mundo como un mundo de hechos y de cosas y descuida la necesidad de ligar la transformación del mundo en hechos y cosas con el proceso social. Precisamente el concepto de “hecho” es un producto: un producto de la alienación social” (Horkheimer, 2007: 86)

Entiendo desde aquí, que la filosofía de la ciencia sustentada por la razón instrumental, el positivismo, cuya metodología es el empirismo lógico, parte de considerar y aceptar “lo que es”, omitiendo lo que “debería ser”, se vuelve una ideología de la contemplación ante lo existente y una coartada para el reconocimiento de que lo que el mundo ofrece tal y como es, se debe a un “hecho” natural y no algo producido por los hombres, por un tipo de relaciones histórico-sociales de una sociedad dada.

Alertado por esta situación y enfocado en la función que ya cumplía el racionalismo instrumental en aportar a la ideología dominante para el mantenimiento del orden social, Horkheimer propone priorizar los estudios críticos que investiguen la articulación entre la estructura económica (los procesos productivos) donde están insertos los hombres y la estructura psíquica de los sujetos, en un intento por aportar a un conocimiento liberador a través de una razón opuesta al instrumentalismo, la razón objetiva fundada en la idea de emancipación del ser humano de todo determinismo y visión mítica del mundo.

Pero centrado en esta intención, Horkheimer empieza a declinar en el análisis de las relaciones irreconciliables entre las clases sociales opuestas, para centrarse en la irracionalidad de una lógica que se olvida de los fines para centrarse en los medios, evitando con ello la discusión sobre el ser y el sentido de la existencia del hombre en el mundo.

Sin necesidad de salir de la propia problemática de la racionalidad, Horkheimer se permite desdoblarla para poder objetivar el aspecto negativo, deduciendo de ello por un lado una razón subjetiva, que trabaja en función de fines prácticos, técnicos y utilitarios, y cuyo sentido es la supervivencia de la especie a través del dominio y el control de la naturaleza. En ella se hace abstracción de los fines para centrarse en los medios y cuya expresión “filosófica” se conoce como pragmatismo, es la razón práctica y utilitaria: “si funciona es útil, si te sirve, úsalo y olvídate de las consecuencias que pueda ocasionar”.

Por otro lado, se encuentra la razón objetiva, que intenta dilucidar el sentido del hombre en el mundo; su dimensión antropológica y humana, que lleva a la búsqueda espiritual más allá de los fines prácticos, los que funcionan solo como un medio al servicio del hombre.

Cuando no existe una reflexión sobre los fines, no se cuestiona si estos también son “razonables”, ya que la reflexión queda obturada por el interés personal o privado de quien busca una utilidad u obtener un bien o posesión, el deseo se vuelve inmediatez del hecho consumado. Se instala en la subjetividad un mecanismo en el que la satisfacción narcisista y egoísta pasa a primer plano, aparece como la ideología del individualismo, donde el sujeto no tiene el poder o la ley, se asimila e identifica al poder o a la ley la que puede ser utilizada, distorsionada o manipulada en función de “lo que el amo decida”, es decir, al servicio del “yo”.

El conocimiento científico-técnico se transforma en conocimiento productivo, los medios se vuelven los fines, y los fines “originales” desaparecen del escenario social. De esta forma, lo único que cuenta es el resultado y no el sentido del resultado, se restituye una vieja concepción mecanicista de la ciencia: los fenómenos son el resultado de una causa única y concreta la cual se intenta objetivar, la que merecerá una única respuesta, respuesta que puede ser verificada y constatada para su convalidación social. Los valores imperantes garantizan la validez del producto, ya que en ese momento se realiza como una mercancía mas aportada al mercado.

La técnica se vuelve así, auto justificada, su autonomía relativa se vuelve ahora completa y total desde su funcionalidad, y no desde parámetros sociales o morales, su poder se vuelve omnímodo, ya que la verificación empírica es utilizada como “base” moral; sin embargo, si se lo analiza, esto tiene su debilidad, dice Horkheimer: “Los así llamados hechos obtenidos mediante métodos cuantitativos, que los positivistas suelen considerar como los únicos hechos científicos son a menudo fenómenos de superficie que más contribuyen a oscurecer que a develar la realidad de fondo”. (p. 87).

De esta forma, la vivencia concreta adquiere una consistencia coherente, que excluye de la razón cualquier dato que cuestione el orden del mundo, un orden caótico que de todos modos tiene una consistencia lógica a partir de los aspectos psicosociales que son puestos en juego, por ejemplo, la “visión” o la concepción de lo que es una ciencia, y de cómo se construye o se obtiene el conocimiento. También el juego de las identificaciones en la pertenencia a una comunidad científica, en el que la diversidad integra y homogeiniza la gama infinita de experiencias sociales. Ello también debido a que la autoridad se reafirma como modelo de mando y control, la que apela a la razón como mecanismo de ajuste que justifica y autoriza la adaptación, desestimando la crítica que cimbra las bases de una postura metodológica, o la rebeldía y la protesta individual y social.

Podemos hablar así de una tipología impuesta por la hegemonía de la razón instrumental, de ella derivará una política de marginación y exclusión social cuya estrategia se sustenta en la neutralización de la crítica, su negación, luego su marginación y por último la exclusión definitiva. La tipología es simple, la persona razonable, versus la persona no razonable, o a la que le falla la capacidad de entrar en razón, por azares de la experiencia personal.

La política de “cuerdos” lleva a una lógica homogeneizante que permite la identificación de la diferencia en automático, pero la razón instrumental no es represiva en su evidencia, el dilema con el diferente deberá ser vuelto problema individual o a lo sumo grupal, pero no para ser trabajado a través de una política del diálogo sino para ser remitido a un problema técnico, donde el problemático se las verá con el experto cuyas soluciones ya se encuentran organizadas y almacenadas de antemano, es la política recetaria de la lógica mecanicista simple: causa-efecto-remedio, analogía fiel de la práctica médica convencional, modelo privilegiado de la forma en que se realiza la razón instrumental en el campo de la salud.

Frente a esta situación, pocos son los recursos que quedan a disposición de favorecer un cambio en la mentalidad de la sociedad postmoderna, que abierta a la inclusión de ideas, enfoques, perspectivas, y puntos de vista distintos, intenta captar el objeto desde la complejidad. Pero “el que mucho abarca, poco aprieta”, y en este desvelo, la complejidad destila cierto aire de irracionalidad ante la vida real y concreta de los hombres. En todo caso, me parece que no será la suma de puntos de vista, sino su integración contradictoria, riesgosa, pero crítica y rigurosa desde la razón objetiva, lo que pueda aportar a dar racionalidad a tal empresa.

La integración de puntos de vista complementarios y a veces contradictorios solo podría realizarse desde una razón abierta pero crítica, flexible, pero rigurosa, que resista a la seducción del eclecticismo blando, otro elemento efectivo que aporta la razón instrumental como forma de desarmar al pensamiento crítico, etiquetándolo como “irrespetuoso” por atentar contra la “libertad de expresión” de aquellos que opinan sin conocimiento de “causas” elementales. Aparece aquí un nivel de protesta y no de argumentación, el dialogo se abandona por la “impertinencia y falta de respeto” del crítico, al que se considera políticamente incorrecto”, ya que no le es dable callarse ante la ignorancia o impertinencias del “opinador disertante”.

Se produce así y se conquista el estado de alienación social al que muchos habrán de aspirar como ideal a ser alcanzado aun en el campo del conocimiento: privilegian obtener y poseer toda la información “del mundo” sin una análisis previo de su pertinencia. El sujeto renuncia al ser, pensando que aquello que le falta podrá ser satisfecho con el prestigio social, las posesiones terrenales y no las espirituales. Este estado de alienación esta descrito magistralmente por E. Fromm en su texto: ¿ser o tener? (Fromm, 1978).

Así, dice en la página 43: “Consumir es una forma de tener, y quizás la más importante en las actuales sociedades industriales ricas. Consumir tiene cualidades ambiguas: alivia la angustia, porque lo que tiene el individuo no se lo pueden quitar; pero también requiere consumir más, porque el consumo previo pronto pierde su carácter satisfactorio. Los consumidores modernos pueden identificarse con la formula siguiente: yo soy = lo que tengo y lo que consumo”.

Al interior de la estructura subjetiva se produce una mutación, el sujeto alienado erigirá unas barreras enormes al interior de si, buscando con ello proteger su posesión, una especie de fortaleza hueca, nula, ya que en ella no hay sino vacio y una soledad trascendental, condición interna que lleva en la mayoría de las ocasiones a que el sujeto desarrolle alguna adicción, a una patología funcional al sistema, el sujeto se autodestruye consumiéndose a sí mismo a través del exceso de objetos vueltos posesión. El yo se sacrifica ante el Dios mercado, que para mantenerse requiere que todo se vuelva mercancía a ser consumida.

La psicología seguiría el camino de la conciencia del mundo a su abstracción, para estudiar al hombre con fines experimentales y no para enriquecer su espíritu, el triunfo fue concebir un sujeto capaz de ser instrumentado y cosificado como objeto, incluso hasta el exterminio, una forma de franquear los límites que cualquiera pudiese oponer a la razón instrumental; “la gloria” de esta epopeya fue “el experimento nazi” de eliminación selectiva y sistemática de un pueblo, de una raza, utilizando un dispositivo experimental: el campo de concentración.

El “hombre nuevo” que nos ofrece el capitalismo industrial es un “sujeto” dispuesto a perder su libertad en un mundo feliz construido por otros, y el método experimental ofreció sus “saberes” para las pruebas humanas, la corrección de las dificultades de la adaptación al mundo, que sustituiría las utopías de una mente que divagaba en exceso, pensando en construir otros mundos. La adaptación sustituiría poco a poco al pensamiento y el sujeto desaparecerá para dar paso al individuo sometido a modificaciones mecánicas de conducta; la visión de afrenta de ser testigo de cómo el sujeto es cosificado y manipulado de manera atroz evoca la experiencia de los nazis, por lo que la manipulación grosera de la modificación de conducta deberá transformarse en modificación de la mente, aquí se podrían encontrar los orígenes de la nueva terapia que trae nuevos ropajes: la terapia cognitivo conductual. Debemos reconocer que se ha avanzado algunos pasos en el ínterin: de la modificación heterónoma de la conducta a la censura estilizada y el control del pensamiento en el marco de la mente.

Alienado en la razón instrumental, en el interior del ser toma hegemonía la pulsión de dominio, una especie de tendencia sádica cuyo complemento imaginario es la cosificación del objeto hasta alcanzar su sumisión y en el extremo su abyección. La debilidad mayor del sujeto se encuentra en su propio poder, ya que se vuelve incapaz de establecer relaciones por fuera del tipo de relación sado-masoquista, o en términos más convencionales sujeto-objeto; toda relación humana se vuelve un juego de poder, la relación se cosifica en la competencia de ver quién tiene más, quién puede mas, quién manda, quien doblega, quien humilla, por fuera del sentido de la capacidad, de la posesión o del vinculo entre humanos. Lo mismo sucede en las relaciones con la naturaleza, con el conocimiento o el saber o en la relación intima con el otro.

La razón objetiva. Del otro lado tenemos la razón objetiva, fiel reflejo de la racionalidad derivada del período de la ilustración, razón centrada en los fines, y cuyos fines en aquella época eran la emancipación del hombre de la visión mítica o mágica del mundo natural y humano, apoyándose y a la vez fomentando el conocimiento y el dominio de la naturaleza que este proporcionaba. Sin embargo, la razón objetiva tenía una visión de totalidad, donde si bien la naturaleza debía ser estudiada y dominada, no era en función de fines pragmáticos inmediatos, sino como medio de superación del hombre, al desligarse de visiones mágicas que aun predominaban sobre la realidad natural y social.

Si en la razón pragmática, el sujeto no se identifica con la naturaleza, si no es capaz de empatizar con su objeto que a la vez es su refugio, en la razón objetiva se tendría que empezar a remar contra corriente en aquellos tratos con la naturaleza, porque es desde esta que surgió y después se autonomizó la razón instrumental; ello hubiese permitido adelantarse a los efectos perniciosos que esta última pudo introducir en las relaciones entre los hombres, contaminando el horizonte de la vida social desde las tendencias más tanáticas que habitan al humano: manipular, con-formar, doblegar, someter, herir, dañar devorar, succionar, empobrecer y destruir todo aquello que puede ser objeto de dominio, incluidos los demás hombres.

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