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Responsabilidad social del terapeuta.

Publicado por activado 14 Marzo 2013

Responsabilidad social del terapeuta.

Responsabilidad Social del Psicoterapéuta*

Dr. Hernán Kesselman

Algunas hipótesis para comenzar a pensar sobre los fundamentos ideológicos del terapeuta y sus implicancias para fijar las posibilidades y limitaciones de la psicoterapia.

INTRODUCCIÓN

Por una psicoterapia eficaz, popular, nacional e idónea

Quienes hemos usufructuado los beneficios del tratamiento y de la formación psicoanalítica y al mismo tiempo tenido la experiencia de tener que efectuar otro tipo de asistencia psicológica a gran cantidad de pacientes que por diversas razones no podían optar por el tratamiento psicoanalítico, siempre hemos tenido serias dudas sobre las posibilidades de utilizar otras psicoterapias que pudieran ser consideradas tan buena como la psicoanalítica y a las que pudiesen tener acceso libremente todos los pacientes que necesitan ayuda en este plano.

Pero … ¿Podíamos sentir que realizábamos buenas terapias con los demás si les hacíamos algo distinto de lo que nosotros considerábamos óptimo para aplicar en nosotros mismos?

Estas dudas denuncian las ideas que, circulando en nuestro habitual medio profesional, han hecho creer que la terapia psicoanalítica es eficaz, curativa y que los otros procesos psicoterapéuticos son ineficaces, paliativos; que el psicoanálisis es caro pero es profundo y que las otras psicoterapias son gratuitas o baratas pero superficiales. ¿Cómo pensar entonces en confeccionar técnicas de duración limitada, es decir breves –que es la única manera de concebir que sean al mismo tiempo populares? Y por otra parte ¿cómo conseguir que esas técnicas sean efectivas, es decir, no solamente que alivien sino que curen? Y resuelta esta primera contradicción, aparecería una segunda contradicción:

¿Cómo hacer que esas técnicas partan de una realidad ligada a nuestro país, para que puedan operar contemplando nuestras características regionales, es decir, que sean nacionales? (evitando la poco conveniente extrapolación de modelos técnicos que quizá fueran adecuados para otras culturas y otros lugares pero que han sido confeccionadas no para nuestras necesidades e intereses sino para cubrir las necesidades e intereses de otras poblaciones). Y visto esto: ¿Cómo hacer que estas técnicas nacionales sean al mismo tiempo idóneas, es decir, que tengan no solamente aplicabilidad sino también una fundamentación científica seria? (Recordemos la habitual manía extranjerizante de reverenciar los esquemas y técnicas importados como los más dignos de confianza).

Veremos a continuación cómo inciden los fundamentos ideológicos del terapeuta para responder fijando las posibilidades y limitaciones a cada pregunta de estas contradicciones.

Señalaremos dos extremismos de gran peligrosidad. El de considerar despreciativamente los hallazgos científicos de la burguesía desechando totalmente sus conocimientos o utilizándolos en sus limitaciones originales, es decir, sin enriquecerlos con otra lectura, sin saber instrumentarlos para facilitar la transformación del sistema. El otro sería, contrariamente al anterior, el de proceder a extrapolar sencillamente dichos hallazgos sin el análisis ideológico correspondiente que permita comprender la verdadera dirección y sentido de los cambios que vamos a producir.

Ideología y compromiso político del psicoterapeuta

Propongo comenzar la introducción a estos problemas específicos partiendo de la idea general de que en ciencias sociales, el compromiso político del investigador con su campo de trabajo parece mucho más ineludible, aparentemente por lo menos, que el compromiso que debe asumir un investigador en ciencias naturales. En ciencias naturales, parecería que un bacilo observado al microscopio, por ejemplo, no cambia mucho de color o de significado patogénico porque lo observe un científico revolucionario o un conservador. Pero en ciencias sociales el observador, lo observado y la evaluación de lo observado sí pueden cambiar mucho de acuerdo con la ideología y con los conceptos que sustenta el investigador.

Todos los terapeutas tenemos de alguna manera o de otra (y lo practicamos en la vida cotidiana) concepciones sobre salud, enfermedad y técnicas de tratamiento con las que estamos dialogando permanentemente en distintos planos (ético, estético, biológico, etc.). Pero quisiera subrayar aquí particularmente la incidencia que puede tener para la teoría de curación y técnica de trabajo de un psicoterapeuta, su ideología, su grado de compromiso político (conciente o inconsciente) con el sistema social en que vive y por lo tanto en qué medida su tarea profesional contribuye a mantenerlo o combatirlo.

En la práctica, solemos encontrar dos soluciones “puristas” frente a este dilema. Y lo sugestivo es que, aunque por motivaciones bien distintas, ambas propuestas se han apoyado en el mismo argumento: “lo social y lo político están más allá del campo y posibilidades de acción profesional del psicoterapeuta”. Veamos cada una:

  1. a) Por una parte, la moral burguesa ha sustentado un criterio científico de objetividad, una especie de tiranía o “terrorismo científico” que ordena dejar “lo político fuera de la línea de acción del observador, porque se dice que el trabajador en salud mental debe ser ‘imparcial’, no abrir juicios sobre la realidad que va a observar, en una palabra, tener neutralidad valorativa”. Naturalmente, esto es totalmente impracticable, porque en forma explícita o implícita, lo sepa o no, todo observador está observando la realidad con un color de lente determinado y el sentido de su acción estará determinado por esa visión.

Esta corriente de psicoterapeutas “químicamente puros” de todo compromiso político no sólo lo dejan de lado sino que se enorgullecen de no tener nada que ver con las modificaciones de un sistema del que también se sienten observadores “no participantes” a pesar de que obviamente contribuyen a mantenerlo con su complicidad activa (estilos de vida, modelos de éxito y salud) o pasiva (haciendo culto de su abstinencia de opinar frente a la elección o rechazo de ciertos valores por otra parte de sus pacientes).

Han llevado poco a poco a una técnica que les permite, por ejemplo, interpretar sistemáticamente las motivaciones inconscientes y las razones neuróticas por las que el paciente ha llegado a desarrollar tareas de compromiso político (lo que suele terminar con la complicidad de muchos pacientes que abandonan su tarea militante con una sensación de alivio “por haber podido superar esta etapa inmadura, neurótica y adolescente”). Lógicamente y como resultado de un esquema referencial de este tipo –que no sólo adoptan para los pacientes sino también para sí mismos- estos terapeutas no pueden comprender que si es cierto que existen siempre razones inconscientes, enfermas, para comenzar un compromiso político, también es cierto que existen razones inconscientes y enfermas para evitarlos; motivaciones neuróticas que impiden asumirlo o reasumirlo con madurez y satisfacción.

De allí que sus criterios de finalización del tratamiento se contenten con las posibilidades que el paciente desarrolla al lograr el “desbloqueo” en las conductas que lo llevan a la satisfacción de sus necesidades primarias (capacidad de agredir y tener relaciones sexuales “adecuadamente”, de lograr el éxito profesional y económico, etc.), independientemente de la justicia o injusticia social del sistema en que esos logros se llevan a cabo. Son los mismos terapeutas que, defendiendo la universalidad del complejo de Edipo, por ejemplo, encuentran natural tratar de hacerlo llegar a la conciencia de los pacientes por considerar que, siendo un complejo hereditario que se engasta en la cultura, si no está en la conciencia del paciente no es que no exista en él, sino que se encuentra reprimido pues su conocimiento provocaría gran angustia.

Pero son aquellos también, que se horrorizarían, calificándolo de “adoctrinamiento” coercitivo, si le propusiéramos emplear el mismo recurso para elevar a la conciencia del paciente los conflictos que le genera su pertenencia e intereses de clase y las consecuencias de su ubicación en el proceso de producción, elementos que no sólo no provienen de la mitología griega sino de la historia social de la humanidad, palpables en la realidad del drama de la supervivencia cotidiana- conflictos que si no son conocidos por el pacientes no es porque no existan en él sino porque se encuentran reprimidos pues su emergencia produciría angustias dolorosas para el mismo.

  1. Por otra parte, un obcecado “terrorismo ideológico” que tiende a descalificar categóricamente cualquier teoría y técnica psicológica nacida bajo el auspicio del sistema burgués.

Así, existe toda una corriente de terapeutas “químicamente puros”, es decir, no contaminados con técnicas utilizadas por la burguesía y que se enorgullecen a su vez de no haber sido atrapados en ningún momento por los encantos de dichas técnicas. Como resultado muchos han cedido, en cambio a la fascinación por las más pueriles y obsoletas teorías y técnicas psicológicas, con tal de no tener que oír hablar de psicoanálisis y poder mantenerse claramente “en la vereda de enfrente”.

El precio por su purismo ha desembocado en una pobre valoración general acerca de la profundidad de sus tratamientos.

En resumen y como corolario, un “principismo purista” propio de nuestro medio ambiente que ha llevado finalmente (por “terrorismo científico” o por “terrorismo ideológico”) al mismo resultado: 1) esquemas científicos pobremente desarrollados en este campo, abandonando en manos del poder burgués (y para el consumo de la clase privilegiada) el manejo de los conocimientos más avanzados; 2) Mutilación profesional o aceptación resignada (y legalizada por distintas racionalizaciones) a llevar una tarea-vida profesional totalmente disociada y contradictoria para quienes se resisten ideológicamente al sistema pero se chocan con la angustia y la impotencia de no saber cómo hacer para enfrentarlo en todos sus niveles, en ese caso (particularmente dificultoso e inseguro) “desde adentro”.

Para finalizar esta introducción y tras haber reflexionado en torno a las dos corrientes mencionadas (en cualquiera de las cuales podría ubicarme a lo largo de mi historia profesional), quisiera recalcar las hipótesis que sustentan este trabajo: En primer lugar la que señala el extremismo “purista” que impide el progreso científico de la psicoterapia comprometida a resistir al sistema. En segundo lugar, la que señala el extremismo de “extrapolación” acrítica que compromete a la psicoterapia a mantener y someterse a la ideología del sistema.

  1. El Extremismo “Purista”

El compromiso ideológico político de un psicoterapeuta revolucionario se halla limitado permanentemente en su ejercicio de la profesión, por el alcance que puedan tener los efectos de la asistencia psicológica en el desarrollo de un proceso social revolucionario, único proceso en donde los cambios individuales, grupales e institucionales adquieren valor de tales.

La relación entre su eficacia profesional y su eficacia como “agente de cambio” social sólo podrá medirla su participación en dicho proceso, la cual cobra su máxima coherencia racional en la medida que logra potenciar su esfuerzo con el de quienes defienden sus mismos intereses; es decir, en la medida en que sus esfuerzos cobran sentido por su pertenencia a la o a las organizaciones revolucionarias o por la posibilidad que tienen éstas de capitalizar su producción.

Quiero así dejar aclarada mi opinión acerca de la subordinación de las posibilidades de cambio en el campo profesional a las del contexto social general, del cual lo profesional es sólo una parte dependiente. Sobre todo para discriminarla de aquellas opiniones que proponen “la salvación” de la humanidad haciéndola “evolucionar” psicológicamente. Como ejemplo de esto último, la profecía de Jacobo Moreno: “Como un niño de pecho, la humanidad sólo madurará paso a paso en la medida en que una conciencia sociométrica remodele gradualmente nuestras instituciones sociales. Sólo así, la humanidad hallará una estructura social capaz de servir como cuadro de una sociedad universal”.

Pero todas estas argumentaciones sobre las limitaciones no legalizan en absoluto el abandono de toda posibilidad de compromiso ideológico político del psicoterapeuta en su campo de acción profesional. Dicho compromiso debería traducirse en una teoría de la enfermedad, un criterio de salud y una modalidad de interpretación técnica de la realidad que respondan y no se contradigan con aquello que le dicta su ideología. El hecho de que no hayamos podido precisar las correlaciones equivalentes entre alienación mental y alienación social no nos autoriza a borrarlo de la lista de nuestros instrumentos.

Por el contrario, sólo nos muestra una deficiencia (que tan caro siguen pagando aún los psicoterapeutas de países en camino al socialismo) que sólo podremos empezar a enfrentar en el momento en que nos unamos, para ayudarnos mutuamente (en lugar de aniquilarnos mutuamente) aquellos que ya no podemos seguir haciendo psicoterapia tranquilamente sin considerar este tema de investigación como el punto máximo de urgencia en nuestro quehacer profesional. Y quizá así consigamos empezar a aprender a detectar las categorías de pasaje entre los fenómenos actuales que en forma visible y manifiesta acceden a una “lectura ideológica directa” y aquellos fenómenos –que aparentemente “desconectados de lo social”- no acceden a una lectura ideológica directa pero podrían acceder a una doble lectura que desentrañara el rudimento histórico de la futura ideología que simboliza y a la que se dirige.

En una palabra, si no somos capaces de comprender qué tiene que ver la ideología con los síntomas de un paciente que viene a consultarnos para que lo aliviemos de sus fobias o de sus preocupaciones hipocondríacas, por ejemplo, tampoco podremos encontrarle jamás a dicha ideología un lugar comprensible y valioso para el paciente, en el curso de su tratamiento. Ése es nuestro camino y como no tengo todavía claro el derrotero, pretendo que cada lector lo sienta como una invitación y su desafío.

2) Extremismo de las Extrapolaciones

Las extrapolaciones nunca son inocuas y denuncian los fundamentos ideológicos (concientes o inconscientes) del psicoterapeuta que las maneja. Intervienen de manera principal para fijar las limitaciones y posibilidades de la psicoterapia. A saber: a) En nuestro país la extrapolación de teorías y técnicas surgidas de culturas distintas de las nuestras lleva, a los investigadores en este campo, a manejarse con conceptos peligrosos, no sólo por su dudosa validez científica sino porque al operar con ellos, sin cuestionarse la ideología del sistema que les dio origen, pueden caer, a veces, involuntariamente, en conclusiones que sirvan a intereses extranacionales que dentro de lo nacional, tienden a mantener los intereses de la clase dominante. Esto constituye uno de los numerosos métodos de penetración del imperialismo en la cultura.

Ejemplificaremos estos conceptos al desarrollar ciertos criterios de curación y de salud (competencia social) por una parte y por otra al tratar las propuestas de caracterización psicológica de las clases sociales y sus correspondientes vías de abordaje (un tipo de psicoterapia distinto para cada clase.

b) Quienes emprendan la tarea de investigar técnicas de duración limitada –psicoterapias breves y por lo tanto populares- corren el riesgo de otra extrapolación peligrosa: la que adopta los conceptos y criterios de eficacia obtenidos por el estudio de pacientes pertenecientes a determinada subcultura, para indicar los conceptos y criterios de eficacia que deben regir en el estudio de otros muestreos más heterogéneos y generales.

Lo ejemplificaremos mostrando los peligros de adoptar los mismos criterios de eficacia del psicoanálisis (psicoterapia de duración no limitada que obtiene sus leyes de un muestreo particular de pacientes) para definir y medir el alcance de las psicoterapias breves o de duración limitada (con muestreos heterogéneos y bastante poco conocidos todavía como para tipificarlos). Peligro que no sólo consiste en la dudosa validez científica de la extrapolación sino en la posibilidad de consagrar el psicoanálisis como “indicable” sólo por la pertenencia a determinada élite y no por las necesidades que provengan exclusivamente del diagnóstico clínico.

Finalmente señalaremos que las llamadas psicoterapias breves, entran dentro del rubro general de lo que denominaremos procesos correctores de duración LIMITADA que, a nuestro entender, cubren todo el campo de acción de las asistencias psicológicas populares (sin sectores de privilegio). Sobre todo porque se asientan sobre una ideología que tiende a privilegiar las necesidades de todos por encima de las necesidades de algunos y cuyo principio fundamental indica la necesidad de crear encuadres de trabajo y técnicas terapéuticas que incluyan y se adapten a cualquier situación y a cualquier tipo de pacientes y no la de aceptar solamente a los pacientes capaces de adaptarse a un único encuadre terapéutico.

Estos numerosos procesos correctores (orientación vocacional, psicoprofilaxis quirúrgica, psicoterapia individual, grupal e institucional, etc.) sólo podrán adquirir idoneidad en la medida que partan eso sí, de una teoría de la técnica común a todos ellos y por la que cada uno aparezca ligado y a la vez diferenciado del otro, a través de las peculiaridades que caractericen las diferentes necesidades. Intentaremos ejemplificarlo mostrando los conceptos y criterios que se utilizan para programar y enmarcar una psicoterapia breve.

Hemos sustentado así estas hipótesis y a continuación veremos cuál es la incidencia de las mismas para cumplir con las cuatro aspiraciones (expresadas en las dos contraindicaciones señaladas al comienzo del trabajo) básicas con que pensamos debía cumplir una psicoterapia: que sea eficaz (curativa), que sea popular (para todos); que sea nacional (contemplando las necesidades de nuestra realidad) y que sea idónea (teoría de la técnica sobre bases sólidas)

Desarrollo

  1. Eficacia

Cuando nos planteamos la eficacia de una psicoterapia llegamos a la conclusión que como toda rama de la medicina, la máxima aspiración de la cura consiste en suprimir y prevenir la enfermedad. Esto nos lleva directamente a la necesidad de definir primeramente, qué entendemos por enfermedad y en relación dialéctica con ello, qué entendemos por salud. Sólo así parece coherente comenzar recién a discutir qué caminos e instrumentos (qué técnicas) vamos a emplear para llevar a nuestros pacientes desde la enfermedad a la salud y permanecer en ella.

Parece coherente, ¿no? Pero en la práctica cotidiana esto no sólo no es tan sencillo sino que generalmente no se cumple. O se cumple al revés, es decir, se parte (sobre todo el terapeuta novel) de una enorme avidez por adquirir rápidamente conocimientos técnicos para operar con los pacientes dejando para otra ocasión la discusión crítica sobre los fundamentos teóricos e ideológicos de lo que se está practicando.

Sin embargo, tarde o temprano (en la charla científica con otros colegas o en el análisis de los objetivos y criterios de eficacia con que medimos la curación de los pacientes) todo psicoterapeuta llega a enfrentarse con las contradicciones posibles. Por ejemplo: si el proceso de curación se inscribe en el contexto de las exigencias de una sociedad alienante y alienada, ¿yo curo a mis pacientes o los preparo para adaptarse exitosamente a tal alienación? Si los curo: ¿en qué consiste estar curado y quiénes y cómo se fijan los límites y posibilidades de esa curación? ¿Por qué es tan fácil certificar que una persona es enferma e indicar el comienzo de un tratamiento y es tan difícil certificar que una persona está curada y arriesgar la indicación del alta?

Podemos reconocer, incluso, que tenemos gran fluidez (en el consultorio y fuera de él) y entrenamiento en el “ojo clínico” capaz de reconocer los síntomas de patología y adjetivarlos a gran velocidad (“es una histérica de libro”, “hizo un acting bárbaro”; “está psicótico”, “es un psicópata de mierda” y otras por el estilo). Lo que solemos denominar como “deformación profesional” y que nos ha llevado no sólo a forzar la lectura del supuesto campo de la salud (la realidad cotidiana) con el lenguaje y el idioma de la patología sino también a que cuando nos solicitan definiciones de salud caigamos en el relativismo o sólo podamos definirla por la negativa, es decir, por la atenuación o la ausencia de patología.

Un hijo natural de esta deformación ha sido el criterio generalizado que identifica salud con ausencia de síntomas (y felicidad con no sentir angustia), relegando así la psicoterapia a una efectividad que sólo puede verificarse en el nivel de la supresión de síntomas y (terapia de síntomas) con lo que a veces se obtiene la ilusión de estar curado.

A continuación, entonces, voy a destacar los conceptos de salud y enfermedad que, junto con las técnicas de curación, plantea una determinada corriente psicológica altamente significativa para nuestro medio. Dicha corriente será ejemplificada con el artículo llamado “Competencia social y práctica clínica” (“Social compentence and clinical practice”) escrito por Thomas Gladwin y publicado por la revista Psychiatry-Journal for the study of interpersonal proceses, junto a tres comentarios críticos en el toma XXX, Nfl 1, febrero de 1967, p. 30 a 43.

Dicho artículo (cuya transcripción reducida se halla en el N° 2 de Intersíntesis) surgió como objeto de discusión en un equipo de estudio de Introducción a las Ciencias Sociales que conformábamos hace dos años con profesionales de distintas disciplinas. Como respuesta al análisis crítico de dicho artículo he de proponer a continuación un concepto de salud y enfermedad, contrapuesto al anterior y las ideas y posibles caminos técnicos que pienso que se abren a la investigación en este campo.

Vamos a comenzar, entonces, con las referencias que hace Gladwin. Él nos relata las hipótesis y conclusiones de un grupo de profesionales de la salud mental que reunidos con otros profesionales directivos del N.I.M.H. (National Institute of Mental Health, Instituto Nacional de Salud Mental de los E.E.U.U.) celebraron en 1965 en Bethisia, Maryland, una conferencia en la que se trataron de precisar las definiciones de enfermedad y salud mental, así como los procedimientos técnicos más convenientes para lograr esa salud. Una salud que se definió en términos de competencia social.

Saludable es así todo sujeto capaz de desarrollar plenamente su competencia social. Por tanto enfermo es aquel que, por distintas razones, padece de incompetencia social. Y ellos se plantearon entonces como corolario, la creación de técnicas terapéuticas que hicieran mejorar la competencia de los incompetentes sociales.

“La competencia social” dice Gladwin, como síntesis de la conferencia, “se mide por la capacidad que tiene una persona de participar efectivamente en las actividades consagradas por su sociedad”, Por tanto, ya que toda sociedad tiene normas y que estas normas son las que el sujeto tiene que cumplir con efectividad, es dicha efectividad la que mide su competencia social. Luego se define claramente la amplitud del término “unidad ecológica” diciendo que serían aquellos ambientes sociales que hay que diseñar para poder llevar al máximo los estímulos de recompensa para que las escuelas y los hospitales, por ejemplo, ofrezcan estímulos que encaminen a sus educandos y pacientes a tender hacia el éxito social y por tanto hacia la capacidad de competencia. Si entendemos el éxito social a través de los logros de beneficios materiales, no nos llama la atención que una unidad ecológica sea lo mejor que se puede lograr en materia arquitectónica para producir un modelo como estímulo de tendencias hacia el éxito.

Una unidad ecológica así, bien diseñada, podría estimular a los sujetos bloqueados y podría oscilar entre tamaños muy diversos: desde el minúsculo marco de un consultorio al gran marco general de toda una sociedad. Como no se puede abarcar a toda la sociedad (“por otra parte”, señalan, “no nos corresponde”) y como el consultorio es insignificante socialmente en el sentido que abarca muy poca gente, propone trabajar con unidades representativas, es decir, con unidades que agrupe personas que, a su vez, incidan sobre muchas otras personas y a estas unidades ecológicas (ecos quiere decir: morada, hábitat; logos, estudio) las llaman unidades intermedias. Y allí sí se pueden producir cambios interesantes, que estimulen hacia el éxito, y que, a su vez, cambien positivamente a sus componentes y a mucha otra gente por su intermedio. “

Las unidades ecológicas intermedias consisten en las instituciones sociales que la sociedad emplea para modificar y movilizar las energías de gran número de personas. Se incluyen en este grupo las organizaciones militares, las fuerzas policiales, los sindicatos, las escuelas y los hospitales psiquiátricos. Todas ellas comprenden sistemas cerrados o semicerrados, organizados jerárquicamente, con considerable poder de control y modificación del sistema asumido por los oficiales y jefes de alto nivel.

Se excluyen de este grupo las que producen bienes materiales (fábricas, granjas, etc.). Finalmente pasan a tratar un problema ineludible para esta conferencia: el que hace a los pobres, es decir, a los que no han podido desarrollar su competencia hacia el éxito social. Y señalan que “por más que el cambiar toda la sociedad está más allá del poder del médico, éste puede en ocasiones, educar e influir en la sociedad interpretando con sensibilidad los dilemas con los cuales ésta enfrenta a algunos de sus miembros. Tal fue el caso, por ejemplo de la guerra contra la Pobreza. La definición de los problemas de la pobreza como estilos y actitudes de vida mal adaptadas derivó, en gran medida del trabajo de clínicos y científicos sociales que utilizaron técnicas clínicas de entrevistas”. Y pasa luego a considerar los méritos de dichos clínicos y científicos sociales que a través del Pan Kennedy de la guerra contra la Pobreza llegaron, por medio de entrevistas clínicas, a la conclusión de que la pobreza es un síndrome.

Recordemos que con el nombre de síndrome se designa –en medicina- a un conjunto de síntomas y signos cuya etiología puede ser diversa o no localizable, para oponerlo a enfermedad, conjunto de síntomas y signos cuya etiología es conocida. En el caso del síndrome, la terapia sólo puede ser paliativa (hasta que se localiza su etiología) y en el caso de la enfermedad, la terapia es curativa pues se dirige a la etiología localizada.

La fiebre, por ejemplo, es un síndrome; en cambio la fiebre tuberculosa (fiebre producto del bacilo de Koch) es una enfermedad. Con este esquema, entonces señalaron que la pobreza no es una enfermedad (cuyo origen se conocería) sino un síndrome, es decir, un conjunto de síntomas y signos caracterizados como estilos y actitudes de vida mal adaptadas frente al que habrá que luchar, al menos paliativamente hasta que algún día se descubra su verdadero origen. Luego definen entonces, su criterio de realidad: “El clínico debe generalmente, a su pesar, aceptar la sociedad tal como es, y determinar cuál es la mejor manera de adaptar su paciente a esta sociedad”.

Señalan que, sin desdeñar el valor de la psicoterapia y salvo en casos extremos una orientación primaria hacia la competencia social da por resultados formas de intervención clínica que son más económicas, directas y más ampliamente aplicables (“orientación psicológica popular”) que los esfuerzos psicoterápicos exclusivos. “La psicoterapia -dicen- deberá resolverse como la cirugía de la salud mental”.

Las conclusiones de la conferencia referentes a la salud y enfermedad mental y sus medios de curación son las siguientes: “El grupo se puso de acuerdo en estas premisas básicas:

  1. Para adquirir efectividad la persona psicológicamente inadecuada no sólo necesita aliviar sus ansiedades y corregir su conducta mal adaptada, sino también aprender maneras alternativas de comportarse en sociedad, orientadas hacia el éxito.
  2. Cuando una persona aumenta su competencia y logros sociales aumenta también su reciedumbre psicológica general, de modo que puede entonces enfrentarse luego por sí misma con problemas emocionales serios.
  3. La competencia social se logra más efectivamente cuando la intervención se dirige hacia una unidad ecológica, que consiste en una persona y su ambiente social inmediato, más bien que hacia la persona sola.
  4. La unidad ecológica puede definirse en rangos que van desde el contexto inmediato del tratamiento hasta la sociedad total. Como esta última no se puede tomar, tomamos como modelo las unidades ecológicas intermedias, que se interesan por la competencia social de la persona, diseñando los sentidos sociales a través de los cuales se moverá y en los que aprenderá”.

Podríamos analizar paso a paso el contenido de este artículo y extendernos en diversos comentarios sobre cada renglón del mismo. He preferido transcribir sus pasajes más importantes, para dejar que el lector juzgue por sí mismo. Pero retomo lo que más interesa como partida para la elaboración de las hipótesis que se podrían contraponer.

Es evidente que lo que ellos llaman “competencia social” es lo que desde nuestra posición, podríamos llamar actuación de las tendencias hacia la rivalidad individual para alcanzar el éxito (pese a quine pese), necesidades de escalar a las más altas graduaciones del status social (“plan civil de escalada social”). O sea, podríamos intentar hacerles una crítica a este respecto, pero en principio, cabría hacernos esta pregunta: ¿Es que nuestro propio medio en la República Argentina, en nuestra escuela psicoterapéutica se emplean valores de éxito o definiciones de salud o puntos de referencia para medir el progreso de los pacientes de los que plantea Gladwin en su trabajo? ¿Y si no son muy distintos qué haremos con los que nos resistimos a aceptarlo? ¿No podríamos rescatar la validez semántica de un término que a lo mejor con otro significado, con otra alternativa, es posible que pueda ser utilizado a su vez por nosotros desde otra perspectiva?

La burguesía crea una ética purista de abstinencia (como habíamos dicho en otra ocasión) que hace cumplir tiránicamente a todos los científicos pero que deja de aplicarla para sí misma –como vimos en el artículo de Gladwin- cuando le conviene. Entonces, ¿por qué seguir respetando las normas de abstinencia ortodoxa que han sido creadas para proteger el encuadre pero también sirven, como en este caso, para la sumisión al sistema? ¿Por qué entonces no definir competencia social y por tanto salud, enfermedad y técnicas para curarse de una manera coherente con nuestra ideología?

Estas preguntas fueron el detonante para que comenzara a trabajar con más ahínco en ese sentido. Equipado con las enseñanzas recibidas de León Rozitchner y estimulado por sus inquietudes de ligar los conocimientos aportados por el materialismo dialéctico con las aportaciones psicoanalíticas, comencé a elaborar las hipótesis y definiciones que detallaré a continuación.

Partí inicialmente de los conceptos que el materialismo dialéctico se da para interpretar el fenómeno social que incluyen por lo menos dos exigencias fundamentales, a saber: 1°) una comprensión monista de la realidad que afirma la imposibilidad de separar su lado material de su lado espiritual. Es decir, un pensamiento totalizador. 2°) En relación con el primero (que pone el acento en el carácter total de la vida social), la enunciación de aquellos factores que esclarecen las razones históricas que favorecen la resistencia y el mantenimiento de los grupos sociales a través de una relación dialéctica entre las clases sociales dominantes y las clases sociales dominadas, esto es el conflicto de clases.

Para esta corriente, la clase social no se define por las características singulares de cada sujeto (como serían por ejemplo: rico, pobre, tonto, inteligente, etc.) sino que advierte que para poder definir clase social es preciso tener en cuenta dos factores que dependen uno de otro sin ser rigurosamente idénticos: 1) la función que ocupa cada sujeto en el proceso de producción; y 2) las relaciones sociales con las otras clases.

Subrayamos el hecho de que cada clase social tiene su visión del mundo y una ideología, por lo tanto, que las lleva a la acción. Esta acción será: 1) a favor del mantenimiento del orden conservado (conservadora o reaccionaria), ya sea como reacción violenta contra toda posibilidad de cambio o tratando de modificar algunas cosas o partes para que no cambie la totalidad (desarrollismo y reformismo), 2) en resistencia a mantener el orden conservado o sea la acción revolucionaria que exige el cambio sin concesiones. Por tanto, habrá una ideología del proletariado y una ideología burguesa y también un modelo de pensamiento proletario y modelo de pensamiento burgués y por último un poder, una fuerza proletaria y un poder, una fuerza burguesa.

Estos conceptos empalman con aquellos que expresa Rozitchner en “Los niveles de la experiencia” (constitución de lo racional en lo sensible) mostrando cómo se constituyen en el hombre los diversos planos que lo llevan desde su ser individual hasta poder acceder al plano cultural y abrirse a la comunicación con los demás hombres. Señala asimismo “cómo el hombre se hace hombre al surgir en una cultura. Cómo se constituye en él este acceso y cómo pasa de lo individual a lo universal, es decir, cómo accede de la sensibilidad muda a la palabra, cómo se sigue produciendo en él –en el plano estrictamente individual- el pasaje de la naturaleza a la cultura”.

Otros conceptos significativos para estas hipótesis: “Decir ‘uno’ equivale a decir ‘todos’, cada uno es ejemplar respecto de los otros, por tanto los contiene a todos. El problema es el siguiente: poner de relieve que este individuo particularizado que es una persona y que en tanto persona sensible se convierte en tal acentuando su separación del resto sólo podrá ser persona verdadera y recuperarse si se pone de relieve e incorpora en su propio proceso vital y en forma conciente la relación con el resto de los hombres, con la totalidad de los procesos que en los diversos niveles históricos, hicieron posible su existencia.

Quiere decir que nuestra existencia, nuestra propia existencia se define como existiendo al mismo tiempo y en coordinación con las otras existencias y fenómenos que están sucediendo al mismo tiempo que se desarrolla nuestra propia vida, lejos de nuestra propia vista. En el momento en que yo digo ahora este ahora es un ahora para una totalidad de individuos que forman parte del aquí humano universal, que existe por lo tanto en la tierra.

Pero esta simultaneidad se apoya en un continuo material antes mencionado y señala la existencia necesaria de una relación, no forzosamente conciente pero básicamente dada en la realidad por formar parte todos nosotros de esta totalidad material. Tomar conciencia de lo que permanece inconsciente, ignorado, significa saberse formando parte de ese todo material y humano. Quiere esto decir que aún un individuo que realiza su experiencia personal y limitada a las relaciones cercanas, íntimas, próximas, aquellas hasta las cuales se prolonga su posibilidad sin otro esfuerzo, de hecho, forma parte de una totalidad dada aunque no lo reconozca y que le proporciona su propia significación y lo sitúa en su verdad. Ese plano puede descubrirlo como propio porque los otros hombres pueden anunciárselo, con sus acciones, con su riqueza, con su sufrimiento. Puesto que no sólo existen sino establecen relaciones de un punto a otro, relaciones de comunicación de bienes, como en la economía o meramente de mensajes que la palabra vehicula”.

Con estos conceptos filosóficos de base y con la ayuda de bibliografía psicológica comprometida (Politzer, Wallon) y los diálogos mantenidos con compañeros interesados en este tema, intenté abordar el problema de las representaciones –a nivel clínico psicológico y evolutivo- que los sentimientos de pertenencia (preocupación o despreocupación) de la totalidad confieren a cada ser humano, tomando como eje los actos de solidaridad, indiferencia o desprecio con que cada persona es capaz de reaccionar frente al drama que la injusticia social desenvuelve cotidianamente a través de la relación entre explotadores y explotados.

De esta manera, estoy tratando de elaborar una respuesta al criterio de competencia social que plantea Gladwin, oponiéndole a su modelo de “éxito” social basado en la rivalidad individual, un modelo de “éxito” basado en la responsabilidad social. Partiremos de la idea que, así como pensamos que la rivalidad individual puede estar reprimida y por lo tanto capaz de llegar a “desbloquearse”, también la responsabilidad social puede estar reprimida y por ello capaz de ser “desbloqueada”.

Cuando digo responsabilidad social quiero expresar concretamente esto (para nuestro medio): Los sentimientos, pensamientos y acciones que demuestran, en mayor o menor grado, que un sujeto es capaz de identificarse con los intereses de su clase (si se trata de un proletario, perteneciente a la clase oprimida) o con los intereses de la otra clase (si se trata de un burgués, perteneciente a la clase opresora). Creo que sólo la liberación social puede garantizar el valor positivo de la “liberación” de los impulsos reprimidos (“hambre sexual o sed de sangre”) y a ella subordinaremos por lo tanto el escenario en que se desarrolla dicha madurez.

Por otra parte, dicha madurez sólo comienza en el momento en que el “desbloqueo” de la rivalidad individual no significa el “bloqueo” complementario de la responsabilidad social, sino que por el contrario, la acrecienta. Y esa madurez en que se acrecienta la responsabilidad social del hombre es a la que llamaremos “competencia social”.

En un enfoque psicodinámico, podríamos partir, para enriquecer la comprensión de este fenómeno, desde un instrumento clave para el pensar psicoanalítico, las vicisitudes del vínculo interhumano en las relaciones de objeto (S. Freud, M. Klein, Fairban, Bion).

Quiero señalar las particularidades que pueden aflorar de dichas vicisitudes cuando las seguimos a la luz de los conocimientos psicoanalíticos sobre depresión y elaboración de los duelos.

Finalmente propondré examinar una quinta variedad que relacionaría algunos elementos que hemos venido viendo hasta el momento. Esto es:

5) La depresión de la posición depresiva madura

Podríamos retomar el camino evolutivo que sigue el niño luego de haber alcanzado la posición depresiva infantil que mencionamos anteriormente.

Ese niño (de nuestro país, por ejemplo) que al relacionarse más allá de las puertas de su casa (el barrio, el jardín de infantes, la escuela, etc.) empieza a vislumbrar que a ese mundo cercano, el de su alteridad inmediata, corresponde agregar otro mundo de relación más lejano, el de su alteridad mediata. Y comienza a enterarse del presente de su realidad, advirtiendo que en ese mundo externo aparecen por una parte personas de su misma condición y posibilidades y, por otra, personas y posibilidades distintas. A pesar de los señalamientos “pros” de quienes se encargan de su aprendizaje, enseñándole que todos los seres humanos son iguales y tienen los mismos derechos, pronto descubre que no sólo esto no es así sino que a los principios de bondad, justicia y generosidad que se le ordenan “espiritualmente” se opone una contradictoria realidad “material” que lo estimula permanentemente hacia “un éxito” (como diría Gladwin) que sólo se le vuelve accesible en la medida en que anestesie dichos “imperativos espirituales”.

Se entera también a lo largo de su vida escolar, del pasado lejano en que muchos argentinos dieron su vida, por ejemplo, por no dejar someter nuestra soberanía a ningún imperio (aunque no entienda por qué en la actualidad hay que aprender inglés “para ser alguien en la vida”). En una palabra, va desarrollando (pubertad, adolescencia) un tipo de relación frente a esta alteridad mediata, que puede tener manifiesta y explícita o inconsciente y reprimida y cuya aceptación o rechazo configura su estilo de vida, su orientación vocacional hacia el futuro. Sintetizando entonces, se ha ido conformando un vínculo triangular en las relaciones del Sujeto (YO) con el mundo (Otros cercanos y lejanos) diferente del triángulo de la posición depresiva infantil. Trataremos aquí de diagramar las dos situaciones triangulares básicas (la de las posiciones depresivas, la infantil y madura).

Situación triangular de la Posición Depresiva Infantil

Depresión correspondiente a las conductas de acción reparadora; capacidad de penar por el yo el vínculo con los otros cercanos.

Objeto madre Otros Cercanos

Sujeto

Objeto padre alteridad inmediata

(otros familiares)

Situación triangular de la Posición Depresiva Madura

Depresión correspondiente a las conductas de acción reparadora, capacidad de pensar por el yo y el vínculo con los otros cercanos y lejanos

Otros cercanos (alteridad inmediata)

Sujeto

(Yo) Narcisismo Terciario

Otros lejanos (alteridad mediata)

Si pensamos que la madurez es el estado por el cual toda persona es capaz de penar y asumir actitudes reparadoras, no sólo por sí misma sino también por el objeto de su relación humana (penar por el yo, por el objeto, por el vínculo que lo une a él). Podemos convenir que sólo el penar de la alteridad combinada (inmediata y mediata) garantiza la superación del narcisismo. Sería conveniente reconsiderar críticamente el concepto de narcisismo con que tanto ha trabajado el pensamiento científico psicoanalítico, sin haber podido hasta ahora encontrar soluciones satisfactorias para todos sus adeptos.

A mi entender, gran parte de las dificultades de esclarecimiento del concepto de narcisismo proviene de una óptica distorsionada por la dirección unilateral en que suele leerse la relación de objeto a través de la teoría psicoanalítica. Diversos “ismos” peligrosamente fragmentadores de la totalidad : individualismo, instintivismo, reduccionismo, mentalismo) –se han ido consolidando en dicha teoría con el tiempo, dificultando cada vez más al científico social en su tarea de correlacionar la parte con el todo y el todo con las partes de la realidad que pretende interpretar.

A la luz del esquema de alteridades que hemos propuesto, los estudios del narcisismo primario y secundario caracterizados por el apego libidinoso al propio yo o el revestimiento libidinoso de otra persona a la que se identifica con uno mismo (por proyección en ella del propio yo) sólo serían el prólogo de un tercer estadio, que podría denominarse narcisismo terciario y en el cual el revestimiento libidinoso que liga al sujeto con los objetos de su acción se extiende exclusivamente hasta los grupos cercanos, inmediatos a los que cada sujeto identifica con su propio yo (por proyección) dejando de lado (propio del egoísmo narcisístico) otros intereses que los que lo llevan a preocuparse por las satisfacciones materiales de su propia supervivencia. O sea, independientemente de lo que esto signifique para los que siente ajenos a él.

Por eso pienso, que fuera de la infancia, ya no podemos llamar madurez al estadio por el cual yo soy capaz de preocuparme no sólo por mí sino también por mis objetos libidinosos de identificación, mis objetos cercanos de interés, “mi núcleo” independientemente de lo que suceda con mis objetos lejanos, mediatos, especialmente de aquellos por cuyas privaciones no me siento responsable. Si así fuera estaríamos llamándole final a lo que sólo es un principio de la evolución. Estaríamos llamando alteridad, en un adulto, sólo a la capacidad microscópica y parcial de las relaciones humanas de objeto (alteridad inmediata). Algo así como pretender que el final del camino hacia la madurez de un adulto alcance, como ideal, el mismo nivel a que el bebé ha llegado en su máximo desarrollo (preocupación por su mundo inmediato).

Tomamos aquí algunos elementos kleinianos, necesarios de recordar. “Las fantasías relacionadas con la importantísima cuestión de los objetos ‘totales’ en contraste con los objetos que están desplazados, arruinados, devastados, etc., son de la mayor importancia en la práctica analítica. Las más difíciles resistencias conectadas con la más profunda desesperación y depresión se centran en este punto. El temprano reconocimiento de que las personas pueden y deben ser ‘totales’ y el deseo de que todos los objetos no estén estropeados y sean ‘perfectos’ conduce a las mayores ansiedades porque la propia agresión pueda dañarlos y volverlos a reducir a pedazos”.

“Por ello, es de la mayor importancia para el desarrollo, el grado de éxito de la internalización completa de objetos totales. Cuando todas las partes perceptibles de la madre (rostro, pecho, etc.) se las integra en una percepción total de madre como objeto real, que existe indivisible y en la realidad, surgen entonces los sentimientos de amor como diferentes de las egoístas necesidad sensuales. De modo que los sentimientos de amor producen la diferencia esencial entre las relaciones de objeto parcial y total”… Sin embargo, la completa capacidad de amor contiene muchos elementos y no es un simple fenómeno primario y como sabemos, bastante a menudo no se alcanza satisfactoriamente. El amor a un objeto implica la capacidad de soportar cierto dolor o pérdida por el bien del objeto –esto es, por amor- sin extraer uno mismo ninguna recompensa inmediata o concreta. La más simple y temprana forma de amor es sin duda el deseo del bebé de redescubrir su propia felicidad otra vez, en el mundo externo”…

Estos tempranos y simples deseos impulsos de hacer bien a otros se entralazan desde entonces en la red de relaciones objetales libidinosas y contribuyen al desarrollo de la ansiedad y preocupación por el bienestar y felicidad de los seres queridos, tanto internos como externos (miedo de su destrucción)” … “Identificaciones con figuras paternas existen en todos los niveles de desarrollo, desde la identificación narcisística primaria hasta el amor objetal pleno; esta última no puede ser alcanzada hasta que se establezca un superyó “consolidado” (Freud). Entonces lo que distingue el primer tipo de identificación del segundo, es la capacidad de renunciar a un impulso instintivo en pro del objeto”… Un desarrollo normal y un superyó plenamente desarrollado implican la capacidad de tolerar el dolor de verdaderos sentimientos de culpa y la habilidad de hacer sacrificios reales para compensar y reparar a los otros … y puede entonces renunciarse a los impulsos egoístas que suscitan conflictos o modificarlos y adaptarlos para fines valiosos”.

Estos conceptos en los que trata de mostrarse que las condiciones internas (sensaciones, sentimientos) son los precursores más tempranos de las relaciones objetales y que por otra parte tratan de señalar el papel central que juegan el reconocimiento de los sentimientos de culpa para el desarrollo de las fantasías y conductas de reparación, pueden ser retomados precisamente para subrayar nuestra hipótesis de narcisismo terciario, estado en que vulgarmente se denomina “madurez” sólo a las relaciones responsables (y por lo tanto de objeto total) del sujeto con su mundo inmediato (objetos de satisfacción de sus necesidades sensuales primarias).

Estas relaciones de objeto, inscriptas en el contexto total de las relaciones humanas se visualizan como parciales e incompletas, no serían entonces, más que otra forma “crecida” del narcisismo pues sólo sería legítimo hablar (en un adulto al menos) de posibilidades de relación completa de objeto total cuando el sujeto toma conciencia de su relación libidinosa con todos los objetos humanos (y no con una parte de los mismos).

Desde estas consideraciones repetimos entonces que el tomar como punto de referencia al alcance y equilibrio de la posición depresiva infantil, para medir el punto máximo de salud en un adulto, dependería de una visión que considera relación de objeto madura a algo que –de acuerdo a lo visto- sigue siendo narcisismo por conservar aún todas las características propias de este estadio y este malentendido, a mi entender provendría de considerar que la relación con la totalidad (mundo o alteridad mediata) es un logro evolutivo de algo que el sujeto nunca ha poseído inicialmente, en lugar de considerárselo como una recuperación de un bien que le pertenece a su ser desalineado y ocultado desde su mismo nacimiento.

Creo que este equívoco de considerar que la adquisición de conciencia preocupada por la totalidad (que caracteriza en parte a la alteridad) sería un logro evolutivo, nos ha llevado muchas veces a pensar (presionados por nuestras propias restricciones burguesas) que esto sólo sería posible –en lo que corresponde al campo de la psicoterapia- luego de mucho tiempo (y sólo en algunos pacientes) de haber analizado y superado los conflictos que soporta el paciente como producto de sus necesidades narcisísticas; conflictos que generan en el paciente y en el terapeuta la obligación de jerarquizar la solución de los mismos antes que ninguna otra cosa puesto que son, elementalmente, el motivo de consulta y la causa fundamental del vínculo terapeuta-paciente.

Es decir, que aún aceptando la posibilidad de incorporar la responsabilidad social en el curso del quehacer psicoterapéutico (gracias a las exigencias con que la fidelidad ideológica revolucionaria reclama al psicoterapeuta), este plano sólo parecería adecuado en “timing” (como se dice) cuando el paciente lo ofrece directamente como objeto de preocupación o cuando ya ha logrado superar todos los demás conflictos que lo trajeron al tratamiento, menos ése.

Esta actitud procedente como hemos dicho ya la ética científica en la que hemos sido “formados y deformados” y que apela a la lógica del sentido común que ordena partir exclusivamente de los objetivos que llevan al paciente al tratamiento, no sólo ha sido avalada por la absoluta ignorancia en que permanecemos para poder realizar las correlaciones conceptuales (racionales, comprensibles y transmisibles) entre el sufrimiento que provee la alienación social y el sufrimiento que provocan los síntomas neuróticos, sino que también nos ha llevado a un compromiso moral de no violar las normas básicas de respeto y consideración por la ideología y sistema de valores con que cada uno de nuestros pacientes ha llegado al tratamiento. Hacer otra cosa parecería desconsiderado e inmoral y de no parecerlo, como dije, sólo encontraría su cabida en la recta final de un largo recorrido (el camino psicoterapéutico).

Naturalmente al aceptar dichas reglas, de hecho, estaríamos certificando la absoluta imposibilidad de incluir la depresión madura y la responsabilidad social en el marco de las psicoterapias de duración limitada y de todos los procesos correctores de corta duración en los que el psicoterapeuta no tendría el tiempo material (salvo ocasionalmente) de incluir esta visión en sus tratamientos. Así las psicoterapias breves (y como dijimos por tanto, las populares) estarían también condenadas a tener que referirse a ciertos planos de urgencia de síntomas sufriendo la “amputación ideológica” dentro de su teoría y su técnica y dejando este nivel como posibilidad de los tratamientos prolongados y por tanto como privilegio de cierto sector de la población (“la gente como uno”).

Todo esto, también es avalado seguramente por las particulares interpretaciones “evolucionistas” que puedan hacerse a todos los esquemas donde el compromiso social aparezca como un logro de la madurez (incluyendo el esquema que presento en este trabajo) y que pueden fomentar la ilusión de comprender que sólo la evolución psíquica permitiría el pasaje en cada paciente, de una conciencia individual a una conciencia social, negando el papel el papel absolutamente preponderante que los avatares de la realidad externa y la participación política juegan en las posibilidades de elevación de conciencia de cada sujeto por una parte y que quizá sólo en la medida en la que se “desbloquea” su responsabilidad social el sujeto accede a la madurez (y no a la inversa)

Por eso creo necesario recalcar mi opinión de que deberíamos dirigirnos hacia esa posibilidad de aumento del nivel cualitativo de conciencia más que al pensamiento de transformación cuantitativa de la misma. Una cosa es pensar que los padecimientos mentales se dinamizan en actitudes regresivas que reactualizan las fijaciones infantiles del adulto y otra cosa es tratar al paciente como un niño cuya conciencia, al igual que su estatura corporal, sólo podrá elevarse con el pasar de los años terapéuticos. Cómo hacerlo es nuestra incógnita aún en el campo de posibilidades que brinda la psicoterapia para un terapeuta revolucionario. Posibilidades que se limitan permanentemente como en toda ciencia nacional, por el grado de permiso que le confiera el colonialismo científico.

Posibilidades que se terminan precisamente en donde comienzan a funcionar las reglas de acción que indica la militancia política revolucionaria. Como ejemplo: el hecho que se pueda acceder desde la psicoterapia a la responsabilidad social y su correspondiente compromiso militante no autoriza a que ciertos problemas como ser las estrategias, tácticas y técnicas que el militante ha de emplear en su práctica revolucionaria sean analizados en el consultorio sino en la organización política de donde provienen y desde donde por razones obvias de seguridad no deben salir. Ésta es la ética profesional que contraponemos a la ética tradicional y burguesa. Éste es el respeto ideológico que sí conservamos y oponemos al abstencionismo moral de las corrientes liberales.

Es sólo en la medida que el sujeto es capaz de tomar conciencia de su pertenencia mutua a la totalidad que la alteridad mediata comienza a constituirse. Y este proceso sólo podría expresarse en su forma más elemental, a mi entender, en la medida en que sea capaz no sólo de identificar como propios los objetos de su interés sino también de reconocerse en los intereses de clase de todos aquellos que hasta ahora han vivido como ajenos (identificación con los intereses de la clase proletaria, tanto para quienes pertenecen a la burguesía como al proletariado).

Sería interesante ver si pueden, en este sentido, enriquecerse los habituales “universales” psicológicos como, por ejemplo, el impulso parricida del hijo, por el deseo de absoluta posesión de la madre. Y no sólo para saber qué variantes asumirían en sociedades donde el sistema no se funda en los “inalienables derechos a la propiedad privada” sino en nuestro propio campo de trabajo profesional. Recuerdo aquí los típicos e interminables reproches del paciente adolescente que se subleva e impugna con resentimiento las costumbres burguesas de sus padres; o los angustiantes recuerdos de aquellos pacientes adultos que no perdonan el haberse sentido abandonados por padres que sólo le dieron “dinero y cuidados materiales, pero nunca comprensión, interés o cariño”.

En fin, ese tipo de paciente no podrá salirse del círculo vicioso de la queja crítica contra sus padres porque, a mi entender, no está leyendo la realidad de su relación con los padres, como parte de un todo que le vuelva si no justificable por lo menos comprensible. Es decir, la deformación que constituye, para los tipos de pacientes que he citado como ejemplo, el considerar esas “abominables taras burguesas” que tiene o tuvo que soportar en el sistema de su hogar (la pasión por el dinero, el cuidado del “qué dirán”, la competencia envidiosa por ver “quién tiene más”, etc.) son un efecto de las personalidades rígidas de sus padres sin poder comprender que la rigidez y todo lo generalmente censurable de sus padres son un efecto abominable del sistema burgués (que es ante quién le corresponde verdaderamente rebelarse).

Por otra parte, de no reconocerlo, seguramente pasarán el resto de sus días haciendo la “revolución anti-burguesa” dentro de su familia de origen o, si aún allí no se atreven, intentarán hacerlo en su matrimonio, dentro de su lugar de trabajo, o con sus allegados y en fin, hasta donde se lo permitan los barrotes de su alteridad inmediata.

Para no extenderme mucho más sólo menciono otros dos ejemplos con efecto parecido aunque vistos desde otro ángulo: El rencor infantil e irreversible del hijo frente a la melancolía brutal y alcoholizada de su padre obrero guardará la fuerza de su odio y su violencia para el recuerdo de las debilidades de su padre, o para desarrollar una campaña moral en la lucha contra el vicio, en lugar de explotar contra los vicios que imponen las brutalidades del sistema.

O el padre campesino de “m´ hijo del doctor” de Florencio Sánchez, que abandona a su hijo en brazos de la burguesía para que ésta lo adopte y lo eduque y después, ante el reniego de su hijo se siente un fracaso como padre e injustamente abandonado a “su destino”.

Retomando la situación triangular que caracteriza a la posición depresiva madura (penar por el yo, por los objetos cercanos y por los objetos lejanos) que esquematizamos anteriormente, quiero recalcar que la misma no sólo es accesible en la medida que se asumen ambas alteridades. La asunción de una alteridad en forma tal que excluya la otra, puede interpretarse como incompleta. Dichas relaciones binarias (YO y cercanos excluyendo a los lejanos o yo y lejanos excluyendo a los cercanos) representan una forma regresiva frente a la ansiedad que genera y que caracteriza la depresión madura.

Un ejemplo de la exclusión o desinterés por lo mediato estaría en el típico paciente que llega a obtener logros económicos y profesionales, equilibrio de sus relaciones familiares, vida higiénica en cuanto a sus desahogos instintivos (desbloqueo de la agresión y de la sexualidad) y que no ha llegado a tomar conciencia de la relación que existe entre sus logros, su felicidad y los fracasos, los despojos y la infelicidad de los otros seres humanos que no participan de sus éxitos.

Un ejemplo típico de exclusión o desinterés por lo inmediato estaría dado en aquellos pacientes que dedican todas las horas de su vida al servicio de la humanidad excluyendo todo interés o preocupación por sus personas más cercanas (ciertos “activistas” que martirizan a sus familiares en “aras” de la ciencia o de la militancia política).

Alguna vez se me preguntó si desde ese punto de vista, el Che Guevara podría ser considerado un narcisista, ya que en aras de la revolución se alejó de sus familiares. Creo que en la respuesta es esta pregunta cada lector podrá encontrarse con su verdadera ideología pues sabemos que el “preocuparse por los otros” tiene una connotación bien distinta para la tabla de valores con que califica la moral burguesa que la tabla de valores con que califica la moral revolucionaria.

Por otra parte y en la práctica cotidiana sería ilusorio reducir al término “abandono” por ejemplo, a las emociones “standard” que provocaría en el hijo el alejamiento de uno de los padres. Algo así como reducir al término “traumatismo psíquico” a los efectos que en dos niños distintos puede producir la misma variable. No es la misma naturaleza la ausencia de un padre estafador que se ha fugado al extranjero.

En resumen y para terminar con este punto (eficacia de la psicoterapia) recordamos que las posibilidades de curación de los pacientes se encuentran permanentemente relativizadas por la ideología dominante del sistema. Sin embargo es posible “pelearle” a éste la redefinición de sus puntos de referencia (como hemos visto con el criterio de competencia social) oponiéndose así y en este campo a las argucias técnicas con que el imperialismo consolida su penetración. Estas posibilidades, abren un amplio campo de conocimientos, que al psicoterapeuta puede ser instrumentar en su consultorio o fuera de él a favor (y no en contra) del proceso revolucionario nacional.

http://www.lawebdelcpo.com.ar/responsabilidad.htm

* Publicado en Cuadernos de Psicología Concreta N°1, Buenos Aires 1969.

Responsabilidad social del terapeuta.

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