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Imperdible: Orígenes de la Psicoterapia de Grupo

Publicado por activado 30 Mayo 2013

Imperdible: Orígenes de la Psicoterapia de Grupo

Dinámica de Grupos.

W.R. Bion.

Utilizando su experiencia psicoanalítica, Freud intentó iluminar al­gunos de los puntos oscuros que Le Bon, MC Dougall y otros investigado­res pusieron de manifiesto en sus estudios del grupo humano. Yo me propongo discutir los aportes que el psicoanálisis, en su evolución pos­terior, ofrece acerca de los mismos problemas, particularmente en aque­llos aspectos vinculados con la obra de Melanie Klein.

El trabajo de esta autora muestra que al comienzo mismo de la vida el individuo establece contacto con el pecho materno, y a través de una rápida extensión del primitivo grado de conciencia, con el grupo familiar; Melanie Klein en­seña además que la naturaleza de este contacto pone de manifiesto cua­lidades peculiares, que tienen profunda significación tanto para el des­arrollo del individuo como para comprender mejor los mecanismos ya demostrados por el genio intuitivo de Freud.

Espero mostrar que el adulto, en su contacto con las complejidades de la vida de grupo, recurre, en forma que podría ser una regresión ma­siva, a mecanismos que M. Klein describió (1931, 1946) como típicos de las fases más tempranas de la vida mental. El adulto debe establecer contacto con la vida emocional del grupo en que vive; esta tarea puede parecerle tan formidable como le parece al niño la relación con e! pecho, y su regresión revela el fracaso en satisfacer las exigencias de esta tarea.

Una parte esencial de su regresión consiste en la creencia de que un grupo existe como algo distinto de un agregado de individuos y también son partes de su regresión las características que el individuo atribuye al su­puesto grupo. Alimenta la fantasía de que el grupo existe por el hecho de que la regresión implica para el individuo una pérdida de su "particula­ridad individual" (Freud, 1921, pág. 9), que no se diferencia de una despersonalización y, por tanto, le impide observar que el grupo es un agre­gado de individuos. De esto se deduce que si el observador estima que hay un grupo, los individuos que lo componen deben haber experimenta­do esta regresión.

Recíprocamente, cuando los individuos que componen un "grupo" (usando esta palabra para designar un agregado de individuos en el mismo estado de regresión) por una razón u otra se sienten amenazados por la toma de conciencia de su particularidad como indivi­duos, el grupo cae en el estado emocional conocido como pánico. Esto no quiere decir que el grupo se desintegre, y más adelante podrá comprobarse que no estoy de acuerdo con la idea de que el grupo pierda su cohesión a causa del pánico.

En esta sección resumiré ciertas teorías a las que he llegado aplican­do en los grupos las intuiciones logradas en la práctica del psicoanáli­sis actual. Estas teorías difieren de muchas otras, tanto por sus méritos como por sus defectos, y por haber visto la luz en las situaciones de tensión emocional que intentan describir. Introduzco algunos concep­tos nuevos para el psicoanálisis, en parte porque me ocupo de un asunto diferente, en parte porque deseo comprobar si el hecho de comenzar li­bre del compromiso que representan las teorías previas, nos puede con­ducir a que mi punto de vista sobre grupos y el punto de vista del psico­análisis sobre el individuo sean comparables. Juzgaremos de este modo si ambos son complementarios o divergentes.

Hay momentos en que pienso que el grupo tiene una actitud hacia mí, y que puedo verbalizar en qué consiste dicha actitud; hay momentos en que otro de los miembros actúa como si también pensara que el grupo tuviera una actitud hacia él, y creo que puedo deducir cuál es su creencia; en otros momentos pienso que el grupo tiene una actitud con res­pecto a un individuo y que yo puedo decir en qué consiste. Estas ocasiones ofrecen la materia prima de las interpretaciones, pero la interpre­tación en sí misma es un intento de traducir en un lenguaje preciso lo que supongo que es la actitud del grupo hacia mí o hacia algún otro miembro, y la actitud del individuo hacia el grupo.

Solamente aprovecho, algunas de esas ocasiones; juzgo que el momento está maduro para una interpretación cuando ésta parece ser evidente y sin embargo pasa in­advertida. Los grupos en que intenté desempeñar este rol atraviesan una serie de complejos episodios emocionales que permiten deducir, en relación con la dinámica grupal, teorías que me resultan útiles tanto para aclarar lo que sucede como para descubrir los núcleos de futuras evoluciones. Lo que sigue es un resumen de esta teoría.

El Grupo de Trabajo.

En cualquier grupo pueden encontrarse rasgos que revelan una ac­tividad mental. Aunque sea en forma casual, todo grupo se reúne para “hacer” algo; cada miembro coopera en dicha actividad de acuerdo con sus capacidades individuales. Esta cooperación es voluntaria y depende del grado de habilidad sofisticada que el individuo posea. Sólo pueden participar en tal actividad los individuos que tienen años de entrena­miento y una capacidad para la experiencia que les ha permitido evolucionar mentalmente.

Dado que esta actividad va aparejada a una ta­rea, se halla ligada a la realidad, sus métodos son racionales y, en con­secuencia, aunque sea en forma embrionaria, científicos. Sus caracterís­ticas son similares a las que Freud (1911) atribuyó al yo. A este aspecto de la actividad mental en un grupo lo llamo Grupo de Trabajo. Este término comprende sólo una actividad mental de una naturaleza particu­lar y no a la gente que se entrega a ella.

Puede comprobarse que cuando los pacientes se reúnen en una se­sión de terapia de grupo, siempre se dedica parte de la actividad mental a plantear problemas para cuya solución los individuos buscan ayuda. He aquí un ejemplo de un episodio acaecido en un grupo: Seis pacientes y yo estamos sentados en rueda en una pequeña habi­tación. La señorita A sugiere que sería una buena idea que los miembros del grupo se pusieran de acuerdo para llamarse por sus nombres de pi­la.

Se advierte una sensación de alivio porque ha surgido un tema de conversación; se intercambian miradas, y una breve llamarada de ani­mación se hace momentáneamente visible. El señor B admite que se trata de una buena idea; el señor C dice que ello "haría las cosas más amigables". La señorita A es alentada a divulgar su nombre, pero se lo impide la señorita D que dice que no le gusta su nombre de pila, preferiría que no fuese conocido. El señor E propone el uso de seudónimo; la señorita F se observa las uñas. Pocos minutos después de la propuesta de la señorita A, la discusión ha languidecido, y en su lugar aparecen miradas furtivas, que en su mayoría se dirigen a mí.

El señor B se levanta para decir que de alguna manera debemos llamarnos. El humor del grupo es ahora un compuesto de creciente ansiedad y frustra­ción. Mucho antes de que me mencionen, se ve que mi nombre se ha transformado en un motivo de preocupación. Abandonado a sus propios recursos, el grupo amenaza hundirse en la apatía y el silencio.

A fin de lograr mis propósitos presentes pondré en evidencia aque­llos aspectos del episodio que me sirven para ilustrar el uso que hago del término grupo de trabajo. Podría hacer lo mismo dentro del grupo, pero ello dependerá de mi apreciación del significado que el episodio tiene dentro del contexto de su vida mental, hasta donde se ha manifestado en ese momento.

Primero, e» evidente que si siete personas han de mantener una conversación, la discusión se vería facilitada si los miembros se llama­ran por sus nombres. En la medida en que la discusión ha surgido de la comprensión de este hecho, es un producto de la actividad del grupo de trabajo. Pero el grupo ha ido más allá de la mera propuesta de dar un paso que resultaría útil en cualquier grupo, con prescindencia de su objeto.

Al proponerse el uso de los nombres de pila se hizo referencia a que esto facilitaría la amistad. Creo adecuado decir que dentro del grupo del que me ocupo, la amistad se considera de importancia fun­damental para las necesidades terapéuticas. En el momento en que el ejemplo fue tomado resultaría también exacto decir que tanto la obje­ción de la señorita D como la solución propuesta por el señor E, pue­den ser consideradas como dictadas por necesidades terapéuticas; y de hecho señalo que las sugestiones se ajustaban a la teoría aún no formulada explícitamente, de que nuestras enfermedades se curarían si el gru­po pudiera ser conducido de manera que sólo experimentara emociones agradables.

Se verá que la demostración de la función del trabajo de grupo debe incluir: el proceso de desarrollo del pensamiento que se in­tenta traducir en acción; la teoría, en este caso la necesidad de amistad, en la cual se basa la creencia en que el cambio de medio es en sí su­ficiente para curarse sin que se produzca un cambio correspondiente en el individuo; y, por último, una demostración de la clase de hechos que se consideran como "reales". En el ejemplo que acabo de dar sucedió que luego pude demostrar que la función del grupo de trabajo, aunque no la llamé así, basada en la idea de que la curación podía lograrse en un grupo que sólo experimentara sentimientos agradables, no parecía ha­ber producido la anhelada cura; y de hecho se veía obstruida por la di­ficultad de traducirla a la acción, aparente-mente simple, de asignar nombres.

Antes de pasar a la discusión de la naturaleza de las obstrucciones que sufre la actividad del grupo de trabajo, quisiera mencionar una di­ficultad en la exposición de mis teorías, que creo ya se habrá puesto de manifiesto. Describir un episodio del grupo, tal como el que he señala­do, e intentar luego deducir de él algunas teorías, sólo representa para mí el decir que tengo la teoría de que sucedió tal y tal cosa y que puedo decirlo de nuevo, sólo que en diferente lenguaje. El único modo de que el lector pueda librarse del dilema, sería recordar el caso de algún comité u otro tipo de reunión en el que haya participado, y considerar hasta qué punto encuentra allí el elemento que puedan apuntalar la existencia de lo que he llamado función del grupo de trabajo, sin olvidar la estruc­tura administrativa real, director y demás componentes, como material que debe ser incluido en tal revisión.

Los Supuestos Básicos.

La« interpretaciones hechas en términos de la actividad del grupo de trabajo dejan mucho sin expresar. La sugestión sobre el uso de seu­dónimos ¿ha sido motivada sólo con el propósito de encarar las deman­das de la realidad? Las miradas furtivas, la preocupación por la forma correcta de dirigirse al analista, que se hizo manifiesta en seguida, no pueden ser interpretadas provechosamente como relacionadas con la fun­ción del grupo de trabajo. La actividad del grupo se ve obstruida, diversificada, y en oca­siones asistida por algunas otras actividades mentales que tienen en co­mún el atributo de poderosas tendencias emocionales. Estas actividades, que a primera vista parecen caóticas, adquieren cierto grado de cohe­sión si admitimos que surgen de supuestos básicos comunes a la totalidad del grupo.

En el ejemplo que he dado, era fácil reconocer que un supuesto común a todo el grupo consistía en que sus miembros estaban , reunidos para recibir de mí cierta clase de tratamiento. Pero la investigación de esta idea como parte de la función del grupo de trabajo, mos­tró que existían ideas investidas de realidad por la fuerza de la emoción ligada a ellas que no conformaban siquiera las esperanzas algo inge­nuas que alimentaban conscientemente los miembros menos sofisticados. Por otra parte, aun los individuos sofisticados (uno de los miembros, por ejemplo, era un diplomado en ciencias) mostraron con su comporta­miento que compartían estas ideas.

El primer supuesto consiste en que el grupo se reúne a fin de lograr el sostén de un líder de quien depende para nutrirse material y espiritualmente y para obtener protección. Así establecido, mi primer supues­to básico podría ser considerado como una repetición de lo que he señalado anteriormente: que el grupo supone "que sus miembros" se han reunido para recibir de mí alguna forma de tratamiento, con la sola diferencia de estar expresado en términos metafóricos. Pero lo esencial es que el supuesto básico sólo puede entenderse si las palabras que he usado se toman en un sentido literal y no metafórico. He aquí una descripción de un grupo terapéutico en que actúa el supuesto básico de dependencia, como lo he llamado como lo he llamado.

Estaban presentes tres mujeres y dos hombres. En una ocasión anterior el grupo había mostrado señales de orientar la función del grupo de trabajo hacía la cura de las deficiencias de sus miembros; se podía suponer que esta vez los miembros habían reaccionado con desespera­ción, colocando toda su confianza en mí para sortear sus dificultades, mientras se conformaban con plantear problemas individuales, a los que yo debía darles solución.

Una mujer había traído chocolate, y tímida­mente invitó a otra mujer, su vecina de la derecha, para que lo compar­tiera. Un hombre estaba comiendo un sandwich. Un graduado en filoso­fía, que en sesiones anteriores había expresado ante el grupo su falta de fe en Dios, y en toda religión, estaba sentado en silencio, como lo hacía frecuentemente, hasta que una de las mujeres, con un dejo de aspereza en la voz, señaló que él no había hecho preguntas. El aludido contestó: "Yo no necesito hablar porque sé que lo único que debo hacer es asistir a las sesiones durante un tiempo bastante largo y todas mis interrogaciones serán respondidas sin que deba hacer nada".

Dije entonces que me había transformado en una especie de deidad del grupo; que las preguntas se me dirigían como si fuera alguien que podía saber las respuestas sin necesidad de apelar al trabajo, que el comer era parte de una maniobra del grupo para alimentar una creencia que sus miembros deseaban conservar acerca de mí, y que la respuesta del filósofo indicaba una negación de la eficacia de la oración, pero por otra parte parecía desmentir sus afirmaciones anteriores donde había expuesto su descreimiento.

Cuando comencé mi interpretación no sólo estaba convencido de la verdad que ella encerraba, sino que estaba segu­ro de que podría convencer a los otros al enfrentarlos con el conjunto del material, que puedo exponer sólo en parte dentro de este relato escri­to. Cuando hube terminado de hablar sentí que había cometido algún error; me rodeaban miradas desconcertadas. La evidencia había desapa­recido. Después de un tiempo, el hombre que había terminado su san­dwich y guardado en el bolsillo el papel cuidadosamente doblado, miró en derredor con las cejas levemente levantadas, interrogante.

Una mujer me miró con expresión tensa; otra, con las manos recogidas observaba el piso en forma meditativa. Comenzó a robustecerse en mí la convicción de que había sido culpable de blasfemia dentro de un grupo de verdaderos creyentes. El segundo de los hombres, con los codos sobre el respaldo de la silla, jugaba con los dedos. La mujer que estaba comiendo, tragó con rapidez el resto de su chocolate. Interpreté ahora que me había transformado en una persona muy mala al arrojar dudas sobre la deidad del grupo pero que .esto había traído como consecuencia un aumento de la ansiedad y la culpa en la medida en que el grupo había fracasado .en desligarse .del acto impío.

En este relato he hecho hincapié en mis propias reacciones por una razón que más adelante espero se haga patente. Puede afirmarse con jus­ticia que las interpretaciones cuyas mayores evidencias se apoyan no en los hechos observados en el grupo, sino en las reacciones subjetivas del analista, tienen mayor posibilidad de encontrar su explicación en la psicopatología del analista que en la dinámica del grupo. Se trata de una crítica justa, una critica que tendrá que ser confrontada a través de muchos años de trabajo cuidadoso realizado por más de un analista, pero por esta misma razón la dejaré a un lado y pasaré a plantear un argu­mento que sostendré a través de este capítulo.

En el tratamiento de grupo muchas interpretaciones, y entre ellas, las más importantes, se basan en la fuerza de las propias reacciones emocionales del analista. Creo que estas reacciones dependen de que el analista es dentro del grupo el recipiente de lo que Melanie Klein (1946) llamó identificación proyectiva, siendo este mecanismo muy importante en los grupos. Ahora bien, la experiencia de la contra-transferencia, de acuerdo con mi criterio, tiene una cualidad muy distinta que capacitaría al analista para distinguir cuándo es objeto de una identificación pro­yectiva y cuándo no lo es. El analista siente que lo están manejando para que desempeñe un papel, aunque sea difícil de reconocer, en la fanta­sía de alguien, o lo sentiría si no fuese por algo que sólo puedo llamar una pérdida temporaria de "insight", una sensación de experimentar po­derosos sentimientos, y al mismo tiempo una creencia de que su existen­cia está adecuadamente justificada por la situación objetiva, sin recurrir a la explicación recóndita de su génesis.

Desde el punto de vista del analista, la experiencia está constituida por dos fases estrechamente relacionadas: en la primera existe un sentimiento de que, sea lo que fuere lo que uno ha hecho, por cierto no ha ofrecido una interpretación correcta; en la segunda surge el sentimien­to de ser una clase especial de persona dentro de una singular situación emocional. Creo que la primera condición del analista en el grupo consis­te en la habilidad para sacudirse ese entorpecedor sentimiento de reali­dad que es concomitante a este estado. Si puede lograrlo, estará en posi­ción adecuada para dar lo que creo que es la interpretación correcta y, en consecuencia, para ver sus conexiones con la interpretación previa, de cuya validez lo hicieron dudar.

Debo volver a considerar el segundo supuesto básico. Igual que el primero, éste también se relaciona con el propósito del grupo. Mi aten­ción fue reclamada en un principio por una sesión durante la cual la conversación fue monopolizada por un hombre y una mujer, que aparentemente ignoraban al resto del grupo. Las miradas que ocasionalmente se intercambiaban los otros miembros parecían sugerir la opinión, no tomada muy seriamente en consideración, de que la relación era amo­rosa, aunque apenas podría decirse que el contenido manifiesto de dicha conversación fuera muy distinto de los otros intercambios dentro del grupo.

Sin embargo, quedé impresionado por el hecho de que ciertos individuos, que generalmente eran sensibles a cualquier manifestación que los excluyera de la actividad supuesta-mente terapéutica, que en este momento consistía en hablar y obtener una "interpretación" mía o de al­gún otro miembro del grupo, no parecieron dar importancia al hecho de dejar la escena enteramente a disposición de dicha pareja. Más adelante se hizo evidente que el sexo de la pareja no tenía influencia en la supo­sición de que se estaba produciendo un proceso de emparejamiento.

Estas sesiones se dieron en una atmósfera de esperanza y expectación peculiares que las diferenciaba mucho de aquellas reuniones ordinarias don­de el tiempo transcurría entre el aburrimiento y la frustración. No debe suponerse que los elementos sobre los que haga recaer la atención, bajo el título de grupo de emparejamiento, se manifiestan en forma exclusiva o aun predominante. En verdad existen pruebas numerosas de estados mentales del tipo que nos es familiar en psicoanálisis; resultaría real­mente extraordinario si, para tomar un ejemplo, uno no viera en los indi­viduos evidencia de reacción ante una situación de grupo que pudiera aproximarse a una representación de la escena original.

Pero, en mi opi­nión, si permitimos que nuestra atención se vea absorbida por tales re­acciones, cualquier observación de lo que es específico del grupo se vería obstaculizada; pienso, además, que una concentración de tal naturaleza puede conducir, en el peor de los casos, a una falsificación del psicoaná­lisis antes que a una exploración de las posibilidades terapéuticas de un grupo. Por lo tanto, el lector debe suponer que en esta situación, como en otras, habrá siempre una gran cantidad de material familiar al psico­análisis, pero que todavía espera su evaluación en la situación de grupo. Propongo que por el momento se ignore este material, y me dedicaré ahora a una consideración de la atmósfera de expectación llena de pro­mesas que he mencionado como una característica del grupo de emparejamiento.

Con frecuencia esto encuentra expresión verbal en ideas que apoyan la opinión de que el matrimonio pondrá fin a las incapacidades del neurótico; que cuando la terapia de grupo se haya extendido sufi­cientemente, revolucionará la sociedad; que la próxima estación: prima­vera, verano, otoño o invierno, cualquiera sea el caso, será más agrada­ble, que se debería desarrollar una nueva clase de comunidad -un gru­po mejorado-, y otras ideas por el estilo. Estas expresiones tienden a dirigir la atención a un acontecimiento supuestamente futuro, pero para el analista el problema a resolver no reside en un acontecimiento futuro, sino en el presente inmediato, el sentimiento de esperanza en sí mismo. Este sentimiento es característico del grupo de emparejamiento y debe tomarse como una evidencia de que el grupo de emparejamiento existe, de hecho lo librará de los sentimientos de odio, destrucción y desespe­ración que surjan en el propio grupo o en otro, pero a fin de lograr esto, es obvio que la esperanza mesiánica no debe verse realizada. La es­peranza sólo persiste cuando permanece como esperanza.

La dificultad está en que, debido a la racionalización que el grupo hace de su naciente sexualidad, de la premonición del sexo que se impone como esperanza, haya en el grupo de trabajo una tendencia a dejarse influenciar por el sentido de producir un Mesías, sea éste una persona, una idea o una utopía. En la medida en que lo logra, la esperanza se desvanece; pues es evidente que ya entonces no hay nada que esperar y, dado que la destrucción, el odio y la desesperación no se han visto radicalmente influidos, su presencia se hace sentir nuevamente. Esto, a la vez, aumenta el debilitamiento de la esperanza. Si, con fines de discusión, aceptamos la idea de que el grupo debiera ser manejado de manera que se mantenga la esperanza, sería necesario que aquellos que tengan un interés propio en tal tarea (tanto en función de su capacidad como de miembros de un grupo especializado de trabajo -tal como lo describiré en breve- o en función de individuos) , procuren que las esperanzas mesiánicas no se materialicen.

Por supuesto, existe el peligro de que tales grupos especia­lizados de trabajo puedan pecar por un exceso de celo, y en consecuen­cia, interfieran con la función espontánea, creativa, del grupo de trabajo, o bien que se anticipen a sí mismos y, se aboquen a la dolorosa necesidad de destruir al Mesías y recrear luego la esperanza mesiánica. El problema que debe enfrentarse dentro del grupo terapéutico consiste en capacitar al grupo para que esté conscientemente alerta a los sentimientos de esperanza y sus conexiones, y al mismo tiempo los tolere.

El tercer supuesto básico es que el grupo se ha reunido para luchar por algo o para huir de algo. Está preparado para hacer cualquiera de las dos cosas indiferentemente. A este estado mental yo lo llamo grupo de ataque-fuga; dentro de un grupo en tal estado se aceptará a aquel líder capaz de obtener del grupo que aproveche la oportunidad para escapar o para agredir. Si hace demandas que no se ajusten a esto, es ig­norado.

En un grupo terapéutico el analista es el líder del grupo de tra­bajo. El apoyo emocional que él puede brindar está sujeto a fluctuaciones en relación con el supuesto básico activo y con la medida en que sus actividades se ajusten a lo que se requiere de un líder en esos diversos estados mentales. En el grupo de ataque-fuga el analista encuentra que sus intentos para aclarar lo que está sucediendo se ven obstaculizados por la facilidad con que aquellas propuestas que expresan odio a toda dificultad psicológica, o bien los medios por los cuales ésta puede ser evadida, obtienen apoyo emocional.

Debería señalar que dentro de este contexto, la propuesta para usar nombres de pila que mencioné en el primer ejemplo pudo muy bien haber sido interpretada como una ex­presión del deseo de huida dentro de un grupo de ataque-fuga, aunque, por razones ligadas con la etapa de evolución que el grupo había alcan­zado, yo la interpreté en términos de la función del grupo de trabajo.

Características Comunes a Todos los Grupos de Supuesto Básico.

Participar en una actividad de supuesto básico no requiere entrenamiento, experiencia ni madurez mental. Es instantáneo, inevitable e instintivo, he sentido la necesidad de explicar los fenómenos que he ob­servado en el grupo para postular la existencia de un instinto gregario. En contraste con la función del grupo de trabajo, la actividad de. supues­to básico no demanda del individuo una capacidad para cooperar, sino que depende del grado en que los Individuos posean aquello que he lla­mado valencia, término que tomé de la física para expresar la capacidad que poseen los individuos para combinarse entre sí instantánea e invo­luntariamente y compartir y actuar de acuerdo con el supuesto básico. La función del grupo de trabajo está siempre en relación con un supuesto, básico, y sólo con uno. Aunque la función del grupo de trabajo pueda permanecer inalterable, el supuesto básico concomitante implícito en sus actividades puede cambiar frecuentemente.

Pueden producirse dos o tres cambios en una hora, o bien el mismo supuesto básico puede predominar durante meses. Para explicar el destino de los supuestos básicos que no están en actividad he postulado la existencia de un sistema proto-mental dentro del cual la actividad física y mental está indiferenciada, y permanece fuera del campo que ordinariamente se considera adecua­do para las investigaciones psicológicas. Debe tenerse presente que el hecho de que un campo sea adecuado para la investigación psicológica depende de otros factores además de la naturaleza del campo a investi­gar. Uno de ellos es la fuerza que posea la técnica de investigación psi­cológica.

El reconocimiento del campo de la medicina psicosomática de­muestra la dificultad con que tropieza el intento de determinación de la línea que separa los fenómenos psicológicos de los físicos. Por lo tanto, propongo dejar indeterminados los límites que separan el supuesto bá­sico activo de aquellos que he dejado relegados al hipotético sistema proto-mental. Muchas técnicas son de uso diario para la investigación de la función del grupo de trabajo. Considero que el psicoanálisis, o ciertas extensiones de la técnica que derivan directamente de aquél, son esen­ciales. Pero dado que las funciones del grupo de trabajo están siempre ligadas con los fenómenos de supuesto básico, es evidente que las técnicas que ignoren a estos últimos darán una impresión equivocada de las primeras.

Las emociones asociadas con el supuesto básico pueden ser descritas con los términos usuales: ansiedad, temor, odio, amor y otros similares. Pero las emociones comunes a cualquiera de los supuestos básicos se influencian entre sí en forma sutil como si constituyeran una combinación peculiar del supuesto básico en actividad. Es decir, que la ansiedad dentro de un grupo dependiente tiene una cualidad dife­rente de la ansiedad que se manifiesta en el grupo de emparejamiento, y lo mismo ocurre con otros sentimientos.

Todos los supuestos básicos incluyen la existencia de un líder, aunque como lo he dicho, en el grupo apareado el líder sea no-existente, es decir, no haya nacido. Este líder no necesita identificarse con nin­gún individuo del grupo; no necesita en absoluto ser una persona, sino que puede estar identificado también con una idea o un objeto inani­mado. En el grupo dependiente el lugar del líder puede ser ocupado por la historia del grupo.

Un grupo que se queja por su falta de habilidad para recordar lo que había sucedido en ocasiones previas, se estabiliza al hacer un registro de sus reuniones. Este registro se trans­forma así en una "biblia" a la cual se apela si, por ejemplo, el indi­viduo que ha sido investido por el grupo para desempeñar el liderazgo demuestra ser material refractario para ajustarse a las características propias del líder dependiente. El grupo recurre al dictado de una "biblia" cuando se siente amenazado por una idea cuya aprobación significaría evolución por parte de los individuos que constituyen el grupo.

Tales ideas engendran fuerza emocional y excitan una oposición también emocional, por su asociación con características adecuadas al líder del grupo de ataque-fuga. Cuando un grupo de dependencia o de ataque-fuga está en actividad, se origina una lucha para suprimir la idea nueva, ya que se considera que la aparición de una idea nueva amenaza el statu quo. En una situación de guerra, la idea nueva —ya se trate de un tanque o de un nuevo método para selección de oficiales— se considera como una novelería, opuesta, por lo tanto, a la biblia militar.

Dentro de un grupo dependiente la idea nueva se ve como una amenaza al líder de dependencia, sea este líder una "biblia" o una persona. El fenómeno resulta verdadero aun dentro del grupo de emparejamiento, pues, como he dicho antes, la idea o persona nueva, al ser equiparada con el genio no-existente o Mesías, no debe nacer si es que ha de llenar la función que demanda este grupo.

Formas Aberrantes del Cambio de un Supuesto Básico a Otro.

El cambio en la mentalidad del grupo no necesita obedecer a des­plazamientos de un supuesto básico a otro y puede tomar ciertas for­mas aberrantes que dependen del supuesto básico que esté en actividad cuando la tensión aumenta. Estas formas aberrantes envuelven siempre a un grupo externo. Si el grupo dependiente está en actividad y es amenazado por la presión que ejerce el líder del grupo de empareja­miento —quizás en la forma de una idea que está teñida con espe­ranza mesiánica—, cuando métodos tales como el recurrir a una biblia resultan inadecuados, se conjura la amenaza provocando la influencia de otro grupo.

Si está en actividad el grupo de ataque-fuga se tiende a absorber a otro grupo. Si el grupo de emparejamiento está en actividad, la tendencia es hacia la escisión. Esta última reacción puede parecer extraña, a menos que se recuerde que en el grupo apareado la esperanza mesiánica, ya se trate de una persona o una idea, debe permanecer en el plano de lo irrealizable. El núcleo de la cuestión reside en que una idea nueva amenaza reclamar evolución, y los grupos de supuesto básico están incapacitados para tolerar dicha evolución. Más adelante presentaré las razones de este fenómeno.

El Grupo Especializado de Trabajo.

Existen algunos grupos especializados de trabajo, sobre los que Freud (1921, pág. 41), ha llamado la atención, aunque no les diera tal nombre, cuya tarea es especialmente proclive a estimular la actividad de un determinado supuesto básico. El Ejército y la Iglesia son señala­dos como dos grupos típicos de esta naturaleza. Una iglesia tiende a verse interferida por fenómenos de grupo de dependencia, y un ejército muestra una propensión similar por los fenómenos del grupo ataqué-fuga. Pero debe también considerarse la posibilidad de que esos gru­pos reciban un impulso que parta del grupo principal del que forman parte, cuyo propósito específico consista en neutralizar al grupo de depen­dencia y al grupo ataque-fuga respectivamente, y de esa manera impe­dir que la función de grupo de trabajo, del grupo principal, se vea obstaculizada por aquellos.

Si adoptamos la última hipótesis, el hecho de que la actividad del grupo de dependencia o del grupo de ataque-fuga deje de manifestarse dentro de los grupos especializados de trabajo o que por el contrario crezca hasta alcanzar un poder fuera de lo común, debe verse como un fracaso del grupo especializado de trabajo. En cualquiera de los casos mencionados, el resultado es el mismo: el grupo principal tiene que hacerse cargo de las funciones propias del grupo especializado de trabajo, y además desempeñar sus propias funciones. Si el grupo especializado de trabajo no enfrenta, o no puede hacerlo, los fenómenos del supuesto básico que son de su incumbencia, las fun­ciones de grupo de trabajo del grupo principal estarán viciadas por la presión que ejercen dichos supuestos básicos.

Si la función del grupo de trabajo consiste esencialmente en transformar los pensamientos y sentimientos en una conducta que se ajuste a la realidad, esta función está mal adaptada para dar expresión a los supuestos básicos. Estos se tornan peligrosos en la medida que se intente traducirlos en acción. En verdad, el grupo especializado de trabajo tiende a reconocer este hecho, lo que se ve a través de los esfuerzos que realiza para llevar ade­lante el proceso inverso, es decir, traducir la acción en términos de la mentalidad propia del supuesto básico — un procedimiento mucho menos arriesgado. Así, cuando una realización de notables caracterís­ticas, fruto de la función del grupo de trabajo, es presentada ante una iglesia, ésta inducirá al grupo a dar gracias a su deidad y no a su capacidad para realizar una difícil tarea en el plano de la realidad, non nohis, Domine.

Desde el punto de vista de facilitar el funciona­miento del grupo de trabajo, la Iglesia, próspera y triunfante, debe combinar el robustecimiento de la creencia religiosa con la insistencia de que ésta no se lleve a la acción. Si la lucha cumple exitosamente su objetivo, se favorecerá la creencia de que todo se puede lograr por la fuerza, cuidando que ésta nunca se use. En ambos casos se demuestra que la mentalidad de supuesto básico no se presta para la acción, dado que la acción requiere la función del grupo de trabajo para mantener el contacto con la realidad. Dentro del pequeño grupo terapéutico cuando el grupo de dependencia está en actividad, existe la tendencia a producir un subgrupo que toma sobre sí la función de interpretar ante el grupo al líder del grupo dependiente, representado generalmente por el analista.

Dentro del grupo de ataque-fuga existe un sub­grupo que desempeña una función similar. Si el analista resulta material reacio, está expuesto a evocar aquellas reacciones que anteriormen­te he descrito como asociadas con la amenaza que representa una nueva idea. He dicho (pág. 110) que la aristocracia puede ser el grupo de traba­jo especializado, que llena, para el grupo de emparejamiento, funciones similares a las de la Iglesia o el Ejército con relación a los grupos de de­pendencia y de ataque-fuga, respectivamente. La función que desempeña este subgrupo consiste en ofrecer una salida para sentimientos centrados en ideas de raza y nacimiento, es decir, para la esperanza mesiánica que, como he sugerido anterior­mente, es precursora del deseo sexual, sin que provoque nunca el te­mor de que tales sentimientos originen un hecho que exija una evo­lución posterior.

La aristocracia debe inspirar esperanza mesiánica, pero, al mismo tiempo, confianza en que, si el líder del grupo de emparejamiento se materializa, nacerá en un palacio, pero será semejante a nosotros -probablemente el término actual más adecuado para expresar la cualidad deseada, dentro del lenguaje convencional, sea el de "demo­crático”-. En el grupo terapéutico el subgrupo "aristocrático" con­tribuye generalmente a que el grupo comprenda que la idea nueva es en realidad una idea con la cual ya están completamente familiari­zados.

Bibliografía.

Bion, W. R. Experiencias en Grupos. Paidós, Buenos Aires. 1971.

Imperdible: Orígenes de la Psicoterapia de Grupo

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