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La Subjetividad y la Normalidad ...

Publicado por activado 27 Marzo 2013

La Subjetividad y la Normalidad ...

Subjetividades y Actualidad.

Mirta Zelcer

1- Normalidad y Patología

Cuando se habla de patología, suele permanecer implícita la definición de un término que se le opone: el de normalidad. ¿Cómo se definen estos términos? ¿Qué relaciones guardan entre sí? Las patologías son cuadros morbosos que se manifiestan a través de conductas alteradas o desviaciones, y /o trastornos en las funciones de lo que se considera normal.

La medición de la normalidad, a su vez, se presenta como paradigmática -es decir, se trata de un puro modelo- y se la homologa a ‘naturalidad’. Además, la normalidad se ajusta, precisamente, a cierta norma: conjuga una serie de rasgos requeridos como activos y precisa que existan otros que permanezcan apartados y pasivos. Si tales otros rasgos fueran activos, estaríamos hablando ya de patología.

Aquello que se considera normal en las conductas humanas se asienta sobre un tipo de funcionamiento específico para una época dada de la cultura: es ‘natural’ que las personas piensen de tal y cual manera y se conduzcan de tal y cual otra. Por lo tanto, la normalidad y la psicopatología se constituyen como efecto de un sinnúmero de factores y su estatuto se ajusta a ciertas condiciones históricas y culturales.

Si se instituyen históricamente como efectos de los requerimientos a los que está sujeto el funcionamiento mental -esto es, según las condiciones a las que tal funcionamiento debe ajustarse-, puede decirse que la psicopatología aparece cuando el sujeto se ve desbordado por las exigencias que la cultura impone o bien, cuando no puede satisfacerlas. Los comportamientos patológicos se manifiestan como una contra-cara de la respuesta esperada a las condiciones establecidas. Si bien la biología es nuestro tope, la maleabilidad del ser humano para vivir en la cultura es incalculable.

En apariencia, no cabría ninguna duda acerca de cuál fue la normalidad instituida en la modernidad. Tal normalidad era sancionada y representada como natural y estable. Sin embargo, la ilusión de normalidad así entendida resultó ficticia porque a medida que el Psicoanálisis se fue introduciendo como dispositivo terapéutico y teórico ordenador y a la vez liberador de las pulsiones y de la sexualidad, también fueron cambiando ciertas concepciones y representaciones sobre la salud mental que habían tenido vigencia. De esta manera se fue alterando la categoría de normalidad.

El Psicoanálisis resultó ser uno de los factores que desordenó, quizás sin proyectarlo, las concepciones hasta entonces hegemónicas sobre normalidad-anormalidad, a través de la construcción de una teoría que buscó traer a la luz lo invisible del funcionamiento humano: las motivaciones. El punto álgido tanto de esta teoría como de su práctica estuvo referido, sobre todo, al caos pulsional y a la complejidad de su entretejido. Desde allí se entiende el énfasis que existe en la teoría psicoanalítica sobre la hipocresía moralista en la cultura de esa época, y de ahí también las dificultades con las que lidiaron la teoría y la práctica freudiana para ser consideradas un producto cultural valioso. El impacto que produjo el Psicoanálisis en la concepción del funcionamiento mental del ser humano arrastró consigo una fuerte movilidad en las categorías psicopatológicas.

Reductivamente hablando, podemos decir que en la época en la que el Psicoanálisis se fundó, existían razones “naturales” que provocaban el espesor del núcleo de las represiones. Las representaciones y las prácticas referidas a la sexualidad eran las cuestiones que la cultura ponía en jaque en el sujeto y éste debía vérselas con estos aprietos durante toda su vida. Las representaciones de un sujeto adulto sobre la sexualidad infantil y sobre su sexualidad presente como efectos productivos de las configuraciones infantiles, determinaban su normalidad. Estos conflictos eran considerados universales, y se pensaban como fenómenos compartidos –por lo menos– por todos los sujetos que habitaban un mismo espacio cultural.

El eje alrededor del cual se decodificaba la normalidad o la anormalidad estaba básicamente, determinado por el tratamiento que el sujeto le diese a sus conflictos pulsionales. La represión no fue considerada entonces como un mero mecanismo defensivo, sino como un instrumento estructural y estructurante del “aparato psíquico”. Cuando los caracteres de las ideas y del funcionamiento psíquico que comparten los sujetos de una determinada cultura se instituyen y constituyen como sistema teórico y operativo, ese sistema y sus rasgos se estiman “naturalmente” (obvia y tácitamente) como normales.

Los objetivos perseguidos en este trabajo son los siguientes:

  • · identificar las representaciones que han ingresado en el imaginario social con función operante, así como sus efectos
  • · ajustar la configuración de la subjetividad contemporánea que es impactada y es trabajada por dichas representaciones
  • · categorizar los nuevos estatutos de algunos cuadros psicopatológicos que se presentan como epidémicos.

2- La categoría “humanidad”

Desde hace algunos años somos testigos privilegiados y trágicos de un cambio radical de época. Los elementos que se introducían como novedad en la modernidad, no alteraban lo que estaba básicamente instituido. La mutación contemporánea es concluyente. No ha permanecido ningún ámbito sin ser sacudido drásticamente. Pero tan radical es el cambio que nuestra percepción aún no puede llegar a configurar con exactitud cuáles son los rasgos requeridos para conducirse con naturalidad en su seno.

Como ya se dijo, en la medida en que estos rasgos se proponen culturalmente como naturales, son considerados como constitutivos del ser. Y a nuestra mirada –moderna– le cuesta discernir lo que actualmente es considerado como constitutivo del ser; diferenciar lo ‘normal’ de lo ‘anormal’. En otros términos, a nuestra mirada le cuesta distinguir aquello que hoy, quizás, no ostenta más un estatuto ontológico. El producto normal está, para nuestros contemporáneos, sin sistematizar. Lo normal es aún incierto, como queda incierta también la definición de la psicopatología.

La observación desde la práctica profesional presenta situaciones de comportamientos hasta ahora extemporáneos para nosotros. Antes que erigirnos en especialistas autorizados respecto de éstos, se nos torna imprescindible describirlos. La necesidad de proseguir con el impulso vital y el hábito en la convivencia con estos comportamientos sociales (o bien la reclusión de los profesionales en la clínica o en las teorías) nos pueden llegar a acortar su visión.

El contacto con las generaciones actuales de niños, de púberes, de adolescentes, de padres jóvenes, nos habilita a afirmar que existen en forma sobresaliente nuevos funcionamientos psíquicos por un reordenamiento de las funciones y quizás, por otros nuevos funcionamientos aún irrepresentables sólo porque nuestra percepción aún no los ha configurado. Operaremos entonces con los recursos que contamos. Diremos, de este modo, que no afirmamos que estos comportamientos nunca hayan existido. Sólo que aparecían como casos singulares y recortados de lo regular. La variación estadística de estos signos y su nuevo lugar social, antes repudiado, nos obliga a pensar que ciertas manifestaciones que estaban claramente definidas como normales o anormales, han sufrido una mutación de estatuto y por lo tanto ha variado su representación y su práctica social.

Funcionamiento y Representación son las dos nociones sobre las que, utilizadas como variables, podemos montar los contenidos comunes y las lógicas compartidas que definen la normalidad de una época. Sobre los finales de la producción de la doctrina psicoanalítica, estalla la Segunda Guerra Mundial. La exterminación del hombre por el hombre como práctica instituida se consuma como ninguna otra vez en la historia: metódica y sistemáticamente, con una ideología de trasfondo, en el interior de una nación (el ejército contra sus propios ciudadanos considerándolos ajenos a la nación, y no sólo contra otra nación), pensando y percibiendo a ciertos grupos de sujetos con categoría de falsa humanidad, o de sub-humanidad, etc.

Los soldados de otros países –incluso antes del Holocausto– afirmaban que, por su crueldad, los alemanes no eran en realidad soldados, sino ejecutores asesinos. El ejército alemán fue creativo: cambió la normatividad (¿normalidad?) de la guerra. Con el dispositivo más representativo de la modernidad, –como si fuera una burla despiadada– la fábrica, se lanza y se concreta el mayor exterminio de seres humanos de la historia. Las ideas humanistas se desvían: no todas las personas con cuerpos de apariencia humana son seres humanos. No son tratados como tales.

Una vez que el Holocausto está consumado y es reconocido, ¿qué se forja como marca mnémica? La idea de que el exterminio indiferente y sistematizado de masas de seres humanos por otros seres humanos puede hacerse posible y hasta habitual. ¿Se los extermina porque no son seres humanos o para exterminarlos se los categoriza como no-seres-humanos? Representaciones y prácticas se afirman en movimientos recursivos: porque no son seres humanos se los extermina; porque se los extermina no son seres humanos.

Edgar Morin denomina organizaciones y procesos recursivos a aquellos en los que aquello que estas organizaciones producen y los efectos de lo producido, son imprescindibles para su propia causación y su propia producción [1] . Experiencias y representaciones tienen este tipo de organización. Concretamente: sin percibir a cierto grupo de sujetos como abominables, e impugnar su existencia, no es viable exterminarlos. Pero sin alguna acción concreta de exterminio tampoco se podría sostener la representación de que estos “humanoides” son indeseables. Acción y representación se producen mutuamente y sus efectos recíprocos y correlativos causan su propia producción. Podría decirse que se trata de efectos inter-generativos. Para asentar la normalidad de una práctica se la justifica produciendo una representación que dirige las percepciones. Para imponer una representación se produce una acción que se perciba y que la sostenga [2] .

Desde allí podríamos entender las razones por las que las puertas de los campos de concentración nazis recibían a sus prisioneros con la consigna “Arbeit macht frai” (“El trabajo libera”). La representación del campo como lugar de trabajo oculta la tarea primordial que allí se realizaba. El exterminio humano sistematizado y la representación de que algunos grupos de seres humanos son potencialmente exterminables –por haber ocurrido, por ser ya un patrimonio de la experiencia de la cultura– ingresó como representación en el imaginario de los individuos que compartían y siguen compartiendo dicha cultura occidental.

Las prácticas de las Fuerzas Armadas argentinas durante el Proceso militar son casi un redoblamiento latinoamericano de las prácticas nazis. La manera de morir de los detenidos-desaparecidos se asienta sobre una representación de ellos como de “no-seres-humanos”. El ocultamiento tiene el mismo sentido y busca los mismos efectos que el slogan nazi para los campos de exterminio: sin percepción alguna (desaparición), la representación de que han sido matados es pura conjetura. La falta de representación impugna, a su vez, la acción productora.

En la actualidad no hay ocultamiento. Casi todas las crueldades rutinarias que se materializan en los distintos lugares del mundo penetran por nuestros sentidos. Las guerras son asesinatos. No significa esto, nuevamente, que nunca antes hayan existido, sino que se explicaban apelando a la dignidad nacional. Hoy sus justificativos apelan a la fe porque de otro modo resultan inexplicables. La representación del exterminio del ser humano como rutina posible está instalada. ¿Será que la crueldad se ha establecido como sistema? El terror del hombre hacia el hombre está alojado.

Los objetos desechables y los seres humanos indeseables adquirieron en ciertas prácticas sociales un régimen imaginario equivalente. Por lo tanto se forjaron prácticas similares hacia ambos. ¿Qué configuración representacional pueden llegar a tener estos términos? ¿Cómo quedan inscritos en el imaginario? Parafraseando a Freud diremos que “esos elementos son a menudo tratados en lo inconsciente como si fueran equivalentes entre sí y se pudiera sustituir sin reparo unos por otros.” [3]

En el registro inconsciente estos términos resultan pues, equivalentes y por lo tanto son “naturalmente” sustituibles. No se inscriben con estatuto distinto. Como ha sido mencionado, este hecho ocurre tanto por la práctica concreta común para ambos términos (las acciones que hacia ellos se refieren) como por su compartida adjetivación, y predicación: son exterminables o desechables. La representación del ser humano como mero elemento se ha instalado también desde un sentido positivo: una cierta persona-objeto puede transformarse en sentido positivo como apetecible por ser un “bien escaso”. Sin embargo, la equivalencia ontológica sigue en pie: son elementos o bien objetos, cosas, que facilitan el acceso a un lugar social. El ser humano es un recurso más.

En 1914 (Introducción del narcisismo) Freud afirmó que la pulsión sexual se apuntala en la del Yo (conservación). Ahora bien, la pulsión de auto-conservación, ¿en qué se apuntala? El desvalimiento del bebé humano promueve que, desde el inicio, solamente los dispositivos sociales procuren que éste no sucumba.

En otro trabajo [4] hemos señalado que P. Aulagnier afirma que la vida del cachorro humano no se garantiza sin un aliado. Es este aliado quien lo reconoce como un ser humano. Le preserva la vida y, concomitantemente, lo va insertando en la cultura. Hay alguien que lo acoge, que lo orienta, que le ofrece herramientas para el traslado de la actividad desde el refugio primario hacia la cultura. Más adelante, los padres –los aliados– serán a su vez reconocidos por los hijos. Este soporte social fue sostenido de manera concreta y material por el Estado Nacional (EN). Fue éste el meta-aliado de la familia nuclear burguesa que proveyó la institución de instrumentos y recursos para concretar esta relación. De este modo, el vínculo esencial del EN con los individuos se estableció con un tácito deseo por parte del primero por la existencia de la vida de cada persona y su reconocimiento social como ciudadano.

La deserción contemporánea del EN rompe la alianza histórica del Estado con la preservación, el resguardo y la atención de la vida del “ciudadano” [5] . Ante todo, no se ocupa de que exista o lo hace de modo muy precario. La relación individuo-EN ha declinado y en esta caída los sujetos permanecen solos, aislados unos de otros, sin institución que los enlace socialmente. Esta experiencia es la que produce el sentimiento de Hilflosikeit descrito por Freud. Hugo Bleichmar precisa la concepción de Freud sobre la experimentación de hilflosikeit señalando que es “el estado interior de impotencia, la vivencia de que por sí mismo el lactante no puede salir de la exigencia que la pulsión le impone desde el interior.

Por el hecho de que no puede, de que él es impotente, entonces se requiere del objeto externo. Si este objeto faltase se generaría –segundo tiempo– el sentimiento de desvalimiento, de desamparo, de carencia de socorro” [6] La situación actual es análoga. Sólo que hoy no hay nada por esperar: el primer tiempo actual es el de la ruptura de las alianzas, sostenedoras de las organizaciones del EN hacia el ciudadano que deja a éste último solo e inerme, carente de los soportes tácitos pactados. Los acuerdos sociales ya no existen. Las derivaciones subjetivas y los sufrimientos deberán ser distintos a los de la modernidad [7] .

Revisemos qué ha ocurrido en los últimos años en relación con el EN y con el individuo desde la perspectiva de uno y del otro. Desde el EN- desaparecen las prácticas que denotan el deseo de existencia de las personas como sujetos sociales [8] . La enorme mayoría de individuos permanece radicalmente desamparada. Los sujetos están desguarnecidos, y se vuelven responsables absolutos de su propia existencia. De este modo, las prácticas sociales ponen en riesgo a la existencia social misma de las personas.

Desde el individuo- se corren los ejes pulsionales:

Hacia la necesidad –y no desde el deseo

Hacia la auto-conservación –y no desde la sexualidad

Hacia la existencia misma – y no hacia los placeres

Hacia la consumición ocasional – y no a la conexión profunda

La expulsión sin retorno del sistema social resulta ser entonces, una suerte de exterminio en cuanto a la permanencia en el circuito del consumo y de las leyes que definen al existente social. Esta expulsión radical se ejecuta desde las leyes y lógicas de mercado sin sentimientos de culpabilidad y sin escrúpulos, ya que el exterminio humano se ha asentado y expandido como representación posible desde la Segunda Guerra Mundial. Desde el costado de la ley hemos acopiado testimonios ciertos de que quién está por ella protegido es porque tiene estatuto de consumidor.

El derrumbe del humanismo por un lado, es decir, el trato hacia el cuerpo humano como hacia un objeto (según lo hemos descrito más arriba), y por el otro, la necesidad de consumir objetos (cualesquiera y de cualquier calidad que éstos sean) que se realiza a través de la ideología que promueve el mercado, produjeron la entronización del “objeto”.

3- El consumidor, ¿sólo es consumidor?

La categoría de ser humano ha mutado. De ser sujeto de conciencia y de la razón en los ámbitos de la política, del amor y del trabajo ha pasado a ser sujeto de consumición [9] .Frente a este cambio no sólo “se altera aquello que es “normal” y “anormal”, sino también las lógicas que sostienen solidariamente estas categorías. Aclaremos este último enunciado.

El trabajo tiene un sentido absolutamente transitivo. El ideal de trabajo es sustancial para la producción fabril. Reforzando la potencia decisiva que las nociones de conciencia y trabajo tenían en la sociedad del EN, la amalgama entre ambas (conciencia-trabajo) se tornó reflexiva con el Psicoanálisis. Se trata de que ningún rincón de la subjetividad permanezca sin la posibilidad de ser trabajado”. En el Psicoanálisis el ser humano se trabaja a sí mismo con el fin de expandir su conciencia y su raciocinio. Mediante esta operación se tornará un mejor ciudadano, un mejor trabajador y un mejor amante. Nos atreveríamos a afirmar que el mandato identificatorio hacia las instituciones (familia, escuela, ejército, fábrica, etc.) desde el EN era precisamente éste: la producción de una subjetividad amorosa, laboriosa y racional como organizadora de las vidas en el ámbito privado y en el social.

Sin embargo, es otra la situación actual. Ser sujeto de consumo remite a los designios del mercado: el de consumir. El mercado “necesita imperiosamente para sostener su existencia, de personas que consuman, de sujetos que consideren que su identidad humana se asienta en la consumición. La consumición, como el trabajo, constituye una acción social. El consumidor, como figura producida social y culturalmente ha sustituido al amante, al trabajador y al ciudadano. La racionalidad y la lógica que conducen la nueva forma que adquiere la subjetividad ha variado. El poder del inidentificable y ubicuo mercado ha promovido que la institución de la existencia humana se materialice a través del consumo.

Ahora bien, ¿qué implicancias imaginarias conlleva este enunciado? O mejor, precisando la pregunta: ¿cómo se identifica un sujeto con la consumición? La identificación con los designios del mercado es compleja. Si bien desde el proyecto identificatorio mercantil se trata de que los individuos consuman, la identificación sigue sus propios caminos. ¿De qué trata el envés [10] producido?

4- La identificación

Las nociones sobre el mecanismo de identificación no son unívocas en el Psicoanálisis. Ninguna teoría da cuenta en forma exhaustiva ni de los sinuosos caminos que sus movimientos pueden abrir ni de los infinitos comportamientos que puede producir. Se podrán observar y discernir las propuestas identificatorias. Sólo se podrán descifrar con posterioridad sus efectos. Mencionaremos entonces los rasgos más relevantes de las operaciones identificatorias y los que más útiles nos serán para entender cómo se identifica el ser humano actual no sólo como consumidor, sino también como objeto.

Para Freud la identificación no es un mecanismo más, del mismo rango que los otros. Es éste el mecanismo princeps para la constitución del sujeto humano.

¿En qué consiste la operación de identificar-se? En el capítulo VII de Psicología de las masas... Freud describe tres tipos de identificación. Una es preedípica y está signada por la relación canibalística con el objeto. En verdad, es la manera en que el niño ama. Una segunda ocurre cuando es el sujeto mismo quien sustituye una elección de objeto que ya ha sido abandonada. En la tercera y última, aunque con carencia aparente de lazo sexual, el sujeto se identifica con otro por tener con él un elemento en común; en este caso, la identificación histérica ocurre por desplazamiento.

Agreguemos otra característica: las identificaciones que se producen por coerción o por terror han sido descritas como identificaciones restitutivas [11] . Son aquellas que liquidan el gesto espontáneo promoviendo identificaciones alienantes inducidas u obligadas –en un inicio– por presiones exteriores al sujeto. Constituyen y consolidan el núcleo del falso self descrito por Winnicott y tienen que ver con las identificaciones adhesivas descritas por Ms. Bick. El sujeto no podría resistir el embate exterior sin ellas.

En el trabajo de 1914 arriba mencionado (Introducción del Narcisismo), Freud produce un enunciado revolucionario: el objeto está, de alguna forma, dentro del sujeto. El sujeto es, de algún modo, el objeto. Diríamos que el exterior forma parte ontológica del interior. Es que cuando el narcisismo fracasa en su intento totalizador, esta desventura provoca la producción del Ideal del Yo.

Desde Totem y tabú hasta Psicología de las masas... Freud mostró por lo menos dos tendencias de movimientos identificatorios: una vertical y otra horizontal (^ y < >). Sabemos, por otro lado que la identificación tiene como efecto el engrosamiento simultáneo de dos instancias: el Yo y el Súper-yo. [12]

Asimismo, J. O. Wisdom [13] señala la poca claridad que existe en la literatura psicoanalítica respecto de la noción de introyección e identificación. El producto de una introyección es un introyecto en el “mundo interno” que tiene una relación con el Self y con el cual, a su vez, el Self se relaciona. Pero también hay otro resultado: cuando este objeto se incorpora al Self se produce una identificación introyectiva. En este caso, se dice que se trata de una introyección nuclear. Si permanece meramente en el mundo interno, se trata de una introyección orbital.

El Self podría incorporar un introyecto orbital y transformarlo en nuclear. Un movimiento similar ocurre con la proyección y la identificación proyectiva. Mucho de lo que se proyecta no son sólo impulsos sino actitudes incorporadas desde los más elementales procesos de aprendizaje. Como se ve, el tráfico de los así llamados “objetos internos” es complejo. Pero lo importante aquí es señalar que se trata también de un tránsito interno que no sólo se dirige del Self al exterior y viceversa, sino dentro del Self mismo. Wisdom denomina la reversión de meta a este movimiento tanto de la proyección como de la identificación. El sujeto no sólo siente hacia el objeto, sino que siente con el objeto.

Si continuamos con estas argumentaciones e intentamos aplicarlas en la actualidad, debemos considerar que a través de los medios de comunicación social se penetra con efectos insospechados en ciertos sectores de la subjetividad. Podríamos considerar que el líder y la masa están en la pantalla: están en casa. Son una y la misma cosa. De este modo se garantiza la formación de un Ideal del Yo ajustado a las demandas mercantiles. Tal es el sincretismo identificatorio que promueve el impaciente mercado a través de los medios: el hallazgo y la elección de objetos (presencia e investimiento) se dan o se constituyen en la intimidad y en un solo movimiento: “eso está; eso quiero; eso debo ser”.

Nos ceñiremos a decir entonces, que las materias primas de las operaciones identificatorias son producidas por las prácticas sociales como referencia y tienen posiciones múltiples, movimientos variados y trayectos diversos. En tiempos del EN, éste actuaba e intervenía como un fuerte transmisor de ideas. La escuela pública y los medios de comunicación fueron algunos de los ámbitos para este procedimiento. Se podía entonces afirmar el vínculo estrecho entre “Ideología y aparato ideológico del estado” [14] .

¿Ocurre algo similar con el mercado? Es decir, ¿es transmisor de ideología en sentido estricto? Respondemos negativamente. No obstante, y como producto no deliberadamente perseguido –aunque funcional– tiene efectos con producción ideativa en las representaciones del mundo, de la categoría “humanidad”, y en la representación del propio self. Parafraseando a Althusser diríamos que el aparato del mercado tiene como efecto la práctica del consumo. Esta práctica se expande como necesidad emblemática de exhibirse como consumidor-existente social (“compro”, “tengo”, “uso”, “soy” tal cosa de tal nombre).

La tesis que presento afirma que las ideas de consumo producen la necesidad de consumir pero a su vez, y como efecto identificatorio, promueven la necesidad de ser –y entonces de ofertarse como– objeto de consumo: ser un consumible-existente. Se halla la meta indicada por el mercado como objeto nuclear: ser un consumidor, pero se produce también, al decir de Wisdom, la reversión de la meta: el mercado como objeto orbital, determinando hacia el self que éste se presente como objeto de consumo.

He aquí algo de un envés. Probablemente sea ésta la necesidad que provoca la ideología que produce a su vez, la subjetividad de consumidor-consumible. El reconocimiento de tal subjetividad se efectúa con esta evidencia práctica. Quien no sea consumible será, seguramente, porque no es consumidor. Los sujetos que no han podido responder a las interpelaciones del mercado van siendo consumidos en él (expulsados radicales, desaparecidos del circuito cultural). Son los desconocidos sociales. Y si bien el signo social opuesto al consumidor es el de ‘no–consumidor’, el signo solidario subjetivo es el de ‘consumible’.

En la actualidad, el terror por la subsistencia provoca que operen los mecanismos identificatorios más simples. No se trata de representaciones reprimidas: la motivación es del orden de la conservación. Esta identificación, más que un mecanismo de defensa, se torna una operación necesaria que se produce en virtud de la necesidad y no de la pulsión sexual. La “bipartición” [15] identificatoria se realiza por terror a la expulsión radical y no por amor. Es éste el hecho que compromete al ser y transita por toda su superficie. El Yo, avasallado por lo real y por los ideales en función de su permanencia, se encuentra condenado a consumir y a constituirse en una entidad de consumo.

Es en virtud de esta necesidad de no desaparecer del contorno social que en la acción del consumir se agrega el sujeto mismo, como un objeto más. En su relación con las personas, el sujeto es considerado y tratado por el mercado (y por sí mismo) como una cosa más. Se considera como su propio recurso (humano) para el acopio de pequeñas experiencias que indiquen que circula socialmente como consumible y por ende, existente. Sólo de este modo se entienden los casos de las niñas que cambian dólares por besos y exhibición del cuerpo desnudo; los programas de TV que penetran en los antes considerados espacios íntimos de personas que se ofrecen para ello con el fin de que el público decida sobre sus vidas; los púberes que se emborrachan en las discotecas; los que “transan” con otros cuerpos –sin saber con quién. En la sociedad mercantil, el ser humano es un recurso (humano) más para el acopio de dinero improductivo.

Es así como los estatutos del trabajo y del amor han cambiado. Los sujetos no trabajan ni aman como en la modernidad. Más bien se ofrecen desesperadamente a ser consumibles –en una oferta sexual que tiene alguna acción compartida con lo que se solía llamar amor; ocupacionalmente para actuar en algo semejante a lo que se solía llamar trabajo y en participar en lo que se llamaban acciones políticas (antes dedicadas al bien común)– para tornarse existentes. Nuevamente, la permanencia de las denominaciones, oculta las alteraciones en las prácticas, en las significaciones y en los sentidos.

Por lo tanto, permanecer en el circuito de consumición implica el armado representacional del sí mismo como consumidor. Esta representación se forja en una misma y única operación con la de ser consumible y este par no es conflictivo. Antes bien, es recursivo: un término potencia, sostiene y perfecciona al otro.

En la modernidad, la exclusión se producía en aquellos sujetos que carecían de los atributos que definían el ser ciudadano: la conciencia y la razón. Los niños eran producidos como tales para prepararse e instruirse con el fin de ser insertados socialmente con conciencia y con razonamiento. Los adultos en los que estos rasgos fallaban eran recluidos (en hospitales y cárceles) con el fin de que, terapéuticas y castigos mediante, fuesen responsables y juiciosos. La exclusión estaba pensada –aunque no lo lograse– para reinsertar a estos sujetos en la comunidad. En ningún caso, desde la práctica social, la categoría HUMANIDAD estuvo abortada.

En la actualidad, al definir la producción de subjetividad social como de consumidor-consumible y al consumido como excluido radical o exterminado social, la dimensión de HUMANIDAD se ve totalmente resquebrajada.

Resumiendo: los discursos y las prácticas de matanza humana lanzadas desde la Segunda Guerra Mundial por un lado, y los discursos y prácticas del mercado por otro, han forjado y asentado mediante un régimen de terror las condiciones para las representaciones y las prácticas del ser humano como “expulsable” y “exterminable”. Seres humanos con formas humanas pero con estatutos radicalmente distintos. En términos de mercado: 1- inagotables consumidores consumibles, los existentes y 2- los definitivamente consumidos, carentes de ontología en la representación social.

4- Otras normalidades, otras anormalidades

Dentro de este panorama, dos cuadros nosológicos cambian el signo y la condición que sustentaban en la taxonomía anterior (moderna). Ambos se concebían sustraídos del lazo social. Me refiero al panicoso y al perverso narcisista.

1- Asistimos al relieve de lo que se ha dado en llamar el “ataque de pánico”. Veamos, ante todo, de dónde proviene el término.

Aun desconociendo las razones para ello –aunque las podamos interpretar–, descubrimos que la jerga de la guerra se ha instalado en el seno de la sociedad de mercado. Operadores políticos y organizacionales hablan de “estrategias”, “logística” y “tácticas” para el diseño de sus movimientos y de la “ingeniería” de sus planes de expansión. Los políticos y los técnicos tienen, sumado a lo anterior, sus “tropas”. Incluso dentro de los lobbies internos de cada organización, cada polo de poder también tiene su propia “tropa”.

No entrar en pánico es una instrucción muy conocida de los jefes militares a los soldados. Esto se enuncia cuando la expectativa es la de un fuerte ataque. Se teme que la moral del grupo de soldados se desvanezca, que las arengas pierdan efectividad y que surja la irrefrenable necesidad de supervivencia en los sujetos involucrados, necesidad que no admite ni liderazgos ni orientación exterior.

En Inhibición, síntoma y angustia, Freud afirma que antes de que exista una neta separación entre la instancia del yo y la del ello, y de que aparezca el superyó, el niño utiliza métodos de defensa distintos que cuando éste último sistema –el súper-yo– se precipita. El pánico puede considerarse como una de estas reacciones.

El ataque de pánico irrumpe acompañado de sudoración profusa, temblores, alteraciones de la respiración, vértigos, parestesias, diarreas, etc. Para que una reacción sea considerada como crisis no es necesaria la erupción de todos los signos, lo distintivo aquí es el miedo y se incluye también la depresión. Los psiquiatras detectan una pérdida cierta anterior a la aparición del ataque.

Lo llamativo es que, los síntomas somáticos descritos coinciden con los que Freud enumeró para las neurosis traumática. Podríamos citar a Katharina, menos popular que su hijo Juanito, para su descripción: “Me falta el aire, no siempre, pero muchas veces me agarra que creo que me voy a ahogar. [...] [la falta de aire] se abate de pronto sobre mí. Primero me hace como una opresión sobre los ojos, la cabeza se pone pesada y me zumba, cosa de no aguantar, y me mareo tanto que creo que me voy a caer, y después se me oprime el pecho que pierdo el aliento. Se me aprieta la garganta como si me fuera a ahogar [...] [la cabeza] martilla y martilla hasta estallar. Siempre creo que me voy a morir”. [16] Ahora bien; actualmente, ¿se trata del mismo cuadro?

Este cuadro, ¿tiene la misma etiología? El ataque de pánico visto desde la perspectiva que enunciamos, ¿se refiere exclusivamente acaso a reminiscencias sexuales? Seguramente que en el caso de Katharina tiene mayor conexión con la amenaza furiosa de su padre, y el pecado de haberlo delatado ante su madre por su desborde sexual. Katharina se refugia en ella que finalmente, protegiendo a su hija y a sí misma, se deshace de la fuente de espanto. La madre privilegia la integridad de la hija y la suya desde el poder que le otorga su función, por encima de cualquier otro beneficio. Ahora bien, ¿qué sentido adquiere la persecución desde la situación social actual?

Hemos visto que en la actualidad los mecanismos identificatorios remiten a la subsistencia. Cuando el contrato social (narcisista) ha quedado roto no sólo se carece de referencias identificatorias sino que tampoco el medio provee dispositivos que entreguen herramientas con las que se puedan organizar defensas adecuadas como recursos para enfrentar los impactos. A veces hallamos el objeto de terror en esta verdadera epidemia social panicosa. Pero el pánico se presenta como una angustia de involucramiento total y difuso en el sujeto en cuestión. El pánico consiste en temer que el impacto para la subsistencia pueda ocurrir inesperadamente. De ello se ocupa Freud en Más allá del Principio del placer (1920).

En el substancial capítulo IV, retoma los conceptos del Proyecto... para considerar una función fundamental del sistema Cc, a saber: la tarea de protegerse contra los estímulos. Afirma que parte del estrato cortical receptor de estímulos está en la superficie. Son “los órganos sensoriales, que en lo esencial, contienen dispositivos destinados a recibir acciones estimuladoras específicas, pero además, particulares mecanismos preventivos para la ulterior protección contra volúmenes hipergrandes de estímulos y el apartamiento de variedades inadecuadas de éstos” (Freud, 1979: 27) Estos órganos procesan solamente pequeñas cantidades del estímulo externo, “toman sólo pizquitas del mundo exterior”. (Freud. 1979: 28). Las excitaciones exteriores al organismo que tienen el poder de perforar la protección anti-estímulo, se denominan traumáticas.

En el mismo capítulo Freud desvirtúa la oposición entre la doctrina del choque y la que sólo le otorga valor causal al terror y al peligro de muerte. Mientras que la primera “sitúa la esencia del choque en el deterioro directo de la estructura molecular o aun histológica de los elementos nerviosos, nosotros [los psicoanalistas] buscamos comprender su efecto por la ruptura de la protección del antiestímulo del órgano anímico y las tareas que ello plantea. Pero también el terror conserva para nosotros su valor. Tiene por condición la falta de apronte angustiado; este último conlleva la sobreinvestidura de los sistemas que reciben primero el estímulo y constituyen la última trinchera de la protección antiestímulo. En toda una serie de traumas, el factor decisivo para el desenlace quizás sea la diferencia entre los sistemas no preparados y los preparados por sobreinvestidura; claro que a partir de una cierta intensidad del trauma, esa diferencia dejará de pesar” (Freud, 1979: 31).

En la sociedad mercantil, ¿cuáles son los embates para los que hay que prepararse? Cuando la verificación de que los recursos simbólicos y materiales no alcanzan ni son considerados útiles para protegerse de los impactos sociales actuales en las áreas del trabajo, o del amor y de la política, este hecho se transforma en la sensación de desamparo que resulta la condición más fértil para que se produzca la angustia traumática o el ataque de pánico. Se ha roto la cadena de lógicas causales. Pero además, se carece de referencias sociales a las que acudir para el amparo. En aras de la subsistencia, el sujeto se aviene a cualquier trato aterrorizante. Si no, podría ocurrir lo que más espanta a cualquier subjetividad instituida: quedar sin trato alguno [17] .

Sin embargo, contemporáneamente, agregaríamos que sobre estas condiciones lo que se ha dado en llamar el ataque de pánico tiene lugar en un sujeto que sostiene representaciones de la modernidad y cree al mismo tiempo que las puede aplicar a la situación actual. Esto es, ocurre cuando lo instituido tiene tal arraigo en el sujeto que éste continúa alimentando de las creencias pretéritas sobre lo estable y sus cuestiones lógicas derivadas: que rasgos tales como la responsabilidad, la disciplina, la resistencia y la solidaridad son potentes para la permanencia en la sociedad mercantil. La realidad visible es que estamos sujetos a situaciones dispersas y precarias. Y no existe apronte para afrontar tales situaciones disipadas y efímeras.

La apelación a los propios recursos es absoluta, y en combinación con el medio social contemporáneo puede resultar del todo ineficaz. Por supuesto, el terror actual se ensambla con indefensiones pretéritas. Sin embargo, la precariedad y la soledad actual, como se ha dicho, no instituyen defensas. Se podría llegar a saber a qué se le teme, pero finalmente resulta inespecífico e inasible. Tenemos como prueba el incremento de panicosos durante los meses del último tercio del año, que es el momento en el que las organizaciones deciden las reducciones de personal.

2- Veamos ahora otro prototipo de producción subjetiva en la actualidad:

En el diario Clarín del 7 de mayo del año 2000 apareció un reportaje a Marie-France Hirigoyen sobre su libro El acoso moral. En él, describe este tipo de acoso como un fenómeno epidémico. Considera el acoso moral como altamente destructivo, ya que puede llevar hasta al suicidio. Dice esta autora: “...cualquiera puede tener este tipo de comportamiento cada tanto, pero si no somos perversos, tomamos conciencia de que exageramos, pedimos disculpas [...] Sin embargo, hay otros individuos –a los que se denomina perversos narcisistas, para diferenciarlos de los perversos sexuales– que no consideran a los otros como personas sino como objetos. Un perverso sexual utiliza a los otros sexualmente y un perverso moral utiliza a los otros para su propia existencia con el objetivo de llegar al poder.

Las personas narcisistas [...] podrían haber sido grandes enfermos mentales o psicóticos pero que escapan a la enfermedad mental gracias a su inteligencia y a su adaptabilidad a la sociedad. Son personas que además tienen mucho éxito en la vida profesional porque carecen de escrúpulos: pueden aplastar a los otros, mentir y falsificar con total aplomo. (...) Los asesinos seriales –una vez que empezaron y vieron que su perversión funciona– persisten compulsivamente en esa actitud. Y ése es el punto común con los perversos narcisistas. Éstos (...) más que matar a alguien, van a ingeniárselas para que la persona se mate por enfermedad o suicidio.

Empujar a una persona al suicidio es el mayor éxito de un perverso [...] cualquiera de nosotros puede ser víctima de un perverso. No hay que creer que existe un perfil que predestine a la posición de víctima porque eso implicaría decir que las víctimas son masoquistas y el agresor diría: ‘se lo merece’.

”[...] Las empresas no ven que las malas actitudes de algunos disminuyan la productividad del resto [...] Por otra parte, los individuos perversos son en general individuos seductores, hábiles, crean la ilusión de ser eficaces y, usualmente, son competentes profesionalmente. Y las empresas tienden a privilegiar a las personas que obtienen resultados.

”El acoso es una forma de decir sin decir, de desestabilizar a alguien cuando no hay nada para reprocharle [...] Hay que reconocer que el problema del acoso moral es serio y existe.

”[...] creo, como médica, que es mejor que las personas salven su pellejo y que cambien de trabajo. Sé que es difícil [en un panorama laboral tan restringido]. No sólo por el empeoramiento mundial de las condiciones del mercado laboral el acoso puede producir enfermedades psicosomáticas, estrés y depresión, pero también la humillación puede, a largo plazo, generar estrés postraumático como el que sufren las víctimas de atentados, agresiones o de violaciones”. ¿Qué indica históricamente esta configuración? Es evidente que su funcionalidad provoca que en las empresas no se categorice a la perversión narcisista como lo hace la Dra. Hirigoyen. Para ella, se trata de una enfermedad. Para estas organizaciones, en cambio, se trata de un sujeto que tiene rasgos eficaces para sus metas.

La caída de la hegemonía de la ley nacional provoca que el juego de reglas acordadas y suscritas que antes existía ya no sea unívoco. No se “juega limpio” con acuerdo y previsión de expectativas posibles por todos los términos involucrados en el juego. Sin embargo, en el jolgorio del mercado, con este funcionamiento ya no se está fuera de la ley.

Aquello que el discurso científico denuncia como “abuso moral” está sostenido por una práctica social. Es el caso de aquello que describe la Dra. Hirigoyen. En su libro, esta autora notifica sobre procedimientos que se han tornado regulares (“epidémicos”) [18] . Denuncia el reverso del pánico y de su producción. Para la cultura de consumo, el panicoso es un enfermo. Por el contrario, el perverso narcisista resulta útil y eficaz [19] .

En otro trabajo [20] hemos descrito las sutiles diferencias generalizadas respecto de los comportamientos grupales de los niños y los adolescentes en el aula escolar. El personal docente de los clubes da cuenta de los mismos rasgos. Puntualicemos las características allí anotadas:

- incremento de la crueldad (sadismo) - inescrupulosidad

- implosión de impulsos violentos verbales o corporales, o bien destrucción concreta de materiales

- falta de registro del daño o del sufrimiento de los semejantes

- falta de asunción de responsabilidad por lo actuado

- corte del pensamiento lógico entre lo que se hace y los efectos de los propios comportamientos (hecho que, precisamente, corta el encadenamiento lógico hacia la responsabilidad)

- incapacidad de disculparse, ya que no existe sentimiento de culpa alguno

- afán de poder absoluto

- acoso moral y físico

Es evidente que la descripción de la subjetividad en la niñez coincide con la descripta más arriba para los actores sociales de deberes y derechos plenos. Asistimos de este modo al traslado dentro de la normalidad de lo que se solía llamar una sociopatía: esta perversión es ahora sintónica con los lazos sociales laborales requeridos por el mercado. En las prácticas sociales, algunas entidades psicopatológicas se han deslocalizado.

Perverso y panicoso resultan así ser un par de reverso y anverso: se produce el pánico porque lo que antes era punible ahora es ideal. El perverso es un producido necesario sustentado por el mercado. El panicoso es un efecto imprevisto de las condiciones de expulsión del mercado. No sólo por la cualidad de los líderes que éste promociona (los perversos), sino por la mutación que ha sufrido la categoría “humanidad” con la que opera y que hemos considerado más arriba. Ambas patologías, la perversión narcisista y el pánico, apelan al aspecto más animal del ser humano. La primera por ejercerlo sobre otros. La otra, por sostener reacciones defensivas permanentes frente a estos tratos que no pueden ser concebidos como humanos.

Se exacerban las reacciones de orden más primitivo: los sensores que indican sobre los peligros del morir o vivir. Una los elude y arrolla contra el miedo y la inseguridad de la existencia (winner). Para la otra resulta imposible negar la expectativa de exterminio social, la de ser consumido (loser). A ambos (al sujeto aterrador y al sujeto aterrado) los produce actualmente la cultura del mercado puesto que ambos se encuentran sujetos al terror por su inexistencia social. Sobre el fragmentado aislamiento del individuo que depende de un jefe o de un amante producido por el mercado, o bien sobre un individuo sujeto únicamente a las condiciones que el mercado impone, pende su potencial muerte social.

Por este motivo es necesario recalcar una puntualización: si bien el ingrediente sexual está presente, no constituye el eje de los comportamientos del perverso narcisista mercantil, sino que a éste lo motiva el mismo miedo por la subsistencia que a sus víctimas. Por lo tanto, en el ataque de pánico se reconocen elementos de la actualidad social que lo provocan, dentro de las cuales se pueden distinguir algunas cuestiones asociadas al sujeto y otras a la cultura. Desde el sujeto identificamos:

a- la desesperación por no ser desempleado (laboral o sexual) lo que equivale a decir: por dejar de ser objeto de consumo, montado sobre

b- los estados singulares del funcionamiento psíquico.

Desde la cultura determinamos:

a- el trato cosificante como entidad ontológica representada por los demás y por el sujeto mismo (desestimación de “sujeto” entendiendo lo subjetivo como lo humano), sumado a

b- la imposibilidad de alterar condiciones que resultan crueles, y

c- el terror por perder existencia social (estar exterminado) traducido en la posibilidad de estar sujeto a tratos sádicos acosantes y finalmente exterminantes, junto a la imposibilidad de tramitar el odio por estar este trato socialmente instituido>>>Ataque de pánico

Pareciera que las condiciones actuales impiden sostener algunos de los efectos esenciales de un mecanismo psicológico elemental -la represión primordial-, a saber: que otros cuerpos humanos son seres humanos como uno mismo lo es, y –por lo tanto– son semejantes. Esta nueva conformación social produce una desafiliación o una ruptura del lazo social, por lo que resulta imposible subjetivarse. Una alternativa para la salida de este encierro es la concepción de situaciones tal como la ha configurado el Grupo Doce [21] .

Las situaciones son aquellas condiciones que crean reglas propias, que suspenden representaciones para poder percibir lo que se está produciendo allí donde el sujeto ha quedado perplejo. Junto a la perplejidad se forja una temporalidad en la que se conciben nuevos recursos. Una situación es aquella circunstancia en la cual en los puntos de fragmentación que produce la condición social se realiza una operación de subjetivación. Allí, tales fragmentaciones devienen en situaciones de consistencia singular: cada una la suya. Se trata de crear condiciones de subjetivación para el trabajo, el pensamiento y el amor. Sin embargo estas condiciones no están definidas de antemano. Dependen de la decisión tanto de forjarlas como de irlas instituyendo y destituyendo. La decisión de crear una situación es la posibilidad –por ahora– para la continuación de la constitución subjetiva.

Bibliografía

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-De la Historia de una neurosis infantil (el “Hombre de los Lobos”). Amorrortu. Buenos Aires, 1988

-Más allá del principio del placer. Amorrortu. Buenos Aires, 1979

-Introducción del narcisismo. Amorrortu. Buenos Aires, 1979

-Inhibición, síntoma y angustia. Amorrortu. Buenos aires, 1986

-El yo y el ello. Amorrortu. Buenos Aires, 1986; -Duelo y melancolía. Amorrortu, 1986

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*Lewkowicz, Ignacio. “Subjetividad adictiva: un tipo psicosocial instituido. Condiciones históricas de posibilidad” en Dobon, Juan y Hurtado, Gustavo (compiladores) (1999) Las drogas en el siglo...¿que viene?..., Ediciones FAC, Buenos Aires. Págs. 91 a 107.

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*Morin, Edgar- La noción de sujeto. En Nuevos paradigmas. Cultura y subjetividad- Editorial Paidós- Buenos Aires, 1995

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*Zelcer, Mirta (2000) La representación. Del paciente y del analista en la sesión psicoanalítica. Libro para el trabajo clínico. En edición. Editorial Polemos

*Zelcer, Mirta. “Las nuevas dinámicas grupales en el aula escolar.” Mimeo APA. Setiembre 2001

----------------Los objetivos perseguidos en este trabajo son los siguientes:

· identificar las representaciones que han ingresado en el imaginario social con función operante, así como sus efectos

· ajustar la configuración de la subjetividad contemporánea que es impactada y es trabajada por dichas representaciones

· categorizar los nuevos estatutos de algunos cuadros psicopatológicos que se presentan como epidémicos

Los ejes temáticos alrededor de los cuales girarán las tesis son los siguientes:

· la definición de normalidad y patología

· la descripción de la categoría “humanidad”

· la configuración de la subjetividad contemporánea

· el problema de la identificación

· la presentación de ejemplos sobre las normalidades y anormalidades actuales

La apoyatura teórica del trabajo es psicoanalítica.

Agosto 2002

Notas

[1] Morin, Edgar- La noción de sujeto. En Nuevos paradigmas. Cultura y subjetividad- Editorial Paidós- Buenos Aires, 1995

[2] Para una ampliación de esta idea, ver Zelcer, Mirta (2000) La representación. Del paciente y del analista en la sesión psicoanalítica. Libro para el trabajo clínico. En prensa. Editorial Polemos

[3] Freud, Sigmund. Obras completas. De la Historia de una neurosis infantil (el “Hombre de los Lobos”). Tomo XVII. Amorrortu editores. Buenos Aires, 1988

[4] Effron, Marta-Zelcer, Mirta. “Un lugar en el mundo”. En Clubes y Countries. Año 8, No. 71. Buenos Aires, junio 1996

[5] Lewkowicz, Ignacio (1999) “Subjetividad adictiva: un tipo psicosocial instituido. Condiciones históricas de posibilidad” en Dobon, Juan y Hurtado, Gustavo (compiladores) (1999) Las drogas en el siglo...¿que viene?..., Ediciones FAC, Buenos Aires. Págs. 91 a 107.

[6] Bleichmar, Hugo (1998) Avances en psicoterapia psicoanalítica. Paidós, Barcelona.

[7] Cantarelli, Mariana. Una subjetividad en riesgo. Mimeo, 2001

[8] salvo para un grupo que concentra este privilegio. En realidad, son estos grupos los que aún sostienen la exigua existencia del EN, pero con objetivos de conveniencia sólo para ellos mismos. Consiste en una serie de sujetos que tiene el transitorio poder de aterrar . [9] Lewkowicz, I. Ib.id.

[10] Los dispositivos sociales productores de lógicas y de subjetividades implantan marcas efectivas. Sin embargo, esta mismas marcas producen efectos impredecibles. Estos efectos no son asimilables a la dimensión de lo instituido puesto que son indeterminados desde la práctica instituyente. Para ampliar este concepto ver Del fragmento a la situación Parte I.

[11] Armus, Marcela-Zelcer, Mirta. “Metapsicología del falso-self”. Mimeo. APA,1989

[12] Podríamos detenernos para examinar exhaustivamente en el recorrido teórico freudiano del mecanismo identificatorio. Sin embargo, no es el objeto de este trabajo. Antes bien, hacer operar algunas nociones estratégicas para comprender las alteraciones subjetivas actuales.

[13] Wisdom, J. O. “Un acercamiento metodológico al problema de la histeria”. Revista de Psicoanálisis No.3. APA. Buenos Aires, 1967

[14] Zelcer, Mariano. “Una revisión de las críticas de Hall a Althusser en torno al sujeto y su relación con la ideología”. Memo UBA, 1999

[15] Freud, S. “Duelo y melancolía” (1917 [1915]).

[16] Freud, Sigmund. Obras completas. Tomo II. página 142. Amorrortu editores. Buenos Aires, 1990

[17] En varios artículos, (por ejemplo, en ”El miedo al derrumbe”, en Exploraciones en Psicoanálisis I, página 114. Paidós, Buenos Aires, 1991) Winnicott postula que existen agonías primitivas: carecer de orientación, sentirse fragmentado, caer indefinidamente, aislarse, sentir al cuerpo alienado.

[18] Hirigoyen, Marie-France. El acoso moral. Paidós. Buenos Aires, 2000

[19] “Este desacuerdo entre la delimitación clínica y la percepción social de las patologías es entonces otro punto de dificultad en la inscripción social actual del Psicoanálisis. Ya no coinciden los conjuntos de fenómenos normales y patológicos determinados socialmente por un lado y psicoanalíticamente por otro. Los rasgos que la práctica analítica aísla como patológicos empiezan a desacoplarse de los que hoy el discurso hegemónico condena como patológicos.”Otra dificultad en Psicoanálisis”- Lewkowicz, Ignacio- Zelcer, Mirta. Mimeo 1993

[20] Mirta Zelcer. “Las nuevas dinámicas grupales en el aula escolar.” Mimeo. APA, Setiembre 2000

[21] Al que pertenezco. Se trata de psicoanalistas e historiadores trabajando en conjunto

http://www.topia.com.ar/articulos/35-zelcer.htm

La Subjetividad y la Normalidad ...

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