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El rol del psicólogo en la Argentina en los 70's

Publicado por Julio Del Cueto activado 15 Julio 2016

El rol del psicólogo en la Argentina en los 70's

Algunas polémicas en torno al rol del psicólogo en Argentina hacia los años setenta*

Julio Del Cueto, Hernán Scholten

En el año 1973 se publica un volumen que recopila escritos de autores diversos bajo el título El rol del psicólogo. En su mayor parte se trata de producciones de profesionales pertenecientes a lo que se denomina la segunda generación de psicólogos egresados de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

No es la primera oportunidad en que esta temática una temática que se instauró paralelamente[1] a la creación de la carrera de Psicología era el objeto central de una publicación. De hecho, el problema del rol del psicólogo fue en diversas universidades de nuestro país en la segunda mitad de la década del cincuenta.

En esta exposición nos proponemos examinar algunas de las concepciones y polémicas que se entablaron en relación con la definición del rol del psicólogo a partir de mediados de la década del sesenta. Focalizaremos nuestro análisis en los números iniciales de las primeras revistas dirigidas por psicólogos, los Cuadernos de Psicología Concreta y la Revista Argentina de Psicología, que comenzaron a publicarse a partir de año 1969. A diferencia de otras indagaciones históricas más o menos recientes, nos interesa destacar especialmente la inserción de los propios psicólogos en un debate que hasta ese momento monopolizaban profesionales provenientes de otros ámbitos.

En función de la temática que nos proponemos analizar, se vuelve imprescindible hacer al menos una breve referencia a la obra de José Bleger, no solo en relación con su aporte a la apertura de un espacio de intervención profesional para el psicólogo sino también en relación con la definición del objeto de la psicología a partir de su enseñanza en la Universidad de Buenos Aires y de escritos tales como Psicología de la conducta (1963) y Psicohigiene y psicología institucional (1966).

Los alcances sociales de la psicología y la función social del psicólogo constituyeron preocupaciones permanentes en la enseñanza de Bleger. Es así que introduce el término “psicohigiene” para explicitar las tareas que, según su punto de vista, son de exclusiva competencia para el psicólogo. Si bien reconoce que los campos en los que el psicólogo puede intervenir como profesional capacitado son muy variados, entre ellos la psicoterapia, no obstante le asigna un lugar privilegiado a la orientación de su rol hacia la salud pública, pensada en términos de psicoprofilaxis.

De allí la relevancia especial que adquiere la psicohigiene, que consiste en la “utilización de recursos (conocimientos y técnicas) psicológicos para mejorar y promover la salud de la población (y no solo evitar enfermedades)...” (Bleger, 1966: 185)

Este campo de intervención que se abre para el psicólogo contrasta con el rol estrictamente asistencial que se le asigna al psicoanalista. Por otro lado, sostiene Bleger, siendo el psicoanálisis un método terapéutico individual cuyo campo específico de intervención es la enfermedad mental, es claro que su valor social se haya sumamente limitado. No obstante, y en tanto método de investigación, puede brindar valiosos conocimientos que, enseñados correctamente a los psicólogos proveerán a estos de los instrumentos adecuados para

comprender el comportamiento de los seres humanos en la vida cotidiana [...] comprender las motivaciones inconscientes, reconocer los conflictos, los mecanismos de defensa y las ansiedades, y que puedan operar según esa comprensión con técnicas y procedimientos psicológicos (Bleger, 1966: 186)

En otras palabras la formación del psicólogo deberá, para Bleger, incluir el aprendizaje de un “psicoanálisis operativo” el cual será una herramienta fundamental para su intervención en la comunidad en el área de la prevención de la enfermedad y la promoción de la salud.

Estas definiciones blegerianas parecen haber sido aceptadas por gran parte de la primera generación de psicólogos y no haber despertado críticas relevantes al menos hasta finales de la década del sesenta, momento en que los propios psicólogos comenzarán a producir un abundante material sobre este tópico, por lo demás la diversidad de posiciones -en su mayor parte con el común denominador de oponerse al canon blegeriano- empezarán a ponerse de relieve.

Una de las primeras publicaciones en que se evidencia un intento de reflexionar acerca del rol del psicólogo desde una perspectiva diferente a la que había establecido Bleger es en Cuadernos de psicología concreta: allí toma particular notoriedad, para pensar este tópico, la cuestión del “compromiso social” del psicólogo. Si bien se trata de un tema recurrente en los cuatro números de la revista, solo hay dos artículos que lo abordan exclusivamente. Uno de ellos, “Responsabilidad social del psicoterapeuta” de Hernán Kesselman, se publica en sus dos primeros números.

El autor aventura allí “algunas hipótesis para comenzar a pensar sobre los fundamentos ideológicos del terapeuta”. Respecto de este artículo nos interesa destacar dos cuestiones esenciales: en primer lugar, el hecho de que el autor no era licenciado en psicología sino un destacado médico-psiquiatra que formaba parte de la Asociación Psicoanalítica Argentina y que ya para ese momento había participado en la fundación del grupo Plataforma Internacional, que conformaba una franja crítica en el interior de la propia International Psychoanalytical Association.

En segundo lugar, estimamos importante resaltar el hecho de que se le otorgue un lugar al problema de la psicoterapia en una revista dirigida por psicólogos, quienes en virtud de la ley 17.132 no podían ejercerla -aunque es ampliamente conocido que esta restricción legal no impedirá que la actividad de los psicólogos se oriente casi exclusivamente en esa dirección ya desde el egreso de las primeras camadas a comienzos de la década del sesenta.

Hernán Kesselman comienza preguntándose en que medida inciden en la teoría y la técnica de trabajo del psicoterapeuta la filiación ideológica y el compromiso político con el sistema social, y “por lo tanto en que medida su tarea profesional contribuye a mantenerlo o a combatirlo”.

Según el autor, este problema habría sido abordado desde dos posiciones “puristas” que a pesar de ser contradictorias entre si se sostienen en la misma premisa: “Lo social y lo político están mas allá del campo y posibilidades de acción estrictamente profesional del psicoterapeuta”

La primera de estas posiciones, a la que Kesselman denomina criterio cientificista de objetividad, sostiene la necesidad de que el psicoterapeuta mantenga la neutralidad valorativa, dejando, por lo tanto, fuera de su campo de observación toda referencia a la realidad político-social. La critica de Kesselman a este criterio es terminante: en la medida en que el terapeuta se abstiene de todo compromiso ideológico político en su campo profesional no hace mas que convertirse en cómplice del status quo y contribuir a su mantenimiento.

Una segunda posición rechaza de plano cualquier teoría y técnica psicológica originada en un sistema político burgués. Como resultado de este criterio purista, señala Kesselman, muchos psicoterapeutas se han visto en la necesidad de defender teorías y técnicas psicológicas obsoletas e inadecuadas pero “no contaminadas por la burguesía”.

En conclusión, los profesionales de la salud, han sido víctimas de una falsa opción al tener que elegir entre una “mutilación profesional” o una “aceptación resignada”, dado que cualquiera de ellas produce una vida profesional disociada y contradictoria.

Ahora bien, en la medida en que el campo profesional es solo una parte subordinada del contexto social, el alcance de los efectos del ejercicio profesional sobre la sociedad es limitado. Es decir que el psicoterapeuta no se convierte en “agente de cambio social” a través de su practica profesional[2]. No obstante, su compromiso ideológico político

debería traducirse en una teoría de la enfermedad, un criterio de salud y una modalidad de interpretación técnica de la realidad que respondan y no se contradigan con aquellos que le dicta su ideología. (Kesselman, 1969:57)

Poco tiempo después, aún antes de la publicación de la parte final del artículo de Kesselman, Carlos Sastre le realizará una minuciosa crítica en el primer número de la Revista Argentina de Psicología.

El comentario de Sastre –licenciado en psicología y miembro del comité de redacción de esta revista- presenta una clara inspiración en la epistemología althusseriana, sobre todo en su propuesta de una “lectura sintomática”[3], en tanto se propone problematizar aquello que una primera lectura suele pasar por alto.

Por ejemplo, el hecho de plantear la necesidad de una “psicoterapia eficaz, popular, nacional e idónea” podría, en una lectura superficial, remitir al planteo de un “vínculo entre quehacer terapéutico e ideología nacional y popular” (Sastre, 1969:89) pero de esta manera, sostiene el autor, se perdería de vista la existencia de una yuxtaposición de términos heterogéneos “trasladados” desde diversos campos semánticos y cuya implicación es necesario fundamentar teóricamente[4].

El análisis, a partir de esta segunda lectura, de la referida yuxtaposición de términos cuyo nexo no sería esclarecido teóricamente por Kesselman, lleva al autor a formular la siguiente conclusión respecto de las propuestas presentadas en “La responsabilidad social del psicoterapeuta”:

Así, la lucha nacional de nuestro pueblo se vería expresada en el campo de la psicología por el desarrollo de teorías y técnicas locales de consumo masivo, lo cual no es garantía de verdad alguna por cuanto hay demasiadas cosas de producción local y consumo masivo que no la contienen. (Ibídem)

El apresuramiento, según Sastre característico de un importante sector de la izquierda, con el que Kesselman ha establecido “el nexo entre ideología nacional y popular y quehacer científico” lo ha llevado a considerar muy ligeramente una relación que constituiría un serio problema teórico.

Habría en Kesselman “una cierta idealización pequeño-burguesa de la tarea intelectual” que lleva a concebirla como potencial transformadora del sistema social a partir de la inclusión del nivel de análisis ideológico; habría una confusa filosofía de la totalidad que, aplicada al ámbito de la sociedad, lleva a identificar las partes con el todo social homogéneo –la idea de que cada hombre es ejemplo de la totalidad social, el sujeto como “ligado libidinalmente a todos los objetos humanos” – y que se contradice con la teoría marxista de la lucha de clases; habría también una oscilación entre el subjetivismo perspectivista y el realismo ingenuo; y, finalmente, habría un pensamiento apriorístico y moralista que introduce mitos –como el establecimiento de una relación entre patología y clase social o la figura de los padres burgueses insensibles y los padres obreros borrachos y golpeadores– bajo el ropaje del conocimiento científico.

Según Sastre, la problemática crucial planteada en “La responsabilidad social del psicoterapeuta” es resuelta incorrectamente: si bien resulta valioso pensar en estos temas es necesario hacerlo de otra forma y, en todo caso, interesa rescatar la ruptura con la técnica analítica tradicional en nuestro país en la que su autor ha participado y que constituye, para Sastre, el plano en que Kesselman es verdaderamente revolucionario, en el sentido de que “rompe con la cultura establecida”.

En este mismo número de la Revista Argentina de Psicología, Juana Danis publica un articulo que parece poner de manifiesto “las contradicciones del grupo profesional” a cargo de la edición de dicha revista.

“El psicólogo y el psicoanálisis” se dirige explícitamente a quienes “buscan su identidad de psicólogos en una modalidad de trabajo profesional” que no implique un rechazo del psicoanálisis ni tampoco una indiferenciación entre psicólogo y psicoanalista.

Siguiendo una veta de neto cuño blegeriano, la autora se propone presentar una clara distinción entre psicólogo y psicoanalista en lo que se refiere a su ámbito y modo de intervención y a su lugar diferencial en la división social del trabajo.

En un momento en que, según Danis, comienzan a tomar un notorio relieve la dinámica social y la interrelación humana, se introducen cambios en el campo laboral que obligan al psicólogo a dejar su rol de testista y “a asumir un nuevo rol social distinto al del psicoanalista y distinto al del psiquiatra”. La investigación de graves perturbaciones de la personalidad (psiquiatría) o la investigación del inconsciente (psicoanálisis) no serán su “principal misión” pero “tampoco las excluirá de su esfera”.

La esencia profesional del psicólogo es la psicoprofilaxis, es la higiene mental y “es más que eso”, afirma la autora: el psicólogo es engendrado, se desarrolla y lucha con el fin de “estar en todos los lugares donde se necesita del especialista que sabe asistir los momentos de cambio”. Y si bien tanto el psicoanalista como el psiquiatra ponen su atención en los cambios, el encuadre del psicólogo será más amplio y flexible y será necesario que su disponibilidad o accesibilidad sean mayores a la de sus colegas de otras profesiones puesto que su tarea es la de ser “partero de los cambios de la comunidad en que vive”. En este sentido, su ámbito de intervención lo acerca más a las tareas del sociólogo y del antropólogo que a la del psicoanalista, si bien el psicólogo cuenta con los conocimientos psicoanalíticos dentro de su “bagaje instrumental”.

Por su parte, e inscribiéndose en una posición que lo ubicaría “en la entraña misma del pensamiento y el quehacer científico contemporáneo”, Roberto Harari se propone profundizar la problemática propuesta en el artículo de Juana Danis –aunque más no fuese, afirma el autor, en su título.

En efecto, a partir de una combinación de referentes teóricos que, vista desde el presente, podría ser considerada como ecléctica –Foucault, Lévi-Strauss, Althusser y Lacan son conciliados con Politzer, Sartre y Wallon- se trata aquí de poner de relieve la fundamental importancia de la teoría y la construcción de los conceptos científicos por sobre los aspectos técnicos o prácticos, de la ciencia por sobre la profesión.

Partiendo de la bibliografía freudiana se define al psicoanálisis como una teoría, terapia y método de investigación, el autor argumenta que se trata de un “significante que no denota «per se» profesión alguna” sino que refiere a “una parte de la psicología, ni siquiera de la psicología de los procesos mórbidos, sin simplemente una psicología a secas”. En este sentido, su aplicación al campo de la medicina o de la clínica no debe engendrar confusiones a este respecto:

El psicoanálisis es, en primer lugar, una ciencia –como tal, teoría- con su objeto de estudio específico: el inconsciente (Harari, 1970)

“Psicólogo”, “psicoanalista” y “psicoanálisis” refieren, por un lado, a profesiones y, por otro, a una ciencia. Por lo tanto la empresa de Danis –diferenciar el rol del psicólogo del rol del psicoanalista- se presenta como problemática ya desde la intención de articular significantes que “no son ni con mucho superponibles” presente en el título del artículo.

Entonces, para Harari es necesario otorgar preeminencia a los aspectos teórico-conceptuales que hacen del psicoanálisis una ciencia y no una profesión, y la investigación de lo inconsciente es aquella que “valida y legaliza científicamente” la practica del psicólogo. Una practica que no debe limitarse al “empirismo ingenuo” en el que quedan atrapadas las propuestas de Danis, sino que debe “traspasar la observación pura y simple” y fundamentarse en la “interpretación del inconsciente, que se exhibe y se oculta inscripto en el discurso relatado y significativo” del sujeto.

Conclusiones

A partir de lo desarrollado anteriormente nos interesa destacar el hecho de que es hacia fines de la década del sesenta que los psicólogos empiezan a intervenir activamente en lo que se refiere a la definición de su propio rol. Hasta entonces habían sido escuchadas, en el marco de las propuestas locales, voces provenientes del ámbito de la filosofía, la medicina, la psiquiatría y el psicoanálisis (Marcos Victoria, Bleger, Rozitchner, Caparrós, Kesselman, etc.) Sin embargo, esto no implica que necesariamente hubiese algún tipo de consenso entre los psicólogos respecto de las características de su práctica.

Si Sastre se propone mostrar a partir de Althusser la debilidad teórico-epistemológica que vuelve fútil la propuesta de Kesselman, ello no implica que esta última no haya encontrado eco en otros psicólogos.

En evidente disonancia con el tono demoledor de la critica sastriana, el artículo titulado “El rol de psicólogo en el ámbito laboral” de Beatriz Castillo, miembro del comité de redacción de los Cuadernos de Psicología Concreta y publicado en el tercer numero de esta revista, se ocupa de una cuestión axiológica: poner en tela de juicio el sistema de equilibrio y de valores con que el profesional psicólogo aborda la intervención sobre personas o grupos en un aspecto específico de su tarea. El problema a resolver sería aquel que se presenta en el momento en que se intenta, en la praxis, combinar la tarea técnica y una ideología de cambio.

Y sería en el ámbito laboral donde “la contradicción entre la técnica de la que el psicólogo es portador y su ideología se pone de manifiesto más flagrantemente” debido a que en una economía dependiente como la de Argentina el psicólogo sería llamado para resolver los problemas que afectan no a los trabajadores sino a la productividad y, por ende, las ganancias.

Frente este panorama, según Castillo, el psicólogo puede adoptar tres actitudes: ser cómplice de la patronal, ser un infiltrado (y entonces no actúa como psicólogo sino como militante) o asumir una actitud neutral o instrumentalista. Esta última variante sería la más común en nuestro medio y frente a ella la autora replica que la “neutralidad valorativa” no existe.[5]

Para Castillo, una intervención del tipo psicoprofiláctico o psicohigiénica –que se plantearía como objetivo establecer o crear vínculos obrero-patronales saludables y dignificantes, la “adaptación” del obrero a las condiciones de explotación- deja fuera de juicio “el régimen económico capitalista y su concepción de la empresa” a la vez que “estrecha, en lugar de aumentar, los límites de la conciencia posible. En este sentido objetivamente se transforma en una actividad contra los obreros.”

Si el psicólogo se propone “llevar adelante una praxis mínimamente coherente con una ideología de cambio” y evitar ser cómplice de la explotación entonces debe desestimar su posible inserción en este ámbito y asumir su dimensión militante que es, según la autora, la mayor realización de cualquier ser humano aquí-ahora.

Más allá de las críticas ideológicas que es posible ubicar en el artículo de Castillo, se puede apreciar en las propuestas de Juana Danis una consideración de rol del psicólogo claramente entroncada en la “ortodoxia” psicohigienista de Bleger, consideración que también será objeto de impugnación por parte del grupo de psicólogos que ocupan la dirección de la Revista Argentina de Psicología pero desde una óptica esencialmente epistemológica inspirada en el marxismo estructuralista de Louis Althusser y la lectura de Freud propuesta por Jacques Lacan.

Esto es fácilmente apreciable en el artículo de Harari que desarrollamos anteriormente como en la reseña crítica que Sastre dedica a la Psicología de la conducta de José Bleger. Los principales referentes locales para estos psicólogos no será ya una figura como la de Bleger, sino que comenzará a imponerse una autoreflexión que será orientada por la enseñanza de outsiders del campo intelectual como Raúl Sciarreta u Oscar Masotta.

En resumen, si consideramos el “estado de cosas” en el ámbito de los psicólogos profesionales hacia comienzos de la década del setenta es posible apreciar la coexistencia de, al menos, tres perspectivas respecto del rol del psicólogo: una que continuará sosteniendo el perfil psicohigienista propuesto por Bleger; otra que pondrá el énfasis en la practica militante revolucionaria como “dadora de sentido” y legitimante de la practica profesional; y, finalmente, la de una practica científica que encontrará su fundamento en la epistemología althusseriana y el psicoanálisis lacaniano, y que sin dejar de mostrar sus afinidades con las dos anteriores, pondrá de relieve los problemas que engendran y que deben ser resueltos a partir de una practica teórica que debería ser la base y guía de toda practica política.

Este debate en torno al rol y la diversidad de posiciones respecto de su definición no es un fenómeno exclusivo del ámbito de la Psicología sino que, con diferentes niveles de intensidad y en un período aproximadamente simultáneo, atravesará el campo intelectual y el campo cultural en general, produciendo una importante tensión entre las practicas más o menos establecidas o tradicionales y una nueva manera de enfocar el papel de la practicas científicas, intelectuales y estéticas en el marco de una profunda transformación social que, para muchos, era juzgada como inminente e inevitable.

BIBLIOGRAFÍA

ü AAVV (1969): “El quehacer del psicólogo en la Argentina de hoy” (Mesa redonda realizada el 12 de diciembre de 1968 en la APBA) en Revista Argentina de Psicología, año I, número 1, Buenos Aires.

ü AAVV (1973): El rol del psicólogo, Buenos Aires, Nueva Visión, 1973.

ü Bleger, José (1963): Psicología de la conducta. Buenos Aires, Editorial Paidós.

ü Bleger, José (1966): Psicohigiene y psicología institucional. Buenos Aires, Editorial Paidós.

ü Castillo, Beatriz (1971): “El «rol» del psicólogo en el ámbito laboral” en Cuadernos de Psicología Concreta, número 3, Buenos Aires.

ü Chaparro, Félix Jorge (1970): “Sobre el Primer Simposio Cerrado de Psicología Clínica y el status legal del psicólogo” en en Revista Argentina de Psicología, año I, número 5, Buenos Aires.

ü Costaguta, E.; Panizo, M. E.; Oderda, C.; Intrieri, N. y otros (1970): “La transformación del hospital psiquiátrico. El rol del psicólogo” en Revista Argentina de Psicología, año II, número 6.

ü Danis, Juana (1969): “El psicólogo y el psicoanálisis” en Revista Argentina de Psicología, año I, número 1, Buenos Aires.

ü Danis, Juana; Bohoslavsky, Rodolfo; Malfé, Ricardo; Siquier de Ocampo, María Luisa; Berlín, Marta; Goldín, Alberto (1970): “Mesa redonda sobre: «Formación del psicólogo en la década del 70» Revista Argentina de Psicología, año II, número 6.

ü Harari, Roberto (1970): “El psicoanálisis y la profesionalización del psicólogo (a partir de “El psicólogo y el psicoanálisis” de Juana Danis)” en Revista Argentina de Psicología, año I, número 3.

ü Kesselman, Hernán (1969): “Responsabilidad social de psicoterapeuta” (I y II) en Cuadernos de Psicología Concreta, números 1 y 2, Buenos Aires.

ü Knobel, Mauricio (1971): “El psicólogo en la práctica psicoterapéutica” en Revista Argentina de Psicología, año II, número 7.

ü Litvinoff, Norberto (1970): “El psicólogo y su trabajo: estudio preliminar” en Revista Argentina de Psicología, año I, número 4.

ü Sastre, Carlos (1969): “Acerca de «Responsabilidad social del psicoterapeuta», de Hernán Kesselman” en Revista Argentina de Psicología, año I, número 1, Buenos Aires.

* Una versión resumida de este trabajo fue presentada en las X Jornadas de Investigación en Psicología. 14 y 15 de agosto de 2003.

[1] En rigor estos debates comienzan unos pocos años antes, en el momento en que se discute la creación de las carreras.

[2] En términos similares se manifestaba A. Caparrós en la segunda mesa redonda que, referida a la temática “Ideología y Psicología concreta”, fuera realizada en 1965. Allí se preguntaba si es pertinente la comparación de la actividad de un psicólogo definido en términos de “agente de cambio” con la tarea del militante que participa en un movimiento tendiente a una transformación profunda del país. Para Caparrós esta comparación es improcedente en tanto los cambios o transformaciones que realiza el psicólogo mantienen el sistema en lugar de transformarlo puesto que lo que se le pediría a los psicólogos es “la modificación de aquellos comportamientos individuales que […] hacen que se perturbe la actividad de un grupo humano o que el que los realice experimente vivencias sumamente traumáticas, para él” (p. 24-25). Al restringirse su campo de acción a aquello que les es pedido sería imposible incluir cuestiones ideológicas en la práctica del psicólogo.

Para Caparrós, entonces, la práctica psicológica es un momento particular de la praxis del psicólogo que debería guiarse hacia la actividad ideológica y más precisamente hacia una actividad militante que es su fundamento. No hacerlo de este modo solo llevaría al psicólogo por un camino que conduce a la alienación.

[3] Véase “De El Capital a la filosofía de Marx” en Para leer El Capital (1969), México, Siglo XXI Editores, 23º edición, 1998, p. 18-77.

[4] “Un primer punto a considerar es la relación de implicación que Kesselman establece entre «breve» y «popular». En efecto, ¿qué es lo que liga a estos términos de tal modo que el ser breve «sea la única manera» de concebir que la terapia sea popular? […] En efecto, en el campo de la teórica política «popular» es un término que aparece opuesto a «oligárquico», «imperialista», etc. Emplear la misma palabra en otro contexto teórico en el cual equivale a «masivo» y se opone a «consumo restringido» permite introducir un nexo sólo aparente entre la teoría política y las terapias breves, gracias a trastocar el sentido político de uno de los términos” (Sastre, 1969:90)

[5] Es posible incluso apreciar aquí una coincidencia con los conceptos vertidos por A. Caparrós. Véase la segunda nota al pie del presente artículo.

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