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La Psicología Social, delinea el horizonte de la Praxis psi

Publicado por activado 17 Mayo 2013

La Psicología Social, delinea el horizonte de la Praxis psi

Campo y Horizonte de la Psicología social Hoy.

Osvaldo Bonano

El sujeto. El objeto

En primer lugar, el esquema sujeto objeto, propio de la episteme racionalista cartesiana. En la proposición de Descartes, la afirmación del cogito partía de la duda metódica.

Descartes decía: hay un genio maligno que me puede estar engañando en todo, de manera que yo dudo de que exista aquello, de que exista esto, de mis sentidos, pero de lo que no puedo dudar es de que estoy dudando. Y allí es donde aparece la frase-consigna que sintetiza la proposición de Descartes, que es cogito, ergo sum.

Traducido como “pienso, luego existo”. Y esto es algo así como un modo de proponer un cierto “ser” del sujeto. El que piensa, y por lo tanto existe es el sujeto. Ese sujeto está definido justamente por su oposición y su exterioridad en relación al objeto. Objeto- sujeto en el esquema cartesiano no sólo son opuestos sino que son exteriores uno al otro y además uno y otro tienen una constitución sustancial cada uno de ellos, antes de que se pueda postular ninguna relación de conocimiento entre uno y otro. Un sujeto de acuerdo a la episteme cartesiana es aquella posición que desde el exterior “conoce” a un objeto. Acá claramente sujeto y objeto están en una relación de trascendencia recíproca. De exterioridad recíproca.

Esto ha dominado prácticamente desde el siglo XVIII al XX, aunque desde principios del XX ya había sido criticada y debilitada por otras posturas epistemológicas y ontológicas, que pusieron en debate el problema de la objetividad del conocimiento y toda postulación, toda pretensión respecto de que el llamado factor subjetivo no arruine la pura limpieza de aquella ley universal que represente el ser más esencial del objeto.

Ustedes ya saben que esta pretensión de “objetividad” fue sufriendo un camino progresivo de cuestionamiento y de ruina, en la medida en que ya en el terreno de la física, alrededor de los años 20 se planteó el principio por el cual en el acto de determinar simultáneamente la velocidad y la posición de una partícula, se pudo ver que en tanto para conocer la posición de una partícula hay que iluminarla, el choque de energía que implica la iluminación de esta partícula altera tanto su posición como su velocidad, y a partir de allí se propone lo que se conoce como principio de indeterminación de Heisenberg.

Y aquí se derivan una serie de consecuencias fortísimas, que han afectado tanto al racionalismo cartesiano como al positivismo. El gran problema del positivismo era garantizar la objetividad del conocimiento: cómo lograr que el factor subjetivo no interfiera en el conocimiento. El conocimiento tenía que despojarse de todo tipo de subjetividad para llegar a formular aquellas leyes universales (preferentemente matemáticas) que fuesen el reflejo de conocimiento de la realidad objetal. El factor subjetivo no debía arruinar la pureza de aquellas leyes universales que representan el ser más esencial del objeto.

Pero ya desde la misma constitución de esta episteme y a lo largo de una serie de eventos e incidentes, y particularmente en el campo de lo que se dio en llamar ciencias humanas o sociales, estaba muy complicada. Por ejemplo, revisemos ciertas afirmaciones que se planteaban, también con carácter de leyes universales, con pretensión de un saber objetivo, incontaminado y que tomaban la característica de las afirmaciones típicas de la antropología de los países europeos en su inclusión colonial o, imperial en otras zonas del mundo, respecto de la presunta superioridad de unas razas sobre otras: la tesis de que el ciudadano blanco, europeo, tenía una inteligencia y un cerebro notablemente superior al de los negros de África, tesis que sostuvo científicamente la antropología eurocéntrica... ¿es objetiva?

El problema es que hay una subjetividad dada, que puede expresarse en los intereses colonialistas europeos. Este es un tema que no está saldado. Un debate actual parecido a ése: cuando las árabes van a Europa, la práctica de la infibulación, la ablación del clítoris ¿debe ser aceptada como una modalidad cultural válida? ¿o debe ser combatida por inhumana? ¿los derechos humanos son universales o responden a un tipo de hombre cuyo tipo es, precisamente, el europeo medio? En fin, era y es muy difícil sostener la pretensión de objetividad en este tipo de cuestiones, en el sentido que pretendían la ciencia y las tesis del positivismo y el racionalismo. Se trata, justamente, de que se evidenciaba la implicación subjetiva, que no era solamente política e histórica, de la ciencia, ya no del investigador como persona.

En el psicoanálisis, el mundo interno de un paciente no se revela sino es en función del factor transferencial que tiene con su analista, por lo tanto, la intersubjetividad, el cruce fantasmático de elementos subjetivos, hacen a la producción misma de la cosa. Y cuando un paciente tiene una fantasía que guía su vida, el positivismo es de muy poca ayuda.

¿Qué se le va a decir? ¡ey, che, déjese de embromar que eso es una fantasía; deje de andar pensando pavadas! El mundo de las significaciones no es una excrecencia que habría que desalojar para tener un recto acceso, completamente cierto, a la realidad, sino que el mundo humano es un mundo significado, por lo tanto, es un mundo subjetivo. En el dominio del histórico social la subjetividad no es prescindible, sino, al contrario, es constitutiva de la cosa misma. La idea de la objetividad, entonces, es un obstáculo.

La muerte del Hombre

El segundo aspecto de la constitución teórica, epistemológica y subjetiva de la modernidad es la cuestión que concierne a los siguientes términos: individuo, sociedad y hombre. Hace mucho tiempo que se viene haciendo la de-construcción, y, por lo tanto, la destitución del concepto de Hombre. El Hombre fue el objeto común, constituido como el dominio de objeto de las famosas Humanidades. Ese Hombre era con mayúscula, porque aparecía como una suerte de fundamento o sustancia humana inalterable a lo largo de la historia y de la geografía. Una verdadera constante estructural, a-histórica y atemporal.

A lo largo de varias décadas del siglo XX se fue produciendo una progresiva de-construcción de la noción de hombre en tanto universal, cuestión no pequeña, sino que tiene una incidencia decisiva, sobre todo para nosotros, ya que las ciencias humanas se constituyeron no sólo como conjunto sino hasta como facultades, Facultades de Humanidades, por ejemplo. La definición como "Ciencias Sociales" se dio sobre los años 60.

Varios autores, entre otros Foucault, proclamaron a mediados del siglo pasado, la muerte del Hombre. Así como en siglos anteriores se había proclamado la muerte de Dios, o del emperador, como entidades trascendentes que gobernaban cada uno de los aspectos del mundo y trataron de poner la soberanía en el plano de los procesos históricos sociales, a mediados del siglo pasado se planteó esta destitución del concepto del hombre como lo Universal. No hay Hombre, en tanto universal, o en tanto esencia humana atemporal, que sea una y la misma e idéntica para cualquier sociedad histórica.

Lo que hay es hombres, así, con minúscula y en plural. Esa humanidad no sólo no es universal, sino que ciertas experiencias del siglo pasado demuestran que así como puede haber una humanidad, esta ya no universal sino específica. Sólo hay modos socios históricos singulares de constitución subjetiva. Esta es una de las ideas fuertes de Foucault: sólo hay modalidades socio históricas singulares de constituciones subjetivas. La constitución subjetiva se produce en dispositivos históricos singulares y cada una de las constituciones subjetivas es radicalmente heterogénea de las otras.

Y esto ha sido fuertemente impulsado como pensamiento también cuando ciertos episodios decisivos del siglo, como las guerras y los campos de concentración, pudieron demostrar que la supuesta esencia humana, que parecía adherida sustancialmente al género humano en tanto género, se puede “perder”. Como lo planteaban una serie de hechos monstruosos, inaceptables, crueles e “inhumanos”. De modo que como el campo de concentración nazi muestra: “en un campo todo es posible”. No hay cosas que sean imposibles, porque cierta esencia humana supuesta impediría que se produzcan.

De modo que se trata no de una esencia humana sino de una subjetivación que se adquiere por cada sujeto de la especie en forma correspondiente a la instalación de dispositivos histórico sociales singulares de producción, de instituciones, sujetos, saberes, etc. Esto también se puede perder, y este proceso de desubjetivación, comprobable en los ejemplos que recién citaba, es un eje importante como herramienta de pensamiento para trabajar sobre lo que son actualmente los procesos de desubjetivación, respecto de todas aquellas personas que van cayendo por fuera de lo que es la humanidad establecida.

Se trata de las personas que en distintas parte del mundo (y en nuestro país de un modo gigantesco y acelerado) van cayendo por fuera de las redes del consumo, y de la pertenencia social en tanto pierden no solo el trabajo sino también las relaciones sociales, pierden un lugar en el mundo. En ellos se van produciendo procesos de desubjetivación; necesitamos entonces categorías y herramientas para pensar estos procesos y para operar en ellos. En resumen, la humanidad, en el homo sapiens, como especie, es no necesaria, ni universal. Es contingente.

El individuo

Respecto de la noción de individuo: se puede decir que es uno de los modos socios históricos de subjetivación, tema que se va a ver detenidamente en la Unidad III de nuestro programa; es el modo propio de la Modernidad. El individuo, en tanto subjetividad propia de la modernidad, alberga y condensa bajo su forma individual el conjunto de lo humano específico, y ahí está la famosa metáfora de Robinson Crusoe, para pintar en forma literaria esta cuestión.

Desde este punto de vista se puede afirmar que nosotros somos individuos, en tanto somos hijos y producto de la modernidad, aunque estamos en este período que algunas llaman posmodernidad, otros llaman agotamiento de la modernidad, y otros llaman modernidad tardía. En donde precisamente, por estarse conmoviendo los procedimientos de constitución subjetiva y proliferando aquellos procedimientos de destitución subjetiva, que están bastante extendidos y son muy decisivos, que se plantea una inquietud al respecto.

Otras subjetividades son inconmensurables, incomparables a la nuestra, en tal grado de heterogeneidad que nos resulta casi imposible captarlas o entenderlas. En alguna de estas otras subjetividades, lo primario era el sentimiento de pertenencia comunitaria y no el individuo. En otras situaciones histórico sociales se era antes comunidad que individuo. En algunas subjetividades el asunto de la distinción individual era muy tenue, apenas se formulaba.

Sócrates es desterrado y decide matarse, porque para un griego vivir fuera de su comunidad equivalía a un sinsentido absoluto. Si no vivía en su comunidad se moría como humano, subjetivamente instituido. Esto es tan así que explica en buena parte el enigma que representa la esclavitud. Los esclavos eran derrotados de la guerra. El derrotado muere, y si no muere es transformado en esclavo. Pero el esclavo no vive, no es humano.

Aristóteles decía que un esclavo es un animal que obedece órdenes. Y a lo largo de muchos siglos los esclavos fueron eso: no eran humanos. Eran muertos en vida. Sólo tenían vida biológica. Eran humanos que habían dejado de serlo porque habían sufrido un proceso radical de desubjetivación. Este es uno de los elementos que prueban que lo humano, en tanto atributo de significación es contingente, no necesario. Se puede ser humano, en los términos de una subjetividad históricamente constituida, y se pude dejar de serlo. La humanidad se puede perder.

El esclavo había perdido la humanidad porque su humanidad estaba dada por su pertenencia comunitaria, su lenguaje. Piensen que a lo largo de no sé cuántos siglos de esclavitud se registran sólo dos rebeliones de esclavos. Además los esclavos no se reproducían. Las esclavas antes de tener un hijo abortaban, lo mataban. Para tener nuevos esclavos había que conquistar nuevos territorios y someter a poblaciones a la esclavitud.

Para el habitante del Imperio Incaico trabajar en las minas era algo con un sentido religioso. Ese simbolismo cae como organizador de sentido, cuando los españoles ponen a trabajar a los incas para extraer los metales preciosos y enviarlos a Europa. Hubo tal caída de sentido de la experiencia vital que un historiador sostiene que ésta es la verdadera causa de la brutal mortandad en el imperio incaico. El desgano vital. Al perder el sentido de la experiencia, que está dado por las experiencias colectivas y compartidas, cae lo humano de cada uno.

La noción de libertad en el Medioevo, por ejemplo, era impensable. O uno era vasallo de un señor o tiene servidumbre personal. El señor es dueño hasta de la vida por un derecho natural que tiene. De igualdad ni hablemos. Lo típico de ese modo de organización era la existencia de castas, que, por otro lado, se auto perpetúan a sí mismas y no hay posibilidad alguna de saltar de clase. Recién en siglos posteriores va apareciendo la idea de que uno podría irse acomodando en algo que ya más cercanamente, va a ser la movilidad social. Pero entonces, quien era hijo de minero iba a ser minero, y así sus nietos.

El mundo era eterno, no había progreso. Las especies que se veían siempre habían sido así y siempre iban a ser las mismas. El problema de la evolución de las especies, la destitución del geocentrismo implicó un sacudón decisivo, pues no existía la idea de que vivimos en un planetita en medio de un sistema solar, que a su vez es un rincón minúsculo de un mundo inmenso que está en expansión. Era otro mundo. No podríamos entender la subjetividad de esa gente, ni ellos podrían entender la nuestra. Siempre que tratamos de entender subjetividades anteriores seguramente hacemos anacronismos. Le adjudicamos nuestros propios esquemas de pensamiento y nuestro lenguaje.

El horizonte problemático Individuo/Sociedad

Este individuo moderno tiene como su opuesto complementario a lo social y allí se produce una tesis del pensamiento donde hay una totalidad por complementación. Algo así como que entre el sujeto y la sociedad hacen un universo completo. Aquí entonces el modo de pensar es: hay individuos, hay sociedad y hay entonces relaciones entre ellos. Este esquema, este modo de pensamiento no sólo ha dominado sino que ha fundado las ciencias que primero se llamaron humanas y luego sociales a lo largo de todo el siglo XX. Recordemos que Durkheim, a fines del siglo XIX y principios del XX, fundador de la sociología, postula que el hecho social es una obligación que se impone y que moldea actos y pensamientos de los individuos.

Que la sociedad es distinta a los individuos que la integran, es irreductible a esos individuos, a lo meramente psicológico, que los contenidos de la conciencia colectiva rebosan infinitamente los de la conciencia individual. Recordemos también que en su momento se produjo la famosa polémica entre Durkheim y Tarde (otro autor de la época). Para Tarde el individuo es lo único real, mientras que la sociedad es una abstracción, un nombre (aquí viene lo que posteriormente se llamó nominalismo), la vida psicológica de las conciencias individuales encierra toda la vida social.

Una alumna a la mañana hoy dijo: “casi se puede hacer una inferencia: si es psicología y es social, es la relación entre el sujeto psíquico, el individuo y lo social”. Parece que bastaría el pase mágico, de poner juntas dos palabras, para que eso fuese una teoría. Aquí aparece el fundamento de lo que luego en el texto de Ana M. Fernández se denuncia como desviaciones psicologistas y sociologistas, que atraviesan todo el siglo. En el caso del sociologismo se pone en un punto preeminente lo que venimos llamando como “lo social” y en el caso del psicologismo lo que se pone como preeminente “las conciencias individuales”, como dice Tarde. La fundación de este horizonte problemático implica la posibilidad de despliegue de lo que luego en el análisis crítico han sido caratuladas como las desviaciones sociologistas y psicologistas.

Este esquema es prototípico de lo que algunos autores llaman: un horizonte problemático. Acá se ve que hay diferentes posiciones, girando en torno al eje individuo/sociedad como oposición. En ese campo común se sostienen premisas diferentes, pero que no resuelven la cuestión. Estas premisas dicen: hay individuos, hay sociedad y hay relaciones. La discusión, en todo caso, siempre es respecto de cómo se articulan esos elementos. Al fundarse la llamada Psicología Social en el horizonte problemático de las ciencias sociales del siglo XX, y al haber fundado sus términos en la oposición individuo sociedad, eso ha hecho que nunca haya podido elucidar cuál era su problema. Los distintos intentos de la Psicología Social, aún de la mejor, dentro del horizonte problemático de estos términos fue incapaz de pensar lo que se proponía como problema.

En realidad, la Psicología Social también se caracterizó por situar en un lugar muy decisivo al grupo. Varios de ustedes hablaron de los grupos, como si en el grupo se pudiera encontrar la mediación entre lo individual y lo social, lo cual es un error teórico, porque en definitiva la exploración del grupo en los términos de este horizonte problemático vuelve a reconducir a la oposición entre el individuo y la sociedad, bien sea que se ponga el énfasis en el interés individual del sujeto del grupo para llevar adelante su propia perspectiva, bien sea que se ponga la regla del grupo para forzar a los integrantes del grupo para hacer todos lo mismo.

Saltemos 50 años. A mitad del siglo XX un autor francés, llamado Serge Moscovici hace una crítica a los planteos de la época: dice que todas las explicaciones se habían postulado en términos de relación entre dos términos: a partir del esquema sujeto/objeto. Moscovici sostiene entonces que hay que apelar a esquemas no dualistas, sino a esquemas ternarios. Y allí plantea un esquema, un modo de pensar donde intervienen tres términos, donde uno de los términos marcados es el ego (que equivale a la posición de sujeto), otro es el objeto e incorpora un tercer objeto, al que llama alter ego. Y en el alter ego se ubicarían el lenguaje, los códigos y la cultura. En la relación entre el ego y el objeto media este tercer término que para muchos antes, durante y después de esta proposición de Moscovici es planteado como el orden simbólico.

Pero en mi opinión, en el fondo, siempre estamos en el mismo horizonte. El individuo, como individuo o ego -da lo mismo- es un polo o punto de partida substancial. Justamente esto que estoy describiendo es típico de lo que yo llamo un horizonte problemático. Como podríamos definir a un horizonte problemático? Se trata de una situación en la que un conjunto de posiciones, ciertamente discuten entre, sí pero todas sostienen premisas comunes, que ninguna de las posiciones en pugna revisa. Esas premisas, en realidad, nunca han sido formuladas. Son invisibles. Y desde su no formulación organizan de un modo silencioso pero eficaz, todo el horizonte discursivo.

Dado este horizonte discursivo y problemático, yo no puedo pensar en otros términos que en estos: hay individuos, hay sociedad y hay alguna relación entre ellos. Entonces, lo que no se discute es que éstas sean las premisas que organizan el pensamiento. Y lo organizan de un modo que el pensamiento no puede reflexionar sobre sí mismo y darse cuenta que está aprisionado por ese esquema o ese horizonte.

Cada horizonte problemático tiene su lengua.

Hay un conjunto de ideas u operadores que constituyen el lenguaje de ese horizonte. Y por lo tanto, ese campo problemático va a poder ver, trabajar y pensar sólo aquellas cosas que su lengua le permite constituir. Pero además va a pensar que sus operaciones de enunciación son exhaustivas. No va a percibir que toda lengua va a poder decir de las cosas que constituyen sus enunciados, pero no va a poder hablar, porque no tiene términos, de todo aquello que no entra en su sistema de nominaciones.

Y en realidad, justamente, aquello que no entra en su sistema de nominaciones es lo que configura ese campo. Es como decir: toda estructura para funcionar debe tener un lugar vacío. En este caso, la estructura de la lengua de un horizonte problemático no sólo tiene un lugar vacío, sino que tiene un lugar ciego, y es ése lugar ciego el que configura a eso como una lengua, en su positividad. En esa lengua no hay palabras para lo que las premisas no permiten reconocer su existencia.

Para que quede claro, habría que reparar en que la premisa que aquí no ha sido formulada es que el único modo de planteamiento posible de los problemas que enfrentó el pensamiento en su momento era este modo de formular la existencia del sujeto, la existencia del objeto y la existencia de sus relaciones. Estas premisas no se discuten, ni siquiera se visualizan; están dadas de tal modo que determinan lo pensado y lo pensable. Determinan el lenguaje de la situación y esto es bien importante porque en ese lenguaje no hay palabras para los que las premisas no permiten ver o reconocer su existencia.

Todo horizonte problemático tiene sus imposibles. No cualquier imposible sino sus imposibles específicos. Los imposibles están dados por aquello que la constitución del lenguaje de una situación no puede enunciar ni puede ver. Entonces, concluyendo con este planteo, la lengua (y una lengua es siempre teórico práctica) de una disciplina es la condición de formulación de todo problema posible.

Ahora bien, un horizonte problemático, un modo de pensamiento se agota, se extenúa, va dejando de tener potencia explicativa y operatoria. Y esto se manifiesta por la aparición de ciertos puntos o lugares (que bien pueden ser llamados síntomas) en los que las explicaciones que ese horizonte problemático propone para pensar, fracasan. Y surgen síntomas que pueden estar indicando este proceso de agotamiento de un modo de pensar o de un horizonte problemático.

Los síntomas son efectos visibles de lo que un horizonte problemático excluyó y lo excluyó porque no puede nombrarlo, y no puede nombrarlo porque no tiene palabras para eso. Y eso que ha sido invisible retorna como un real que no encuentra nombre ni explicación para lo que presenta, que muestra que esa lengua no puede abarcar universalmente todo.

Casi como un juego, para comprobar esta cuestión de la limitación de un horizonte problemático, tratemos de suprimir de nuestra conversación los términos individuo, sociedad, lo social, y también articulación o relación. Rápidamente comprobaremos que prácticamente no podemos hablar y que en verdad, para hablar, sin ir más lejos, de los problemas actuales, de lo que está pasando en la Argentina ahora, la utilización de las herramientas de pensamiento que dispone este horizonte problemático, lleva en todo caso a reproducir respuestas o ideas que ya no tienen el poder de convicción, mucho menos de resolución y para nada de intervención que acaso tuvieron en otra época.

Estructuralismo

Las décadas del 60 y el 70 fueron dominadas por el pensamiento estructuralista. En el pensamiento estructuralista hay lugares, articulados en forma sistemática y ocupantes de los lugares. Pero el ocupante del lugar sólo puede cumplir con lo que el lugar prescribe. Un planteo estructuralista de esta escena sería: yo puedo ser muy piola y traer la idea de la intervención, pero en tanto yo ocupo el lugar del docente, esta estructura sólo va a poder ser lo que es. Acá sólo va a poder haber transmisión de saberes y nunca una alteración subjetiva. Porque el ocupante no altera la función del lugar. Una estructura es un conjunto de lugares ligados por leyes que establecen de un modo definido sus relaciones.

¿Recuerdan ese jueguito que es como un rompecabezas con piecitas engarzadas, cuadradas, donde para poder ir moviéndolas hace falta que haya un espacio vacío? Bueno, esa es una primera aproximación intuitiva a la estructura, de que debe tener un espacio vacío para que funcione, pero esto no quiere decir que el movimiento de la estructura sea un movimiento de real alteración, sino que es cambios de posiciones con constancia de la estructura como tal.

En los estructuralismos más formalistas se plantea incluso una absoluta a-historicidad de las estructuras. No importa cómo surgieron ni su devenir, lo que importa es cómo son. La descripción estructural agota el conocimiento posible y la operación del objeto. El pensamiento post estructuralista, que es el que nosotros estamos tratando de transmitirles a ustedes se caracteriza por no quedar atrapados en la estructura y plantear que ningún lenguaje de la situación es exhaustivo y siempre va a haber la aparición de algo que no se deja enunciar ni describir en el lenguaje de esa situación, que al principio se presenta como algo raro, una anomalía.

Eso que se presenta suplementa, descompleta la estructura anterior y desde ese punto se puede producir una alteración global del conjunto, la producción de una nueva situación. Esto será posible en la medida en que los sujetos que participan tomen ese elemento suplementario y sean fieles a él, impidan que se recapture en los viejos lenguajes.

Intervención y alteración

Si bien la mejor Psicología Social, la del linaje de Kurt Lewin, la que se propuso la participación y la investigación-acción, siempre enfocó la cuestión del cambio social o la transformación, allí se ubica el síntoma principal, muy visible y evidente ya desde hace bastante tiempo. Si recordamos algunas de las cosas que pasaron en la asamblea con la que iniciamos las actividades de este cuatrimestre, hoy estamos ante un problema muy serio Ya no se trata tanto de saber cómo son las cosas, sino que se trata de descubrir herramientas para la transformación de la realidad histórico social y de las subjetividades.

El horizonte problemático de la Psicología Social inicialmente estuvo captado por esta oposición sujeto/sociedad, que en definitiva establece una antinomia imposible de resolver, y en segundo lugar fue captado por el pensamiento estructuralista, que es capaz de describir lo que hay pero no es capaz de describir cómo se produce lo que no hay, cómo surge una estructura nueva, que es radicalmente distinta de la anterior.

La idea que sostengo es que la Psicología Social está aquejada por este síntoma. Tal vez lo haya estado a lo largo de su constitución durante todo el siglo pasado. En el pensamiento contemporáneo hoy está planteada una cuestión central: ya no se trata de cómo son las cosas, de cuál es su estructura oculta, aquella que gobierna las repeticiones e inercias, sino que se trata de cuáles son los modos activos que mantengan potencia de transformación y de alteración. Pregunta urgente si las hay en nuestra coyuntura actual. La cuestión que urge ya no es entender cómo se produce y luego reproduce una estructura socio histórica y el tipo de subjetividad humana que es correspondiente con ella, sino cómo se presentan nuevas sociedades y nuevos tipos subjetivos.

Un autor bien importante de la sociología argentina, que es Gino Germani, sostuvo en su momento que la Psicología Social es una disciplina para épocas de crisis y cambio. Digo entonces que ésta ha sido una preocupación que ha sido sostenida por algunos de los mejores pensadores y de las corrientes, de las teorías y conjuntos de procedimientos

Diríamos que esta ha sido una vieja preocupación, que al menos en algunos autores y corrientes donde nosotros inscribimos nuestro linaje ha estado claramente presente. Esta preocupación consiste en pensar no tanto los problemas de la adaptación del sujeto a su medio, sino, sobre todo, los problemas del cambio. Ya tendremos oportunidad de ver cómo un autor argentino, que es el padre de lo que dignamente merece ser llamado Psicología Social en la Argentina, que es Enrique Pichón Rivière, propuso una concepción del psicólogo social como agente del cambio social planificado.

Lo de Enrique Pichón Rivière no es sólo una teoría acerca del sujeto o de los grupos, sino un conjunto de razonamientos pensados como praxis vinculada a una serie de dispositivos de operación concreta sobre los grupos y las dimensiones comunitarias y sociales. Más allá del conjunto de reparos críticos que en conjunto podríamos tener hoy respecto de esta formulación, se advierte aquí la preocupación de la transformación, el cambio y la actuación con esa direccionalidad.

Ahora bien, pese a esta preocupación hoy queda mucho más en evidencia que está agotada la problemática y la lengua con la que hasta ahora se presentaron y estructuraron no sólo las respuestas sino, sobre todo, las preguntas. En realidad, Louis Althusser, autor que propuso la idea de horizonte problemático, plantea que en la sintomatología de los horizontes problemáticos sucede algo bastante paradójico.

En realidad, las preguntas dentro de un horizonte problemático son en realidad falsas preguntas, porque son preguntas que están silenciosamente estructuradas desde las respuestas disponibles. Por lo tanto, sólo se formulan aquellas preguntas que el lenguaje y las herramientas de pensamiento disponibles están en condiciones, aunque sea trabajosamente, de ir respondiendo. Y los síntomas de la posible emergencia de un nuevo horizonte problemático -que también es condición para que se vaya manifestando el agotamiento del anterior- son o bien que surjan verdaderas preguntas, preguntas que no se pueden responder y va a ser imposible que se responda desde los modos de pensamiento y las herramientas del horizonte existente. También, dice Althusser, un síntoma mayúsculo de esto es cuando aparece una respuesta para una pregunta que no ha sido formulada.

Uno podría decir, jugando un poco con los términos, que alguna de las consignas que actualmente están en juego y que tienen que ver con la problemática teórica de la subjetividad es, por ejemplo “Que se vayan todos”. Esta consigna plantea una respuesta a una pregunta que nadie hizo y que, por otro lado, nadie podría hacer. Porque todos es uno mismo, y cualquier "uno mismo" en la medida en que esto implica un abandono, una radical conversión o transformación de la subjetividad de cada quien. No sólo de los políticos corruptos o de los jueces comprados, sino de todo aquel aspecto de la subjetividad instituida, coagulada y cristalizada que está siendo obstáculo insalvable, justamente para que algún modo de ser y estar con los otros, radicalmente nuevo, pueda emerger y ser instaurado en medio de esta situación catastrófica que estamos viviendo.

En las asambleas vecinales, ¿qué papel pueden cumplir estas tesis en el plano de la suplementación, o descompletamiento, con respecto a la estructura de representación, que juega esa carta de que el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes? Siempre, en las asambleas, alguien plantea que el hecho de que gobiernen las asambleas es imposible. O que es imposible el que se vayan todos.

Ese imposible se puede entender desde dos modos bien diferentes. Uno, como imposible estructural. De que no hay forma de que eso suceda. Y el otro como imposible situacional: efectivamente, es el imposible de esta situación. Pero que sea el imposible de esa situación quiere decir que, precisamente, para que eso se dé, hay que alterar la situación. Para que pueda darse, primero se tiene que presentar bajo la forma del imposible. “No tengo palabras” para enunciar eso que se me presenta de manera rara, y por lo tanto, es imposible enunciarlo desde el lenguaje de la situación. No hay conceptos, no hay lengua, no hay subjetividad adecuada para eso, pero si lo tomo y soy fiel a eso que se presenta y lo empujo para que sea, voy a conseguir que la situación sea otra y que, por lo tanto, mi subjetividad también sea otra.

Estas serían algunas de las herramientas que nos ofrece el pensamiento contemporáneo, respecto a los impasses a los que nos habían conducido las tesis estructuralistas en las décadas del 60 y 70.

Mayo de 2002

La Psicología Social, delinea el horizonte de la Praxis psi

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