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Psicoanalisis

Publicado por Francisco Mora Consulta En Psicoanalisis activado 8 Marzo 2013

Psicoanalisis

Curar al Psicoanálisis.

Ma. Inés Pérez Urbina.

La ambición pedagógica es tan inadecuada como la terapéutica.

Consejos al Médico en el Tratamiento Psicoanalítico.

...Y en definitiva, la sociedad humana tiene tan poca necesidad del Furor Sanandi como de cualquier otro fanatismo.

S. Freud: Puntualizaciones Sobre el Amor de Transferencia.

Curar al psicoanálisis, extraño título para abrirle camino a estas dos citas del pensamiento freudiano. Y en apariencia, título no menos contradictorio que extraño, ¿de qué habría que curar al psicoanálisis?, ¿de qué enfermedad padecería?, ¿desde qué perspectiva omnipotente se podría pretender curar –oh, el furor sanandi- cuando ya hemos sido cuestionados y advertidos por el mismo Freud de querer curar?

Intentaré desarrollar aquí algunas ideas que tal vez puedan responder a estas preguntas, o mejor aún, estimular la discusión sobre este lado oscuro del psicoanálisis, el lado de la ética, de la ética del psicoanálisis y del deseo del analista.

En 1922 Freud definió con claridad al psicoanálisis como una teoría con aspiración científica, como un método de investigación y también como un método psicoterapéutico. Sin duda estos tres aspectos se organizaban alrededor del descubrimiento de un campo nuevo, con un objeto especifico y propio para el psicoanálisis. El Inconsciente.

El Inconsciente. Freud nos muestra que el psicoanálisis empieza en verdad en el momento en que él hace asociar libremente a sus pacientes. No se trata de ayudar a que el paciente confiese lo importante, sino de permitirle hablar de lo que aparentemente carece de importancia. Lo que conduce a algún lado no es desde entonces la confesión –ni aún en medio dela espectacularidad del trance hipnótico- sino la asociación libre.

Freud concluye que en el discurso lo importante es lo no importante y que el psicoanálisis se inicia cuando la palabra se oye en la misma dirección en que se escucha un chiste. Las palabras remitirían, de este modo, no a lo que quieren decir sino a otra cosa. En la misma línea los olvidos, los actos fallidos, los sueños, los equívocos en el lenguaje, obedecen siempre a la necesidad de ocultar y develar un deseo.

Así, este decir a medias es un enigma, una verdad velada y revelada en el enunciado del analizante, que entreabre lo real y desaparece inmediatamente., pero la verdad no es un hecho cotidiano, no convivimos con ella a menudo y lejos de ajustarse al marco, al encuadre de una sesión o al tiempo de un tratamiento, se cumple o se efectúa según la característica de lo contingente, de lo azaroso y en forma independiente del tiempo cronológico, que como sabemos no es el tiempo de lo inconsciente.

En la experiencia analítica la verdad es un decir raro, inusual. Tiene que ver con aquello de la palabra plena, en oposición a la palabra vacía, de la que hablaba Lacan por la década de los 50. Así, él afirma en su Seminario sobre los Escritos técnicos de Freud: “La palabra plena es la que apunta, la que forma la verdad tal y como ella se establece en el reconocimiento del uno por el otro. La palabra plena es la palabra que hace acto. Tras su emergencia uno de los sujetos ya no es el que era antes. Por ello esta dimensión no puede ser eludida en la experiencia analítica (Lacan, J. 1953-1954).

¿Pero quién puede hablar así o en su defecto, olvidarse o equivocarse así? Parece que sólo un ser dividido, múltiple, fragmentado en el conocimiento de sí mismo. Un ser que remite al yo psicológico como lugar del desconocimiento, un ser que mantiene la ilusión del conocimiento consciente como fuente de certidumbre.

Sin embargo, Freud demuestra en forma magistral desde la interpretación de los Sueños (Freud, 1900) en adelante que el nivel del sentido, el del sentido psicológico, es el del inconsciente. Este objeto del psicoanálisis, este inconsciente se mostrará en forma privilegiada a través de los “guiños” seductores que emergen de sus formaciones típicas –el lapsus, el sueño, el síntoma. Y la asociación libre en el contexto analítico.

Diría Lacan, sin duda el más polémico relector de Freud, que el inconsciente es una pulsación temporal (Seminario XI: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis). Pulsación temporal que en ese movimiento de válvula que se abre y cierra, permite que el nivel del sentido se haga presente.

El descubrimiento freudiano nos conduce a escuchar en el discurso, esa palabra que se manifiesta a través o, incluso, a pesar del sujeto. Por lo tanto, los actos fallidos serán los actos verdaderos; en los lapsus el sujeto recibirá un mensaje que proviene del otro lugar (del lugar del Otro). Esas supuestas fallas constituyen las huellas de una pista que no hay que perder, la del deseo inconsciente.

El psicoanálisis trabaja así, con el sujeto del inconsciente, el sujeto frente al enigma y a las vicisitudes del deseo, en su propia historia y su subjetividad. De esta manera, el sujeto del psicoanálisis no es el sujeto de la psicología, ni tampoco el yo del narcisismo (yo ideal), ni el sujeto filosófico, ni el sí-mismo. De allí se deduce que el yo no es el centro del sujeto, el yo está más bien constituido como un síntoma.

No es desde el yo de donde parten los signos descifrados en el análisis, sino del inconsciente, mientras que el yo es el núcleo de la resistencia. Lacan describió ya hace mucho la función imaginaria que posee: mostró cómo el yo, al que se dota habitualmente de un poder de síntesis, ajuste y juicio, en realidad se sustenta en un entrecruzamiento de identificaciones, con lo que de ello resulta de fragilidad, engaño y desconocimiento.

Así, este autor podrá elaborar esa frase enigmática que dice que el “Yo es la enfermedad mental del hombre” (Lacan, Seminario I). A partir de estas especificaciones sobre el objeto del psicoanálisis y sobre el sujeto que lo soporta y lo encarna, será posible retornar a pensar en las otras dos dimensiones señaladas por Freud para identificar la ciencia del psicoanálisis, o sea, la de ser un método de investigación de los procesos inconscientes y la de ser una práctica terapéutica.

Obviamente ambas están inextricablemente ligadas, dado que el contexto de la experiencia analítica es el privilegiado para que el analizante devenga sujeto del inconsciente y para que opere la transferencia con su correlativo establecimiento de la función del analista como sujeto supuesto saber. Y habrá que agregar aquí de una vez, y un tanto apresuradamente para las posibilidades de desarrollo de este trabajo, que también en ese conte4xto el analista fungirá como Ideal, como gran Otro o como objeto a, o sea, objeto causa del deseo según lo demostrara Lacan.

Finalmente es necesario remarcar que el contexto analítico pone en juego un cuarto término que es una función, la del deseo del analista. Función que garantizará que ocurra el análisis o no. Pero, ¿qué será lo que ocurre entre esa pareja de analizante y analista situados en el contexto analítico?, ¿en qué sentido se podrá hablar de práctica terapéutica, de cura analítica?, ¿será esta el objetivo de esa experiencia singular, y si es así, cómo deberá entenderse?, ¿qué sería la cura?.

En sus consejos técnicos Freud da sobretodo prescripciones negativas, y así dirá: “No se tome al médico por un salvador, por un padre o por una madre. No tenga demasiada ambición terapéutica.

No debe querer a cualquier precio el bien del paciente, su curación o su felicidad”.

Si esto es así, ¿qué debe querer entonces el analista?. Es evidente que Freud nos previene de caer en la red imaginaria, de creernos los dioses del olimpo psicoanalítico, los salvadores, los redentores, los modelos, los que podemos erigirnos en el lugar de la ejemplaridad.

Nos advierte repetidamente entre el riesgo de actuar guiados por la ética del Bien del paciente y nos orienta en cambio a pensar que el objetivo del análisis es más el develamiento del deseo que la salud como bien especifico. De este modo, se podría afirmar que la única ética posible para el psicoanálisis es la ética del Bien decir.

Aquí creo apropiado señalar que así como el analista debiera precaverse de la seducción de regir su trabajo por la ética del bien, del bien del otro, también debería abstenerse de dejarse guiar por la ética de la productividad. ¿Será la salud restituir la fuerza de trabajo del analizante para incrementar –inintencionadamente, tal vez, pero ese sí es un “pecado” psicoanalítico- la productividad de un sistema económico que parece representar claramente uno de los síntomas más nefastos del malestar en la cultura?

Desconociendo el mensaje fundamental del psicoanálisis freudiano, hay una extendida concepción de la cura analítica que consiste en remitirla a un aprendizaje. Se trata de darle al analizante “inmaduro”, que sólo logró integrar en su desarrollo objetos parciales, una nueva experiencia para que adquiera una buena relación de objeto. Como método se lo debe frustrar y así el aprenderá a agredir, con ello efectuará una regresión. Llegados a este punto se obtendrá un doble resultado y beneficio, el de dejar libre la agresividad que redunda en una integración y fortalecimiento del yo para la adaptación.

Y, por otra parte, por medio de la regresión el analizante desenmascara sus fantasmas más primitivos, se libera de ellos y conquista al mismo tiempo que la madurez –incluida la genital como último peldaño de la buena moral sexual- la constancia de objeto. En esta orientación es así mismo muy frecuente afirmar la primacía de la técnica, de la práctica sobre la teoría y esto se manifiesta en el guiarse más por la eficacia (¿cuál, la del ajuste y la adaptación?). Tendrá que ver pues con que pueda aceptar su finitud y su incompletud radical.

Dice Lacan textualmente: “La religión está hecha para curar a los hombres, es decir, para que ellos no se den cuenta de lo que no anda. El psicoanálisis se ocupa muy especialmente de lo que no anda bien, es una profesión aún más imposible que las otras” (1974, Actas de la Escuela Freudiana de París).

Pero planteadas así las cosas ¿qué pasa en la realidad de la práctica analítica?. Podríamos interrogarnos como lo hace Erik Porge y decir: ¿cuál es el analista que jamás haya pensado que tenía que actuar en el sentido del Bien del analizante, poniéndose a la vez en posición de demanda frente al analizante?, ¿cuál es el analista que no se ha dejado sorprender jamás en el momento de tener la segura tranquilidad del sentimiento de comprender?.

El criterio de la función del analista no es el hecho de que comprenda, de que tenga todo claro y sabido sobre ese sujeto que ante él se debate en la lucha frente a sus síntomas y resistencias. En la medida en que creemos poder responder a la demanda estamos instalados en la línea de la comprensión magisterial. Dice Freud: “por más que al analista le tiente convertirse en maestro, modelo e ideal de sus pacientes, por más que le seduzca crear seres a su imagen y semejanza, deberá recordar que no es esta su misión en el vínculo analítico” (1938, Esquema del psicoanálisis).

Finalmente, ¿qué analista no habrá creído que era él aquel a quien el analizante deseaba y amaba?. Espejismo y engaño de la relación dual, ya que el analista que cree que el amor o el odio se refieren a él se equivoca. Es siempre a un tercero a quienes van dirigidos. El analista suscita el amor, pero él mismo no cede a ese amor ni tampoco al odio, ¿por qué?. Freud contesta en sus Puntualizaciones sobre el amor de transferencia (1915, Op cit.) que el analista no debe engañar ni engañarse, no debe hacer creer a su paciente, ni creer él mismo que algunas satisfacciones sustitutivas podrían aliviar sus padecimientos.

Querer el Bien del paciente conduce a catástrofes porque hacerle el juego al paciente significa permanecer en el nivel de la acción, de la repetición, en lugar de interpretar. Dice Freud textualmente en ese artículo: “el hecho de que la paciente viese correspondidas sus pretensiones amorosas constituiría una victoria para ella y una total derrota para la cura”.

Está claro entonces que se impone la prioridad del análisis de la transferencia por encima de cualquier satisfacción al paciente. Pero del lado del analista, ¿qué ocurre? Según Lacan, la transferencia descansa en una suposición. Suposición por la que el analista supuesto saber es aquello en lo cual confía el paciente en relación con ese analista. Ello no es obstáculo para suponer que el analista sabe lo que hace en relación a su oficio, que sabe hacia donde va, si no fuera así, no habría dirección de la cura posible.

Pero, si bien la transferencia posibilita que se ejerza la función de analista, el objetivo o el fin del análisis es su contrario, es llegar al término de esa ficción, al término de esa apariencia que él es en la transferencia.

Como se ha dicho, la meta fin del análisis tiene que ver con que el analista caiga, caiga de su lugar transferencial ante el analizante. Para ello el analista –a través de su propio y personal análisis ha de estar animado por un deseo más allá del narcisismo. Deseo que se relaciona con el saber del inconsciente. En este sentido, , el analista no debe reducirse a sí mismo, pero tampoco a los otros que sobre él son proyectados.

Dice Irene Roublef: “El analista ha de desarmar tanto su gusto por el colonialismo psíquico como la instancia imperialista que se afirma en el analizante desde el momento en que, habiendo a alguien para tenerlo sólo para él, pretende -sin saberlo- comprar deseo y subjetividad. El analista vende su alma al diablo, vale decir, a las diabluras del inconsciente” (1974, Actas de la Escuela Freudiana de París).

Poco antes mencionábamos el propio análisis del analista como garantía –posible- de este no desear instalarse en el lugar del Ideal y allí permanecer, de no “creérsela” en el juego analítico, de no querer el Bien del paciente. El analista que quiere el Bien del sujeto repite aquello en lo que ha sido formado o, tal vez, deformado. Es demasiado conocido que aún las más aberrantes educaciones han tenido siempre por motivo el Bien del sujeto.

El analista por su análisis conquista un saber, sabe lo que es el deseo. Mientras la demanda del otro es tomada en el neurótico como causa del deseo, ese no es ni podrá ser nunca el caso del analista. Entonces, ¿de qué debe resguardar el propio análisis al analista?. Simplemente de la vocación de misioneros, conquistadores o inquisidores que todos oscuramente portamos y por la cual insidiosamente nos esforzamos en la tarea de la salvación, de la salvación de los otros, como atajo para alcanzar a mantener la propia salvación.

Podría pensarse que aquel ideal ético expresado en el ama a tu prójimo como a ti mismo algo tiene que ver en todo esto, por lo menos como concepción ética infiltrada en el análisis. No puede negarse que los misioneros y los inquisidores actúan por amor, pero como dijo Freud el amor puede ser nocivo, más aún en el análisis.

El terapeuta imbuido de este afán de salvación termina imponiéndose al otro ensu rescate y tal vez el analizante no requiere ni de ese amor ni de ese rescate. Insisto al referirme al contexto de la experiencia analítica. En todo caso, como dice Lacan “la ley del deseo es una ley que prohíbe el Bien” (Seminario sobre la Ética, 1959-60).

La vocación de salvación sólo sustenta actitudes de militancia y de rigidez, de salvaguarda de lo bueno, del Ideal, como objetos incuestionables. Ya hemos dicho que el fin del análisis, tiene que ver en parte, con que el analista se caiga de ese lugar de amado, que deje lugar a su propia destitución, que renuncie a ocupar el lugar del Ideal del yo. Por otra parte, el fin del análisis tiene que ver con la constitución del objeto del deseo, no con la conservación del analista como tal objeto.

Como lo expresa muy bien I. Roublef decimos que: “En cierto modo, el proceso freudiano se torna cada vez más alienante y mortífero para el analista. Su ética y no su disciplina consiste entonces en seguir queriendo permanecer al servicio de la cusa del otro aún cuando éste sólo se sostenga en el asesinato fantasmático del psicoanalista. Se lo postula como otro absoluto, y al mismo tiempo, como otro que absuelva. Así, la ética primera del psicoanalista consiste en sobrevivir a su propio asesinato, sin por ello matar al otro que lo arremete” (Op cit.).

De ahí se deduce que el psicoanalista fundamentalmente no hará uso del poder que le confiere la magia analítica de la transferencia. Esa indicación, ya la hemos comentado, se encuentra claramente presente en los escritos de Freud, éste abandonó la hipnosis y la sugestión justamente porque le conferían gran poder pero no le explicaban lo que sucedía con sus pacientes.

Al recordar el trabajo de Bernheim, Freud nos dice lo siguiente: Recuerdo la sorda rebeldía que experimentaba contra la tiranía de la sugestión, cuando un enfermo que no mostraba la suficiente elasticidad tenía que escuchar que le gritara luego: ¿pero que hace Usted pues?. Usted se contra-sugestiona. Yo me decía para mí que era ésta la más abierta delas injusticias y las violencias, que el enfermo tenía todo el derecho a utilizar la contra-sugestión cuando e intentaba subyugarlo por medio de artificios de sugestión. Mi resistencia adquirió luego una dirección más precisa al rebelarme contra el hecho de que la sugestión, que todo lo explica, deba sustraerse ella misma a la explicación” (Citado por Lacan, en El Psicoanálisis).

El psicoanálisis sólo podrá preservarse de la sugestión y su poder si está en condiciones de constituir la teoría de su propio poder, “sin sustraerse a la explicación”. Pero sucede que nada prueba que el analista no esté, aún a pesar suyo, investido de valores que transforman su trabajo en técnica de sugestión. En ese sentido es que podríamos retornar a las observaciones iniciales sobre el título de este trabajo sobre esta supuesta herejía de querer curar al psicoanálisis.

Referencias Bibliográficas.

  • Freud, S. 1912. Consejos AL médico en el tratamiento psicoanalítico. Tomo XII, ed. Amorrortu, Bs. As. 1980.
  • Freud, S. 1915. Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. Tomo XII, Amorrortu.
  • Freud, S. 1938. Esquema del psicoanálisis. Tomo XXIII. Amorrortu.
  • Lacan, J. 1953-54. Seminario I sobre los escritos técnicos de Freud. Paidós Ibérica, Barcelona. 1981.
  • Lacan, J. 1959-60. Seminario VII sobre la ética del psicoanálisis. Copias.
  • Lacan J. 1963-64. Seminario XI sobre los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Seix
  • Barral, Barcelona.
  • Lacan, J. 1974. Entrevista de prensa en, Actas de la Escuela Freudiana de París. Ed. Petrel,
  • Barcelona, 1980.
  • Porge E. 1978. Sobre el Deseo del Analista. En Ornicar, No. 1. ed. de Champ Freudien,Barcelona.
  • Roublef, I.1974. La ética del psicoanalista, en Actas de la Escuela Freudiana de París, Petrel.

Texto extraído de la revista “Diálogo Universitario”. Universidad de Monterrey, Vol 4,Nos. 5 y 6 Septiembre-Diciembre 1985.

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