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Imperdible. W.R. Bion 2da. Parte. Experiencias en Grupos

Publicado por activado 30 Mayo 2013

Imperdible. W.R. Bion 2da. Parte. Experiencias en Grupos

Dinámica de Grupos.

Wilfred R. Bion.

Supuestos Básicos: Tiempo y Desarrollo.

Al hablar de la mentalidad del supuesto básico deberemos men­cionar dos características sobre las que llamaré la atención. El tiempo no tiene que ver con ella; es una dimensión de la función mental no reconocida; por tanto, todas las actividades que reclaman conciencia del tiempo son captadas imperfectamente y tienden a provocar sentimientos de persecución. Las interpretaciones de la actividad en el nivel de los supuestos básicos revelan una relación distorsionada con el tiempo. La segunda característica consiste en la ausencia de todo proceso de evolución como parte de la mentalidad del supuesto básico; los estímulos para el desarrollo reciben una respuesta: hostil. Podrá comprobarse que éste es un asunto de importancia en cualquier' grupo cuyo propósito sea promover por medio del estudio del grupo un desarrollo terapéutico del "insight".

La hostilidad así engendrada tiende a deter­minar que la reacción ante la aparición de la persona o idea mesiánica tome una forma aberrante, y no que evolucione cíclicamente de un supuesto básico a otro. Porque, si un grupo desea impedir el des-arrollo, la manera más simple de lograrlo es abandonarse a la mentali­dad del supuesto básico, y acercarse así al tipo de vida mental que no requiere capacidad de desarrollo. La mayor compensación que se puede obtener por tal cambio parece consistir en el aumento de un placentero sentimiento de vitalidad. Podemos apreciar la defensa que la escisión representa contra la amenazadora idea del desarrollo en la dinámica de los grupos cismá­ticos, que ostensiblemente se oponen, pero que en realidad procuran el mismo fin. Un grupo se adhiere al grupo dependiente, con frecuencia en la forma de biblia grupal. Este grupo populariza las ideas esta­blecidas al despojarlas de cualquier elemento que requiera esfuerzos penosos, y de esta manera se asegura la adhesión numerosa de los que se oponen al sufrimiento que significa la evolución.

El pensamiento se estabiliza así en un nivel que es trivial y dogmático. El grupo recí­proco, que aparentemente apoya la idea nueva, se hace tan exigente en sus demandas, que cesa de renovarse. Así, ambos grupos evitan el choque doloroso entre lo primitivo y lo sofisticado, que constituye la esen­cia del conflicto evolutivo. Los cismáticos superficiales, pero numerosos, se oponen así a los cismáticos profundos, pero desdeñables des­de el punto de vista numérico. El resultado recuerda el temor, a veces expresado, de que eventualmente la sociedad se reproduzca abundan­temente a través de sus miembros menos cultivados, mientras la gente "mejor" permanece obstinadamente estéril.

Relación Entre un Supuesto Básico y Otro.

Podemos retomar ahora los tres grupos de supuesto básico y el grupo de trabajo para comprobar si no pueden resolverse en algo más fundamental. Aun concediendo que el postulado de los supuestos básicos contribuye a dar forma y significado al complejo y caótico estado emocional que el grupo descubre ante el participante dado a la .investigación, no existe una explicación razonable de por qué deben existir tales supuestos. Es evidente que ninguno de los tres supuestos básicos alivia el temor del grupo y sus emociones; de otra manera no se produciría ningún cambio de un supuesto básico a otro, y no se formarían los correspondientes grupos especializados de trabajo que ya he descrito. Cada uno de los tres supuestos incluye la idea de un líder. El grupo ataque-fuga muestra un total desconocimiento de la comprensión como técnica. Todos sus miembros se oponen al desarrollo que en sí depende de la comprensión.

El grupo de trabajo, por el contrario, reconoce ambas necesidades: comprensión y desarro­llo. Si consideramos los grupos especializados de trabajo, los tres se ocupan de asuntos que parecen residir fuera del ámbito del supuesto básico con el que se relacionan fundamentalmente. Así, el grupo especializado de trabajo que funciona de acuerdo con el supuesto básico de dependencia, no está exento de preocupaciones ligadas con ideas mesiánicas que parecerían corresponder con más propiedad al grupo de emparejamiento. En este caso los esfuerzos parecen estar dedicados a un Mesías nacido como hijo ilegítimo en un lecho de juncos o en un pesebre, uno de cuyos padres es del más elevado rango (la hija de un Faraón o la Deidad misma) y otro más humilde. En el grupo de emparejamiento el subgrupo aristocrático permite padres de elevado rango, y cuna palaciega, pero el niño es notable sólo por identificarse con el resto de nosotros.

Al analizar los hechos, parece que lo difícil es combinar amor sexual, padres de igual nivel, un niño como nosotros, la esperanza mesiánica —que yo considero como componente esencial del amor sexual—, y una compulsión hacia el desarrollo que reclama en sí la capacidad de comprensión. El grupo ataque-fuga expresa un sen­timiento de incapacidad para la comprensión y el amor sin el cual, por otra parte, la comprensión no puede existir. Pero el líder del grupo ataque-fuga vuelve a poner a la vista uno de los componentes temidos, una aproximación al padre temido o al niño.

Por otra parte, los tres grupos de supuesto básico parecen ser, a la vez, agregados de individuos que comparten entre sí las características de uno de los personajes de la situación edípica, que son dependientes de cualquiera de los supuestos básicos que esté en actividad. Este paralelo con los personajes de la situación edípica está, sin em­bargo, marcado por divergencias importantes. La relación parece darse entre el individuo y el grupo. Pero el grupo el sentido como un individuo fragmentado, dentro del cual hay otro escondido, en reserva.

El individuo oculto es el líder, y aunque esto parece contradecir la afirmación constantemente reiterada de que el analista es el líder, la contradicción se resuelve si recordamos que en el grupo terapéutico el analista es el líder del grupo de trabajo, y que si bien se supone que él es quien desempeña el liderazgo, aparentemente se lo percibe como líder sólo en raras ocasiones. De acuerdo con mi experiencia, muy frecuentemente se me dice que no tomo parte en el grupo o que nunca doy una oportunidad para que el grupo conozca mis opiniones, aunque probablemente yo hable más que ningún otro. Lo esencial aquí, como siempre en un grupo, consiste en el sentimiento que acompaña a la idea expresada, y vuelvo a subrayar el hecho de que, si bien se supone que soy el líder del grupo, no se me percibe como tal.

He indicado ya que dentro del plano emocional, en aquellas si­tuaciones donde los supuestos básicos son dominantes, se pueden per­cibir en el material las figuras edipicas tal como sucede en un psico­análisis. Pero ellas incluyen un componente, poco tenido en cuenta, del mito de Edipo: la esfinge. En la medida en que se me considera el líder en la función de grupo de trabajo, y el reconocimiento de este hecho raramente falta, tanto yo como la función del grupo con la cual me identifico, somos investidos de sentimientos que serían completamente apropiados en relación con la enigmática e inquisitiva esfinge de la que emana el desastre. Algunas veces, cuando mis intervenciones han provocado mayor ansiedad que la usual, se emplean ciertos términos que casi no requieren interpretación para que el grupo capte la simi­litud. No conozco ninguna otra experiencia que demuestre más clara­mente el terror que suscita una actitud inquisitiva que la experiencia grupal. Esta ansiedad no sólo se dirige hacia el que interroga, sino también hacia el objeto de la interrogación y, según sospecho, es secundaria con relación al último.

Pues el grupo, al ser en sí mismo el objeto de la interrogación, origina temores de una naturaleza ex­tremadamente primitiva. Mi impresión es que el grupo se aproxima estrechamente, en las mentes de los individuos que lo componen, a fantasías muy primitivas con respecto al contenido del cuerpo materno. El intento de realizar una investigación racional de la dinámica del grupo, se ve, en consecuencia, perturbado por temores y por mecanismos que surgen a fin de enfrentarlo y que son característicos de la posición esquizo-paranoide. La investigación no puede ser llevada a cabo sin estimular y activar estos niveles. Estamos ahora en una posición más. favorable para considerar si los supuestos básicos son capaces de reducirse a algo más fundamen­tal. He llamado ya la atención sobre el hecho de que estos tres estados mentales guardan entre sí ciertas semejanzas que me hacen suponer que ellos pueden no constituir fenómenos fundamentales, sino más bien expresiones de un estado que merecería ser considerado como primario o de reacciones contra él.

En verdad, aunque he comprobado que la hipótesis de los supuestos básicos es una valiosa ayuda para ordenar el caos que representa el material resultante de una sesión de grupo, pronto se hace evidente que una investigación posterior reclama nuevas hipótesis. Esta necesidad, y el camino hacia la hipótesis que pueda satisfacerla se me hicieron claros al considerar cuál era el elemento que podía precipitar el cambio de un supuesto básico a otro. En este análisis incluyo las formas aberrantes que he descrito anteriormente. En suma, sin tomar en cuenta cuál de los supuestos básicos está en actividad, la investigación revela que los elementos de la situación emocional están tan estrechamente ligados a las fantasías propias de las ansiedades primitivas que cuando la presión de la ansiedad se hace demasiado grande, el grupo se siente impulsado a tomar una acción defensiva.

Enfocados desde este nivel primitivo, los supuestos básicos toman un aspecto diferente del que adoptaron a través de las descrip­ciones que ya he dado. El impulso a aparearse puede ser visto ahora como poseyendo un componente que deriva de la ansiedad psicótica, asociada a los conflictos edípicos primitivos que actúan basados en relaciones parciales objétales. Esta ansiedad incita a que los individuos busquen aliados. Esta derivación del impulso de apareamiento está encubierta por la explicación aparentemente racional dentro del grupo de apareamiento, que afirma que el motivo de la relación es sexual y su objeto la reproducción.

Pero si el grupo de emparejamiento está en actividad, nueva­mente encontramos que muchos de sus componentes están demasiado próximos a partes de objetos primitivos para que se pueda evitar iden­tificarlos con ellos, de manera que no pasa mucho tiempo antes de que la ansiedad psicótica surja con tal fuerza que deba encontrarse una nueva defensa. Supongamos que toma la forma del grupo de ataque-fuga, es decir, una descarga de odio que encuentra salida en ataques destructivos dirigidos a un supuesto enemigo, o en huir del objeto aborrecido. La indiferencia que el grupo manifiesta con respecto al individuo, y sobre todo la incapacidad del grupo para escapar por este medio de la escena primaria primitiva, conduce nuevamente a una descarga de ansiedad y a la necesidad de otro cambio de supuesto básico.

A través de esta descripción podrá apreciarse que los supuestos básicos emergen como formaciones secundarias de una escena primaria muy temprana, elaborada en un nivel de objetos parciales, y asociada con la ansiedad psicótica y los mecanismos de división y de identifi­cación proyectiva, que Melanie Klein ha descrito como característicos de las posiciones esquizo-paranoíde y depresiva. La introyección y la proyección del grupo, que por momentos es el temido investigador y por momentos el temido objeto de la investigación, constituyen una parte esencial del cuadro y contribuyen a aumentar la confusión que reina en la escena, a menos que se las reconozca como muy activa». El concepto clásico de la escena primaria no llega bastante lejos como para ser aplicable a la dinámica del grupo. Debo destacar el hecho de que, según pienso, es esencial elaborar por completo la escena pri­maria, tal como ella se manifiesta en el grupo. Esta difiere en grado extremo de la escena primaria tal como se la describe clásicamente, en que es mucho más grotesca y que parece suponer que una parte de uno de los padres, el cuerpo o el pecho materno, contiene, además de otros objetos, una parte del padre.

En su ensayo referente a las etapas primitivas del conflicto de Edipo, Melanie Klein (1928; también 1945) hace una descripción de estas fantasías, tales como se le hicie­ron manifiestas en el proceso del análisis individual (véase Paula Heimann, 1952 b) *. De acuerdo a mi criterio, la experiencia del grupo brinda extenso material para apoyar el punto de vista de que dichas fantasías son de capital importancia para el grupo; cuanto más perturbado se halla el grupo, tanto más fácil resulta encontrar mani­festaciones que correspondan a estas fantasías y mecanismos primiti­vos; cuanto más estable, corresponde tanto más a las descripciones que hace Freud del grupo como una repetición de las pautas del grupo familiar y de los mecanismos neuróticos. Pero aun en el grupo "estable" los niveles psicóticos profundos debieran ser demostrados, aunque ello pueda significar temporariamente un aumento aparente del estado de "enfermedad" del grupo.

Antes de considerar los puntos de vista del psicoanálisis con re­lación al grupo, pienso que es necesario resumir las teorías que he ex­puesto hasta aquí. Debe recordarse que en forma deliberada intenté, en la medida en que ello es posible para un psicoanalista que admite que se ha propuesto investigar el grupo por medio de intuiciones des­arrolladas psicoanalíticamente, dejar a un lado todas las teorías psicoanalíticas de grupo precedentes, a fin de lograr una perspectiva desprejuiciada. Como resultado, he llegado a una teoría de grupo que pone en evidencia que las funciones del grupo de trabajo se dan junto a un comportamiento, con frecuencia fuertemente teñido con elementos emocionales, que sugería que los grupos reaccionaban emocional-mente a uno de los tres supuestos básicos. La idea de que tales su­puestos básicos surgen en forma involuntaria, automática e inevitable, ha parecido útil para iluminar la conducta del grupo.

Sin embargo, existen muchos elementos que sugieren que estos aparentes "supuestos básicos" no pueden ser considerados como estados mentales bien dife­renciados. Con esto no pretendo sostener que sean explicaciones "bá­sicas" que aclaren todo el comportamiento del grupo —lo que sería en verdad un disparate—, sino que, aun cuando sea posible diferenciar con razonable certeza un estado de los otros dos, cada uno de ellos parti­cipa de una cualidad que pareciera ser en cierto sentido el dual o la recíproca de uno de los otros dos, o quizás, simplemente, otro aspecto de lo que había sido considerado como un supuesto básico distinto. La esperanza mesiánica del grupo de emparejamiento, por ejemplo guarda cierta similitud con la deidad del grupo dependiente. Puede que esto sea difícil de ver, dado que el tono emocional es muy diferente. Como he dicho, dentro de cada grupo de supuesto básico encontramos an­siedad, temor, odio, amor.

Es probable que se produzca una modifi­cación de los sentimientos al combinarse con el respectivo grupo de supuesto básico, pues el "cemento", por así decir, que los liga unos con otros está constituido por culpa y depresión, en el grupo dependiente; por esperanza mesiánica, en el grupo de emparejamiento; y por disgusto y odio, en el grupo de ataque-fuga. De cualquier manera, la consecuencia es que el contenido mental implícito en la discusión puede aparecer como un resultado engañosamente distinto dentro de los tres grupos. En ocasiones es posible apreciar que el genio nonato del grupo de emparejamiento es muy similar al dios del grupo de­pendiente; en verdad, en aquellas ocasiones en que el grupo dependiente apela a la autoridad de un líder del "pasado" se aproxima muy estrechamente al grupo apareado, que apela a un líder "futuro". En ambos el líder no existe; sólo existe una diferencia de tiempo y una diferencia en la emoción. Insisto sobre estos puntos para mostrar que la hipótesis de los supuestos básicos que he formulado no puede ser considerada como una fórmula rígida.

El Punto de Vista Psicoanalítico.

Las teorías del grupo que sostiene Freud derivan de su estudio de la transferencla. Dado que la relación de apareamiento que se establece en el psicoanálisis puede ser considerada como parte de una situación de grupo más amplia, podría esperarse que la relación transferencial estuviera teñida, dadas las razones a que me referí antes, por las características asociadas con el grupo. Si se considera al análisis como parte de la situación total de grupo, se esperará encontrar ele­mentos sexuales destacados en el material que allí se presente, y en aquella parte del grupo que se encuentra de hecho excluida del aná­lisis, sospechas y hostilidad hacia el psicoanálisis, considerado como una actividad sexual.

Partiendo de su experiencia como analista, Freud fue capaz de deducir la significación de dos de los que yo he llamado grupos espe­cializados de trabajo, el Ejército y la Iglesia, pero no se refirió al grupo especializado de trabajo que concede importancia fundamental a la raza, y que por lo tanto está más relacionado con los fenómenos del grupo de emparejamiento. Me refiero a la aristocracia. Si la aristocracia estuviera relacionada simplemente con la realidad externa, su actividad se asemejaría más profundamente al trabajo de un departamento genético en una universidad. Pero el interés que se pone de manifiesto en pro de la conservación de una casta carece de la atmós­fera científica que asociaríamos con la actividad mental dirigida hacia la realidad externa: se trata de un grupo especializado de trabajo que se divide para manejar los fenómenos del grupo de apareamiento de igual manera en que el Ejército tiene que manejar los fenómenos de ataque-fuga y la Iglesia los fenómenos de dependencia.

En conse­cuencia, la relación que este subgrupo mantiene con el grupo principal no estará determinada por el grado de fidelidad a los principios estrictamente genéticos con que maneja sus asuntos, sino por In efi­ciencia con la que dicho subgrupo satisface las demanda» del grupo principal. Este exige que los fenómenos del grupo de emparejamiento sean manejados de tal forma, que las funciones de grupo de trabajo del grupo total no se vean obstaculizadas por los impulsos emocionales que emanan de esa fuente. Aunque Freud desautorizó expresamente cualquier estudio superficial del problema de grupo (1913, pág. 75), y a pesar de que sus observaciones fueron hechas en el curso de una discusión de los puntos de vista de Le Bon, Mc Dougall y Wilfred Trotter, la verdad (1921) es que tenía amplia experiencia de grupo y de lo que significa ser un individuo envuelto en tensiones emocionales -tal como lo he indicado a través de mi esquema de la posible posición que el psicoanálisis puede ocupar en un grupo en el cual estimula los fenómenos de emparejamiento.

Freud (1930, pág. 44) expresa que la psicología individual y la psicología de grupo no pueden diferenciarse en absoluto, pues la psicología del individuo es en sí una función de la relación entre una persona y otra. Cree difícil que podamos atribuir al número una im­portancia tan grande como para creer que éste, por sí mismo, sea capaz de hacer surgir en nuestra vida mental un nuevo instinto que, de otra manera, no se hubiera manifestado. Pienso que Freud está muy acertado en este aspecto; en ningún momento me he encontrado frente a fenómenos que deban ser explicados, postulando la existencia de un instinto gregario. El individuo es miembro de un grupo, y lo ha sido siempre, aun cuando su participación en dicho grupo consista en comportarse de tal manera que parezca demostrarnos que no pertenece en absoluto a ningún grupo. El individuo es un animal de grupo que está en guerra tanto con el grupo como con aquellos aspectos de su personalidad que constituyen la esencia de su carácter gregario. Freud (1921, pág. 29) limita esta guerra a una lucha contra la "cultura", pero quisiera demostrar que esto requiere mayor extensión. Mc Dougall y Le Bon hablan como si la psicología de grupo surgiera sólo cuando un conjunto de personas se reúnen en un mismo lugar y al mismo tiempo, y Freud no desaprueba esto.

De acuerdo con mi criterio, tales requisitos no son imprescindibles, excepto para hacer posible el estudio: el agregado de individuos sólo es necesario en la forma en que, para que sea posible demostrar una relación de transferencia, es necesario que el analista y el analizado se reúnan. Sólo través de la reunión se presentan las condiciones adecuadas para que las características del grupo se revelen; sólo si los individuos se acercan suficientemente unos a otros es posible dar una interpreta­ción sin necesidad de gritar; de la misma manera es necesario que todos los miembros del grupo puedan comprobar los elementos en los que se fundamentan las interpretaciones. Por estas razones el número y el grado de dispersión del grupo deben ser limitados. El hecho de que el grupo se constituya en un lugar determinado y en un momento determinado, es importante por las razones mecánicas señaladas, pero no tiene mayor significado para la producción de fenómenos de grupo; la idea de que ello sea significativo surge de la impresión que establece que una cosa comienza en el momento en que su existencia se hace palpable.

En verdad, ningún individuo, aunque esté aislado en tiempo y espacio, debe ser considerado como fuera de un grupo o como falto de manifestaciones activas de psicología de grupo. Repito, sin embargo, que la existencia de la conducta de grupo se hace evidente­mente más fácil de demostrar, y aun de observar, si el grupo se constituye como tal; y pienso que es esta facilidad para la observa­ción y la demostración la responsable de la idea de un instinto gre­gario, tal como lo postula Trotter, o de otras teorías que he mencionado ya, y que se reducen a la idea de que un grupo es algo más que la suma de sus miembros. Mi experiencia me convence de que Freud estuvo acertado al rechazar tal concepto que, de acuerdo con la evi­dencia presente, demostraba ser innecesario. La aparente diferencia que existe entre la psicología de grupo y la psicologia individual es una ilusión que surge del hecho de que el grupo coloca en un primer plano ciertos fenómenos que se presentan como extraños para un observador que no está familiarizado con el grupo.

Asigno gran fuerza e influencia al grupo de trabajo que, a tra­vés del interés que demuestra por la realidad, se siente obligado a em­plear los métodos de la ciencia aunque sea en forma rudimentaria; a pesar de la influencia de los supuestos básicos, y a veces en armonía con ellos, ala larga el grupo de trabajo es el que triunfa. Le Bon dijo que el grupo nunca se interesa demasiado por la verdad. Estoy de acuerdo con la opinión de Freud -tal como la encontramos parti­cularmente al discutir el papel que desempeña el grupo en la produc­ción del lenguaje, canciones populares, folklore, etc.- que manifiesta que al expresarse así Le Bon es injusto con el grupo. Cuando Mc Dougall afirma que en el grupo altamente organizado existen ciertas con­diciones que contrarrestan "las desventajas psicológicas de la formación del grupo", se acerca a mi punto de vista, que sostiene que la función del grupo especializado de trabajo consiste en manejar el su­puesto básico previniendo el bloqueo del grupo de trabajo.

Según Freud estamos frente al siguiente problema: que el grupo adquiera “precisamente aquellos rasgos que fueron característicos del individuo y que están ahora extinguidos en él a raíz de la formación del grupo". Freud postula un individuo fuera del grupo primitivo que posee su propia continuidad, su autoconciencia, su tradición y sus costumbres, sus funciones particulares, y su posición propia. Debido a su integración dentro de un "grupo no organizado", dice Freud, el in­dividuo había perdido por un tiempo sus características distintivas. Yo pienso que la lucha que mantiene el individuo para preservar su peculiaridad toma diferentes aspectos de acuerdo con el estado mental del grupo en un momento dado. La organización del grupo da estabilidad y permanencia al grupo de trabajo, que corre el peligro de ser fácilmente ahogado por los supuestos básicos cuando el grupo carece de organización. La peculiaridad individual no constituye una parte de la vida de un grupo que actúa sobre supuestos básicos.

La organización y la estructura son armas del grupo de trabajo. Constituyen el producto de la cooperación entre los miembros del grupo, y una vez establecidos en el grupo, su efecto consiste en reclamar una mayor cooperación de los individuos. El grupo organizado al que hace referencia Mc Dougall es siempre, en este sentido, un grupo de trabajo y nunca un grupo de supuesto básico. Un grupo que actúe sobre un supuesto básico no necesitará ni organización ni capacidad de cooperación. La contra­parte de la cooperación en el grupo de supuesto básico es la valencia -una función espontánea e inconsciente de la cualidad gregaria de la personalidad humana-. Las dificultades surgen sólo cuando el grupo comienza a actuar de acuerdo con un supuesto básico. La acción implica inevitablemente contacto con la realidad, y el contacto con la realidad obliga a tener en cuenta la verdad; se impone el método científico y como consecuencia, se impone también un grupo de trabajo.

De acuerdo con la descripción que hace Le Bon, un líder es alguien bajo cuya dirección se coloca instintivamente un conjunto de seres humanos, aceptando su autoridad como jefe; el líder debe adaptar sus cualidades personales al grupo, y debe estar sostenido por una fe poderosa para despertar la fe del grupo. Esta opinión de Le Bon, que sostiene que el líder es alguien que debe adaptar sus cualidades personales al grupo, es compatible con mi opinión, que sostiene que cuando el comportamiento o la característica de un líder no se ajustan a los límites fijados por el supuesto básico predominante, el grupo lo ignora. Además, el líder debe ser sostenido por la misma "fe" que sostiene el grupo, no para despertar la fe del grupo, sino porque las actitudes del grupo y del líder son funciones del supuesto básico. La distinción que hace Mc Dougall (1920, pág. 45) entre el grupo simple "no-organizado" y el grupo "organizado" me parece aplicable, no a dos grupos diferentes, sino a dos estados mentales que podemos observar como coexistentes dentro del mismo grupo.

Por las razones que ya he dado, el grupo "organizado" puede mostrar los rasgos ca­racterísticos del grupo de trabajo, mientras que el "no-organizado" muestra los rasgos característicos del grupo de supuesto básico. Freud discute los puntos de visa de Mc Dougall, citando la descripción que éste hace del grupo "no organizado". Con respecto a la sugestionabilidad del grupo, pienso que ésta depende de cuál sea la sugestión. Si ella está de acuerdo con los términos del supuesto básico, el grupo la seguirá; si no sucede así, será ignorada. De acuerdo con mi parecer, esta característica surge muy claramente en la situación de pánico, a laque haré referencia luego.

Mc Dougall, discutido por Freud en los pasajes mencionados, señala ciertas condiciones que son necesarias para elevar el nivel de vida mental colectivo. "La primera de estas condiciones", dice Mc Dougall (1920, pág. 49), "que es la base de todo el resto, consiste en un cierto grado de continuidad de la existencia del grupo". Esto me convence de que el grupo organizado que describe McDougall no es otra cosa que lo que yo llamo el grupo de trabajo. Al discutir los puntos de vista de Radcliffe Brown sobre estructura social, particularmente aque­llos que se refieren a la distinción entre "estructura como una realidad concreta que tiene existencia verdadera" y "forma estructural", Meyer Fortes afirma que la distinción está asociada con la continuidad de la estructura social a través del tiempo. De acuerdo con mi opinión, la continuidad de la estructura social a través del tiempo es una función del grupo de trabajo.

Meyer Fortes sostiene que el factor tiempo dentro de la estructura social no incide de manera uniforme y añade que, por definición, todos los grupos colectivos deben tener continui­dad. Tal como sucede con la distinción que Mc Dougall hace entre grupos no organizados y grupos organizados, yo creo que al tratar la incidencia del factor tiempo no estamos operando con dos grupos de clases diferentes, en el sentido de dos agregados diferentes de individuos, sino más bien con dos categorías diferentes de actividad mental que coexisten en el mismo grupo de individuo, Dentro de la actividad del grupo de trabajo, el tiempo es intrínseco: dentro de la actividad de supuesto básico, no tiene lugar. Las funciones propias de los grupos de supuesto básico son siempre activas antes de que el grupo se reúna en un lugar, y continúan su existencia luego que el grupo se ha dispersado. Dentro de las funciones de supuestos básicos no existen procesos de desarrollo ni de decadencia, y en este sentido difieren totalmente de las funciones del grupo de trabajo.

En conse­cuencia, debe esperarse que si no se ha reconocido que dentro del grupo operan al mismo tiempo dos clases diferentes de funciones mentales, la observación de la continuidad del grupo en el tiempo producirá resultados anómalos y contradictorios: El hombre que pregunta cuándo se reúne el grupo nuevamente, en la medida en que hable de los fenómenos mentales, se está refiriendo al grupo de trabajo. El grupo de supuesto básico no se dispersa ni reúne, y dentro de él las referencias al tiempo no tienen significado. He conocido un grupo compuesto por hombres inteligentes, que conocían perfecta­mente los horarios de las sesiones, que se mostraban disgustados por­que la sesión había finalizado, y que por un tiempo apreciable fueron completamente incapaces de captar un hecho que no hubiera repre­sentado ninguna duda en la mentalidad del grupo de trabajo. En con­secuencia, lo que de ordinario se llama impaciencia, debe ser consi­derado, dentro del grupo de supuesto básico, como una expresión de la ansiedad originada por los fenómenos que están intrínsecamente confundidos con una dimensión que es completamente ajena a la men­talidad del supuesto básico.

Es como si a un ciego se lo hiciera cons­ciente de fenómenos que sólo pudieran ser entendidos por alguien que estuviera familiarizado con las propiedades de la luz. Describiría los principios que plantea Mc Dougall para elevar la vida mental colectiva a un nivel superior, como expresión de un intento de impedir el bloqueo del grupo de trabajo por obra del grupo de su­puesto básico. Su segunda condición señala la necesidad que tiene el individuo de lograr una visión clara de los objetivos del grupo de trabajo. El punto cuarto expresa la necesidad de la existencia de un cuerpo de tradiciones, costumbres y hábitos, dentro de la mente de los miembros del grupo, que determinarán las relaciones entre unos y otros y el grupo como una totalidad; esto se aproxima al punto de vista sostenido por Platón, que afirma que la armonía del grupo debe estar basada en la función individual y en la firmeza con que el individuo se ajusta a ella. Pero tiene también ciertas afinidades con las opiniones de San Agustín, en el libro 19 de la Ciudad de Dios, que establecen que una relación adecuada entre un hombre y sus semejantes sólo puede ser lograda por aquel que, antes que nada, haya regulado sus relaciones con Dios. Esto pareciera contradecir mi afir­mación que sostiene que Mc Dougall, al describir el grupo organizado, se ocupa en forma fundamental de los fenómenos del grupo de tra­bajo. La diferencia entre los dos escritores pareciera residir en el hecho de que Mc Dougall pretende enfrentar los supuestos básicos al robus­tecer la capacidad del grupo de trabajo para conservar el contacto con la realidad externa, mientras que el interés de San Agustín reside en elaborar una técnica por medio de la cual el grupo especializado de trabajo se constituya teniendo como función específica la de man­tener contacto con el supuesto básico -en particular con el supuesto básico dependiente.

Es útil recordar que San Agustín dedicó sus afanes a defender al mundo cristiano contra el cargo de haber minado de tal modo la moral, que Roma había sido incapaz de resistir el asalto de Alarico. Dicho en un lenguaje diferente, había surgido una corporación o un grupo al que se le acusaba de haber manejado el supuesto básico de una manera menos eficiente que sus predecesores paganos. San Agustín se sentía ante la difícil tarea de refutar esto. Se trata de una situación que no deja de ser familiar para los que intentan conducir tanto al público como al grupo: estimular y manejar el su­puesto básico, especialmente cuando se lo hace sin un conocimiento adecuado o siquiera con cierto grado de conciencia, como en cierto sentido pasa siempre, conduce a resultados adversos, y en ocasiones aun al desastre.

Consideraré ahora la parte de los escritos de Freud que sostiene que, dentro de un grupo, las emociones del individuo se intensifican en forma extraordinaria, mientras que su habilidad intelectual se re­duce notablemente. Más adelante me referiré a esto cuando considere el grupo desde el punto de vista del individuo, pero por el momento enfocaré el problema tal como lo hace Freud (1921, pág. 33), es decir, como un fenómeno de grupo. En los grupos que he estudiado, se ha considerado siempre como cosa natural el esperar que yo tomara la delantera al organizar sus actividades. Como aprovecho la posición que se me otorga para orientar al grupo hacia una demostración de la dinámica grupal, la "organización" del grupo no actúa como debe actuar según Mc Dougall. El deseo de un grupo "organizado", en el sentido en que Mc Dougall lo entiende, se ve frustrado.

El temor ante los supuestos básicos, que no pueden enfrentarse en forma satisfac­toria con la estructura y la organización, se expresa en la supresión de la emoción, y la emoción constituye una parte esencial de los supuestos básicos. Se produce así una tensión, que ante los ojos del individuo, aparece como una intensificación de la emoción; la falta de estructura permite que intervenga el grupo de supuesto básico, y dado que en un grupo de tal naturaleza la actividad intelectual es, como ya he dicho, sumamente reducida, el individuo, que se adapta al comportamiento impuesto por la participación en el grupo de su­puesto básico, siente como si su capacidad intelectual se viera reducida.
Esta creencia se ve reforzada porque el individuo tiende a ignorar toda actividad intelectual que no se ajuste al supuesto básico.

En ver­dad, yo no creo que exista una reducción de la capacidad intelectual en el grupo, ni siquiera que "las grandes decisiones en el campo del pen­samiento, así como los descubrimientos momentáneos y las soluciones de problemas, sean posibles sólo para un individuo que trabaje aisla­damente" (Mc Dougall, 1920), a pesar de que el grupo expresa tan comúnmente la creencia en que lo anterior es verdadero, y se elaboren toda clase de planes para contrarrestar la influencia, supuestamente perniciosa, que las emociones ejercen sobre el grupo. En verdad doy interpretaciones porque creo que es posible que dentro de un grupo pueda desarrollarse una actividad intelectual de alto rango, siempre que se sea consciente (y no en un plano de evasión) de las emociones de los grupos de supuesto básico. Si se encuentra algún valor en la psicoterapia de grupo, creo que ésta debe consistir en experimentar en forma consciente una actividad de grupo de tal naturaleza.

Freud se empeña en el análisis de un elemento conocido por una variedad de nombres, tales como "sugestión", "imitación", "prestigio de los líderes", "contagio". Yo he usado el término "valencia" en parte porque deseo evitar los significados implícitos de antemano en los vocablos mencionados por Freud, en parte porque el término "valencia", tal como es usado en física para denotar el poder de combina­ción de los átomos, lleva en sí un grado considerable de sugestión valiosa para mi propósito. Con el término "valencia" identifico la capacidad del individuo para combinarse en forma instantánea con otros individuos, de acuerdo con una pauta de conducta establecida -los supuestos básicos-. Más adelante he de considerar con mayores detalles cuál es el significado que atribuyo a dicho término cuando me manejo dentro del enfoque psicoanalítico de la contribución del individuo.

No seguiré el análisis de Freud en todo su detalle; me detendré a explicar el uso que hace del término "libido", que toma de su estudio de la psiconeurosis (Freud, 1921). Freud enfoca el grupo a través del psicoanálisis, y a la luz de mi experiencia en grupos, el psicoanálisis puede ser considerado como un grupo de trabajo que tiende a estimular el supuesto básico de emparejamiento; siendo así, es probable que la investigación psicoanalítica, como parte de un grupo de emparejamiento, revele que la sexualidad ocupa una posición central. Por otra parte, de acuerdo con mi opinión sobre el grupo de emparejamiento, el psicoanálisis será considerado en sí mismo como una actividad sexual, dado que el grupo supondrá que dos personas sólo pueden reunirse por propósitos sexuales. Por lo tanto, es natural que Freud considerara que el lazo de unión entre dos individuos pertenecientes a un grupo fuera de naturaleza libidinosa. El componente libidinal dentro de los nexos que unen al grupo es necesario es característico del grupo de emparejamiento pero yo pienso que su naturaleza es distinta cuando se trata de un grupo dependiente y del grupo ataque-fuga.

Freud describe al jefe supremo de la iglesia como a Cristo, pero yo afirmar0ía que es la Deidad. Cristo o el Mesías, no es el líder del grupo dependiente, sino del grupo de emparejamiento. En el psicoanálisis considerado como parte del grupo de emparejamiento, el Mesías ola idea mesiánica, ocupa una posición central y el nexo entre los individuos es libidinal. La idea mesiánica se hace manifiesta en la creencia de que el paciente individual merece del analista una dedicación considerable, tanto como en la opinión de que como resultado del trabajo psicoanalítico se perfeccionará una técnica que en última instancia salvará a la humanidad. Resumiendo, considero que el uso que Freud hace del término libido es correcto sólo para una etapa muy importante, y pienso que para describir los lazos de unión en todos los niveles del supuesto básico, se necesita un término más neutral. El lazo que une al grupo de trabajo, cuya naturaleza se me aparece como sofisticada, puede ser descrito más adecuadamente a través de la palabra cooperación.

La noción que Freud tiene sobre el líder, al que describe como aquel de quien el grupo depende y de cuya personalidad derivan sus cualidades, surge de considerar la identificación como si fuera casi por completo un proceso de introyección de parte del yo. Para mi, el líder es un producto del supuesto básico tanto como cualquier otro miembro del grupo y pienso que no puede esperarse otra cosa, siempre que consideremos que la identificación del individuo con el líder depende, no de la introyección como elemento aislado, sino también de un proceso simultaneo de identificación proyectiva (M. Klein, 1946). Dentro del nivel de supuesto básico, el líder no crea el grupo basado en su fanática adhesión a una idea, sino que es más bien un individuo cuya personalidad lo hace particularmente susceptible a sacrificar su individualidad en pro de las exigencias que el liderazgo implica dentro de los grupos de supuesto básico. La “pérdida de las características distintivas del individuo” se da en el líder del grupo tanto como en cualquier otro miembro –un hecho que explica ciertas actitudes a las cuales los líderes son muy afectos-.

En el grupo ataque fuga, por ejemplo, el líder aparenta tener una personalidad distintiva porque su propia personalidad es de tal naturaleza que se presta a servir al requerimiento del grupo, cuyas exigencias reclaman un líder que tenga capacidad para luchar o huir; el líder no goza de mayor libertad para ser él mismo que cualquier otro miembro del grupo. Esto difiere de la idea de Le Bon, que sostiene que un líder debe poseer na voluntad poderosa y que sea capaz de imponerse, y también de la idea de Freud, que manifiesta que el líder participa de las características de un hiponitazdor. En realidad, el líder se ha transformado de la misma manera que los otros miembros del grupo, en lo que Le Bon describe como “un autómata que ha cesado de ser conducido por su voluntad” y de este hecho es de donde deriva su poder. En suma, un individuo es líder en virtud de su capacidad para combinarse en forma instantánea, involuntaria (puede que voluntaria también) con todos los otros miembros, y lo que lo separa de estos es que cualquiera sea su función en el grupo de trabajo, es la encarnación del líder de supuesto básico.

El punto de vista de Freud parece no revelar las peligrosas posibilidades que existen en el fenómeno de liderazgo. Su opinión sobre el líder y otras opiniones que conozco, no se ajustan a mi experiencia sobre el liderazgo tal como surge en la práctica. El líder del grupo de trabajo tiene el menos la virtud de poseer contacto con la realidad externa; en cambio, al líder de grupo de supuesto básico no se le exige esa cualidad. La descripción actual que se hace de un líder lo presenta como algo semejante a una mezcla que comprende varios fenómenos de grupo, predominando las características del líder del grupo de trabajo. El líder de éste es un individuo inofensivo que carece de influencia en el grupo, o por el contrario un hombre que capta la realidad de una manera que incluye autoridad. Así, las discusiones sobre liderazgo, influidas por las cualidades del líder del grupo de trabajo están teñidas de optimismo.

Mi punto de vista tiene en cuenta la existencia de un líder que concentra la lealtad entusiasta del grupo, pero que no tiene contacto con otra realidad que la que demanda el grupo de supuesto básico. Es necesario comprender que esto puede significar que frente al grupo se encuentra un individuo cuyo mérito consisten en que su personalidad ha sido bloqueada, “un autómata” un ser que perdido sus características distintivas, pero que sin embargo está tan envuelto por las emociones del grupo de supuesto básico, que lleva en sí todo el prestigio ligado al líder del grupo de trabajo. Será posible así explicar algunos desastres a que han sido conducidos ciertos grupos por líderes que, cuando las emociones que prevalecen en un nivel superficial desaparecen, muestran carecer de las cualidades sustanciales para desempeñar su cargo.

Freud (1921, pag 45) dice que el pánico puede ser estudiado con mayor propiedad en los grupos militares. La descripción de pánico que hace Mc Dougall se refiere a una experiencia que coincide con la mía, cuando aquel dice: “entre las emociones más crudas y primarias, otras suelen propagarse a través de una muchedumbre en una forma muy similar, aunque el proceso es raramente tan rápido e intenso como en el caso del temor”; y a continuación describe un ejemplo que presenció en Borneo donde se muestra cómo una situación de ira se propagó casi instantáneamente a través de una multitud. Mc Dougall relaciona ira y temor en forma muy estrecha, aunque sin hacer la conexión y así apoya mi opinión de que el pánico es un aspecto del grupo ataque-fuga. El pánico, la huida y el ataque incontrolado son en esencia lo mismo. No estoy familiarizado con la paranoia de Nestroy, tal como la cita Freud, pero considerado el relato tal como nos es dado, estoy de acuerdo en que podría ser tomado como un ejemplo típico de pánico., pero diría además que no existe ninguna manera más absoluta de escapar de una batalla que a traés de la muerte.

No hay ningún elemento en el relato del pánico que sucede a la muerte del general, que podamos considerar como incompatible con la fidelidad al líder del grupo ataque-fuga; él es seguido aun cuando muere, pues su muerte es un acto de liderazgo. El pánico no surge frente a cualquier situación, a menos que se trate de una situación que fácilmente pueda dar lugar a la ira. La rabia o el temor no ofrecen una salida inmediata: la frustración, que se hace inevitable, no puede ser tolerada, porque la frustración requiere toma de conciencia del transcurrir del tiempo, y el tiempo no es una magnitud que quepa dentro de los fenómenos de supuesto básico.

La huida ofrece una oportunidad al alcance inmediato para la expresión de la emoción en el grupo de ataque-fuga y, por consiguiente, cumple la demanda de satisfacción instantánea: el grupo huirá. El ataque ofrece una salida inmediata semejante; en consecuencia, como alterna­tiva, el grupo luchará. El grupo de ataque-fuga seguirá a cualquier líder (y, a pesar de las opiniones expresadas hasta ahora, al hacerlo mantendrá su coherencia) que dé órdenes que signifiquen la huida o el ataque instantáneos. Siempre que un individuo se adapte a las limitaciones del líder de ataque-fuga, no tendrá dificultades en lograr que el grupo se vuelque de una situación de huida precipitada a otra de ataque o de un ataque precipitado hacia el pánico.

El estímulo del pánico, o de la rabia, que considero intercambiables, debe ser siempre un hecho que caiga fuera de las funciones de grupo de trabajo del grupo considerado. Es decir, el grado de organización del grupo no es un factor en el pánico, a menos que la organización (que, como he dicho, constituye una parte de la función del grupo de trabajo) haya sido desarrollada a fin de enfrentar al acontecimiento externo, especifico, responsable del pánico. En el ejemplo que da Freud (1921, pág. 47) sobre un incendio en un teatro o lugar de diversión, el grupo de trabajo está dedicado a observar el espec­táculo, pero no a presenciar un desastre, y menos a remediarlo.

El punto esencial con respecto a la organización consiste en que ésta debe adaptarse tanto al objetivo externo del grupo como al manejo del supuesto básico que tal objetivo tenga mayores probabilidades de evocar. Dentro del ejército, el pánico no surge a raíz de un peligro militar, aunque, dada la naturaleza de las cosas, es posible que el peligro esté presente. En verdad, es probable que el pánico no surja a raíz de ninguna situación en la que el ataque o la huida sean ex­presión adecuada del grupo de trabajo. Si aparece como producto de una situación semejante, se debe a que la causa real ha pasado inad­vertida.

Es evidente que existe una brecha entre las teorías elaboradas por Freud y las que yo he esbozado aquí. Puede que esta brecha parezca más considerable de lo que es en realidad a causa del uso deli­berado de una terminología nueva con la que he vestido el aparato de los mecanismos que creo haber mostrado. Será necesario comprobar esto observando al grupo desde un punto de vista que se acerque más al individuo. Pero antes de hacer esto deseo resumir, diciendo que Freud ve el grupo como una repetición de las relaciones parciales objé­tales. De esto se deduce que, de acuerdo con las opiniones de Freud los grupos se aproximan a pautas de conducta neurótica, mientras que en mi opinión, los grupos reflejan pautas de conducta psicótica. La sociedad o el grupo normales muestran semejanza con el grupo que Freud describe como grupo familiar. A medida que el grupo está más perturbado, se hace más difícil de entender sobre la base de las pautas familiares o de la conducta neurótica, tal como la conocemos en el individuo.

Esto no significa que yo considere que mis descripciones sólo se aplican a grupos enfermos. Por el contrario, tengo serias dudas con respecto a que una terapia verdadera pueda resultar, a menos que estas pautas psicóticas se muestren en toda su desnudez, cualquiera sea el grupo en cuestión. En algunos grupos tales pautas quedan muy pronto al descubierto; en otros, para que ellas se pongan de manifiesto es preciso un trabajo previo. Estos últimos grupos se asemejan al pa­ciente analítico que, después de muchos meses de tratamiento, aparenta estar mucho más enfermo que lo que parecía antes de haber tenido ningún análisis.

El individuo que participa en un grupo terapéutico tiene derecho a esperar su curación. Los pacientes están convencidos casi sin excep­ción -y debe considerarse que las excepciones son más aparentes que reales- que el grupo es inútil y no los puede curar. Estos pacientes experimentan algo muy parecido a una conmoción al comprobar, al menos cuando yo soy un miembro del grupo, que sus ansiedades no encuentran nada que las mitigue, sino que, por el contrario, se trata de una demostración detallada y cuidadosa de que sus sospechas y resentimientos, vagos y defectuosamente formulados, se basan con fre­cuencia sólo en actitudes de grupo demasiado sustanciales con respecto a ello y sus problemas. Sus sospechas están bien fundadas; se rela­cionan, por lo menos en un sentido, con lo que parecería ser una indi­ferencia genuina hacia ellos, o peor aún, odio por ellos.

Por ejemplo: Una mujer está hablando en medio de un grupo compuesto por seis personas y yo. Se queja de una dificultad con relación a la comida, del miedo que tiene de sentirse sofocada si come en un restaurante y de la sensación embarazosa que experimentó recientemente cuando una mujer muy atractiva se sentó a su mesa. "Yo no siento lo mismo", dice el señor A, y su comentario es recibido por un sonido que partió de uno o dos de los otros miembros, que podría indicar que estaban en todo con él; podría indicarlo y en realidad lo indicaba, pero al mismo tiempo los dejaba en libertad de decir -pues este grupo se había puesto muy astuto- que ellos "no habían dicho nada", si esto era ne­cesario. El resto del grupo observaba como si el asunto no le intere­sara. Si durante un análisis un paciente hablara de la manera en que había hablado la mujer, es evidente que, de acuerdo con el estado de su análisis, el analista no tendría gran dificultad en advertir un cierto número de posibles interpretaciones.

No puedo apreciar cómo algunas de estas interpretaciones, basa­das en muchos años de estudios psicoanalíticos de la pareja, pueden ser consideradas como adecuadas para el grupo; o si no tendremos que revisar nuestras ideas con respecto a lo que constituye la situación analítica. En realidad, las interpretaciones que di tendían a señalar que el material que siguió a la confidencia del paciente mostraba la ansiedad del grupo por negar que la dificultad manifestada por la mujer -cualquiera fuese su naturaleza- era una dificultad común a todos, y que, además, los miembros del grupo eran, en ese sentido, superiores a la paciente en cuestión. Sentí que ese era el momento de mostrar que la acogida que el grupo brindara a la candorosa decla­ración de la mujer había hecho que, desde ese momento, le fuera muy difícil hablar a cualquiera de los otros miembros, en forma in­dividual, de ciertos aspectos que, en un arranque de franqueza, les hi­ciera admitir que eran "inferiores".

En suma, no fue difícil mostrar que si una paciente llegó al extremo de confesar ante el grupo una difi­cultad a fin de ser ayudada, lo que obtuvo fue un mayor sentimiento de inferioridad, y un robustecimiento de los sentimientos de soledad y de falta de valor. Esta situación no es de ninguna manera similar a la que se pro­duce durante un análisis, cuando el analista logra hacer manifiestos te­mores y ansiedades inconscientes. En el ejemplo que he dado, no se hizo ninguna interpretación que le aclarara a la paciente cuál era el significado de sus ansiedades cuando comía en presencia de "una mujer atractiva". La serie de interpretaciones que yo di, en la medida en que lograron su propósito, pudieron hacerle ver a la paciente las emociones desagradables que surgen del hecho de ser el receptor en un grupo que recurre a la identificación proyectiva. Pude haberle aclarado que su "comida" en la sesión le causaba embarazo, y hasta cierto punto esto se hallaba implícito en las interpretaciones que le estaba dando al grupo en su totalidad. Pero me parece justo decir que, desde un punto de vista analítico, la paciente no recibió una interpretación satisfactoria, y que sufrió una experiencia cuyo tono desagradable no era inherente a su incapacidad, sino que surgía del hecho de que el tratamiento de grupo no era un tratamiento adecuado.

Sin embargo, existe otra posi­bilidad: aunque yo no tenía ninguna razón para suponer, y no supongo, que ella fuera algo más que un caso de psiconeurosis, la manera en que se expresaba me recordaba mucho el candor y la coherencia de la expre­sión inconsciente que en el psicótico contrasta tan frecuentemente con la confusión que acompaña a sus intentos de comunicación racional. Más claramente: creo que si esta paciente me hubiese hablado durante un análisis como lo hizo ante el grupo, su entonación y sus maneras no me habrían permitido dudar de que la interpretación que cabía era la apropiada ante un caso de incapacidad neurótica; en el grupo, tales maneras y entonación me parecieron indicar que su conducta podría ser explicada más adecuadamente si se la consideraba como afín a las mani­festaciones del psicótico. En este sentido, diría que la paciente sentía que había un objeto único, llamado grupo, que ella había roto en peda­zos (los miembros del grupo) al comerlo, y que la creencia en que esto era así robustecía los sentimientos de culpa de que las emociones sur­gidas de ser la receptora de identificaciones proyectivas eran efecto de su comportamiento. Estos sentimientos de culpa aumentaban su difi­cultad para entender la parte que las acciones de los demás tenían en sus emociones.

Hasta ahora he tratado la "falta de consideración" que el grupo de­mostró con respecto a la paciente que intentaba obtener tratamiento; ahora debemos considerar esto desde el punto de vista de los miembros del grupo que estaban procurando "curarse" a través de los mecanismos de escisión y proyectivos descritos por Melanie Klein (1946). Aquellos no sólo se habían desentendido de los conflictos de la paciente, sino que, si los mecanismos se cumplían con eficacia, se habían preparado para librarse de cualquier sentimiento de responsabilidad con relación a la mujer. Lograban esto separando las partes buenas de su persona­lidad y localizándolas en el analista. De esta manera, el "tratamiento" que tales individuos recibían del grupo consistía en alcanzar un estado mental que podía homologarse, por una parte, con “la pérdida de las características individuales", de las que habla Freud, y, por otra, con la despersonalización que encontramos en los psicóticos. En este mo­mento el grupo se halla en el estado que he descrito cuando el supuesto básico dependiente es dominante.

No profundizaré más en la descripción del posterior desarrollo del grupo, excepto para mencionar una peculiaridad de su comportamiento subsecuente que es muy común en todos los tipos de situaciones de gru­po; las comunicaciones que se produjeron luego se manifestaron en tér­minos de interjecciones breves, largos silencios, muestras de aburri­miento, movimientos de incomodidad. Cuando un grupo manifiesta ta­les signos, la situación debe ser observada con gran atención. El grupo parece capaz de soportar semejante tipo de conversación, o ninguna en absoluto, por períodos interminables. Surgen ciertas protestas, pero se­guir en la monotonía parece constituir un mal menor que iniciar cual­quier acción para acabar con ella. No es posible dar todas mis razones para pensar que esta fase del comportamiento del grupo era de impor­tancia. Me conformaré con decir que ella está estrechamente ligada con la división y despersonalización que mencioné anteriormente. También creo que dicha fase se relaciona con sentimientos de^ depresión, tal vez de la misma manera que el mantener una posición esquizoide sirve para suprimir la posición depresiva (Klein, 1946).

Comunicación Verbal.

Las interpretaciones que se hacen en esta etapa son dejadas de lado. Esta indiferencia puede ser, como en psicoanálisis, más aparente que real; quizás las interpretaciones sean imperfectas y por lo tanto in­eficaces, o quizás los supuestos básicos sean tan dominantes que se ig­nora, cualquier sugerencia que no se ajuste a las limitaciones de esos estados. Pero aun considerando estas posibilidades, queda algo sin ex­plicar. Me he visto obligado a admitir que el intercambio verbal es una función del grupo de trabajo. Cuanto más se ajuste el grupo al supues­to básico, menor será el uso racional que se haga de la comunicación verbal. Las palabras sirven de vehículo en la comunicación sonora. Melanie Klein (1930) ha subrayado la importancia de la formación de símbolos en el desarrollo del individuo y, de acuerdo con mi criterio, su estudio sobre la pérdida de la capacidad para la formación de sím­bolos, es de gran interés para el estado que describo. El grupo de tra­bajo entiende la particular manera de usar los símbolos que está implí­cita en la comunicación; el grupo de supuesto básico no.

Alguna vez he oído la sugestión de que el "lenguaje" del grupo de supuesto básico es primitivo. No creo que esta creencia sea verdadera. Creo que es rebajado más bien que primitivo. En vez de desarrollar el lenguaje como un método de pensamiento, el grupo usa un lenguaje existente, como una forma de acción. Este método de comunicación "simplificado" carece de la vitalidad del lenguaje primitivo. Su simplicidad no es más que una degeneración o una falsificación. En contraste con ello, obser­vamos ocasiones en que un grupo, consciente de la falta de exactitud de su vocabulario, discute y llega a un acuerdo sobre los términos que se desean usar. Podemos decir que en estos casos contemplamos la evolu­ción de un método científico "primitivo" como parte de la función del grupo de trabajo, pero aquí no existe nada de falso. El "lenguaje" pro­pio del grupo de supuesto básico carece de la precisión y amplitud que se adquiere por medio de la capacidad para formar y usar símbolos: este elemento necesario para el desarrollo está ausente, y los estímulos que ordinariamente provocarían evolución no tienen efecto. Pero bien se podría reclamar para los métodos de comunicación que emplea el grupo el título de Lingüística Universal que Croce daba a la estética. En el nivel de los supuestos básicos, todos los grupos humanos se entien­den entre sí instantáneamente, sin importar cuan diversas sean sus cul­turas, idiomas y tradiciones.

Como un ejercicio de aplicación de algunas de las teorías que he adelantado, pondré el ejemplo bíblico sobre la construcción de la "Torre de Babel”. Dicho mito combina -en forma muy similar a como lo hacen las asociaciones de un paciente psicoanalítico- varios componen­tes: un lenguaje universal; el grupo empeñado en la construcción de una torre que la Deidad considera una amenaza a su posición; la confusión del lenguaje universal y la dispersión de las gentes a través de toda la superficie de la tierra. ¿Cuál es el hecho implícito en este mito? Usaré mis teorías para interpretar el mito como un relato que corporiza el desarrollo del lenguaje dentro de un grupo donde predomina el supues­to básico de dependencia. El nuevo desenvolvimiento -es útil recordar que Freud toma el desenvolvimiento del lenguaje como un ejemplo de actividad de grupo de un nivel mental elevado- exige un desarrollo posterior del grupo; considero que esto está implícito en el simbolismo de la torre cuya construcción amenaza la supremacía de la Deidad.

La idea de que la torre alcanzará el Cielo introduce el elemento de espe­ranza mesiánica que yo considero como propio del grupo de empareja­miento. Pero una esperanza mesiánica que se realiza viola el canon del supuesto básico de emparejamiento, y el grupo se disuelve en cismas. Melanie Klein (1930) ha demostrado que la incapacidad para construir símbolos es característica de ciertos individuos; yo ampliaría esta afirmación a todos los individuos en la medida en que funcionan como miembros de un grupo de supuesto básico.

Sumario.

De acuerdo con mi opinión, los puntos de vista de Freud con res­pecto a la dinámica del grupo requieren ser completados antes que corregidos. Hay ocasiones en que la interpretación adecuada es la que señala un comportamiento del grupo que sería apropiado si se tratara de una reacción ante una situación familiar. En otras palabras, esto confirma la idea de Freud que sostiene que el grupo familiar es el fun­damento básico para todos los grupos. Si no me he detenido especial­mente en esto, es porque no creo que esa opinión lleve muy lejos. Dudo que cualquier intento para establecer un procedimiento terapéutico de grupo pueda lograr sus propósitos limitándose a investigar los mecanis­mos que tienen dicho origen. Yendo más lejos, pienso que la posición central dentro de la dinámica de grupo está ocupada por aquellos meca­nismos más primitivos que Melanie Klein ha descrito como peculiares de las posiciones esquizo-paranoide y depresiva. Aunque no quisiera verme desafiado a probarlo con mi limitada experiencia, pienso que no se trata simplemente de decir que, al sostener el grupo familiar como prototipo de todos los grupos, Freud hace un esquema incompleto, sino que este esquema deja a un lado la fuente de los principales impulsos emocionales del grupo.

Por supuesto, puede que esto sea un mecanismo producido por la frustración, dentro del grupo, del deseo que experimenta el individuo de estar solo conmigo. No quiero restar importancia a este hecho, pero la verdad es que no creo que los fenómenos que he presenciado sean peculiares del grupo terapéutico. Todos los grupos estimulan y al mismo tiempo frustran a los individuos que los integran; pues dentro del gru­po cada uno se siente impulsado a buscar satisfacción para sus necesi­dades, y al mismo tiempo se siente inhibido por los temores primitivos que el grupo origina.

En suma: cualquier grupo de individuos que se reúnan para tra­bajar muestran signos propios de la actividad del grupo de trabajo, es decir, funcionamiento mental dedicado a llevar adelante la tarea em­prendida. La investigación muestra que en algunas ocasiones tales obje­tivos se ven entorpecidos, y en otras favorecidos, por impulsos emocio­nales de origen oscuro. Sí se supone que en el plano emocional el grupo actúa como si participara de ciertos supuestos básicos en relación con aquellos objetivos, daremos una cierta cohesión a estas actividades mentales anómalas. Estos supuestos básicos, que aparecen delineados con propiedad por las formulaciones de dependencia, apareamiento y ataque-fuga, a la luz de una nueva investigación parecen desplazarse mutuamente, como respondiendo a un impulso inexplicable. Además, dichos supuestos aparentan tener cierto nexo común, o, quizás, sólo sean diferentes unos aspectos de otros.

Una investigación más exhaustiva muestra que cada supuesto básico contiene rasgos tan estrechamente re­lacionados con objetos parciales extremadamente primitivos, que tarde o temprano se libera la ansiedad psicótica ligada a esas relaciones pri­mitivas. Dentro del psicoanálisis, Melanio Klein ha puesto de manifies­to estas ansiedades y los mecanismos que les son propios, y sus descrip­ciones se ajustan perfectamente a lo estados emocionales que encuentren una salida en la acción del grupo, dentro de un comportamiento que adquiere coherencia si se lo considera como producto del supuesto bási­co. Enfocados desde el ángulo sofisticado de la actividad del grupo de trabajo, los supuestos básicos aparecen como fuente de impulsos emo­cionales dirigidos a objetivos muy diferentes, tanto con respecto a la tarea manifiesta del grupo, como con las tareas que corresponderían a la visión de Freud sobre el grupo basado en el núcleo familiar.

Pero enfocados desde el ángulo de la ansiedad psicótica, asociada con fanta­sías de relaciones primitivas con objetos parciales, tal como las describe Melanio Klein y sus colaboradores, los fenómenos de supuesto básico aparentan tener las características de las reacciones defensivas ante la ansiedad psicótica, y no se contradicen totalmente con las opiniones de Freud, sino que más bien las suplementan. En mi criterio, es necesario ahondar en las tensiones que pertene­cen a las pautas familiares, y aún más en las ansiedades primitivas de las relaciones parciales objétales. En realidad, considero que en éstas se encuentran las causas últimas de todo el comportamiento del grupo.

Si se piensa que cualquier intento de establecer un procedimiento terapéutico de grupo como método de tratamiento individual, resulta va­lioso, sería aconsejable que el psicoanálisis hallara un nuevo nombre para designarlo. No veo ninguna justificación científica para denomi­nar psicoanálisis el trabajo en el que estoy empeñado -ya he dado mis razones para esto. Además, debemos considerar el hecho -del que todos somos conscientes —de que "la amarga experiencia nos ha enseñado que la resistencia contra el inconsciente llega a ser tan sutil que puede distorsionar los descubrimientos analíticos, y reinterpretarlos en apoyo de alguna defensa personal, y en consecuencia el término psicoanálisis debe continuar aplicándose, en la medida en que podamos controlar la situación, a los principios fundamentales del psicoanálisis.

Permanece abierta la cuestión de cuál es el valor terapéutico que debe acordarse al procedimiento que he tratado de describir. Pien­so que todavía no se puede dar una opinión definitiva, y creo que existen posibilidades para que los psicoanalistas capacitados puedan realizar investigaciones de valor, posiblemente con grupos cuyos inte­grantes sean, o hayan sido, psicoanalizados. Como descripción de dinámica de grupo, cada individuo puede de­cidir por sí mismo si las teorías que he esbozado ofrecen alguna expli­cación para los fenómenos que él, como miembro de un grupo, puede presenciar diariamente.

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Imperdible. W.R. Bion 2da. Parte. Experiencias en Grupos

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