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Psicología Social

Publicado por Francisco Mora activado 10 Marzo 2013

Psicología Social

Psicología Social y Liderazgo.

Francisco Mora Larch.

“El sujeto no es solo un sujeto relacionado, es un sujeto producido. No hay nada en el que no sea la resultante de la interaccion entre individuos, grupos y clases”.

Enrique Pichon Riviere.

Este breve ensayo, se inspira en los acontecimientos recientes en torno a las elecciones presidenciales del 2012 en nuestro país.

He de decir, que, desde el abordaje del Psicoanálisis, enmarcado por los ensayos freudianos de Tótem y Tabú, y sobre todo en Psicología de las Masas y Análisis del Yo, la psicología social de corte psicoanalítico pudo sentar las bases de la investigación en torno a los grupos, las instituciones y las colectividades.

Poco sentido tendría este pequeño ensayo en torno a los “supuestos líderes”, que se han postulado en la contienda política, si no fuese porque el evento ha suscitado el despliegue de diversos fenómenos, entre ellos, el repudio de un sector importante de los jóvenes, al rechazar a uno de los candidatos, debido al lastre histórico (y presente) que carga a cuestas, él y el partido que lo postula.

Otro evento, desde mi punto de vista, tiene que ver con la figura de un líder hecho al calor de las luchas políticas, y al cual en estos momentos se le empieza a reconocer como un auténtico líder social: Andrés Manuel López Obrador; en esta perspectiva, me parece que no sería nada extraño que pudiésemos analizar y aportar algunos elementos que nos permitan dilucidar nuestra posición política e invitar a otros a reflexionar sobre la suya.

El liderazgo, desde la Psicología Social.

El estudio de los líderes no puede ser abordado racionalmente, si no se toman en cuenta algunos elementos mínimos para su comprensión como fenómeno social o psicosocial. Desde la psicología social, Pichon Rivière entiende que el factor condicionante para la aparición del liderazgo tiene que ver con un fenómeno situacional: un grupo enfrenta un problema, una tarea, y a partir de ahí, emerge un liderazgo condicionado por este factor tarea, el contexto en que la misma se despliega y el grupo o colectivo que la enfrenta.

Lo que hace diferencia en la aparición del líder, tiene que ver con su historia, con su “verticalidad” (o historicidad), que puede ser “observada” como una trayectoria en la cual, sujeto y contexto interactúan de forma constante y sostenida; pero la trayectoria no sigue un proceso que pudiese ser leído desde una lógica formal, o determinista, en la cual uno puede identificar causas y efectos.

Podemos decir, en términos cotidianos y convencionales que “los líderes no nacen, se hacen”, pero se hacen al calor de las luchas políticas, históricas, ideológicas, en el codo a codo con el grupo del cual el líder forma parte; este grupo, a la manera de la horda, ha tenido que enfrentar los conflictos y las luchas en su seno, pero lo ha hecho desde la comunicación, el diálogo, el intercambio de puntos de vista, escuchando y procesando activamente los diferentes elementos que aporta el colectivo en función de saberse centrado en una tarea.

Los lideres conjuran sus temores, sus miedos: para Pichon Riviere, hay dos miedos básicos: el miedo a la perdida y el miedo al ataque. El status quo se alimenta del temor que secreta en función de ser consumido por todos los actores sociales. El líder se arriesga a hablar, a actuar, a responsabilizarse por el grupo, trasmite y genera confianza, internamente lucha contra sus propios fantasmas terroríficos, ligados a la figura del padre castrador y persecutorio. Proyecta la figura del héroe que se atreve a enfrentarse a los “Dioses” y el peligro de ser castigado “terriblemente” por ellos: será señalado, enjuiciado en ausencia, denostado y vituperado. Y sin embargo, la vocación de ser, de trascender incluso a los dioses, parece ser una marca indeleble en la cultura humana.

Pichon Rivière, por ejemplo, entiende que uno no llega recién nacido a un grupo, cada uno trae una “carga”, un bagaje histórico-social que le facilita o le obstaculiza la integración al grupo y el abordaje de la tarea. Estar des-instrumentalizado no es un pecado, es condición humano-social, asi que la primer tarea será “desarmarse”, des-aprender estilos, actitudes, metodos y logicas “comunes” al sujeto. Pero el grupo o colectivo será tal cuando un tema, tarea o problema, nuclee al conjunto a la solución de la misma. En el proceso, en la experiencia compartida ocurren cosas (lo único que aporta el psicólogo social para esto, es “no sean tan distraídos con estas cosas que ocurren”) y llama la atencion sobre ellas, mostrando así, a los participantes un cierto tipo de “neurosis” cuyo rasgo típico es la negligencia, emparentada con la des-atención y la irresponsabilidad, la dificultad y la pereza en la construccion del lazo social.

De pronto los sujetos se ven transitando por una serie de encuentros y desencuentros, por atracciones y rechazos, se sensiblizan a la ausencia de sensibilidad humana en el trato social y afectivo, muestran, mas que empatía, antipatías y agresividad “espontanea”; sin darse bien cuenta van “aprendiendo cosas”, de todos y de sí mismos; sin saber bien a bien se identifican, conocen y re-conocen, en el ínterin, hablan, se comunican, y luego empiezan a escuchar, se pasa de la actividad a construir un cierto tipo de “receptividad”, dislocando la adicción a la actividad maniaca promovida por el sistema; a la vez, se sienten pertinentes o desentonan, se aburren, se sordean o fingen, pero en ese momento “su realidad es esa” y si “aguantan”, no podrán “escapar”, a menos que deseen huir de sí mismos; más vale quedarse, conviene aunque tenga un cierto costo emocional.

Un grupo sabe salir airoso de la trama dramática y de la trampa grupal en la que el grupo se conforma, vía identificaciones, vínculos y lazos sociales (“no puede hablar del grupo quien no ha “estado ahí”, es el fenómeno de la grupalidad), cuando no pierde pisada, cuando cada miembro está ahí, no para ser líder sino para aportar a la tarea desde su verticalidad, aunada a momentos de “articulación”, de coincidencia que produce el autentico encuentro entre sujetos que se reconocen como diferentes y desde el contexto de la colectividad, de la cual forman parte.

La participación en grupo, así, exige de todos los miembros o participantes, una labor sobre ellos mismos que les permita centrarse en la tarea y no desviarse por los recovecos de la competencia, del poder y del prestigio narcisista, la simulación, la envidia y el interés personal, todos factores que llevan a desvirtuar y distorsionar un proceso desde el vamos, adheridos a “protocolos” oprobiosos que se traen como adherencia y como herencia, el sello de la “familia neurótica” (y la ideologia pequeño burguesa) se vislumbra a flor de piel: sabotear o traicionar al colectivo.

De esta forma, los primeros esbozos de rasgos pertinentes de liderazgo pasan por aquellos que favorecen la elucidación y el centramiento de las tareas más importantes, el sujeto se siente vivo en su grupo cuando ratifica que en esta construcción colectiva, se puede intentar llegar a ser quien realmente se es. Esto no se da sin un trabajo donde horizontalidad grupal e historia individual se entrecruzan, El liderazgo aquí emerge en varias formas: se genera desde las identificaciones paternas, maternas o fraternas o desde el afuera social:

  • El padre proveedor-protector
  • La madre sobre protectora
  • El padre persecutorio
  • La madre histérica
  • El maestro abusivo
  • El adolescente rebelde
  • El hijo transgresor de la ley, que lleva a tentar la prohibición.
  • El mito del héroe que lleva al grupo a la aventura
  • El Presidente Cínico que vende su patria

Pero en los grupos humanos, como un colectivo político, deportivo, académico o científico, los fenómenos siempre serán más complejos y exigirán a todos, los mejores aportes de sí mismos. Por ejemplo, desde Pichon sabemos que la experiencia de vivir un proceso grupal nos convoca a dilucidar que no es una única tarea la que se elabora y sobre la que se trabaja, para Pichon Rivière son dos tareas: la tarea explicita o manifiesta, y la tarea implícita o latente.

Las tareas del grupo.

La tarea explicita es la tarea concreta y real, a la que hay que abordar operando como equipo, pero cuando trabajamos u operamos para transformar, procesar y re-crear esta tarea, los efectos producidos sobre la misma revierten sobre los agentes de la producción, transformándolos y modificando sus estructuras cognitivas, instrumentales y volitivas. Sin embargo, hay otro tipo de tarea a la que hay que abordar y trabajar, aunque en los hechos, esta tarea, implícitamente, se va delineando y construyendo.

La tarea implícita.

En todo grupo, la tarea implícita, rosa y bordea el ámbito de lo político, tiene que ver con las relaciones, y la reconfiguración que estas sufren a partir de que el grupo aborda la tarea manifiesta. Es el ámbito de los vínculos, elemento por el que transita el aprendizaje social, y los fenómenos que intercalan los aspectos más íntimos, psicosociales, con los sociodinámicos, grupales e institucionales.

La tarea implícita tiene que ver con aquello de que un maestro “enseña mas con lo que hace que con lo que dice”. Si bien un grupo se reúne en torno a una tarea propuesta por un coordinador de grupos, en cada reunión se aborda un tema de trabajo, digamos sobre liderazgo. En la dramática grupal se juega otro tipo de aprendizaje, este implícito, y será tarea del coordinador del grupo, de un “buen líder” o de cualquier otro participante, explicitar lo que sucede con el grupo o el colectivo cuando la experiencia se rescata desde una percepcion sensible y se la integra a la discusion grupal.

Al abordar los contenidos de cada tema y en cada reunión de trabajo grupal, los integrantes aprenden a funcionar en grupo, aprenden relaciones, hacen alianzas, establecen “políticas”, organizan el trabajo, entran en conflicto, juegan, se divierten, cooperan, estimulan, censuran, respetan o dominan, es el ámbito de las relaciones, de los vínculos, y lo que ponen en juego es su propia subjetividad, su ecro individual (en terminos de Pichon), en función de construir un ecro grupal.

En la confluencia de ambas tareas aparece el fenómeno del liderazgo, tiene que ver menos con los rasgos de personalidad, que con los fenómenos descritos; en un sentido, el líder, siempre es líder de un grupo, sobre el cual y de algún modo ejerce una influencia que parece fundada mas en sus características de personalidad, pero atemperada por el prestigio de la habilidad técnica e instrumental para abordar una tarea. Este paso siempre es necesario, ya que el líder necesita mostrar que es capaz de “dominar” el contexto de operación grupal, que conoce la tarea porque la ha recorrido una y otra vez, op orque siendo “nuevo” ante ella, reacciona de manera instrumental y racional.

En el ínterin, los líderes surgidos de estas experiencias grupales, inician un proceso de corrimiento de sus funciones, si bien conocen a fondo los vericuetos del trabajo técnico, no vacilan en renunciar al prestigio del dominio instrumental u operativo de cualquier rama de actividad, porque saben que pueden aportar más al grupo y a la tarea desde diversos ángulos, entre ellos, el trabajo con los aspectos subjetivos de los miembros del grupo, los aportes a fomentar una visión a largo plazo, organizar al colectivo, distribuir tareas, proponer y clarificar metas y objetivos, el desarrollo de utopías colectivas y humanas, y de lo que puede plantearse el colectivo como función social, profesional o política.

Sin embargo, estas características de algunos sujetos que pueden ser favorables al desarrollo de un liderazgo, solo cobran sentido y significación al interior de un proceso grupal que los abarca y los trasciende como sujetos y como líderes. En la psicología social pichoniana, los liderazgos son producto de lo que podemos llamar la “grupalidad”, un paradigma que permite entender e instrumentalizar a cada miembro del grupo, como posible adjudicador de un rol o depositario de un rol adjudicado por otros.

A diferencia de la dinámica de grupos, cuyo autor fue el psicólogo K. Lewin y sus colaboradores, la psicología social que sustentamos, se basa en la distinción e identificación discriminada de dos roles: el de liderazgo y el de coordinador. El liderazgo, siempre será asumido y ejercitado por un miembro del grupo; la coordinación, no coincide con el liderazgo, ya que el coordinador no forma parte del grupo, lo que no quita que se le adjudiquen roles de líder desde una posición de dependencia, desconocimiento, o comodidad.

El liderazgo en la Psicología social de Pichon, es un factor a ser de-construido permanentemente; no en función de difuminar la historia y la verticalidad del sujeto; sino en función de entender que el liderazgo, cuando se fija o se estereotipa aparece como obstáculo, o diríamos desde el psicoanálisis, como resistencia, que debe ser analizada y desmenuzada en su “esencia”. Aporto un criterio de psicopatología descrito por Pichon: la salud tiene que ver con el cambio, con el aprendizaje y la evolución; la patología se define por la estereotipia, por la repetición, en su proceso, que es un no proceso, aparece como circularidad y no como el desarrollo de una espiral dialéctica.

El liderazgo así, es situacional y no personal, informa del contexto y no de la personalidad de un sujeto. Esto no quita que este factor juegue su parte, sin embargo, va a un segundo plano de importancia, ya que la situación y por ende la realidad (externa) es cambiante, sucederá indefectiblemente que el liderazgo tenga que ser “cedido” por aquel que lo sustenta, debido a la falta de instrumentalización para afrontar la nueva realidad que se presenta.

En Pichon, los liderazgos son rotativos, móviles, flexibles, abiertos, dinámicos. Es así, porque Pichon entiende que la vida social es igual de cambiante y fluctuante, por más que se nos quiera convencer de otra cosa. En este sentido, observamos la proeza de Pichon de “eliminar próceres”; el sujeto de la historia es el grupo, es la clase social, es la colectividad, el liderazgo es una construcción colectiva; y en este sentido, esto nos envía a entender que cualquiera puede llegar a ser líder, el liderazgo en la perspectiva histórica, no es para siempre.

Imaginarios colectivos sobre los grupos.

  • Cría cuervos y te sacaran los ojos.
  • Más vale solo que mal acompañado.
  • Dios los hace y ellos se juntan.
  • El que con lobos anda a aullar se enseña

Sobre el liderazgo.

  • El que es buen gallo, dondequiera canta.
  • De tal palo, tal astilla.
  • El que nace pa’ maceta, del pasillo no pasa.
  • El caballo crece al ojo del amo.
  • En tierra de ciegos, el tuerto es rey.
  • Más vale malo por conocido, que bueno por conocer.

El Psicólogo Social como Líder.

El psicólogo siempre ha tenido vocación de liderazgo. En los años 70s se lo identificaba en algunas latitudes, como el agente de cambio social por excelencia. La burguesía, aprovechaba el “mote” para contratarlo como asesor o consultor. para que sus organizaciones e instituciones funcionaran bien y mejor y fueran de “vanguardia”, por lo que no había mucha dificultad en que el psicólogo se integrara al trabajo y colaborara en la “mejora social”; sin darse bien cuenta, el agente de cambio social, le hacia “el juego” al sistema de explotacion capitalista.

Cuando el psicólogo clínico formado en psicoanálisis hace grupos, entra a un nuevo espacio que no lo toma a buen recaudo, ya que lo lleva a “exponerse” abiertamente a la valoración social, aparece ahora de cuerpo entero, no solo se oye su voz, se ven sus ademanes, sus gestos, se observa su mirada y no está acostumbrado a tanta implicación, pero por fin puede dar rienda suelta a aquello silenciado en muchos análisis individuales: la vocación por lo social.

De nuevo, Pichon Rivière, atento a construir el puente que llevaría del psicoanálisis a la psicología social, para desplegar una práctica instrumental que se sustente teóricamente, y por ello que sea eficaz y operativa, establecerá desde la llamada “Experiencia Rosario”, un “Laboratorio Social”, una forma de trabajo que canalice la vocación y el afán de liderazgo de los psicologos o analistas, como elementos o factores que pueden ser instrumentalizados, justamente para de-construir la idea de liderazgo hasta entonces vigente.

Me parece en este sentido que aquella famosa experiencia, funcionó como laboratorio, no para los participantes en sí, sino para el equipo de Pichon, para sus discípulos y miembros del equipo: sin saberlo bien a bien, les brindó el puente para transitar de una buena vez del Psicoanálisis a la Psicología Social, los volvió militantes de un Proyecto profesional y social; este puente resultó ser el trabajo y la praxis de la coordinación grupal, que fue experimentada y tramitada desde la silla del coordinador de cada grupo armado, desde la técnica de los comandos y de otras más.

El operador social, el psicólogo dispuesto a trabajar, a experimentar y “hacerse cargo” de la formación en grupos y promover experiencias grupales, será el “pequeño conejillo de indias”, donde la renuncia a la dirección de un colectivo, al liderazgo grupal, permite que se puede ejercer un cierto tipo de liderazgo “neutralizando” la influencia sugestiva; donde el sujeto social es capaz de aceptar que hay guías que están dispuestos a reconocer su ignorancia sobre el fin último del grupo, y los lanzará a la experiencia sin amarras, al océano sin brújula, al desierto sin camellos.

Esta me parece que es la gran hazaña, y el reto propuesto por Pichon a sus seguidores, un líder sabe, pero también ignora; y me parece que valdría mejor para los discípulos y “seguidores”, que el líder momentáneo les hable más de su ignorancia que de su saber. Una fórmula interesante que se me ocurre podría ser, en cierta situación, atenazada por múltiples condicionamientos (y esto siempre es así):

Un líder no salva. Confía en las fuerzas del conjunto. Ensayaré otra:

Un líder escucha, observa, registra, porque la apertura es la condición mínima para conocer el contexto y de este conocimiento, depende y se decide la acción. Un líder observa, reflexionan y vuelve a observar.

Un líder habla poco, y si no lo entienden, no se preocupa, buscará otra forma de hacerse entender, trabaja en él y no sobre el grupo. Un líder combina la actividad, con la pasividad.

Esto me llevaría a una cuestión necesaria: un liderazgo explicita que el líder es portador de empatía (social y humana), por tanto, ha sido tocado desde una sensibilidad perceptual que se volverá la tarea crítica para trabajar consigo mismo y por ende con los otros cercanos. Indico y hago énfasis en esto, la empatía es condición, y un auténtico líder no puede quedarse ahí y explotarla para mejorar como líder, la empatía es punto de partida y no de llegada.

La experiencia de un trabajo grupal (terapia de grupo, grupos operativos, de simbolización, centrados en una tarea, grupos reflexivos, y los grupos de formación, etc), permitirá calibrar la “calidad moral” del futuro líder, siempre y cuando el coordinador de este tipo de grupos funcione con ese registro de marca. En este sentido, un líder no puede ser líder si no fue seguidor: aquí ya tenemos una ventaja, todos hemos sido seguidores. La empatía con el otro, implica que uno “ya ha estado ahí” y que puede permitirse salir momentáneamente de sí mismo y colocarse en el lugar del otro, en función de una comprensión implicada y elucidadora.

Un líder requiere templanza.

Un coordinador de grupo tiene una tarea inmediata y especifica, devolver los liderazgos que se adjudican. Se trata en esa estrategia, de una “devolución” de depositaciones, a veces masivas, y eso muchas veces les choca a los psicólogos asumir en un grupo, creían que “estaban curados de espanto”, porque además el hecho indica que al igual que “la gente común”, padecen los mismos complejos y producen, establecen y mantienen el mismo tipo de estereotipias que la “gente común” estando en grupo.

La diferencia es que a través de los mecanismos de racionalización o intelectualización mas dominantes en los psicólogos, se intenta obturar la falta, su intención sería: no vivir y no aprender de la experiencia, más bien neutralizarla vía el intento de explicarla en una lógica de las relaciones o en una lógica de la teoría psicológica que se sostenga: en este sentido, el psicólogo empieza por negar que es él, el propio obstáculo a superar; desde su profesión , intenta ahuyentar y conjurar los miedos y temores de los otros, para renunciar al control que los tiene entrampados y fijados en la estereotipia neurótica, justamente eso es lo que padece en “carne propia”.

Recuerdo en un seminario de postgrado sobre familia, cómo una pareja de psicólogos de los mas “intelectuales”, de esos que recitan y citan a todos los autores clásicos o de moda, toma distancia del grupo de formación, ignoran la invitación a involucrarse en las dinámicas y la participación grupal, compartiendo experiencias y trabajando los vínculos y su historia (era un Seminario sobre Familia, abordada desde el Psicoanálisis).

Tomando una distancia fóbica a la experiencia y al “exponerse en el grupo”, se mantienen distantes al fondo del salón, parecen no querer involucrarse o “exponerse” ante los otros; fuman y se cruzan de piernas y se soban la barbilla, como si estuvieran en el consultorio psicoanalítico; poco aprendizaje se logra de esta forma y el poco que se obtiene, es un aprendizaje intelectual que se integrará a la cabeza o al intelecto pero no se volverá esquema de pensamiento integrado al cuerpo, a la imaginación y al ser de un “operador psicosocial”

El Meollo de lo Humano.

El liderazgo “denuncia” el problema o el conflicto con la autoridad, es un tipo de síntoma neurótico a través del cual nos mira el padre, nos observa, nos vigila, ya que su deseo nos persigue, porque el status narcisista del padre depende de nuestro rol y nuestro rendimiento social. Posesionarnos del rol paterno es asumir la muerte del padre, sin reconocer el deseo de muerte hacia él. Pero el liderazgo no es solo eso, es un rol social significativo para el conjunto social.

También ronda el fantasma del hijo preferido o del hijo mayor, hacerse cargo de los hermanos menores, cuidarlos, odiarlos, controlarlos o desentenderse de ese compromiso, para no ser aplastado por la responsabilidad y la culpa o los deseos de muerte cuando la carga desborda a un yo débil que se siente desfallecer ante una tarea que se asume como abrumadora, arrasando con la subjetividad en ciernes.

Pero esto nos lleva a asumir que el líder es producto y productor de un conflicto interno, conflicto que debe ser capaz de tolerar, de conocer, de reconocer y superar a través del trabajo que debe realizar sobre sí mismo y en la relación con los otros, ya que estos siempre “juegan”, en función de hacer saber que se pueden demarcar las rayitas que indican lo de uno y lo de otro: esto es mío, esto no, esto es tuyo.

El conflicto es el tema sui generis en la vida del psicólogo. Es su motor de búsqueda, es su google o su explorer. El estudiante de psicología y todo otro estudiante, mientras se interese por aprender algo, mientras siga buscando, marca un índice del conflicto irresuelto que le ha tocado vivir y cuya tarea no puede postergar. En el caso actual, el conflicto que nos anima es político, en coyuntura electoral y en ese sentido es definitorio de muchas cosas. El asunto es entender que el conflicto nos ayuda “a sentirnos vivos”, fomenta el movimiento, es ley de vida, pero para el caso la vida humana es vida política y el conflicto es que no habíamos querido reconocerlo en función de los miedos fomentados por las clases hegemónicas a todo aquello que “huela” a política.

El conflicto se encuentra en el corazón del hombre, es su sino, o su sino es recrearlo para sacarle provecho, aparece como interno al sujeto, sin embargo está en su origen, porque antes de asumirse como tal existe de manera larvada, la Biblia lo remite al tema de la muerte o la vida eterna (una forma de muerte). El psicoanálisis lo conceptualiza como deseo y defensa, o conflicto entre consciente e Inconsciente, o entre el yo y el ello; o entre pulsiones de vida y pulsiones de muerte, hasta llevarlo al plano “cósmico” en la lucha entre Eros y Thanatos.

Para Marx, el conflicto es el motor de la historia, es el conflicto entre clases, se origina en las relaciones, principalmente económicas, a nivel de las relaciones con la propiedad de los medios de producción: entre los poseedores de los medios y los desheredados. Marx plantea iniciar por la lucha de la reivindicación económica, para luego alzarse al nivel de la lucha política, el conflicto se vuelve entonces “peligroso” y detestable para la burguesía, que desea que no le hagan olas al sistema, una democracia donde “no debería haber conflictos”, esa es la democracia burguesa, negadora de la vida y de la historia, es más, con esta democracia se llega al final de lo que casi toda la humanidad, como loca, andaba buscando: neutralizar o arrancar de raíz todo proceso vestigio de anhelo de un cambio social.

La lucha contra el sistema.

Pero justamente este sistema económico-social, a través de sus agentes y después de muchos años, supo tramitar y fragmentar el conflicto político, las luchas entre burguesía y proletariado se fragmentaron y diluyeron, la lucha económico - política fue de-construida al re-formatear el sistema en un modelo capitalista, impuesto sin consultar a las sociedades de cada nación y cada estado. La reacción, fue iniciar una contra-ofensiva desde el poder, para arrebatar todo lo alcanzado por las luchas obreras del siglo XVIII y XIX, desmantelar el estado de bienestar, hasta volverlo un apéndice que apenas fuese garante de la “carnicería” que se avecinaba: avalar, sancionar y autorizar esta “carnicería” positivamente, como necesaria “por el bien de todos” (los capitalistas).

El nuevo sistema capitalista intentará eliminar todos los justos logros ganados por la clase obrera, pero que beneficiaban a todos los trabajadores, se irá sobre las jubilaciones, sobre los sindicatos hasta desmantelarlos, flexibilizará las leyes laborales que protegían al trabajador, los contratos se otorgarán para proteger al poderoso, no al débil, y el Estado de abstendrá de intervenir, ya que cualquier injerencia estatal “olería” a práctica socialista o comunista, lo que no se puede permitir ni tolerar.

El nuevo “estado”, será uno de intolerancia hacia cualquier expresión que cuestione la autoridad, y se asumirá e interiorizará como el estilo subjetivo de participación social: “no mostrarse políticamente incorrecto” y su objetivo será definido en estos términos: las instituciones se han naturalizado, así son y así han sido siempre, cualquier intento de cuestionarlas o modificarlas, conllevará el riesgo de ser etiquetado como “sujeto problema” en función de ser sancionado, y en función de un fin último: quedar excluido o segregado del sistema.

Lo interesante del momento actual es, como decía el lic. Jorge Escanilla (comunicación personal) hace unos días, que la lucha, la contienda, o el conflicto actual, no tiene reivindicaciones económicas, es una lucha política, pero me parece que también es ideológica, aunque a algunos no les guste. Puede traducirse como una lucha entre:

  • Enajenación y concientización, o entre
  • alienación y libertad; o entre
  • imposición y democracia.

El desenlace importa menos que el pensar en que algo de la subjetividad fue movido y reactivado en el conflicto, a partir de una “nueva” percepción de los eventos y los acontecimientos, que el sujeto social empieza a abrir los ojos y cuestionarse por su “somnolencia” política.

Psicología y liderazgo.

En la deconstrucción del liderazgo, el psicólogo repara en este tipo de fenómenos complejos que registran la marca en su cuerpo, pero también y por consecuencia en su estructura subjetiva. Atento a sí mismo, es decir, a lo que el grupo despierta en el operador social, entiende y asume los límites de su actuación: su poder, está en la capacidad de renuncia a ese poder, cosa que pocos logran vencer. El hecho se traduce en una frase: dominar a otros es fácil, mas difícil es dominarse a sí mismo.

La identificación con el padre y su poder, quedan neutralizados cuando la renuncia al uso de este poder se experimenta en la función de traslape que rescata la dimensión ética de aquella figura de autoridad: ser testigo del crecimiento del otro, dominando la tendencia filicida de realizar una “interferencia heterónoma” sobre su proceso, sobre su evolución personal-social. El padre-líder, así, solo es el garante de la ley, en función de regulación social y emancipación afectiva. Se introduce al sujeto al mundo de la cultura y simultáneamente a la dimensión política: el niño es reconocido desde pequeño como otro, que se merece nuestra consideración, nuestra compañía en función de su desarrollo y no del nuestro.

El hecho que funda un grupo como colectivo de iguales, es el reconocimiento de la diferencia de cada uno: somos iguales en el sentido de que nadie es idéntico a otro, pero por este mismo hecho, es que puedo establecer una relación con otro diferente a mí, lo que re-envía a que simultáneamente me permito ser reconocido por ese otro que me otorga igual reconocimiento, es el origen de la dimensión política de la existencia humana.

La renuncia a ser líder del grupo, del coordinador de grupos, implica partir del reconocimiento de la igualdad y de la capacidad de todos, ya que en este tipo de grupos, no se busca la igualdad, se parte de ella, se la presupone, es un implícito que no hay necesidad de explicitar. Los sujetos que viven una experiencia de grupo no-directivo, reconocen en sus dificultades y sus angustias, el parte aguas de la experiencia: a partir de ahí, lo que se vive, se trabaja, se comunica y se comparte, se vuelve un hito inédito hasta ese entonces, el grupo “cambia” al sujeto, pero el sujeto también ha dejado su marca en el colectivo: la subjetividad ha registrado una reconfiguración, de la cual el sujeto toma nota y asume la alteridad en si mismo.

El liderazgo y las figuras paternas y de autoridad cobran otras dimensiones de realidad social y política. Una frase de López Obrador, machacada a la gente, enuncia el aprendizaje del líder, del que puedo decir o mentar como un líder democrático, dice López: “Solo el pueblo, puede salvar al pueblo”.

Nada ilustra mejor el término “pueblo”, de un político que conserva sus raíces, y que abierto a la experiencia, negocia entre sus tendencias en juego: igual que en los pequeños grupos, en ese tipo de vanguardias es donde se traman las estrategias y las tácticas de una labor o un problema inmediato, se aprende que la renuncia a los mesianismos es el signo de la congruencia política con la vocación democrática.

Solo el pueblo puede salvar al pueblo. Una consigna que se propone desde la visión que da el aprendizaje de la vivencia permanente que proporcionan las experiencias grupales. No hay liderazgos impuestos o importados, no se trata de seguir a un líder, sino acompañarlo codo a codo, asumiendo y luego intercambiando el rol, como diría Pichon, co-operando, aprendiendo, pero sobretodo implicándose, arriesgándose y asumir que “el pueblo” es el origen y el fin, lo que da sentido a todo acto humano.

Para terminar.

Así como el liderazgo como fenómeno social es una construcción social, el tema que resta bordar someramente es el de los fines de la psicología social. Para Pichon, la psicología social es una caja de herramienta a la que el psicólogo se asoma para hurgar y ver “que le sirve” y echar mano de los instrumentos acordes a la situación. En un sentido, el trabajo del psicólogo es una labor artesanal, muy particular, específica y a veces singular. Qué bueno que ha habido gremios de artesanos. Unos hacen y otros deshacen.

Nosotros, como psicólogos aportamos desde una óptica, desde una dimensión… desde un terreno o campo de prácticas. Este trabajo, después de cincuenta años sigue pendiente: la cultura de la salud mental es una construcción colectiva, y desafortunadamente, no nos hemos agrupado para iniciar la labor. Estamos y seguimos problematizados, debido a la renuencia a reconocer que el conflicto es el motor del cambio, del aprendizaje y de la transformación social.

Mientras nuestro pueblo padece y sufre los malestares de una cultura represora, nosotros seguimos solos o en pequeños ghetos, imposibilitados de poder pensar, diseñar, proyectar planes de acción que aborden el problema de la patología social en sus dimensiones macro sociales; el trabajo con sujetos individuales, si bien loable, no tiene significación social alguna, además de contribuir a la idea de que la solución pasa por lo individual y no por la transformación radical de las condiciones sociales del sistema capitalista mas oprobioso, como lo es el sistema neoliberal.

Debo indicar que solo en la participación social, en la construcción de la propia identidad grupal, en la participación política, en la lucha por destituir la visión hegemónica de la salud mental imperante en México, es como podremos avanzar con pasos firmes hacia algún objetivo que otorgue sentido a nuestros esfuerzos actuales, a nuestras prácticas de cambio social, a la que debemos sumar el esfuerzo de los movimientos sociales y a los colectivos de vanguardia. Debemos aprender más y mejor a sumar esfuerzos, porque el psicólogo batalla con lo social, esta es una tarea pendiente.

Requerimos arriesgarnos a promover, ofertar, difundir y ampliar nuestras propuestas y nuestros campos de acción, que ventilen y amplíen nuestras visiones de la relación entre patología individual y malestar cultural, porque para ensanchar la visión de un mundo más humano, deberíamos estar comprometidos como psicólogos a que nuestra formación permanente no fuera otra cosa, como dice Cecilia Moise, sino un “ensanchamiento del espíritu”.

Monterrey, Junio de 2012. Época del Calendario Maya. Un Ciclo termina, después de ello, nada será igual.

Psicología Social

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