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Percia: Bajtin como caja de herramientas.

Publicado por Francisco Mora activado 21 Marzo 2013

Percia: Bajtin como caja de herramientas.

De la inconclusión, la polifonía

y el dialogismo

Marcelo Percia.

1. Bajtiniana II.

Dice Bajtín sobre los héroes de las novelas de Dostoievski: Todos ellos luchan encarnizadamente contra toda clase de definiciones de su personalidad por parte de otra gente. Todos ellos sienten vivamente su propio carácter inconcluso, su capacidad de superar desde el interior y de volver falsa toda definición que los exteriorice y los quiera concluir. Un hombre permanece vivo por el hecho de no estar concluido y de no haber dicho todavía la última palabra, y dice más adelante: El héroe de Dostoievski siempre aspira a romper el marco conclusivo y mortífero en que lo encierran las palabras ajenas.1

2. ¡No hay derecho!

No me gusta verme deducido, medido y definido. Como si dijeran: "Por fin te tenemos por completo. He aquí todo lo que importa de tu vida y no hay más que decir sobre tu persona". No me gusta sentirme disecado. Estar concluido por explicaciones, rodeado de argumentos, fotografiado en los pretendidos instantes claves de mi historia. No me gusta que el conocimiento me decida, y que un oído especializado me escuche como una voz llena de palabras sin vida. Ni que examinen mis bolsillos para buscar pistas que me resuelvan como un enigma ya definido desde el principio y encerrado en el pasado.

3. De lo concluso y lo inconcluso.

Augusto Monterroso ubica en un pueblo de Guatemala un relato que llama Sinfonía concluida. Un viejo organista trabaja en una iglesia, y encuentra, al revisar unos extraños papeles de música, los dos movimientos finales de la sinfonía Inconclusa de Schubert, y piensan que está loco y no creen en el maravilloso hallazgo. El viejo recorre toda Guatemala. Viaja a Europa. Llega hasta Viena. Ningún músico le presta atención. Conoce una pareja de ancianos. Maestros en la obra del compositor austriaco. Interpretan emocionados los dos movimientos. Examinan temblorosos los papeles. Y admiten que son de Schubert.

Pero reaccionan como si en lugar de haberlos recuperado los hubieran perdido para siempre. Razonan de este modo: los movimientos son extraordinarios, pero no agregan nada al mérito de la sinfonía. Por el contrario, se lo quitan. La gente prefiere creer que Schubert los rompió. O que no los intentó. Seguro de que no lograría superar ni igualar la calidad de los primeros. La gente piensa que si así son el allegro y el andante cómo serán el scherzo y el allegro ma non tropo y que por respeto a la memoria de Schubert es mejor destruirlos. El viejo de regreso a su país, desgarra los manuscritos. Y tira los pedazos al mar. Piensa con amargura "que ni él ni su patria podrían reclamar la gloria de haber devuelto al mundo unas páginas que el mundo hubiera recibido con tanta alegría pero que el mundo con tanto sentido común rechazaba".

4. Conclusión no inclusiva.

Con las explicaciones psicológicas suceden cosas diferentes. A veces llenan el vacío de significación. Y calman la angustia. Y otras nos arrastran a un mundo cerrado. El pensamiento obra mejor en la coexistencia de argumentos conclusos e inconclusos. Un acto conclusivo ofrece sosiego si, al mismo tiempo, un acto inconcluso preserva la vida en lo que ésta tiene de misterio.

5. Número inconcluso.

Todavía espera que salga un conejo de la galera.

6. Estar inconcluso.

No es lo mismo estar inconcluso que estar indeciso. Estar inconcluso quiere decir estar vivo. Permanecer inexplicado. Estar indeciso quiere decir huidizo de una responsabilidad y a la espera de que los hechos golpeen mi puerta.

7. Polifónico.

Es el que dice que no y es el que dice que sí. Y es, también, el que callado asiste a la contradicción. .

8. Última palabra.

No hay última palabra quiere decir que siempre hay algo por decir (no dicho) que puede afirmar, negar, ignorar, desarrollar, cambiar o simplemente estar junto a lo afirmado, negado, desarrollado, existente o inexistente. No hay última palabra es un modo de prevenir contra los ingenuos y mal intencionados que celebran haber hallado un límite soberano. Es evitar un alarde vacío.

9. A qué atenerse.

Decidir si se queda o se va, si es con ella o en otra parte, es asumir una palabra. Y estar en esa palabra es hacer residencia en una voz sabiendo que en la vida se traman otras plenitudes.

10. Solucionado.

Es un hombre previsible. Hasta en sus sueños.

11. Vecinos.

¿De qué modo el hombre concluido de Bajtín hace vecindad con el hombre unidireccional de Marcuse? ¿Y la crítica de la solución denuncia totalitarismos? ¿Y la inconclusión se opone a la cosificación? ¿Y los pensamientos fragmentarios, vacilantes e incompletos albergan humanidad? ¿Y la recepción de nuestra existencia no se piensa en forma impersonal? Adorno escribió en 1944: la astilla en el ojo es la mejor lente de aumento.

12. En las lenguas clásicas.

Se emplea el término diálogo para decir muchas cosas. Sabemos que, entre los griegos, los vocablos diálogo y dialéctica se aproximan. Hasta tocarse. Y que (desde entonces) en algunos pensamientos respiran aires de guerra. Y que se dice que en un diálogo algo se establece. Y que ese algo que se establece se llama confrontación. Entre interlocutores. Y en un mismo argumento. Y se dice que el diálogo es disputa. Y que el diálogo es un modo de alcanzar la verdad. Una verdad que se eleva sobre los hombres.

13. Bajtiniana III.

Escucha en cada voz otras voces discutiendo. Capta en cada gesto la seguridad y la incertidumbre a la vez. Percibe la ambivalencia en cada movimiento y la polisemia posterior a todo acto. Pero no hace campaña en abuso de contradicciones y ambigüedades. No construye allí órdenes dialécticos. Desenvuelve sin apuros e impaciencias lo que vive yuxtapuesto. Y pone en proximidad a los opuestos sin propiciar que se estrechen en un abrazo. Dice con sencillez: voces diferentes en tensión permanente y sin solución.

14. Bajtiniana IV.

Esas voces no se unen, no se juntan, no se reducen varias en una, no hacen síntesis, no se conjugan, no hablan a coro, no soportan el disciplinamiento. Esas voces tienen existencia dialógica. Viven sólo y únicamente como voces cuando se les ofrece una recepción. Y, si no, son como el dolor. Un murmullo que penetra en la emoción para doler en todos los sonidos y en todos los silencios.

15. Inaudibles.

En el oído subjetivo algunas voces viven su plenitud. Habitan completas. Audibles en sus palabras. Entonaciones y silencios. No somos muchas voces, pasamos por distintas voces. Y algunas, que rara vez son escuchadas, nos desbordan.

16. Breuer, el retorno.

Habrá que diferenciar la idea de subjetividad polifónica de la fórmula psiquiátrica de "disociación mental". Para prevenir que quieran internar a los polifónicos, como hacen con los esquizofrénicos.

17. Locura polifónica.

Hay que andar con precaución, pero sin demasiada prudencia. En la subjetividad se participa de una inaudita cámara de voces. Y en ese batidero son imposibles las decisiones. Hasta las más pequeñas. Obsesivos e interminables, los ondulantes caminos de esas voces desacomodan el entendimiento. Atender a la simultaneidad puede desembocar en el simultaneísmo de los turulatos. Azorado por la coexistente pluralidad ningún sujeto toma la palabra. A veces, nadie soporta la responsabilidad de un acto pleno.

18. Mujer impaciente.

Mientras sus voces discuten sobre la conveniencia de ese paso, sobre el acierto de una palabra más comprometida, de una invitación o de un gesto de proximidad, la dama se retira.

19. Roma, 2 de abril de 1936.

Heidegger pronuncia en Roma una conferencia, con el título de "Holderlin y la esencia de la Poesía". Destaca unos versos del poeta que dicen: Desde que somos Palabra-en-diálogo / Y podemos los unos oír a los otros. Y dice que el ser se funda en la Palabra. Y que la Palabra viene al ser como diálogo. Y que somos diálogo. Y que nos hacemos diálogo. Y cuando dice palabra emplea mayúscula. Y sugiere que la unanimidad se funda en una Palabra esencial. (Y poco después estallará la guerra).

20. Palabra destinada.

En 1959 aparece un texto que Heidegger titula El camino al habla. Pasaron más de veinte años. Y dice que para hablar son necesarios los hablantes. Y que los hablantes se hacen presentes en el hablar. Y que se demoran en aquello que les concierne. Y dice que los hablantes se hablan los unos a los otros y con los otros, los unos con los otros y consigo mismos. Y que lo hablado permanece multifacético. Y que aquello que se habla puede llegar al hombre como palabra destinada.

21. Voluntad dialógica.

Heidegger supo decir que el lenguaje tiene un saber. Y que el saber de una lengua vive en sus palabras. Y lo suyo es mucho más que etimologías. Es pensamiento que se piensa en las palabras. Y me digo que ese saber que está en las palabras no siempre está en las palabras. En las palabras dichas. Y que no está en cualquier decir sino en el deseo de decirte. Y que la voluntad dialógica decide el saber. Y da sabor a las palabras.

22. Diálogo y (no) correspondencia.

En un diálogo hay correspondencia entre los que hablan. Y no la hay. El no entre paréntesis hace visible de entrada una tensión. Correspondencia y no correspondencia. Cuando cae el paréntesis (y siempre en algún momento cae), caen las paredes del entendimiento. Y el equívoco se derrama por todas partes.

23. Tener un amigo.

Tener con quien hablar significa contar con alguien que me sepa escuchar. Y que me sepa escuchar es un presupuesto que preside el diálogo sin estar de antemano asegurado.

24. Estar en la corriente.

La recepción no describe el trabajo del receptor. La recepción es la corriente dialógica en la que traman vinculación los hablantes.

25. Bajtiniana V.

Bajtín no piensa la dialogía como una comunicación contemporizadora. La piensa como una tensión. Una lucha y un encuentro sin posibilidad de síntesis.

26. Bajtiniana VI.

Escribe Bajtín: El método dialógico de la búsqueda de la verdad se opone al monologismo oficial que pretende poseer una verdad ya hecha, se opone también a la ingenua seguridad de los hombres que creen saber algo, es decir; que creen poseer algunas verdades. La verdad no nace ni se encuentra en la cabeza de un solo hombre, sino que se origina, entre los hombres que la buscan conjuntamente, en el proceso de su comunicación dialógica.

27. Sacrificio.

Para estar en diálogo se necesita sacrificar el yo, la personalidad y la obstinada ilusión de seguir siendo uno mismo.

28. Trascendido.

Cada pensamiento que nos atraviesa participa de un diálogo que nos excede. Y cuando (por fin) hablamos, somos superados por el decir. Difundidos en el decir. Extendidos hasta oídos ajenos y más allá de los límites de nuestra recepción.

29. Todo lo que vivo.

¿Cómo siento este mundo? ¿Cómo esta época pasa por mí? Polifonía, simultaneidad, fragmentación, saturación de estímulos que se agolpan en las puertas de mis sentidos. Y no hay espacio, ni alcanza el tiempo para que entren. No es posible la recepción de todo lo que me pasa, de todo lo que siento, de todo lo que vivo.

30. Diálogo con dios.

Martín Buber ( 1876-1965) dice que hay palabras primordiales. Palabras que no significan cosas. Palabras que fundan relaciones. Y dice que toda relación es reciproca. Y aspira a una relación directa. A un encuentro sin límites. Una relación sin interposiciones. Integra. Sin separaciones. Sin mediación de las ideas. De la imágenes y de los cuerpos. Una relación sin distracciones. Sin obstáculos. Un encuentro total. Sin tiempo y sin memoria. Sin cálculos y sin precauciones. Ese encuentro se produce, dice, cuando todos los medios están abolidos. A mi amigo le parece que el diálogo buberiano descansa en la idea de dios.

31. Misterio subjetivo.

El otro es un misterio. Y uno mismo es un misterio. El diálogo es la puesta en relación de un misterio con otro misterio. ¿Cómo pensar el diálogo sin caer en la idea de la cosa secreta? ¿Y sin volver a decir enigma de la esfinge, género policial o delirio paranoico? ¿Cómo pensar el diálogo sin colmarlo de significados, sentidos reservados y claves divinas?

32. Bajtiniana VII.

Una y otra vez, Bajtín destaca lo que llama orientación dialógica de la novela de Dostoievski. "El autor -dice- no habla acerca del héroe sino con el héroe". Trabaja en una atmósfera existencialmente viva. Habla con el personaje. y se buscan, provocan, llaman, interrogan, responden. Polemizan. Se quieren y desprecian. Y todo "se percibe como la palabra acerca del que está presente y no como la palabra sobre el ausente". Y esa presencia corresponde al discurso de la segunda persona antes que al de la tercera.

33. Bajtiniana VIII.

Para Bajtín el discurso de la tercera persona refuerza la ajenidad de lo ajeno. Es un discurso exterior. Un discurso que rehúsa la proximidad. Y dice: "las conciencias ajenas no pueden ser contempladas, analizadas, definidas como objetos, como cosas". Con ellas, es preferible una comunicación dialógica. "Pensar en estas conciencias significa hablar con ellas, en caso contrario, ellas en seguida empiezan a mostrarnos su lado objetual: se callan, se cierran y se convierten en imágenes concluidas y objetuales. "

34. El diálogo clínico.

La relación analítica suele ser ocasión para un diálogo. Oportunidad para una recepción en la que obra una invención de la subjetividad. Puedo pensar solo, puedo hablar en voz alta, puedo escuchar el sonido de mi voz y hasta puedo oírme en una cinta grabada. Pero lo más conmovedor es escucharme hablando en la recepción de un semejante.

35. Me analizo en ese diálogo.

Un actor interpreta Otelo. Un analista interpreta el estado desesperado de un hombre que sufre por la infidelidad de su esposa. Un saxofonista interpreta música de otro músico. Un analista interpreta las palabras, los silencios y los sentimientos de otra persona. Una bailarina interpreta la coreografía de otra bailarina. Un analista interpreta la emoción de quien le habla con su cuerpo viviendo esa emoción. Interpreto no quiere decir que traduzco al lenguaje de mis teorías. Ni quiere decir que escucho para descifrar un mundo que se oculta. Tampoco que comunico resultados. Ni que pongo en juego la automática comprensión de significados. Interpreto quiere decir que hago un pasaje, por esa existencia. Que la padezco, la sufro, la disfruto. Quiere decir, que encarno el hablar y lo vivo en mi propia recepción. Interpreto quiere decir, también, me analizo en ese diálogo.

36. Relato de una sospecha.

Dicen que el diálogo clínico no debe confiarse en la comunicación. Y toman precauciones. Dicen que el yo es una impostura concertada en la conciencia que se realiza en la comunicación. Y dicen que las palabras del analizante tienen un reverso. Un segundo sentido. Y dicen que sólo un oportuno desplazamiento de la escucha lo puede revelar. Y dicen que saben hallar el sitio en el que el sujeto hace su reinado. Y dicen que hablamos para no enterarnos de una verdad que permanece ilegible para nosotros mismos. La definitiva vaciedad de la existencia. Vaciedad de la que el propio malestar ofrece un testimonio inescuchable. Y dicen que cuanto más esta verdad se nos esconde más nos gobierna. Y cuando pienso en lo que dicen, imagino la subjetividad como una cortina a medio correr. Y al analista como un criado que espía por la cerradura. Y la imagen no me gusta.

37. Exagerado.

Pensó que para escuchar mejor debía cortarse las manos. Y así lo hizo. Desde entonces, no sabe cómo saludar a sus pacientes.

38. En carne propia.

No me privo. No dejo de hablar de mí por discreción. No sería exacto decir que me privo. Como tampoco lo sería decir que renuncio a contar mis asuntos. Es otra cosa. Porque estar en diálogo analítico es probar estar disuelto. Es estar plenamente presente. Escuchante en las, voces de otro.

39. Por decir, por escuchar.

Desde una perspectiva dialógica, el decir se piensa como deseo de recepción. No hay por decir sin por escuchar. El decir no proviene, en boca del hablante, sólo de sus pensamientos autónomos. Le viene, también, como un por escuchar que intuye espera sus palabras. La recepción hace vinculación con el decir antes que alguna palabra sea pronunciada. El diálogo es un tipo de conversación en el que tu oído habita en mi boca. Para la receptividad dialógica no existen fronteras. Y en estado dialogante no hay pensamientos autónomos. Todo pensamiento es un resto de un por decir y un por escuchar que entrelazan y confunden sus cuerpos como los amantes cuando caen en ese provisorio olvido de sí mismos.

40. No sólo por detrás.

Dice que la recepción no es sólo un acto del receptor. La recepción es causa del decir. Y dice que piensa el por decir no sólo por lo que viene por detrás, sino por lo que tiene por delante.

41. Conversar y dialogar.

Los amantes confían. Se dejan hablar llamados por la recepción. El por escuchar los hace venir. Estar y huir. Volver a llegar. La recepción arrastra al hablante. Lo invita. Lo hace estar en una voz. Lo invita a probar el sabor de esas palabras. Habla para estar en su recepción. Sin recepción amorosa el hablante es sólo alguien que dice que habla. Es un yo digo prudente y engreído. Un conversador. Estar en diálogo no es conversar. Es estar imprudente. Estar a salvo y estar en riesgo. Un estar en el hablar sin saber lo que se está por decir. Salir de mí. Yendo mi cuerpo detrás de un impulso. Desposeído. Precipitado. Yéndose la voz de la boca. El conversador previene la recepción. Teme lo que puede llegar a decir. Examina lo conversado. Se reconoce aun conversador por su estar comedido. Habla lo necesario. Mide cada palabra. Casi todo es conversación. La conversación cuenta con un oyente que podría llamarse su compañía. Su adversario. Su inferior. O su mando. Y traza fronteras que los hablantes cruzan según ciertas reglas. Cada uno obstinado (o resignado) a ser la persona que habla, o la persona que escucha, o la persona que espera su turno para hablar. La clave está ahí: en su turno. Mientras el diálogo (que acontece en el por decir escuchante) necesita de la recepción. Está menos en las palabras pronunciadas que en la potencia del decir inesperado. En el diálogo el yo del hablante es un pronombre pasajero. Imperdurable. El hablante no es la persona que habla sino la voz que me llega al escucharme. El estar dialógico necesita del deseo y de la ocasión de una recepción. La recepción es condición del por decir.

42. Actitud dialógica.

Habla esperando una respuesta. Habla volcado en la recepción. Habla incitando a hablar. Habla provocado por lo que espera escuchar.

43. ¡Vengan por mí!

Se pregunta qué piensan los otros de su persona. Y se adelanta a que lo digan. Intercepta miradas, anticipa palabras. Se instiga por medio de cualquier gesto ajeno. Y los otros llegan por detrás de sus propias palabras precipitadas.

44. En otras conciencias.

La condición del diálogo es la recepción. Estar en diálogo significa estar en recepción. Aproximarme hablante y escuchante al mismo tiempo y en las mismas palabras. Traspasar la propia conciencia estando en otras conciencias.

45. Terror monológico.

Es caer en el encierro. Y comprimir espacios. Y vivir sin extensión. Y desear el destierro. Y anhelar que algo me arranque de este aburrido lugar. Donde me escucho inacentuado.

46. Esperanza dialógica.

A veces, cuando sufre, imagina cómo dialogizar su cerrado monólogo.

47. Diálogo en el malestar.

Cuando siento esta molestia en la garganta, y me faltan fuerzas para agarrarme pleno en la vida, cuando ando en el desamparo; entonces, vuelvo a escucharme en esta voz débil que me susurra pedidos incomprensibles.

48. Diálogo, recepción y existencia.

El diálogo no me interesa sólo como una posibilidad de hablar con otro, sino como la oportunidad de existir en otra recepción.

49. Contra la hegemonía interaccionalista.

No es lo mismo decir que un acto dicente supone un código de recepción y respuesta; que decir que un acto dicente supone un potencial de recepción y respuesta. El código es el principio de homogeneidad sobre el que un potencial se hace posible y realizable en el acto dicente.

50. Llamando al Sr. BIas.

¿Por qué consulto al Sr. BIas? ¿Para que me revele la verdad? No, no es eso. Lo llamo porque necesito decir que no sé lo que quiero. Y que resuelvo por cobardía. Y que no me da el cuero. Y que no puedo hacer otra cosa. Y que estoy triste. Y que no quiero perder lo que tengo. Y que no me gusto. Y que me gusto. Y que la vida que vivo es la vida que vivo. Quiero escucharme decir algo que sé pero que no sé si no se lo digo al Sr. Blas. ¿Y qué hace el Sr. Blas con lo que yo digo? No hace nada. O mejor dicho, escucha lo que vengo a decirme como si el mismo estuviera diciendo eso que yo escucho que me digo cuando él escucha que yo le digo. Y estamos escuchantes de un decir. Y hacemos recepción. Y nos llamamos por cualquier nombre.

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