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El Psicólogo y el Psicoanalisis

Publicado por Francisco Mora Consulta En Psicoanalisis activado 8 Marzo 2013

El Psicólogo y  el Psicoanalisis

El Psicólogo y el Psicoanálisis.

Juana Danis*.

No hay psicólogo que en algún momento de su formación no se haya enfrentado con el problema de su relación con el psicoanálisis. Algunos se declaran sus enemigos o actúan esta enemistad a través de diversas formas de rechazo, argumentando generalmente con críticas a un Freud “ya superado” (y nunca estudiado). Otros, luego de analizarse largos años, proclaman (o actúan) que no hay diferencias entre un psicólogo y un psicoanalista.

Este trabajo va dirigido a aquellos que no pertenecen a ninguno de los dos grupos y que buscan su identidad de psicólogos en una modalidad de trabajo profesional, que es afín y a la vez diferente, de la labor psicoanalítica. Son varios los caminos que dan acceso a la tarea de diferenciación de ambas profesiones. Podemos seguir la vía histórica, o contemplar la actualidad tal como se nos presenta en la ciudad en la que vivimos, o bien reflexionar sobre el sentido y la función de estas profesiones.

Desde el punto de vista histórico, tanto el psicoanálisis como la profesión de psicólogo (no hay que confundir ciencia con profesión) son productos del mismo siglo, ambos jóvenes, expuestos a críticas, ataques, curiosidad por parte del ambiente en el que emergen, ambos con un desarrollo rápido y sorprendente, a pesar de todas las contra-fuerzas que los enfrentan. Estrechando nuestra lupa histórica, vemos que la psicología como profesión es más joven aún que el psicoanálisis. Aún cuando ambos surgen, existen, se desarrollan casi paralelamente, y si bien se unen en muchos puntos, se alejan de otros.

En este país ( y más concretamente en esta ciudad), la diferencia de nacimiento de una y otra profesión abarca unos veinte años aproximadamente; los primeros psicólogos, egresados de la Universidad de Buenos Aires, casi en su totalidad, son el algún aspecto de su formación profesional, “hijos de psicoanalistas”. Se han analizado y han estudiado psicología con psicoanalistas. Esta relación, análoga a la relación padres-hijos, aclara ya muchas actitudes, muchos conflictos, tanto de unos como de otros,

Encontramos de profesión a profesión, toda la gama de sentimientos que caracterizan este vínculo, desde la idealización hasta la envidia, desde la competencia hasta la gratitud, “last but not least”, la dependencia en todas sus formas.

Si dirigimos nuestra mirada a lo fenoménico de la coexistencia actual entre psicoanalistas y psicólogos, vemos claramente algunas diferencias y quizás con más claridad, similitudes, ya que estas se detectan más en la dimensión actitud psicológica, dimensión menos material y por lo tanto menos visible y mensurable que la dimensión que abarca disimilitudes de cobranza, en el contrato con personas que vienen a consultar y en la relación entre colegas.

El grupo de psicoanalistas aparece a nuestros ojos de psicólogos como un grupo más cerrado, más coherente, más leal entre sí que el grupo de psicólogos cuyos “líos” son comentados siempre con cierto paternalismo ambivalente por parte de los psicoanalistas. Los “líos” los asustan por un lado, y por el otro, los tranquilizan, ya que son de “los de afuera”. Como padres que en determinado momento frente a una pela de sus hijos tal vez exclamen: “¡chicos, cuidado!”, pero permiten la pelea, siempre que los chicos los dejen en paz.

Habrá un sentido diferente en la base de las dos profesiones? Para encontrar una respuesta, veamos –colocándonos a distancia de ambas-, cómo aparece su manifestación grupal en la sociedad.

El grupo de los psicoanalistas, lejano, casi no se ve al ojo del observador público. Trabajan en el silencio de sus consultorios, en las mentes de sus pacientes, en las relativas escasa publicaciones de su revista y en los comentarios intra e Inter.-grupos (psicólogos – psicoanalistas)

Los psicólogos hacen más ruido social, sin duda. Aparece una ley que públicamente los restringe en su trabajo terapéutico. Se produce la intervención de la facultad que por dos años crea un cese casi total de la enseñanza de la psicología, con la amenaza constante, en forma de rumor, de la desaparición de la carrera. Se publican noticias en diarios y revistas que hablan de”importantes investigaciones” de psicólogos en otras partes del mundo.

Y los psicólogos, ¿dónde están?. Se sabe de su existencia, se sabe que es un grupo inquieto, toda persona conoce algún psicólogo; pero como grupo es como si necesitara que la comunidad clame por él a través de referencias que tienen un signo más bien provocativo y de castigo para que conteste con un “presente”.

Los psicólogos también están en silencio, pero parecería que este es un silencio distinto del de los psicoanalistas. Su presencia es reclamada por la sociedad en forma de medidas que se toman, noticias que se difunden, rumores que se alimentan. Creo que esto no es casual, sino que tiene que ver con la diferencia más profunda entre las dos profesiones, ya que ambas tiene como meta trabajar con personas y sus problemáticas.

Cuando el Psicoanálisis empieza a tomar forma, a ser un trabajo circunscrito y determinado por un encuadre especial, su objeto, el ser humano en tratamiento, empieza a bifurcarse en dos aspectos: uno es la curación de su enfermedad psíquica; el otro es la investigación del sentido, inconsciente para él, de sus conductas. La hipótesis, según la cual si se hace consciente lo que es inconsciente, el hombre enfermo se transforma en sano, no se ha verificado.

Lo que si podemos postular como resultado de esta hipótesis de trabajo, es que el hombre que investiga con ayuda de un psicoanalista lo que le es inconsciente, amplía su horizonte, y al hacerlo, este hombre cambia. El cambio en él puede estar diametralmente opuesto a lo que fue la idea de cura en quién participo en el proceso.

Lo que falta para que dicha hipotética curación se dé es un proceso de análisis y síntesis tan difícil que pocas veces se logra, ya que implica por lo menos teóricamente, la revisión de los innumerables vínculos que el sujeto ha tenido con personas de su mundo ambiental, empezando por los que son los últimos (presentes), hasta llegar a los primeros, ya no presentes sino fantasmáticos. La frase bíblica de “... los últimos serán los primeros”, alcanza actualidad viva en cada sesión psicoanalítica, ¿quiénes son realmente los primeros y quiénes son los últimos en la actualidad del self de un ser humano?.

Al mismo tiempo que el pequeño grupo de psicoanalistas hecha cimientos cada vez más seguros en su investigación del mundo interno de las personas, los psiquiatras –que forman el más viejo de los grupos afines en el estudio de las personas perturbadas-, empiezan a utilizar servicios de un grupo nuevo: los psicólogos que como especie de ayudantes de psiquiatras ayudan, por medio de instrumentos nuevos, los tests, a averiguar rasgos de las personas enfermas y sus vínculos conscientes e inconscientes.

Coinciden entonces, en un corte transversal del tiempo, las tres profesiones con núcleos de diferenciación en sus respectivas tareas. Pero el desarrollo sigue y la ciencia psicológica al descubrir novedades (o lo que nos parecen novedades), obliga a los que en ella trabajan a cambiar sus enfoques, sus objetos, sus técnicas.

El hombre enfermo ya no puede ser separado del hombre no enfermo en la comprensión psicológica; el hombre enfermo lo es en función de otros que lo rodean y lo utilizan; el sano es sano sólo por períodos y mientras los enfermos necesitan de su salud. Los términos salud y enfermedad pierden su vigor estático y se transforman en conductas concretas, cambiantes y vinculadas con conductas de otros. La interrelación humana toma un lugar de primera importancia y esto trae cambios en el trabajo de psicoanalistas, psiquiatras y psicólogos.

Los psicoanalistas se ven llevados a desplazar el foco de interés desde el polo paciente (sus síntomas, sus recuerdos, sus sueños), al doble polo el otro y yo (y lo que sucede entre nosotros), lo que lleva técnicamente a la exclusividad del trabajo transferencial en el análisis. Los psiquiatras no pueden quedarse más con sus viejos conocimientos de psiquiatría descriptiva e incorporan descubrimientos de otras ciencias entre las que el psicoanálisis ocupa su lugar.

Y los psicólogos, hasta aquí meros ayudantes, especialistas en tests, asumen su nuevo rol de investigadores, de consultores, de terapeutas, de psicopedagogos, etc., en diferentes ámbitos de la comunidad. ¿por qué?. Porque de la bifurcación de aspectos antes mencionados se desprendió en el curso de la investigación psicológica un tercer aspecto que no es precisamente ni los síntomas de la enfermedad, ni las manifestaciones de lo inconsciente, sino el desarrollo natural del hombre que empieza a perfilarse después de haber visto mejor su deformación: su infancia, las etapas de ella, la adolescencia, la formación de la familia, los momentos críticos de cambio en la vida.

Esta tercera rama está requiriendo a su vez profundización y atención. Y es según mi entender éste el momento que obliga al psicólogo a dejar su rol de “testista” y a asumir su nuevo rol social distinto al del psicoanalista y distinto al del psiquiatra.

Las rivalidades interprofesionales que habían surgido en el momento de interpenetración confusional, consecuencia lógica del avance de la ciencia psicológica, se superan en el momento en que una nueva diferenciación surge claramente en el horizonte y permite a cada una de ellas desempeñarse eficazmente en tareas emparentadas y autónomas a su vez.

El psicólogo de hoy, en todo el mundo, ha dejado de ser el “testista”. Está adquiriendo y no sin tremendos dolores de parto, una nueva identidad profesional que tiene una nueva utilidad social. En cuanto método, preferencias personales, capacidades personales, etc., puede naturalmente seguir dedicándose a tests, a la investigación psiquiátrica o al psicoanálisis. Quiero aclarar bien que la línea de demarcación no corre sobre el nivel de los individuos, sino sobre el nivel de los grupos profesionales.

Y no quiero ser mal entendida en el sentido de que un psicólogo no pueda hacer psicoanálisis o tiene menos valor si hace solamente Rorschach, o que un psicoanalista no pueda dedicarse a orientación psicológica de madres o formar parte de una institución a fines de esclarecer conflictos laborales. Incluso pienso que la variación en el trabajo es saludable para todos y que en muchos casos la profesión elegida no corresponde a las capacitaciones internas más auténticas.

Se sobre entiende que el psicólogo que quiera trabajar con la técnica psicoanalítica necesita tener una formación exhaustiva, consistente en estudios sobre psicoanálisis (y no basta “un cronológico”, de Freud), estudios prácticos de psicoanálisis a través de controles con un psicoanalista y estudios básicos de psicoanálisis a través de su propio y largo análisis. Entonces no estará menos capacitado que un psicoanalista en el ejercicio de esta técnica.

Pero la tolerancia frente a la variación en el trabajo y la consideración de “talentos” personales, no debe extenderse a una no diferenciación de las dos profesiones en cuanto a su sentido, que sólo perturbaría a los miembros de cada una y llevaría a guerrillas estériles de competencia en desmedro de la necesidad de ayuda psicológica que la comunidad en la que vivimos nos reclama por todos lados.

El psicólogo que ha entendido que además de su identidad personal tiene una identidad profesional como ser social, se dará cuenta perfectamente en qué se diferencia de sus colegas de otras profesiones.

Las graves perturbaciones de la personalidad, que forman el campo de trabajo de los psiquiatras, con probabilidad no lo atraerán especialmente. Tampoco las excluirá de su esfera de interés ya que no puede quedar indiferente frente a las manifestaciones tan importantes de su sociedad que se expresan en forma de enfermedades psicóticas.

La investigación de lo inconsciente, aún cuando su tentación sea muy grande, no será reconocida como su principal misión; tampoco la excluirá de su trabajo, ya que sin la comprensión del aura invisible que rodea las conductas manifiestas, no entenderá a estas y no llegará a comunicarse verdaderamente con las personas que lo consultan. No pretenderá “curar” a las personas, ya que esto implica considerarlas enfermas, aún cuando esté plenamente consciente de que en el curso de su actividad se curarán múltiples conductas deformadas.

Y así, trabajando con –y prescindiendo de- encontrará cada vez más el por qué y el para qué de su aporte especial. Quizás sea difícil seguirme en el desarrollo de la idea de encontrar la esencia profesional del psicólogo. Pero tengo la esperanza de no estar totalmente equivocada al querer aislar del monto de confusiones un núcleo que es realmente pertinente al trabajo del psicólogo.

Muchos pensarán en este momento: claro, eso ya lo sabemos, es “profilaxis”, es “higiene mental”. Sí, lo es y es más que eso. Es la visión de un trabajo profesional, ejercido por un grupo en una sociedad que lo necesita, que lo hace nacer, emerger, desarrollarse y luchar, que lo educa quizás con restricciones y golpes, siendo muy coherente con el espíritu de educación que reina en ella: educar con severidad, desconfianza y exigencia de fuerza, para que preste sus conocimientos, sueficacia, a esa misma sociedad no para curar sus enfermedades sintomáticas, no para penetrar más y más en lo inconsciente de sus conductas, sino, y ahí va lo que considero el núcleo del sentido del trabajo de los psicólogos:

Para estar en todos los lugares donde se necesite del especialista que sabe asistir los momentos de cambio. Digo “asistir”. El psicólogo asiste los cambios que se dan constantemente en todos los niveles, en todos los ámbitos, en todo momento; cambios como manifestación de la vida misma, en la sociedad, en el grupo familiar, en la persona.

Cambio implica duelo y duelo implica dolor. El psicólogo debe ayudar a que los cambios, constantes y naturales, se den con menos dolor, con menos ansiedad, con más comprensión del proceso mismo. Así que el psicólogo no crea los cambios, ni los promueve (lo que muchas veces se ha afirmado, según mi criterio, erróneamente), sino que los asiste. Esta comprensión le ayuda en el conflicto que libra en la adquisición de su identidad. Le da una dirección interna a sus objetivos y protege su autoestima tambaleante por ser tan joven socialmente, tan inseguro de la confianza de los demás, tan confundido en cuanto a lo que es su dimensión.

Ustedes dirán: muy bien, ¿pero en qué se manifiesta concretamente la pretendida diferencia en el sentido profesional?. El psicoanalista también está interesado en los cambios igual que el psiquiatra. Éste quizás no basta para diferenciar sus trabajos. Yo contestaría que si la idea es clara, la acción que le corresponde demostrará la diferencia, sutil en muchos casos, evidente en otros. Voy a tratar de dar algunos ejemplos para aclarar el punto de vista.

Me consulta una pareja que tiene el problema de no poder vivir juntos y querer seguir conviviendo al mismo tiempo: si yo tengo una formación psicoanalítica no evitaré profundizar la comprensión del vinculo transferencial que se da entre la pareja y yo, y les esclareceré los roles que jugamos. Pero teniendo dentro de mi no sólo al psicoanalista que reconoce estos fenómenos, sino siendo fundamentalmente psicólogo, pensaré en el pasado y futuro de esta pareja. Veré los obstáculos externos e internos que hacen que está pareja piensa y sienta que no pueden vivir juntos (o separados) y la orientaré a través de todos los requisitos que estén a mi alcance para comprender su situación.

No le daré consejos como: ustedes deberían hacer esto o no hacer lo otro. Pero no vacilaré en aumentar el radio de sus conocimientos a través de ejemplos, a través de posibilidades de solución, a través de la expresión de lo más temido por ellos. Me centraré fundamentalmente en los pormenores del momento de cambio. ¿cómo será su imaginación y por lo tanto dentro de ellos-ya- la situación de separados?, cómo será para ellos el haberse quedado juntos, después de esta crisis?. Les dibujaré las dos situaciones con los datos que ellos han traído para que contemplen, vean...

Si me llama una institución hospitalaria, donde un grupo de profesionales quiere crear la función de orientar a madres en grupo, iré, veré, escucharé, esclareceré el cambio que significa dicho trabajo dentro de la institución, para ésta y para las personas deseosas de efectuarlo. Trataré de ver por qué surge esa decisión, con que ilusiones surge, cuál es la realidad y sus medios, cuál el punto que más ayuda requiere.

Si me consultan por la enuresis de un chico, veré la familia, cómo es su actitud frente a las manifestaciones del hijo, por qué el hijo contesta de esa manera y cuáles son las posibilidades de la familia de prescindir de este síntoma. ¿Cuáles serán las consecuencias más probables de la eliminación del síntoma? Muy posiblemente les informaré sobre la utilidad de un psicoanálisis para uno de ellos, los derivaré a un psicoanalista o a un psicólogo para el tratamiento especial.

Con estos ejemplos traté de aclarar en qué consiste para mi modo de ver la esencia del ser psicólogo en su quehacer práctico y en su actitud interna frente al trabajo. Repito que si el psicólogo ha adquirido los conocimientos teóricos y prácticos de la técnica psicoanalítica, no deja de ser un buen psicólogo si trabaja como lo hace un psicoanalista.

Ya Freud ha aclarado con bastante precisión las dudas sobre el “psicoanálisis profano”, y lo que decide en pro o en contra no es el título de médico, de psicoanalista o de psicólogo. Pero sí deja de ser un buen psicólogo si se contenta con su trabajo psicoanalítico y más si pretende ser un psicoanalista. Es psicólogo en la medida ñeque queda abierto frente a todos los pedidos que le llegan por parte de la comunidad, de ayudar en momentos de cambio, sea donde sea, trátese de instituciones, de familias, de grupos, de individuos, sin honorarios prefijados y más allá de sus “horarios completos”.

No puede darse dentro de este punto de vista por ejemplo, el caso muy frecuente entre los psicoanalistas de no tener hora hasta de aquí a dos años...

Tal como el psicoanalista no debería abandonar el encuadre fijo que le impone su especialidad, no debería atender a una persona dos veces por semana en lugar de cuatro o cinco veces, no debería terminar un tratamiento cuando se hayan disuelto los síntomas, no debería incluir a los familiares en momentos críticos, etc., (y si aparezco muy rígida en la aplicación de los “debería” en este momento, es sólo en función de mi intento de aclarar la diferencia existente y profunda en el sentido de las dos profesiones).

El psicólogo debe y puede hacer todas estas cosas (excepto en los casos donde el contrato lo comprometa como psicoanalista), y no porque necesite de dinero o porque pueda trabajar con menos rigor o porque es un profesional de menos categoría, sino porque ha comprendido que su profesión es intrínsecamente, en su cualidad más psicológica, ser partero de los cambios en la comunidad en la que vive. Y como tal, necesariamente su encuadre va a ser más elástico, más amplio, más colorido que el de su colega psicoanalista.

Si esto se entiende como un “menos” en la técnica, es un grave error. Todos sabemos de nuestra praxis que existe lo que llamamos “actuación” (‘acting out’) como falla de trabajo. La elasticidad de un psicólogo no debe coincidir con una tendencia a la actuación. Junto con sus decisiones rápidas y variadas, tal como las necesita tomar un partero para acelerar o lentificar el proceso del parto, el psicólogo tiene que controlar la situación en la que trabaja con su conciencia pulida al máximo posible. Guardar distancia de quien requiere de sus servicios el máximo posible, aumentando la cercanía empática al máximo posible. O sea, estar al filo de la navaja en cada momento, en cada giro novedoso que toma la situación.

Mientras más sepa de psicoanálisis y de sí mismo a través de su propio análisis, y menos se confunda con el psicoanalista, mayor va a ser su eficacia. El futuro de las dos profesiones indica una separación de tareas y de miras, aún cuando el producto de ambas recaiga en beneficio del mismo objeto: el hombre y sus vínculos humanos, más conscientes, más maduros.

Las últimas publicaciones en el área de la investigación psicoanalítica (por ejemplo: Bion, Meltzer) muestran cada vez más un nivel de profundización que llega a ser inaccesible para el intelecto del hombre común y corriente; tomando las formas de un lenguaje simbólico que siempre ha caracterizado en la historia humana a pequeños grupos, cuya misión fue transmitir verdades no entendidas por muchos.

La sociedad necesita de este grupo para que siga aportando descubrimientos valiosísimos, precisa protegerlo durante cierto tiempo cerrando su contorno y necesita de quienes lleven esas “verdades” peligrosas y valiosas, para hacerlas suficientemente digeribles a los “muchos”. El psicólogo es sus diversos campos de trabajo, con sus diversos métodos y técnicas, tiene entre su bagaje instrumental los conocimientos psicoanalíticos, para ser aplicados y conocidos por todos.

Han perdido quizás en sus manos algo de su estado de pureza pero están suficientemente elaborados para aguantar la amalgama con la realidad social. Él trabaja en la trinchera del afuera, su ángulo de trabajo lo acerca a los del sociólogo, a los del antropólogo y tiene que descubrir lo suyo a la par de verificar en la vida de todos los días lo que otros descubren en la semi-oscuridad del hombre “abierto a los secretos”.

Nota. Del texto no tenemos referencias de fecha exacta, pero se ubica a finales de los 60s.

  • Nacida en la antigua Checoeslovaquia, en 1922, se nacionalizó ciudadana argentina en 1952.
  • Lic. En Psicología en la UNBA, curso estudios de psicología en la Universidad de Chile. Miembro fundador de la APBA y adherente de la Asociación de Psicología y Psicoterapia de Grupo. Trabaja en Psicología Clínica.

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