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Psicoanálisis. Texto Clásico.

Publicado por Francisco Mora activado 1 Abril 2013

Psicoanálisis. Texto Clásico.

La Identificación.

Daniel Lagache.

Bulletin internacional des Sciences Sociales. UNESCO, Vol VII, No. 1. Parte 1, Parìs, 1955. Trad. De H. Castellanos.

Planteo del Problema.

La determinación de la personalidad por medio de variables sociales ha podido ser abordada de dos maneras muy diferentes. A la escala macro-sociológica, está ligada en forma laxa, por determinantes sociales muy generales. En la escala micro-sociológica, la socialización de la conducta y de la personalidad es una regulación permanente que se lleva a cabo en el seno de los grupos con los cuales el individuo está en contacto directo.

El psicoanálisis antes que ninguna, o en todo caso más que cualquier otra disciplina, ha mostrado el rol de los procesos de identificación en este último aspecto. Ahora bien, el estudio de tales procesos es difícil por varias razones:

  1. En un área cultural dada, la uniformación de las personalidades es un fenómeno aparente, mientras que la identificación es un proceso oculto.
  2. Un fenómeno aparente como la uniformación está despersonalizado, mientras que la identificación es una relación interpersonal.
  3. Los procesos de identificación son procesos de naturaleza animista y antropomórfica, lo que significa que son sospechosos y difíciles de manejar para un espíritu científico.

Sin embargo, cada vez se recurre más al concepto de identificación cuando ocurren hechos complejos y bastante diferentes unos de otros. Por eso nos ha parecido útil plantear el problema de la identificación y esbozar al respecto algunas hipótesis. La principal es que se podrían disipar algunas oscuridades de los procesos de identificación, encarándolos a la luz de la noción de interdependencia de los roles sociales.

Acerca del Término y el Concepto de Identificación.

La identificación implica relaciones de sujeto a objeto, o más brevemente, relaciones de objeto y, más especialmente pero no únicamente, relaciones interpersonales; en efecto, si bien el sujeto de la identificación es siempre un ser vivo –animal o ser humano-, el objeto puede ser ahora un ser vivo, ahora una cosa. Hecho curioso, el término identificación se aplica a relaciones de objeto no sólo diferentes, sino opuestas y literalmente, a los dos términos extremos de una clasificación metódica de las relaciones de objeto.

La identificación es en primer lugar, el acto de identificarse al objeto. Comúnmente se le reconocen dos formas, ya sea que el sujeto juegue el rol del objeto, o que haga jugar su propio rol al objeto. La forma “heteropática” y la forma “idiopática”, distinguidas por Max Scheler, pueden con ciertas reservas, asimiladas a la introyección y a la proyección de los psicoanalistas; en nuestro caso, distinguiremos la identificación aloplástica y la identificación autoplástica. Tal relación de objeto presenta dos caracteres: 1) trae aparejado siempre un grado más o menos grande de confusión del sujeto y del objeto; 2) Es una relación de existencia, o de coexistencia, y no una relación de conocimiento.

Pero la identificación es también el acto de identificar un objeto; por ejemplo, se identifica un criminal, se identifica un polvo como sulfato neutro de quinina. El acto de identificar presenta caracteres diametralmente opuestos a los del acto de identificarse: 1) Es un acto cognitivo y no un fenómeno existencial; 2) Este acto cognitivo comporta al máximo la distinción del sujeto conocedor y del objeto conocido. En nuestro caso, hablaremos, en circunstancias semejantes, de objetivación, reservando el término de identificación para el acto de identificarse y sus resultados.

El hecho de que la misma palabra englobe hechos tan diferentes puede ser considerado como un lamentable accidente de orden puramente semántico. Se puede ir más lejos y subrayar la diferencia radical entre las relaciones de identificación y las relaciones de objetivación, que implican la distinción del sujeto y del objeto. Se puede por el contrario, admitir que la comunidad del término corresponde a una similitud al menos parcial de los hechos. En efecto, en el acto de identificar, el objeto es asimilado a un contenido mental del sujeto conocedor; sin duda, la naturaleza del objeto influye en nuestra experiencia, pero es nuestra experiencia la que determina el valor y el sentido del objeto.

Ya sea nuestra actitud realista o delirante, reaccionamos ante el objeto como si fuera lo que nosotros creemos que es; el mismo objeto científico es relativo a nuestra necesidad de saber y de comprender. La parte de subjetivo en la objetivación es más aparente en el caso de las relaciones de persona a persona. Consideremos el fenómeno de la transferencia, ya sea en la vida social, ya sea en el psicoanálisis: por un lado, el sujeto objetiva a otra persona según su propia identidad; por otro, asimila inconscientemente esta persona a otra, con la cual él mismo está en una relación de identificación; es uno de los personajes de su drama íntimo.

En la perspectiva de una genética y de una dinámica de la relación de objeto, la objetivación aparece así como el límite hacia el cual tiende esta relación cuando el sujeto busca liberarse de la identificación, que es una forma primitiva de aquella.

Formas Primitivas de Identificación.

El problema que plantearemos a continuación es el de saber si es posible distinguir y describir formas primitivas de identificación, merced a las reconstrucciones de los psicólogos de la infancia y de los psicoanalistas.

La relación de objeto, en sus estadios más primitivos, parece ser una relación de identificación: la conciencia es conciencia de algo, pero ese algo no es diferente del sujeto consciente. Según la célebre fórmula de Condillac, “la estatua deviene un perfume de rosas”; en un ejemplo relatado por Jaspers, un niño idiota está fascinado por una luz. En el adulto tal experiencia puede sobrevenir inmediatamente después de un desvanecimiento. En el niño pueden interpretarse en ese sentido los primeros “cuadros sensoriales” de Piaget.

Freud ha hablado de identificación primaria como del primer lazo libidinal con un objeto; los psicoanalistas hablan también de “sentimiento oceánico”. A decir verdad, si se admite la intencionalidad de la conciencia, no se ve cómo las experiencias conscientes primitivas podrían ser otra cosa que identificaciones, en razón de la estructura dualística de la experiencia. En los trabajos psicoanalíticos, en particular en los de Melanie Klein y de su escuela, las formas precoces de la identificación están ligadas a los mecanismos de la introyección y proyección primaria. Esos mecanismos pertenecen a un estadio de la experiencia caracterizado por la ausencia de verbalización explícita y el parcelamiento de los objetos (el cuerpo, las cosas, el ego, el socius).

En consecuencia, es penosos es penoso seguir a esos autores si se está incomodado por el sistema de referencia del adulto cuyos conceptos de objeto y de conciencia psicológica son los elementos esenciales; así, un psicólogo o un psicoanalista imaginan difícilmente que la hipótesis de la anterioridad de la conciencia moral sobre la conciencia psicológica pueda ser pensable. Sin embargo, los trabajos de los psicólogos de la infancia han puesto en evidencia el carácter parcial y evanescente de lo que puede llamarse el “pre-objeto”.

Más aun, es conveniente subrayar que ese pre-objeto es un valor, bueno o malo, en correlación con las necesidades y las emociones en cuestión. Las experiencias primitivas tienen una tonalidad afectiva marcada, contrastada. Es por ellas que se establecen las primeras relaciones con el medio humano, y es lo que autoriza a ver en el medio algo como recompensa o castigos. El castigo tipo es la frustración: es ella la que lleva al niño a exteriorizar objetos; dos motivaciones son principalmente invocadas: la insuficiencia de la imagen alucinada por el deseo y el rechazo de lo penoso; además, el objeto proyectado al exterior es una faceta de una experiencia penosa; una distorsión fantasmagórica lo presenta como un objeto malo, dañado por la avidez agresiva, y peligroso.

La recompensa se refiere a los mecanismos de introyección primaria de los objetos adecuados a las necesidades, es decir, de buenos objetos que no son otra cosa que pre-objetos, gracias alas experiencias de incorporación, principalmente pero no exclusivamente por vía oral. La introyección primaria estructura un núcleo primitivo del yo, lo que permite hablar de un súper-yo primitivo. La discriminación de objetos buenos y objetos malos exteriores, tendría su réplica en la coexistencia, de objetos buenos y malos interiorizados. La hipótesis que proponemos es que la conciencia moral, o más bien, cierta forma muy arcaica, de conciencia moral, es la forma primitiva de la experiencia infantil.

En razón de determinantes a la vez biológicos y culturales, el mundo primitivo del niño es un mundo animista y maniqueísta donde, a la distinción de buenos y malos objetos, corresponde el bosquejo de una estructuración del “yo bueno” y del “yo malo”. En un estado más avanzado, los comienzos de la organización de la experiencia y de la verbalización explícita permiten formas de identificación más fáciles de comprender, que probablemente son la continuación de las proyecciones e introyecciones primarias y que han sido efectivamente descritas desde el segundo semestre del primer año; la diferencia de los roles parece implicar, en efecto, una distinción más marcada del cuerpo y de los objetos, del ego y del socius.

Los trabajos ya antiguos de Wallon (1931) han demostrado cómo en el curso del segundo y tercer año, la distinción del ego y del socius era imperfecta y se prestaba por ello a confusiones identificatorias. Por de pronto, el sujeto recibe su rol y su identificación temporaria de la estructura de la situación; por ejemplo, ser aquél que desfila y aquél que contempla. Luego, la polarización de uno de los polos de la situación es aumentada por la participación contrastante en el otro polo, por ejemplo, en los celos, donde la frustración experimentada es acompañada por la necesidad de ser el que es gratificado.

Durante mucho tiempo, la identidad misma del sujeto o de un socius puede cambiar cuando la estructura del grupo se modifica, por ejemplo, por el nacimiento de un hermano menor. La capacidad de verbalización explícita hace más manifiesta la movilidad de las identificaciones; los diálogos del sujeto consigo mismo transportan visiblemente al interior de la personalidad la dualidad de la relación con el socius.

Tales hechos son extremadamente importantes para nuestro modo de concebir la identificación. Lo interiorizado, no es la imagen de un socius, es la experiencia de una relación interpersonal. Ese desdoblamiento de la interioridad procede de la interiorización de una relación de dos, en otros términos, de una doble identificación. Así se explican los desplazamientos o transferencias ulteriores en los cuales el sujeto puede, según las situaciones, jugar uno u otro rol, por ejemplo, el de la madre o el del hijo, el de la autoridad o el de la sumisión.

La mayoría de los autores están de acuerdo en situar hacia los tres años la unificación de la personalidad y la estabilización de la conciencia de sí, atestiguados lingüísticamente por el manejo correcto de los pronombres personales. Ciertamente, esta unificación no es integral, sin embargo, se afirmará cada vez más y constituirá una creencia más y más sólida que asemeja la conciencia del ego a una objetivación; la conciencia intenciona el ego como un objeto, permanente y trascendente, con el cual está en una relación particularmente íntima, la conciencia se identifica al ego.

La naturaleza de la conciencia del ego es un problema fundamental para la personología. ¿Se trata en el seno de la experiencia total, de la individuación de una realidad objetiva, sostenida por estructuras materiales?, ‘Se trata, por el contrario, de la integración dinámica de identificaciones múltiples, cambiantes y lábiles?

Muchos hechos nos inclinan a favor de la segunda hipótesis. La unificación del ego sucede después de identificaciones múltiples. Esta unificación es lábil, como dan testimonio no sólo la patología de la conciencia de sí, sino las alteraciones cotidianas del ego debido a la diversidad de las relaciones interpersonales. Por fin, la personología psicoanalítica ha mostrado el rol que jugaba, en la síntesis y la estabilidad del ego, la identificación con otro ser humano. Además, para ciertos psicoanalistas, la identificación con el psicoanalista en tanto que sujeto autónomo, aparece como un resorte esencial y decisivo del tratamiento.

Luego, se tienen suficientes razones para pensar que la identificación privilegiada con otro ser humano, es el mecanismo que permite la síntesis de las múltiples identificaciones que preceden a la unificación del ego. Paradoja singular: la unificación y la afirmación del ego, que parece lo contrario y el límite de la identificación, la suponen. Desde éste ángulo, el ego representa una ficción y la creencia en la realidad del ego una alineación del sujeto consciente. Puede considerarse como más cercano a la realidad psicológica, el tironeamiento de la conciencia entre las identificaciones alienantes y la búsqueda de un sí mismo que siempre se escabulle, de una conciencia de la cual un gran poeta, nos sugiere que ella no se lleva a cabo más que con la muerte.

Las identificaciones secundarias.

Designamos aquí como identificaciones secundarias las estructuraciones y regulaciones duraderas de la personalidad, consecutivas a actos previos de identificación. Freud ha empleado el término en el sentido de una modificación de la personalidad que sustituye una relación de objetos anteriores. Sentido más especifico, pero no contradictorio, ya que en los dos casos, se trata de un efecto duradero del aprendizaje, de la adopción de un sistema de hábitos, de motivaciones y de acciones características de otra persona.

Sería inoportuno entrar en la exposición de la teoría psicoanalítica de las tres instancias, compleja, obscura, en muchos puntos y que se presenta a numerosas divergencias. La identificación interviene allí principalmente en la formación del super-yo, modificación duradera del yo por introyección de la imagen idealizada de las autoridades parentales. Freud ha relacionado esta formación con el desarrollo del complejo de Edipo, lo que no excluye ni “precursores del superyo”, ni revisiones e identificaciones ulteriores; sobre esta última posibilidad es que se apoyan ciertas interpretaciones del tratamiento psicoanalítico.

La teoría psicoanalítica es un modelo teórico, una conceptualización objetivante de la conducta y de la experiencia; el ello, el yo. El superyo son sistemas y organizaciones de motivaciones y de acciones que se oponen o se combinan en el conflicto. La teoría no es una descripción fenomenológica y los sistemas en cuestión no deben ser sustantificados y empleados de una manera antropomórfica. La teoría psicoanalítica retoma así un valor descriptivo inesperado, en el sentido de que el desarrollo individual tiende también hacia una despersonalización y una objetivación de las estructuras de la personalidad. Se aproxima en tiempo en que la “voz de la conciencia” ya no es oída como la voz de los padres.

Las estructuras de la personalidad, al menos en parte y algunas de ellas, encuentran sus orígenes en identificaciones. El problema es muy confuso, como lo muestra el reciente esfuerzo de clarificación de un Gerald Blum. Lo menos que se puede decir es que las identificaciones estructurantes son más precoces y más numerosas de lo que supone cierta vulgarización de la teoría freudiana del superyó.

El problema se plantea aún a propósito de la organización del ello, es decir, del sistema de pulsiones instintivas que son de origen somático y tienden esencialmente a la descarga. Pude, en efecto, preguntarse cuál es la relación con el personaje ficticio del “yo malo”, opuesto por Sullivan al “yo bueno” y que constituye con él una especie de maniqueísmo infantil, réplica personal del maniqueísmo educativo.

Un problema análogo se plantea a propósito del yo. En el psicoanálisis ortodoxo, el superyo es la parte del yo modificada por las identificaciones moralizadoras. El yo propiamente corresponde a una organización autónoma, a la función dela realidad, ala distancia del yo y del no-yo. El yo es capaz de objetivación y de objetividad en la medida en que no está infiltrado por las identificaciones personales del superyó.

Pero lo que demuestra la observación psicoanalítica, es un yo más o menos infiltrado por el superyó y por las identificaciones personales: el tratamiento consiste en gran parte en separar al yo de esas infiltraciones; la observación muestra igualmente el rol que juega en este trabajo de clarificación la identificación con el analista en tanto que sujeto autónomo e independiente. Uno es conducido a la hipótesis de que la formación del yo, en el curso del desarrollo individual, puede ser favorecida o aún determinada por una identificación adecuada que se opone a las identificaciones moralizadoras constitutivas del superyó.

Otro problema es el que concierne a las relaciones del superyó con el yo ideal. El término “yo ideal” ha precedido al término “superyó” y a veces se le ha empleado de manera equivalente. Sin embargo, la distinción ha sobrevivido, pero sin que los dos conceptos sean netamente definidos. Pocos autores se han ocupado de precisar esta distinción.

Sin embargo, un punto parece claro: es la continuidad del yo ideal con la ilusión de omnipotencia infantil, como lo demuestra el estudio de la personalidad de numerosos criminales, en los cuales la debilidad o el carácter muy arcaico de las identificaciones moralizadoras, no incluye en absoluto el desarrollo de un yo ideal muy diferenciado: los fenómenos de “identificación heroica” en el criminal son la prueba. En los sujetos normales o neuróticos, las dos estructuras coexisten, y se ha tratado de distinguirlas por diversas oposiciones tales como inconsciente consciente, negativo positivo.

El problema puede ser aclarado por el concepto de la interdependencia de los roles, y la dualidad del súper-yo y del yo es la perpetuación de una identificación contrastante, cuyo ejemplo más primitivo y más simple es la relación madre-niño: para conservar el amor y la aprobación de su madre, el niño debe renunciar en parte a la satisfacción de su voluntad propia y jugar el rol esperado por la madre; el yo ideal es así un compromiso entre la omnipotencia infantil y las exigencias de la madre, un personaje ficticio sobre el cual el yo se proyecta por la representación y la acción.

La dualidad de la identificación es perfectamente visible en algunos; un hombre observado por nosotros, había perdido a su padre después de su nacimiento y había sido educado por su madre en el culto de la imagen idealizada del padre; para satisfacer las esperanzas de la madre, interiorizada en el superyó, este hombre había ajustarse, hasta en el mas mínimo detalle, a la imagen idealizada del padre. En términos abstractos y despersonalizados, eso quiere decir que el superyó es un sistema de motivación, y el yo ideal un sistema de representación y de acción.

Identificación transferencial.

Las identificaciones transferenciales consisten en que las identificaciones duraderas adquiridas en el curso de la socialización de la personalidad, estructuran nuevas relaciones interpersonales. La transferencia psicoanalítica constituye un material de elección en razón de las posibilidades de análisis fino que ofrece al psicólogo.

En las relaciones interpersonales como en la transferencia de aprendizaje de la psicología experimental, la transferencia es la reproducción, no de elementos idénticos, sino de significaciones funcionales idénticas, bajo la forma de conductas y de experiencias equivalentes y de naturaleza simbólica. La transferencia permite captar mejor que toda otra categoría de hechos, la oposición entre la objetivación y la identificación. En la experiencia psicoanalítica la objetivación constituye una defensa especifica contra la identificación; se observa corrientemente que el paciente mantiene cuidadosamente la relación objetiva medico-paciente, con tal de protegerse del peligro de un compromiso personal y de una implicación afectiva.

Finalmente, la transferencia es la actualización de una situación total o de una relación interpersonal total. Es un error bastante frecuente, no ver mas que el aspecto de proyección identificatoria que hace del psicoanalista, según el caso, un personaje paterno, materno o como se constata a menudo, un superyo auxiliar. De hecho, el psicoanalizado se proyecta tanto en un personaje como en un rol-proyección alienante del yo, correlativa a la proyección identificatoria cuyo objeto es el analista: si por ejemplo el analista se convierte en la autoridad moralizadora, el paciente trata de convertirse en el analizado ideal, de abstenerse de toda actividad reprochable.

En la situación analítica inconsciente, analizado y analista forman así una pareja fantasmática, siendo la función terapéutica del analista aclarar la existencia y los orígenes de la misma. Desde esta perspectiva, todo el trabajo del analista puede ser descrito como una reducción progresiva de esas identificaciones fantásticas.. Como ha dicho Lacan, el análisis ha terminado cuando el paciente es capaz de hablar de si mismo al mismo analista. Si una relación interpersonal ha logrado ese estado ideal en el que está como purificada de toda opacidad transferencial, ¿puede decirse que la identificación ya no juega allí ningún rol?

Las identificaciones actuales.

En la vida social, el establecimiento de relaciones interpersonales implica siempre la transferencia de una identificación contrastante, a la vez en el sujeto y en el socius; es lo que habitualmente se constata si se analiza suficientemente una relación interpersonal. Esas identificaciones tienen efectos positivos y negativos en el ajuste de la realidad. Se tiende a limitar los efectos negativos a la proyección identificatoria con el objeto o el socius, perdiendo de vista las identificaciones autoplásticas correlativas.

Como quiera que sea, la intervención de identificaciones transferenciales no prueba que la relación interpersonal, en su totalidad, pueda ser reducida a identificaciones anteriores. Entonces, el problema esta en saber que es lo que limita o lo que completa la transferencia de identificaciones anteriores, donde pueden tenerse en cuenta dos eventualidades.

La primera es que la identificación transferencial puede estar limitada por el desarrollo y la puesta en juego de la capacidad de objetivación, con una alerta contra el peligro de toda identificación aloplástica. Encontramos el ejemplo más significativo en el desarrollo del conocimiento objetivo, sin que el conocimiento sea el único sector de la vida social donde tales actividades pueden desenvolverse. Porque se trata también de actitudes personales: la objetivación es solidaria de la adopción de cierto rol –el rol de hombre de ciencia, por ejemplo- y la adopción de ese rol introduce virtualmente al sujeto en la sociedad ideal de los sabios.

La segunda eventualidad es que el desarrollo de la capacidad de objetivación no descarta las posibilidades de identificación subjetiva, aloplástica o autoplástica, que esas posibilidades están siempre vivas y activas y que son identificaciones actuales y nuevas las que limitan el juego y el alcance de las identificaciones por transferencia. Planteamos así, el problema de saber si una relación interpersonal aunque somera, la forma mas depurada, mas despojada de una reacción de espíritu a espíritu, o de sujeto a sujeto, es posible sin la intervención de identificaciones inter-subjetivas. Examinemos desde este ángulo el proceso de la comunicación verbal.

La proyección es considerada comúnmente como el principal peligro que amenaza el establecimiento de una comunicación adecuada y objetiva, y el desarrollo de la teoría de las mentalidades, con Levy Bruhl, Ch Blondel, Piaget, ha marcado el advenimiento de una madurez científica a la cual los psicólogos alertas buscan representarse la experiencia ajena tal como es y no como debería ser. ¿Pero en qué forma la identificación proyectiva es combatida? El desarrollo de la capacidad de objetivación, sustituyendo con una relación de conocimiento una relación de existencia, parece proporcionar una solución aproximada, al menos en el dominio de las ciencias naturales.

¿Ocurre lo mismo en el dominio de las ciencias del hombre, donde la investigación no puede estar completamente disociada de toda relación interpersonal? Aquí nos parece que una objetivación radical constituye un obstáculo para la objetividad. Como mas aleatorio se tome el éxito de la comunicación, más deben esforzarse los comunicantes para aclarar sus respectivos sistemas referenciales y las modalidades especificas de su intersubjetividad; concebimos este esfuerzo como una experiencia mental en la cual una identificación aloplástica limitada controla y reduce los efectos nocivos de la proyección.

En general, considerando su realidad subjetiva, un sistema de comunicación verbal es un sistema donde la diferenciación y el conocimiento objetivo de los puntos de vista respectivos, tiene como condición una identificación contrastante y reciproca de los dos sujetos. En la discusión, la técnica de la intervención de roles no introduce un factor extraño; es la ampliación de un rasgo esencial de la comunicación verbal.

Identificaciones y variables de la personalidad.

Este esbozo del problema de las identificaciones, ¿permite aislar ciertas variables en la determinación social de la personalidad? Según nuestro conocimiento, se han hecho tentativas en ese sentido, pero el tema de la identificación no ha sido explotado a fondo. Esto puede parecer asombroso dada la abundancia de literatura consagrada a la proyección.

El interés estaría en poner en evidencia el rol de los componentes animistas y antropomorfizantes, mientras que las aproximaciones hechas más a menudo tienen en general un carácter de objetivación abstracta. Una respuesta satisfactoria supondría el establecimiento completo de un modelo. Nos limitaremos a algunas indicaciones parciales. Una primera dimensión podría estar dada por la fuerza relativa de la disposición a la identificación subjetiva y de la capacidad de objetivación. Algunos sujetos llaman la atención por la facilidad con la cual se identifican. Otros, por el contrario, frenan sin cesar la identificación apoyándose en la objetivación; el fenómeno aparece particularmente en ciertas formas de relación psicoanalítica; es, en gran medida, un producto de nuestra cultura.

Si es cierto que la identificación subjetiva puede ejercer un rol favorable en las relaciones interpersonales y en la comunicación de sujeto a sujeto, el psicólogo puede formular la hipótesis de que lo funcional seria cierta flexibilidad que permitiese actuar ya a la identificación proyectiva, ya a la objetivación. Es probable que, siempre que se permanezca dentro de ciertos límites, aun la proyección puede jugar un rol prospectivo en la adaptación a los otros y el conocimiento de la realidad. Entre los sujetos que se identifican, no todos lo hacen en el mismo sentido; la identificación autoplástica y la identificación aloplástica pueden combinarse; en otros casos, predomina una u otra.

Una tercera dimensión reside en la disposición a la identificación alienante, es decir, la disposición ingenua a proyectar el yo en personajes intercambiables; en el otro extremo, algunos sujetos intentan perpetuamente escapar a toda identificación en la cual parecen tener miedo de perderse o ser atrapados por otro. Investigaciones más completas permitirían, verosímilmente modificar y completar esos puntos de vista. Limitémonos a agregar que, cabría investigar igualmente las relaciones entre las diferentes variables. Es así como las ilusiones del conocimiento de sí, van parejas con las distorsiones proyectivas de la percepción ajena, e inversamente, como lo han demostrado por ejemplo, algunas investigaciones de Mme. Frenkel Brunswik. Lo que nos indica, una vez más, que lo que la identificación interioriza, no es un socius, sino una relación interpersonal.

Conclusión.

Hemos dejado de lado muchos aspectos del problema de las identificaciones. Sobre todo, nos parece haber demostrado aquí: el desarrollo de la cultura occidental y el desarrollo de la personalidad van en el sentido de la objetivación; en consecuencia, tendemos a desconocer el rol de la identificación, como proceso fundamental por el cual el hombre se torna semejante al hombre. Literalmente, el hombre esta condenado a la identificación.

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Morelia, Michoacán, México.

Psicoanálisis. Texto Clásico.

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