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Entrevista a Ana Quiroga

Publicado por Francisco Mora Consulta En Psicoanalisis activado 10 Marzo 2013

Entrevista a Ana Quiroga

Ana Quiroga: los efectos de la crisis en la subjetivad

Indignados, como sujetos sociales de poder

Entrevista de Rosa Marcone

Ana Pampliega de Quiroga, directora de la Primera Escuela de Psicología Social fundada por el Dr.

Enrique Pichon Rivière, analiza los cambios en la subjetividad producidos en el contexto de la actual crisis mundial y de las protestas globales contra el sistema capitalista.

–En 1997, en La Marea N° 8 te referías a la sobreadaptación y al “terror de inexistencia”

como las patologías y formas de padecimiento que afectaban a la subjetividad. En tus

intervenciones recientes –como en el seminario “Pichon Riviere como autor

latinoamericano”– hiciste referencia a trasformaciones producidas en la subjetividad a

partir de cambios en las condiciones objetivas de esta primera década del siglo XXI.

¿Cuáles serían las esas modificaciones?

–Este es un momento muy convocante, diría más, apasionante para analizar lo que sucede y para

desarrollar ciertas líneas de reflexión. En mi caso, esa reflexión se da también con una intensa carga emocional, desde un sentimiento de asombro, que entiendo experimenta mi generación al asistir a un movimiento social, a una efervescencia y la gestación de formas de pensamiento y lucha que no creíamos volver a visualizar como escenario de la vida cotidiana.

También surge la alegría de ver que ciertas lecturas que hicimos años atrás no están desajustadas a la realidad y que hoy vuelven a plantearse aquellas inquietudes y análisis en nuevas condiciones. Esas lecturas apuntaban al cuestionamiento global de un sistema. Hoy tiene intenso sentido analizar los procesos de crisis y transformación de la vida social. La crisis que experimentamos no es solo global por la diversidad de instituciones y relaciones que abarca, sino porque los pueblos están implicados activamente en ella de distintas maneras.

Este movimiento de desestructuración, de cambio acelerado se da en el plano de lo económico, social, político e ideológico, desnuda y permite conocer realidades cuya existencia y características permanecían ocultas no solo por el velo de la legitimación ideológica, la naturalización, sino también porque desde posicionamientos supuestamente epistemológicos se plantea que esimposible conocer la realidad.

Toda crisis es una contradicción que ayuda a tomar conciencia ya que posibilita replanteos profundos sobre nuestras formas de vida, sobre las ideas y pensamientos. Por eso entiendo que es un momento para el hacer y para el análisis compartido. Por ejemplo, el 15 de octubre más de novecientas ciudades del mundo fueron escenario de movilizaciones en las que los jóvenes, pero también personas mayores y de mediana edad, se manifestaron en una crítica activa respecto al sistema capitalista.

Cuando se iniciaron estas movilizaciones parecía –según los medios– que solo eran protestas contra los privilegios de los bancos, del capital financiero. Pero hoy se muestra mucho más que eso. La ocupación de Wall Street por los manifestantes tiene una carga simbólica importantísima, porque es un lugar reconocido como corazón del sistema capitalista. Asistimos al crecimiento y persistencia de una crítica que trasciende un aspecto del sistema ya que lo cuestiona en su esencia.

Dos frases elaboradas en las movilizaciones españolas grafican este cuestionamiento: “No soy anti-sistema, el sistema es anti-yo”. Es decir, el que habla, que se reconoce como víctima del sistema, define a ese sistema como su antagonista. La otra frase difundida en las movilizaciones en Cataluña, comunidad con una larga historia de luchas, dice: “Es hora de pasar de la indignación a la acción”. La convocatorias a estas movilizaciones, la permanencia en las plazas y las respuestas masivas que obtienen representan un paso importante en la salida del individualismo que conduce a la fragmentación, en el que cada sujeto está aislado y es un mundo en sí mismo, con un alto grado de clausura, indiferencia, escepticismo, a la vez de vulnerabilidad y fragilización.

Cuando ese orden se instala en la subjetividad hay muy poca posibilidad de articulación con los otros. Quizás ahora resignifiquemos esas manifestaciones masivas que se dieron, por ejemplo, contra la guerra de Irak como formas de reconocimiento de derechos y de resistencia a su violación por los estados. Esas luchas podrían ser antecedentes de esta nueva oleada que alcanza otra dimensión. Y como decíamos no es puntual, apunta a un sistema.

La precarización de la vida, la falta de proyecto, de sentido, la falacia de las promesas, desata hoy la indignación, se registra que es absurdo pensar en salvarse solo, y este registro favorece la posibilidad de establecer lazos solidarios de reconocer en el otro un semejante, un prójimo. La forma de establecimiento de esos lazos cuenta con una nueva herramienta que es la posibilidad de convocarse a través de las redes sociales, redes que han tenido un rol protagónico en este llamamiento a la resistencia, a este proceso identificatorio masivo.

–¿Creés que existe alguna conexión entre estos manifestantes que se autodenominan

“indignados” con la idea de dignidad que trabajaste con Paulo Freire en su momento?

–La misma palabra nos lo plantea. Los indignados son aquellos que asumen y ponen en juego su ira, su intolerancia al sufrimiento, y recuperan su mérito, esa dignidad frente al ataque llevado a cabo persistentemente por un sistema que no reconoce los derechos ni la dignidad humana. Pero me parece que lo que está más intensamente presente es el cuestionamiento al poder.

Cuando a fines de los 90 veíamos en la Argentina los efectos subjetivos del despojo y el sometimiento que esto generaba, vimos crecer también un fenómeno inverso que consistió en asumirse como potencial protagonista de la vida social y no solo como víctima de un orden social inhumano.

Entonces en ese protagonismo, en esa práctica social compartida que generaba aquellas luchas, aparecía la condición de sujeto social de poder. No basta con sentirse sujeto de derecho, porque ese derecho puede ser desconocido o violado por sectores dominantes. Es necesario reconocerse como sujeto de poder, lo que no es un proceso aislado sino compartido, y que implica cambios en la subjetividad pero también acción y organización en la vida social y política.

En los años 90, la hegemonía y exaltación del modelo neoliberal y sus discursos lograron inicialmente un consenso importante en sectores medios, pero también entre las clases trabajadoras y en sectores populares menos favorecidos. Ese consenso, al comienzo ligado a la promesa y a la seducción, se fundamentó luego en el miedo a quedar definitivamente expulsado, atrapado en un abismo. Hablábamos entonces del terror de inexistencia, de la seducción y de la amenaza, porque parte de ese consenso respondía a la amenaza, pero otra parte a la seducción sostenida por el mecanismo de identificación con el agresor.

Este es un momento de identificaciones diferentes, identificaciones horizontales que hacen a las

masas y los grandes grupos, y una identificación del agresor como tal, un descubrimiento contundente de su condición de tal, a la vez que la posibilidad de discriminarse respecto del grupo de poder. Hoy es posible romper el engaño de que el ciudadano de a pie forma parte de ese grupo todopoderoso, romper el engaño de la seducción, ese engaño que a veces resulta tan penoso escuchar en los discursos de las víctimas, atrapadas en el prejuicio y el desprecio de sus semejantes sin saber que otro habla por ellos.

A lo que voy es que cuando se identifica al agresor, cuando se reconoce que es “mi” agresor, nuestro agresor como pueblo, como clase, como sector social, hay un cambio, no es lo mismo que identificarse con el agresor y fundirse con él. En este momento se está produciendo a nivel mundial el fenómeno que vimos en nuestro país a fines de los 90 y comienzos de este siglo. Aquel proceso en el que los sujetos se reconocen como sujetos sociales de poder.

El sujeto social de poder es el que asume y registra el poder social que posee y puede ejercer. Muy distinto a lo que desde algunos ámbitos de las ciencias sociales llaman “empoderamiento”. Discuto este término porque encubre una idea paternalista; implica la idea de que alguien otorga el poder y que no son los sujetos sociales los que asumen el poder. Es un término equívoco que ciertas líneas de la llamada psicología comunitaria utilizan con el supuesto fin de que la

gente pueda “empoderarse”.

Por el contrario, la gente se reconoce como sujeto de necesidades y de poder en una práctica social que no tiene mentores, que es protagónica y surge de y conduce a una toma de conciencia. En el proceso social de lucha y posicionamientos compartidos los sujetos

descubren ese rasgo de identidad con otros: el compartir un poder como actores autónomos de un

proceso. No les es otorgado desde afuera ni son guiados al empoderamiento.

–Muchos plantean que estas manifestaciones espontáneas y horizontales, que van

armando una organización para sostenerse en la lucha (con tareas de mantenimiento,

comida, limpieza), demuestran que se desplazó la tradición organizativa de la clase obrera

como sujeto social o protagonista fundamental de las luchas del siglo pasado.

–No creo que sustituya a la clase obrera, en todo caso ubica a otros sectores sociales en una lucha

contra una clase dominante que sigue existiendo. La horizontalidad en las manifestaciones la vimos también en Argentina, y muestra cómo el sistema amplia y acentúa su poder sobre aquellos sectores medios que también son golpeados por el sistema. De alguna manera los carteles que circulan por Wall Street lo grafican cuando dicen: “Somos el 99%”, frente al 1% que tiene el poder, lo cual, para derrotar a ese 1%, requiere de la unidad de distintas clases y sectores. En algunos países como Greciae Italia estas manifestaciones se articulan con huelgas generales...

–En los 90, los jóvenes recibían la amenaza de que si no se capacitaban quedaban

desocupados. Ahora en España los jóvenes dicen: “hoy estudiamos, mañana nos recibimos,

pasado somos desocupados”.

–Aquel discurso del “nuevo orden” promovía una ilusión y exhortaba a lograr una formación que

pudiera adaptarse a varias revoluciones tecnológicas. Lo de la formación es correcto; lo engañoso era que se pudiese ser parte activa del proceso social instituido, que ese sujeto que se había capacitado fuese a ser albergado por las instituciones de trabajo. Hoy los indignados comprueban que aquello era un engaño, porque la sobrecalificación excluye a los jóvenes del sistema productivo y los condena a la dependencia, obstaculiza el logro de la autonomía porque no alcanzan a tener trabajo ni una vivienda propia y digna.

Ese engaño nos remite nuevamente al discurso encubridor que distorsionaba, que ocultaba las reales consecuencias de la reorganización de la producción, que expulsó a millones del sistema productivo. Se encubría las crisis del capitalismo que estallaba en distintos lugares del mundo, en Rusia, en los países asiáticos, en Brasil, Argentina, y también las maniobras dentro del capitalismo para salir de ellas.

Nosotros estuvimos en el ojo de esa tormenta, y ahora lo están las juventudes del mundo. En ese

sentido, los argentinos y los países latinoamericanos fuimos aprendiendo algunas cosas: en principio la necesidad de salir de la dispersión que instaló una hegemonía económica mundial en los 90. Dispersión que en los países de nuestro continente fue siempre parte de una política de dominación durante dos siglos, con muy pocos momentos de excepción.

La fuerza de los levantamientos populares en los países de Latinoamérica permite que estos países –por ejemplo con organizaciones como UNASUR–, busquen políticas de unidad para enfrentar los problemas regionales. Aunque no sea aún un bloque poderoso, es sin embargo una fuerza en construcción que ha mostrado eficacia política y económica. Estos son aprendizajes de la propia historia que nos fortalecen.

A la vez hay que evitar una ilusión que sobredimensione y nos de una lectura y estrategia equivocadas acerca de las posibilidades de esos movimientos. Me refiero tanto a las movilizaciones contra el sistema como a los acuerdos regionales para enfrentar las políticas que imponen los centros de poder, que aunque estén en crisis, de modo alguno están derrotados.

Estos movimientos que expresen un nivel profundo de rechazo y descontento habrá que ver en qué medida pueden crecer en organización en su lucha contra el sistema capitalista. No dudemos que en cada país las clases dominantes, que están organizadas, desarrollarán estrategias para contener y reducir el conflicto, Entonces esos movimientos de rechazo, de protesta tendrán que pasar a nuevas acciones y nuevas formas de organización para sostener sus reclamos.

–Esas formas recuperan las viejas tradiciones de lucha...

–Desde luego, siempre está presente en la memoria social un registro de los aconteceres históricosociales vividos por la actual generación o por las anteriores. No hablamos de un ser humano ahistórico. A la vez, en todo momento histórico los seres humanos no pueden desarrollar un proyecto sin articularse con los otros. En estos últimos movimientos de protesta ha emergido una necesidad más que intensa, donde se han producido no solo fenómenos de identificación (“a mí me pasa lo mismo que a vos”), sino que se plantean “¿qué hacemos frente a esto?”. De ahí surge la organización

Esto es tan antiguo y fundante que dio lugar a los procesos de hominizació, a la génesis de lo

humano. En los grandes movimientos que se están produciendo en el mundo, lo importante es el nivel de masividad que adquirieron. Estamos viviendo un proceso de una calidad diferente, por la diversidad de quienes lo protagonizan, porque sus actores tienen conciencia de que por el camino que este sistema les propone no tienen ni cabida, ni salida; entienden que el problema es estructural y esto es lo que conduce a nuevas posibilidades de organización y desde luego a recurrir a los referentes históricos aunque no estén nombrados.

Un claro emergente de estas manifestaciones es la insistente forma de protesta. Durante varios años hablé acerca de que la queja era una actitud de resignación, de impotencia para pensar otra

alternativa, y que era necesario entender el camino de la protesta en términos de salud mental. A

diferencia de la queja, la protesta tiene que ver con la indignación, con el posicionarse: “esto es

intolerable”.

Pero también con el paso siguiente que es el cuestionamiento activo a través de

determinadas estrategias. En principio, como dijimos, identificar al opresor, a aquel que coarta

cualquier proyecto de vida. Por ejemplo, lo que les ocurre a los jóvenes griegos, pero también a los

jubilados a quienes les quitan la jubilación y les dejan un proyecto de deterioro o de muerte. Entonces la protesta tiene una lógica profunda que hace a un rasgo que adquirimos tempranamente en nuestro desarrollo como seres humanos: la capacidad para la rebeldía . Junto a otro rasgo, también temprano, que es la capacidad para condolerse, para sufrir por otro, son el fundamento de la ética de una autonomía que convive con la interdependencia.

–¿Qué otros signos de diferencias percibís con respecto a la subjetividad?

–Hay otras señales que indican que los tiempos son otros. En el plano intelectual, por ejemplo, el libro Es posible conocerla realidad, de Rosa Nassif, ha tenido una gran repercusión entre los estudiantes y algunos docentes en distintos ámbitos académicos, aun cuando presenta una perspectiva que fue muy cuestionada y descartada en los 90.

En aquella década los jóvenes y también los de mediana edad, formados en teorías que alcanzaron hegemonía –el constructivismo, el escepticismo gnoseológico– fascinados por lo que se presentaba como lo radicalmente innovador y liberador del pensamiento humano, no tenían permeabilidad a otras teorías. Estas eran consideradas perimidos y desechables en tanto relatos de las sociedades disciplinares, relatos de modernidad, y en los llamados nuevos paradigmas naufragaban las ideas de sujeto, de verdad, y en consecuencia de la potencialidad humana de conocer la realidad y poder transformarla, y más aún de transformarla revolucionariamente.

Si bien el pensamiento posmoderno y las teorías del conocimiento que lo sustentan siguen siendo

hegemónicos en la enseñanza universitaria, hay en los estudiantes otra escucha. Tal vez a partir de las condiciones concretas que llevan a la indignación a generaciones enteras, los jóvenes descubren que tienen que abrir su pensamiento a otras propuestas que podrían dar más respuesta a su inquietud.

El pensamiento que logró hegemonía a fines del 80 y en los noventa, y que permanece como dominante hasta hoy, sostiene que cada uno tiene su verdad. Desde ese subjetivismo radical descarta la cuestión de la verdad, de la causalidad y del conocimiento de la realidad objetiva. Desde este posicionamiento la polémica, la investigación acerca de la realidad pierde sentido, y el polemizar remite a un pensamiento vetusto, esquemático, binario.

¿Cómo se dio esto? Si bien estas ideas no son nuevas, se presentan como “nuevos paradigmas”.

Podemos pensar en algunas de las condiciones de producción en el período que mencionamos. Todo cambio en la vida social está acompañado de un discurso. El discurso posmoderno surge precisamente cuando las experiencias socialistas fueron derrotadas –aunque se mantengan los aspectos formales de su estructura–, a la vez que se instala en esos países un rechazo a los cambios.

Por ejemplo, en el Partido Comunista Francés, hubo un fuerte rechazo a ese gran movimiento de cambio que convocó a tantos sectores de la sociedad en mayo de 1968. Esa posición retrógrada la sostuvieron muchos partidos comunistas del mundo y expresaba un pensamiento autoritario, empobrecido, en el que lo revolucionario había sido dejado atrás. movilizó a muchos intelectuales al escepticismo o a una crítica radical a la modernidad, a las sociedades disciplinares homogeinizantes que no consideraron la contradicción existente entre sujeto y sociedad, a lo que se llamó “socialismo real” pero que representaba a un capitalismo restaurado, particularmente en la URSS.

Había sido derrotado un pensamiento que tenía en cuenta la identidad del sujeto pero que se trastoca en un proyecto social homogeinizante. Me refiero a las posiciones del PC francés, porque al alejarse de la realidad del pueblo que se movilizaba, obreros, estudiantes y otros sectores, tenía que generar una reacción entre los intelectuales. De ahí que la génesis del pensamiento posmoderno tenga cierta legitimidad.

Sin embargo algunos intelectuales con posibilidad de apertura de pensamiento y de actitud, como Sartre, mantuvieron sus convicciones hasta el fin siguiendo el movimiento social desde una mirada revolucionaria y no escéptica ni ilusoria. Pero el discurso posmoderno fue enamorándose de sí mismo, construyendo también un relato. Los relatos comienzan a ocupar el lugar de la realidad y del conocimiento de la misma. La ilusión de la libertad absoluta del individuo se sostenía en que en los 80 asistíamos al surgimiento de una sociedad de cumplimiento de deseos: una invención, algo irreal.

El fin de los grandes relatos era una hipótesis paradójica desde el punto de vista lógico, ya que contradecía su propio relato sobre el mundo que se gestaba, mundo que se presentaba como un paraíso en la tierra. Así fue como el gran relato de la libertad de elección, la libertad omnímoda, absoluta de los individuos terminó constituyéndose e imponiéndose como un pensamiento único.

Por otra parte ¿a quiénes llegaba esa nueva situación, qué sujetos alcanzaban ese estatus de supuesta libertad absoluta? El pensamiento posmoderno que surge de esa nueva hegemonía mundial no veía ni cuestionaba los grados de sumisión, determinación y opresión de los sectores populares. A la vez, la exaltación del individualismo legitima una sociedad de dispersión y de insignificancia del otro, de autocentramiento en la propia realidad.

Esta concepción fue funcional a otro gran discurso, el del “nuevo orden mundial”. Converge con él, ya que éste promete la felicidad absoluta con la seducción del “fin de la historia” como culminación de la evolución ideológica, social e histórica de la humanidad y el aplanamiento de los conflictos. Hoy, si los resultados no nos produjeran llanto, podríamos reírnos de esas ideas de aplanamiento de los conflictos haciendo un recuento de lo que pasó después, desde la Guerra del Golfo hasta las crueldades de la Guerra de Irak, pasando por Kosovo, Afganistán, y lo que está sucediendo hoy con la llamada Primavera Árabe.

Si bien los conflictos actuales son producto de lo que es el corazón de estos movimientos, como es la recuperación de sí mismos en sujetos de poder, tenderán a ser manipulados por las grandes potencias. La ideología de ese poder mundial, que afirmaba ser “el mejor mundo posible” e impuso condiciones de explotación tremendas para millones de personas con los cambios en la producción y el deterioro de las condiciones de vida social, hoy intenta apoderarse de esos movimientos que lo enfrentan.

Podremos criticar y mucho la figura de Gadaffi, pero no podemos aceptar la manipulación y los bombardeos de las grandes potencias y de la OTAN, que actúan en función de sus intereses económicos, ignorando la resistencia del pueblo libio.

–¿Junto a los cambios actuales en la subjetivad, persiste algo de lo anterior? ¿Los

postulados del posmodernismo mantienen influencia en esta nueva realidad?

–Decíamos que uno de los aspectos subjetivos de cambio es la emergencia de un sujeto social de

poder, un sujeto que identifica al agresor y la alienación que le genera. Esto implica desalienación. A la vez, decía que hay una posible escucha de otras teorías, diferentes a la del fin de los grandes relatos, por ejemplo, la escucha de los debates planteados por el marxismo acerca del discurso posmoderno, del constructivismo, del materialismo mecanicista, del estructuralismo, debates que en aquellos años no tuvieron espacio.

La actual posibilidad de escucha de estas otras teorías no niega la existencia hegemónica de la concepción idealista-relativista del posmodernismo. Estas teorías se presentaron como algo profundamente innovador, que aparecía como su rasgo característico y con un valor absoluto. La escena estaba ocupada por la presentación de lo novedoso de esa concepción, ocultando

sus herencias conceptuales.

Por ser innovador, ya era bueno. Este era un aspecto más del mecanismo de seducción. Se descalificaba todo otro pensamiento por obsoleto. La polémica con estos paradigmas está muy bien desarrollada en el libro de Rosa Nassif. En esos años, aquellas ideas que aparecían como innovadoras capturaron a la mayoría de la intelectualidad, se ubicaron en un lugar hegemónico en las universidades y en todos los niveles educativos. Muy pocas voces se levantaban contra esto.

Esa hegemonía quedó invisibilizada ya que penetró profundamente en las distintas formas de

pensamiento y marcos conceptuales. Los que trabajamos en universidades o en institutos de nivel

terciario encontramos entre nuestros alumnos o en gente ya formada ese pensamiento posmoderno, relativista, agnóstico, radicalmente subjetivista e irracionalista. En él se ve, entre otras, la hegemonía del pensamiento de Cornelius Castoriadis, hegemonía que se percibe en el lenguaje cotidiano, por ejemplo, en la utilización del término “imaginario social”.

Aun con desconocimiento o tergiversación del significado que le asignó Castoriadis, muestra cuánto se propagó, hasta estar presente en el lenguaje cotidiano. Esto habla de la impregnación cultural. Cada vez que planteo mi posición al respecto aparecen frases como esta: “la crisis de lo objetivo en las ciencias”, o bien la pregunta: “¿en el contexto de crisis del marxismo político, Pichon-Rivière, que fue un innovador permanente, seguiría sosteniendo su planteo teórico o se plegaría a formulaciones post como las de Foucault, Deleuze o Castoriadis, que plantean la crisis de lo objetivo en las ciencias?”.

Es decir, se considera que un innovador no tiene más remedio que plegarse a lo dominante, ¿cómo vas a seguir sosteniendo un pensamiento que te dicen que es obsoleto? Esta fue una gran presión en el ámbito intelectual, y para la psicología social fue un debate que tuvo efectos positivos porque nos permitió estudiar y revisar muy concienzudamente y con honestidad nuestros planteos. ¿Por qué la necesidad de esa profundización y análisis? Porque lo que se presentaba como innovador dejaba sin objeto a la psicología elaborada por Pichon-Rivière, a la que pretendemos darle continuidad y desarrollo.

Sin campo de indagación, con la caída de la idea de objetividad, cuestionada la concepción de sujeto y de salud mental, ¿qué queda de la psicología? ¿No es acaso un tema central de la psicología la relación entre lo subjetivo y lo objetivo? Nosotros, a partir del concepto de adaptación activa a la realidad junto al de conciencia crítica –que definen la salud mental, según Pichon-Rivière– fuimos repensando, profundizando y dando las polémicas necesarias.

También rectificamos ideas, no es que no nos movimos un milímetro de nuestro pensamiento anterior. Sobre la base de la profundización encontramos caminos nuevos y una conciencia de la trayectoria de las ideas, las propias y aquellas con las que polemizábamos. Tuvimos mayor precisión sobre formulaciones, a la vez que logramos mayor conciencia acerca de las condiciones políticas, sociales, económicas a las que pertenecían, de los procesos sociales de producción y económicos de los que surgían.

Ahora, en otras condiciones económicas, políticas y sociales se abren espacios para el replanteo de estas concepciones, que no serán iguales a las de hace cien años porque expresarán las condiciones objetivas del presente. Entonces, no todo cambió, no se dejaron atrás muchos pensamientos. Aunque hay más debate, sigue siendo hegemónico el pensamiento que se instaló a fines del siglo XX.

Por ejemplo, esta idea de la caída de la noción de lo objetivo en la ciencia, la idea de que no se puede conocer la realidad, se articula con que tampoco existe objetivamente la causalidad, la verdad de los fenómenos que se estudian. Este pensamiento sigue siendo hegemónico pero se ha abierto la polémica.

Las condiciones sociales y el daño que se registra, el padecimiento y la progresiva toma de conciencia que hacemos de sus causas, se expresan en nuevos movimientos y organizaciones sociales y abren esperanzas. Este es un momento de crisis y esperanza.

Entrevista a Ana Quiroga