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El Contexto "natural" del Sujeto ...

Publicado por Francisco Mora activado 27 Marzo 2013

El Contexto "natural" del Sujeto ...

El Grupo. Entorno Vital del Hombre.

Raymond Battegay.

Al hablar del hombre, hemos de entenderlo como unidad somato-psíquica, dentro de un sistema de referencia. La concepción del dualismo psicofísico humano va perdiendo adeptos, en beneficio de aquella teoría según la cual la psique y el soma son meros aspectos de un único proceso vital.

El tema de nuestro libro no nos permite adentrarnos en la descripción de este fenómeno. Queremos ocuparnos, directamente, del sistema social de referencia en el que se halla inmersa la unidad somato-psíquica del sujeto. Si deseamos comprender, en su totalidad, a un individuo determinado es imprescindible tener en cuenta también sus referencias sociales.

Cuando amamos o rechazamos a un ser humano, no lo aceptamos o negamos a él, en sí, sino la índole de sus re­laciones con su familia, amigos y conocidos, con la religión, etc. Amamos, por ejemplo, a alguien con el que nos tropezamos en la vida, porque ofrece un modo especial de relación con las personas desvalidas que necesitan ayuda.

Para entender a un ser humano hay que considerar los rasgos de su esfera cultural. El que un individuo perteneciente a una cultura primitiva crea en demonios no significa, en modo alguno, que sufra una tendencia patológica; pero si esto mismo sucediera con un sujeto adscrito a nuestra propia esfera cultural, cabría en­tonces hablar de una manifestación morbosa, de un delirio demoníaco.

Para juzgar rectamente a una persona con la que nos encontramos, en un determinado momento, hemos de intentar captar, entre otras cosas, su pasado y su futuro, que empieza a vislumbrarse. Será necesario, lógicamente pues, incluir en nues­tras reflexiones, el cambio de su sistema de referencias, que con el tiempo, se va operando. Dado que el medio social y los proce­sos sociales son de extraordinaria importancia para comprender un individuo, y sobre todo la enfermedad que padece, hemos de apelar a la psicología social. De ésta elegiremos el capítulo concerniente a la dinámica de grupo, a fin de no perder la visión de conjunto, a causa de lo ilimitado del número de cuestiones planteadas.

Algunos autores, como Ortega y Gasset se quejan del pro­ceso de masificación que mina la sociedad actual. Dan a enten­der, con ello, que ciertos sujetos primitivos, indiferenciados, ano­dinos, son los que pasan al primer plano de la colectividad y son, en último término, los que dan la tónica. Sostienen asimis­mo que la mayoría de los hombres modernos abandonan su indi­vidualidad y originalidad para perderse en el anonimato. Algo de cierto hay en estas afirmaciones. En la actualidad, podemos advertir, en efecto, que los seres humanos se adocenan, que su yo es más pobre que el de sus antepasados. Se muestran apenas dispuestos, como los hombres de las generaciones anteriores, a comprometerse en una causa o una doctrina, a asumir ciertas responsabilidades. Ahora bien, lo que nos extraña, en las aser­ciones de estos autores, acerca de dicha masificación, es que se marginen a sí mismos de tal proceso.

La historia, tanto de los hechos próximos, como de los remotos, nos muestra que hasta los más esclarecidos espíritus se sumergieron, sin reparos, en el proceso de masificación. En realidad, no es licito rechazar el pro­ceso en cuestión. Lo que debemos procurar, con todas nuestras fuerzas, es descubrir y utilizar cuantas posibilidades esta evolución nos brinde o bien eliminar los peligros que contiene, una vez re­conocidos.

Por otra parte, la sobre-valoración del individuo, frente a la comunidad, supone un riesgo: el de un mutuo desconocimiento y, con ello, el predominio de una masa piamente, como mostraremos más adelante, el de una multitud anónima. Las observaciones de dichos autores ofrecen una orientación poco útil, pues se limita a alabar los “viejos tiempos”; con ello contribuye, escasamente, a la continuidad del desarrollo de la humanidad.

Sistema de Referencia del Hombre.

Por el contrario, tanto Le Bon, médico francés y psicólogo social, de principios de siglo –en su libro Psicología de las Masas- como Sigmund Freud –sobretodo, en su tratado Psicología de las Masas y Análisis del Yo-, admitieron que el hombre, en sus orígenes, el hombre primitivo, era un ser masificado.

Le Bon pensaba a este respecto, en un confuso conglomerado de gentes alimentado por las migraciones de los pueblos y otras influencias; Freud opinaba que se trataba de una horda primigenia no estructurada, indiferenciada, en la que nadie tendría un cuño individual, a excepción del padre, jefe del clan. La masa sería para Freud como una resurrección de la horda primigenia, con lo que subrayaba que el hombre primitivo está virtualmente contenido en todo hombre actual.

Tanto para Le Bon como para Freud el estado primitivo vendría a ser una desordenada mezcla de sujetos no diferenciados individualmente. Tendían por tanto, a concebir la pérdida del orden como una regresión a estados antiguos. Hofstatter ha adoptado una clara postura, contra este punto de vista, y se pregunta si es viable de hecho, una auténtica regresión. Cree que las opiniones de Le Bon se refieren exclusivamente, al fallo y desorganización de las estructuras de grupo. Todo orden puede fracasar. Ahora bien un orden cualquiera sólo nace de otro orden. Habría pues que admitir que la actual sociedad estructurada deriva de ciertas ordenaciones sometidas a constante transformación.

En los albores de la humanidad lo que privaba era el grupo. Sin embargo, cuanto más retrocedemos en la historia, tanto más observamos que el entendimiento se supedita a los impulsos y emociones, y tanto más se justifica la sinonimia Grupo y Masa. Puede advertirse que en ese estado primitivo, la masa es un grupo propiamente dicho, es decir, un número determinado de seres humanos que de un modo poco diferenciado, es cierto, se hallan incluidos dentro de una totalidad.

Freud en el fondo tiene razón cuando designa como masa a la horda primigenia, ya que en esta fase de la evolución de la humanidad, la masa se equipara al grupo. En la primera colectividad, el grupo y la masa tienen una raíz común, se identifican esencialmente. En cambio, a medida que avanzamos hacia el presente, se acentúa el desarrollo separado del grupo y dela masa. De aquí que, al ponernos a hablar de grupo y masa, hayamos de definir ambos conceptos y delimitar su alcance, frente a la idea de multitud.

Por Grupo entendemos una formación social altamente organizada, compuesta por un número casi siempre reducido de individuos estrechamente relacionados entre sí. La esencia del grupo consiste en vivir los unos para los otros, pues está integrado por miembros atraídos por la semejanza de ideas y sentimientos, y en que cada uno de ellos ejerce una determinada función.

La Masa es un conjunto pobremente organizado, , constituido por un número grande e indeterminado de sujetos que forman una colectividad unidos por impulsos y emociones parecidos. Su esencia estriba en “vivir unos con otros”. No existe en ellos diferenciación alguna respecto de las diversas funciones, a no ser la de súbdito y dirigente.

La Multitud es un agregado desorganizado casual e indeterminado de personas, que no tienen nada en común, excepto la percepción de un objeto exterior. Consiste en un mero “estar juntos”, por parte de individuos que no se relacionan entre sí ni afectiva, ni intelectualmente. Cuando ciertos autores modernos se lamentan dela masificación del mundo moderno, no podemos cerrar los ojos al hecho de que el grupo, el equipo, han asumido en parte las funciones que antes cumplía el individuo.

El Grupo, Entorno Vital del Hombre.

En las raíces de la socialización del hombre y en la iniciación de la vida del individuo se halla el grupo. En virtud de su existencia histórica y particular, el hombre ha de convertirse en miembro de una comunidad que le acoge y ampara; por más que lo intente, no puede sustraerse a la influencias de ésta. Aristóteles concibe al hombre como un Zoon Politikon, es decir, como un ser vivo que vive asociado a otros en el seno de un grupo.

Cooley es quién ha introducido en la literatura, el concepto de grupo primario, para diferenciarlo de grupo secundario (Spprott). El Grupo Primario es relativamente pequeño, sus miembros pueden establecer un contacto directo. En cambio, el grupo secundario está ligado tan sólo por un símbolo común, es decir, de acuerdo a nuestros conceptos se ve atraído por un “centro” único, si bien la magnitud del mismo no consiente un contacto directo entre todos sus componentes. Un grupo secundario de este tipo lo forman por ejemplo, los habitantes de una ciudad, o de una nación. Para estas gentes, el pertenecer a la correspondiente colectividad va unido a la idea de una serie de rasgos típicos comunes entre ellos.

Los miembros del grupo primario no son, en principio, más conscientes de la existencia de la comunidad, que los adscritos al secundario. Cuando en párrafos sucesivos, hablemos de grupos, nos referiremos al primario. De todos modos opinamos que el grupo secundario tan sólo merece el nombre de tal, cuando representa un conjunto notable formado poro distintos subconjuntos. Si una nación, o bien la humanidad entera llegan a constituir un grupo secundario, tendrán que constar de innumerables grupos pequeños sometidos a acciones reciprocas.

Gracias a su delimitación el grupo proporciona un sentimiento de seguridad, amparo y unión, imprescindible par aun desarrollo favorable, sobretodo en los años de la niñez y de la adolescencia. El niño, durante la primera infancia necesita perentoriamente como medio nutricio, el grupo familiar centrado en la madre, o bien de un sucedáneo equiparable en todo a dicho grupo familiar. También, más adelante, les urge a los niños y adolescentes el calor del ambiente de una familia o de un círculo afín. Sin embargo, no se reduce todo, esencialmente, al cometido de la madre. A la luz de la Psicología Social, hemos de afirmar la importancia de que cada miembro del núcleo familiar se halle dispuesto a asumir la función que le corresponde.

Por ejemplo, al padre no le incumbe tan sólo un papel secundario o nulo, dentro de la comunidad familiar. Para que el niño y el adolescente puedan captar el verdadero valor de la familia, es necesaria la presencia del padre, de la madre y en general de toda la sociedad familiar, en la que como es lógico, los hermanos ocupan un lugar destacado. Es importante asimismo la actitud que los padres adoptan respecto de éstos, así como el orden de edades entre los hijos. Los muchachos han de aprender a adaptarse a la vida, guiados poro el ejemplo que reciben del progenitor del mismo sexo, a través de la identificación y el diálogo.

El amor y el respeto hacia el progenitor del sexo opuesto marcará la pauta del comportamiento que habrán de mostrar en la edad adulta, con el sexo contrario. Dentro del grupo, aprende el niño la manera como deberá conducirse más adelante en la vida. Tampoco en la edad adulta pueden los individuos prescindir de su entorno humano. Solo cuando el hombre llega a reconocerse a sí mismo, a través de las reacciones del grupo en que se halla inmerso, se hace consciente de su propio yo. Consigue perfeccionarse únicamente cuando se encuentra unido a otras personas que muestran interés por su conducta, manifestaciones y reacciones.

Martín Buber, en su libro Ich und Du (Yo y Tu), afirma que “el hombre se convierte en Yo, gracias al tú”; nosotros por nuestra parte, a la vista de los conocimientos de la psicología de grupo con que contamos, retocamos así la frase: “el hombre se convierte en yo, gracias al grupo”. Sin grupo, el hombre no encontraría eco para sus empresas, no tendría esfera de acción ni raigambre histórica. Merced a la memoria del grupo, o de los grupos a los que está adscrito, logra el individuo superar su temporalidad, en el transcurso de la historia de la humanidad. Sin la consideración del grupo, en cuyo seno ha de cumplir una función determinada, sin un sistema de referencia al que conectarse, su rendimiento sería baldío y su existencia caería en el olvido, en cuanto desapareciera de la escena del mundo. El grupo constituye una de las premisas insustituibles de la conciencia histórica: nos permite vivenciar el valor de la trascendencia humana, nos facilita el continuar viviendo aún después de la muerte.

La acción que la colectividad ejerce sobre el sujeto es de incalculable importancia. Como Portmann afirma, hasta la formación de un órgano cualquiera, como la columna vertebral, puede verse determinada por el medio ambiente, es decir, por el grupo. Portmann dice textualmente: “La columna vertebral del recién nacido es casi recta. Durante los tres primeros años de vida, por influencia de la postura erecta va adquiriendo poco a poco, la forma característica de S, con su típico ángulo en la región pelviana. Dentro de este proceso, el impulso del niño va ligado inseparablemente, como un factor más, entre muchos de los que intervienen, a la posición bípeda. A ello contribuye el hecho de que el niño vea a su alrededor, personas que caminan erguidas y de que experimente una viva necesidad de imitarlas. Se asocian además, a este fenómeno el estímulo, la invitación y la ayuda que le prestan al respecto, cuantos le rodean”.

Si recorremos, como hemos dicho, la historia de la humanidad observamos que ya en sus orígenes, lo que despunta es el grupo. Jean Jaques Rousseau escribió, en su Contrato Social, el año 1754: “La única natural y más antigua de todas las agrupaciones sociales es la familia”. En el concepto de familia se engloba, no sólo la idea de grupo, tal como la entendemos ahora, sino también las comunidades de mayor envergadura, por ejemplo, las hordas, bandas, clanes, estirpes, etc.. El sociólogo Oppenheimer expresa un pensamiento análogo, cuando afirma: “Puede decirse, sin temor a equivocarse que la sociedad surgió de los intereses del ‘nosotros’, mientras que los intereses del yo se nutren de la sociedad.... la Psicología demuestra que los fundamentos de la sociedad descansan sobre la familia...Así pues, los intereses del ‘nosotros’ son los más antiguos, son pre-sociales; en cambio, los del yo, son más recientes, son sociales”.

Individuo y Grupo.

Constituye un hecho de experiencia general el que los niños y los adolescentes, cuando están reunidos, por ejemplo, dentro de una clase o afiliados a una organización juvenil, así como los adultos, cuando se asocian se comportan de un modo distinto a cuando están solos. Ello significa por tanto, que la conducta del individuo está influida por su entorno, por las circunstancias. Se sabe por otra parte, que a su vez la actuación de un individuo se refleja, de forma más o menos acusada en el grupo. Por ejemplo, todo un curso escolar puede verse afectado negativamente, por las acciones de ciertos muchachos con tendencias delictivas.

Entre los jóvenes perjudicados por el medio ambiente, victimas del abandono social, que nos son enviados en número creciente a la clínica psiquiátrica universitaria de Basilea, podemos observar diversas reacciones, según estén juntos o aislados. En efecto, cuando se reúnen en el pabellón de día especialmente preparado para ellos, muestran aptitudes sociales insospechadas: presentan en conjunto un comportamiento correcto, son capaces de cocinar al mediodía para sí mismos y los invitados; se muestran dispuestos a realizar cualquier clase de trabajo que se les pida, dentro de este medio ambiente. Hay que tener en cuenta que la mayoría de ellos no habían trabajado nunca, habían abandonado sus puestos de aprendizaje o se habían escapado de los centros de reeducación en que habían sido recluidos.

Los visitantes apenas contienen su asombro, al ver cómo estos chicos que habían fracasado por completo socialmente, se conducen en colectividad de manera serena y ordenada. De todos modos muestran en comunidad ciertas actitudes de rebeldía y agresividad, desacostumbradas en ellos como individuos. En un grupo así, puede haber fuertes descargas emocionales, de tal intensidad que el grupo ut sic, se desintegre y se convierta en una masa aulladora y descontrolada. Entre los drogadictos juveniles el trastorno de la comunicación suele ser tan acusado que, aún cuando se junten para tomar drogas, no llegan a desarrollar una verdadera comunidad –al menos, en un principio-, capaz de ejercer una influencia sustancial sobre su comportamiento.

En la psicoterapia de grupo, integrado por pacientes de índole diversa, no cabe entender en modo alguno, el conjunto, en base a la idiosincrasia de sus componentes. En efecto, el grupo no es la suma de los caracteres de los individuos. Lo que sucede en este ambiente es que ciertas formas de comportamiento se ven neutralizadas, al paso que se potencian otras distintas. Sin embargo, la composición del grupo no resulta indiferente: la sustitución de cualquiera de sus miembros por uno nuevo puede modificar de tal modo el bloque, que los antiguos elementos del mismo no lo experimenten ya como antes. Se aplica a todos los grupos, incluidos los de terapia, una determinada norma.

Hasta los esquizofrénicos más apartados de la realidad se esfuerzan cuando se hallan reunidos, por no alejarse de la pauta marcada. Es evidente que les importa alcanzar aquí cierto perfeccionamiento: se dan cuenta de que sólo cuando mantienen un comportamiento más o menos normal o muestran determinada conformidad respecto del grupo, tienen la posibilidad de ser aceptados por los demás. Si no se ajustan debidamente al mismo, se ven marginados o bien pierden el contacto con la comunidad.

Relaciones en el Seno del Grupo.

En el seno del grupo el individuo se ve envuelto por una red de relaciones interpersonales. Se ejercen las influencias mutuas en el plano intelectual y afectivo. Moreno, así como algunos sociólogos y psicólogos sociales americanos (Lapiere, Gillin, Homans), han introducido el concepto de interacción a fin de caracterizar la reciprocidad de los diversos componentes del grupo. El vocablo ha resultado afortunado, todo hecho que tenga como destinatario un miembro de la comunidad, nunca es un proceso unilateral, desencadena siempre una reacción, un movimiento del sujeto afectado orientado hacia el primero. Cuantos más profundos sean los efectos recíprocos -la interacción- tanto más se asemejarán los individuos entre sí (Homans), tanto más hondas serán las raíces del grupo.

Ahora bien, la mutua aproximación dentro de la comunidad, no excede casi nunca determinados límites ya que ello fomentaría su agresividad. A medida que los participantes se acercan unos a otros se consolida esta situación, por el miedo que les asalta de perder su independencia e individualidad. Es lo que Lewin denomina “distancia social”. Depende de la estructura primaria del carácter así como del desarrollo del individuo, de la constelación del grupo y de las circunstancias culturales. S i se viola esa distancia social a causa de un acercamiento excesivo, el individuo intenta abandonar la colectividad a la cual ya está adscrito. Una aproximación que no tuviera en cuenta ese intervalo avivaría en el sujeto el sentimiento de amenaza contra su propia individualidad.

Las fuerzas centrífugas que ello desencadenaría harían peligrar la continuidad del grupo. Por otro lado, si se acentuara la distancia existente entre los distintos socios o bien disminuyera el número de interacciones, crecería del mismo modo el riesgo de disolución de dicho grupo a consecuencia de la pobre actividad del mismo y de la debilidad de las fuerzas centrípetas. Podríamos calcular una cifra límite característica para cada grupo conscientes de que tanto si se rebasa, como si no se alcanza, se corre el peligro de desintegración.

Las relaciones reciprocas dentro del grupo, se ven sometidas empero a un cambio constante, sin embargo, persisten determinados contactos de los individuos entre sí, y de estos con el grupo como tal, contactos permanentes capaces de configurar una estructura bien diferenciada.

Cada grupo presenta en todo momento un sistema típico de relaciones que se acopla, perfectamente, al engranaje de la colectividad, así como un cierto orden jerárquico muy peculiar. El conjunto de los grupos muestra asimismo rasgos típicos: se adoptan posiciones o se interpretan papeles similares a los de cada comunidad particular, por ejemplo, los que el líder o jefe de grupo asume. Volveremos a hablar de estas funciones específicas dentro de la colectividad.

Bibliografía Básica.

Battegay, Raymond. El Hombre en el Grupo. Editorial Herder, Barcelona, 1974. pp 13-28.

Material del Diplomado en la Formación como Coordinadores de Grupos Operativos.

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